Fragmento:
El primer sonido lo inquietó bien entrada la noche: no era vaho de viento, ni agua que destilaba de los estalactitas. Era algo más bajo, un rumor viscoso, como dedos de gelatina palpando la roca desde las entrañas de la montaña. Medio dormido, pensó en ratas gordas, en raíces invasoras, en terrores infantiles. Pero el rumor aumentó, acompasado y grueso, parecido al murmullo de una multitud ciega murmurando fórmulas en un idioma sin palabras.
Duración: 10:46
La tormenta había descargado furia sobre las colinas peladas del norte, arrancando retazos del suelo y dejando cicatrices húmedas en las laderas. Ahora la noche caía, tibia después del vendaval, pero aún inquieta, como si el mismo aire cargara consigo un rumor subterráneo. Juan, montañero ocasional, perseguía una costumbre antigua: perderse a propósito, sentir el miedo difuso de lo desconocido para después reencontrarse. No sabía, al ascender solo por la senda de la garganta, que ese anhelo lo llevaría más lejos de lo que jamás habría deseado.
El día había sido fatigoso. Cruzó el hayedo y llegó, jadeante, a la bocana de la cueva conocida por los pastores como El Vientre de la Tierra. El nombre le hacía gracia: un vientre del que sólo salía silencio viejo y aromas de moho. Allí se resguardó, encendió una pequeña linterna y, tras revisar mapas y pensamientos, se sintió invencible en su soledad. Afuera, la noche se hizo opaca demasiado pronto, y poco a poco lo devoró el sueño, tendido sobre la esterilla de aislamiento.
El primer sonido lo inquietó bien entrada la noche: no era vaho de viento, ni agua que destilaba de los estalactitas. Era algo más bajo, un rumor viscoso, como dedos de gelatina palpando la roca desde las entrañas de la montaña. Medio dormido, pensó en ratas gordas, en raíces invasoras, en terrores infantiles. Pero el rumor aumentó, acompasado y grueso, parecido al murmullo de una multitud ciega murmurando fórmulas en un idioma sin palabras.
Abrió los ojos y la linterna tembló en su mano. Una neblina verdosa flotaba en la entrada del túnel más profundo. Se arrastraba, ondulante, como si no fuera del todo neblina. Respiraba. Juan sintió la humedad en la base de la espalda, un sudor frío saliendo por los poros mientras la cosa reptaba más cerca. Encendió la linterna, y el haz de luz dibujó en la bruma formas fragmentadas, tentáculos que no eran tentáculos, ojos que miraban desde pliegues donde no debía haber ojos.
Intentó moverse, pero sus músculos se anclaron al suelo. Solo podía mirar. De la niebla, como empujada por la necesidad de ocupar espacio, surgió una masa innombrable. Ni líquida ni sólida, la criatura mutaba su contorno con la lógica descabellada de una pesadilla. Su superficie era negra y brillante como lacre reciente, cubierta de bocas diminutas que no cesaban de abrirse y cerrarse emitiendo ecos de palabras truncadas.
De algún lugar distante, del fondo de su memoria o de oscuros recuerdos culturales, la palabra “shoggoth” le zumbó en el cráneo. Había leído relatos antiguos, confusos, sobre criaturas anteriores a la humanidad, serviles y monstruosas, que cambiaban de forma y de propósito a capricho de sus amos. Era imposible, claro, pero el miedo no razonaba. La bestia, si así podía llamarse, se arrastró por la piedra húmeda, extendiendo hacia Juan apéndices semi-translúcidos que se reorganizaban en dedos, manos, bocas, ojos, todos retorciéndose y fundiéndose. Olía a ciénaga, a carne mal enterrada, a cal húmeda.
El temblor lo hizo gritar, pero su voz murió absorbida por la caverna. La criatura se detuvo a pocos centímetros: partes de su masa se hinchaban y deshinchaban, y de las aperturas fluían palabras grotescas, sonidos que lo arrullaban y lo herían al mismo tiempo. Comprendió, sin querer comprenderlo, que el ser intentaba comunicarse. Y no solo comunicarse, sino mimetizarlo.
Sintió una presión en la cabeza mientras pensamientos ajenos lo invadían, recuerdos que no eran sólo suyos. Vio colinas y selvas, civilizaciones sumergidas y razas con cabezas de estrella, y comprendió que los shoggoths habían sido formados como sirvientes, y que tras siglos sin dueños, conservaban el hambre de órdenes y la furia de la sumisión. Deseaban comunicarse, o quizás deseaban ser obedecidos por una voz humana, la única que todavía reconocían entre el caos de la creación.
Juan intentó retroceder, buscar la entrada que ahora parecía cerrar detrás suyo. No había escape. El shoggoth era un océano vivo que lo encerraba, que lo invitaba a fundirse en su carne lóbrega. Juan encontró en sí mismo un residuo de racionalidad y vociferó:
—¡Aléjate! ¡No! ¡Por favor!
La cosa pareció retroceder apenas, como si la orden la impresionara momentáneamente. Pero era demasiado fugaz: las bocas cambiaban de rostro, las palabras no humanas regresaban y arrastraban en su caos fonético toda una desesperación secular. Los ojos amorfos brillaron, y de pronto la caverna entera retumbó. Juan vislumbró en la pared un mural que no había visto antes, cubierto de líquenes y mugre. La linterna iluminó torpemente un grabado: figuras tentaculares arrodilladas ante masas informes, siluetas de seres con rostros de estrella azuzando a criaturas negras, y debajo, símbolos espirales y geometrías imposibles.
Sintió que la bestia le inyectaba en la mente sus orígenes: la era remota de la Tierra cuando ellos eran los auténticos motores del mundo, obreros inmortales destinados a servir a otros monstruos aún más terroríficos. Recordó ciudades titánicas bajo el hielo y las placas tectónicas, la música sorda de voces alienígenas dirigiendo sus tareas, y la desesperación infinita de no tener dueño. Ahora, en su mutilada memoria colectiva, sólo reconocían un mandato: servir. Y al no tener a quién servir, se volvían hambre, confusión y locura.
El shoggoth, percibiendo la comprensión en Juan, se agitó violentamente. Su carne bullía y se fragmentaba, soltando extremidades mollas que rebotaban en las paredes como si buscaran una vía de escape. Juan, con la visión inundada de imágenes ajenas, sintió que su propio ser era una gota diminuta en un pozo sin fondo. Quiso huir pero su cuerpo ya no respondía; la criatura lo arrastró hacia sí, absorbiendo sus brazos con una delicadeza impía. El frío era como el interior de una carcasa marina, pegajoso y frío, y la mente de Juan resbaló en las fronteras de la cordura.
En el último instante, supo que algo de él se quebraba, tal vez la ilusión de individualidad, tal vez las costuras mismas de su memoria.
***
Despertó a la mañana siguiente, o creyó despertar. La cueva estaba desierta. Su esterilla estaba cubierta de limo, la linterna agotada. Afuera, el día se asomaba con unas nubes tenues y un viento gélido. Juan se incorporó, dolorido, y salió arrastrándose fuera de la gruta. Trató de recordar la noche, pero no pudo: sólo una impresión viscosa, un dolor atávico, la sensación de haber compartido su sueño con miles de conciencias superpuestas.
Caminó colina abajo, cruzó el hayedo y llegó exhausto a una aldea cercana. Los lugareños, acostumbrados a la presencia de locos y mendigos en la sierra, lo acogieron en la taberna. Allí sus palabras resultaron incoherentes. El tabernero, que recordaba historias viejas, murmuró en voz baja sobre los encantos malditos de la cueva, sobre hombres que volvían cambiados, con un temblor en los ojos, como si vieran a todos por dentro.
En días posteriores, Juan creyó recomponerse: dormía mal, sus sueños eran inenarrables. Veía ciudades bajo el hielo, voces sin garganta, y olores vagamente marinos que inquietaban a su pareja cuando los relataba. Su cuerpo comenzó a delatarlo: el sudor olía a amoníaco; sus articulaciones a veces se movían de formas extrañas. En una ocasión, vio en el espejo del baño un reflejo que no era del todo suyo. En la oscuridad, su piel destelló con un brillo negro-azulado, como si miles de bocas microscópicas intentaran abrirse.
Asustado, fue a consultar a un médico, pero no supo explicar exactamente lo que le ocurría. El médico le recetó ansiolíticos. En la farmacia, la dependienta lo observó discretamente y le preguntó con voz tenue si había estado en “el vientre de la tierra”. Juan negó con un gesto, pero sus ojos lo delataron. Esa noche la mujer soñó con una masa informe rodando hacia la aldea, y a la mañana siguiente dejó su puesto y se marchó sin despedirse de nadie.
A los pocos meses, las pesadillas de Juan se hicieron carne: durante la vigilia, sentía cómo pensamientos externos e incoherentes pujaban por salir de su boca, palabras ininteligibles, ecos húmedos que a veces se deslizaban en conversaciones comunes para desconcierto de su esposa. Eventualmente, comenzó a despertarse en lugares extraños, cubierto de limo, sin recordar cómo había llegado allí. Una vez, en el lecho seco de un arroyo, encontró bajo sus manos una piedra cubierta de símbolos espirales, como los que había visto aquella noche. Intentó grabar los signos, pero cuando los dibujaba sentía un dolor lacerante en las sienes, como si su propia mente lo castigara por intentar compartir el secreto.
El aislamiento fue inevitable. La soledad se le pegó como moho. Su mujer lo abandonó, los vecinos lo rehuían, y pronto fue un paria entre los suyos. Los niños murmuraban a su paso, y los pastores dejaron de acercarse a la grieta de la montaña. Juan, prisionero de su propio cuerpo, soñaba con el fondo marino: masas informes reptando entre columnas de basalto, voces sin garganta llamándolo por nombres que no recordaba haber tenido.
Una tarde, incapaz de soportar la tortura de la vigilia, Juan resolvió regresar a la cueva. Caminó durante horas, venciendo la fatiga y el dolor interno, hasta llegar a la grieta en la roca. Allí, bajo la primera lluvia de otoño, se sentó frente al abismo y esperó, sin linterna ni mapa. La noche llegó, y con ella el rumor subterráneo. Los latidos de la montaña resonaron a través de la roca mojada, y Juan supo que la criatura, o tal vez él mismo, estaba a punto de brotar.
Se arrastró hacia el interior. Dentro, la oscuridad era total, pero podía ver con más claridad que nunca: formas que danzaban tras el velo del tiempo, ecos de órdenes olvidadas, la promesa indecible de pertenencia. Sintió la carne fluir, los huesos volverse líquidos, la individualidad diluirse en un océano de conciencias. Ya no estaba solo. En la cueva, donde ondulan los abismos, el shoggoth devoró su forma y le ofreció otra.
Y en la aldea, descuidadamente, los perros evitaron los pozos y los niños no se acercaron al camino de la montaña nunca más.
Porque hay criaturas en la tierra —antes sirvientes, ahora abandonadas— que nunca dejan de buscar una voz, una memoria o una carne, aunque deban engullir primero el miedo de quien se atreva a ponerles nombre.
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