Portada del relato Las sombras de Ink’Aran
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Fragmento:


Dejé la tienda, innecesaria, en aquellas geografías de pesadilla. Bajé, con la cuerda atada a una piedra cuyos glifos sólo advertí mucho después. El abismo se abría como una vagina antinatural, y la luz de la linterna temblaba y empequeñecía bajo la presión de lo intocado. Bajé durante horas, o al menos eso habría jurado luego, pues el tiempo desistía de marchar hacia adelante a medida que descendía. Sentía en el aire una vibración sorda, más allá del sonido, y percibí, con todos los sentidos a la vez, el zumbido de palabras que sólo en la vigilia del delirio están permitidas.

Duración: 08:30

Las sombras de Ink’Aran
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Texto de ajuste de pausa.

La noche caía sobre la llanura de Leng con la suavidad de una losa mortuoria. El viento ululaba a través de las colinas, enredándose entre las rocas con voces que nunca fueron humanas. Contrariamente al consejo de los moradores de los lindes septentrionales, avancé más allá del antiquísimo monolito de Ojhur, llevando apenas la luz temblorosa de mi linterna y la alabanza de una terquedad antropológica que, sospecho ahora, era la máscara de mi afán de muerte.

Había llegado por razones que, en la luz de la razón, apenas parecen suficientes. Recogí un códice —o mejor, los restos de uno— entre las ruinas ciclópeas de Kusht y hallé en sus húmedas láminas un grabado de geometría imposible. Decía en una lengua semeja al aklo: “Por sobre los peldaños de hueso, bajo la rugiente negrura, duerme Ink’Aran. No todo lo muerto lo está.” Una advertencia, sin duda. Según el códice, Ink’Aran era un Dios-habitante que se arrastraba antes de la llegada de la carne mortífera de la vida terrestre, enemigo de la luz y desdén de los astros.

Caminé tres noches, bordeando el despeñadero donde la niebla nunca se retira, entre tundras donde la hierba está impregnada de una sustancia que tiñe las suelas como exudado de cadáver. Eran tierras donde, decían los de Leng, la piedra aún mira a través de los millares de ojos fosilizados y el tiempo circula siguiendo la corriente de una lógica no terrestre.

El tercer amanecer, si puede llamarse amanecer a esa luz láctea y enferma, avisté a lo lejos la sima. Alrededor del abismo, la llanura parecía haber sido abrasada por una tempestad antigua: los árboles estaban convertidos en figuras retorcidas, petrificadas por la petrificación de eras. Era aquí, según el códice y según mi obsesiva intuición, donde dormía Ink’Aran, sepultado por dioses menos oscuros, pero no menos terribles.

Dejé la tienda, innecesaria, en aquellas geografías de pesadilla. Bajé, con la cuerda atada a una piedra cuyos glifos sólo advertí mucho después. El abismo se abría como una vagina antinatural, y la luz de la linterna temblaba y empequeñecía bajo la presión de lo intocado. Bajé durante horas, o al menos eso habría jurado luego, pues el tiempo desistía de marchar hacia adelante a medida que descendía. Sentía en el aire una vibración sorda, más allá del sonido, y percibí, con todos los sentidos a la vez, el zumbido de palabras que sólo en la vigilia del delirio están permitidas.

Algo se desperezaba allá abajo.

El nicho final no era sino el colosal vestíbulo de una arquitectura imposible. Los bloques, cada uno del tamaño de una casa, estaban apiñados componiendo ángulos que herían la vista. La roca en sí tenía ojos; al menos, así lo sentía: manchas, protuberancias, pupilas tectónicas que miraban y memorizaban. Me arrodillé involuntariamente frente a un monolito cubierto de relieves en mutación, cuyos motivos parecían burbujear —engendros, tentáculos, esferas adheridas a planos sin fondo—.

Saqué mi cuaderno de notas; el deber profesional venció sobre el pánico sordo. Transcribo aquí un pasaje, que ahora me causa un sudor glacial leer:

“La sangre gotea a contratiempo, la piedra palpita bajo el sello de los Pastores de la Tormenta. Aquí clama la promesa de ink’Aran: no vendrá en la hora de los hombres, sino cuando la piedra hable. No hay puente; sólo herida.”

Mientras copiaba, mi linterna empezó a vacilar. Algo, allí, devoraba la electricidad y el calor como si ambas fueran alimento. Percibí entonces un retumbar profundo, no sólo del suelo, sino de las ideas mismas, la certidumbre de que mi presencia era un error cósmico que el lugar intentaba corregir.

El aire se densificó, y se elevó una voz, primero desde las paredes, luego desde mis entrañas, y finalmente desde el mismo hueso de mi cráneo. Era una voz anterior al sonido, una vibración que se oía y también se respiraba:

“Hablo de cuando la lengua muerda la piedra y la carne sea vestigio. Cruza la espada, portador de la cicatriz, y entrega la memoria al abismo.”

Enloquecido, contesté. Balbucí palabras aprendidas en el códice, repitiendo fonemas que rechinan contra el paladar y el alma. Ink’Aran, si era él, respondió con una imagen; en la oscuridad, vi que todo el abismo era una sola criatura, su piel de piedra y poros de burbuja, palpitando, henchida de la memoria de eras enteras.

En ese momento, recordé la Espada de Leng, aquella reliquia que, decían, era a la vez palabra, corte y sentencia; compuesta no de metal sino de verbo solidificado, la Espada sólo aparece cuando el horror y el portador se funden en una sola frontera. Percibí su forma detrás de mis párpados cerrados —un filo de silencio que no cortaba lo tangible, sino la urdimbre misma de la memoria—.

Probé a abrir los ojos y allí estaba. No en mi mano, pero sí impuesta en mi pensamiento. El hombre prudente habría huido. El hombre cuerdo tal vez se habría deshecho en sollozos. Pero, en la lógica deformada de ese momento, avancé. Atravesé el umbral y me deslicé por entre las losas. La Espada —el Verbo cortante— vibró en mi cerebro y supe que sólo pronunciando su nómina y dándosela a Ink’Aran podría salir vivo, o muerto, con una muerte benévola.

“Leng-Saaraq!” grité, y la bóveda entera rugió.

El horror despertó. De la negrura se desgajó la silueta de un dios mil veces muerto, mil veces soñado. No era forma ni ausencia. Era la angustia mineral de todo lo carente de sentido, la resaca del tiempo. Sus ojos de abismo se abrieron y me examinaron.

“Perdido está el puente, perdida está la cicatriz. ¿Portarás tú la herida?” me preguntó, no en voz, sino en ese zumbido que hace temblar la médula.

Mi voz era nada. Sin embargo, la espada de Leng —ese verbo petrificado, ese glifo que corta el nombre del horror— brotó de las palmas de mis manos abiertas. No era ya lingüística, no era ya antropología... Era la resignación ante lo invencible.

Corté, en el aire, las palabras que el códice reservaba. “Ink’Aran, que tu sueño sea umbral, tu memoria, naufragio.” Era una letanía sin esperanza, pero la recité en la lengua señalada.

El dios gimió. Su lamento tuvo la forma de una ventisca que arrasó el vestíbulo, levantando polvo negro, estalactitas de odio, y voces fósiles. Sentí, bajo mis pies, cómo la llanura entera se estremecía; en las paredes, los glifos se encendieron brevemente como heridas recién abiertas.

Vi, entonces, detrás del dios, la escalera de hueso descrita en el códice. Era la salida, supuse; o la entrada, tal vez. Sin mirar atrás, corrida por la desesperación, ascendí sin pensar en si mis huesos eran ya parte de esa estructura. Arriba, la linterna todavía arrojaba un débil resplandor. Las heridas de la sima supuraban sombras.

No podría afirmar cómo regresé al borde del abismo. Tal vez caminé siglos, tal vez ahora mismo sigo allí, en un bucle de roca y lenguaje. Sé que, desde entonces, oigo en los sueños la vibración, como el eco de una ola bajo kilómetros de tumba. Cada vez que pronuncio una palabra, siento bajo la lengua el filo mineral de la espada, y sé que ningún humano vence al horror: sólo lo nombra, lo roza, lo desplaza momentáneamente hacia otra noche.

Al despertar, hallé en el pliegue de mi abrigo un trozo de roca, pesada, húmeda, con glifos que mutan a la vista y un vértigo en su tacto. No he vuelto a Leng, pero la siento cerca, en las zonas de sombra de cualquier ciudad humana, en las grietas donde la piedra se hincha y el zumbido retorna. Algunos dicen que el horror es un dios dormido. Yo sé lo contrario: es la espada que aguarda ser invocada.

Así he vivido estos años, con la piedra bajo la almohada y la certeza de que la memoria es herida, y los dioses, cicatriz. Sueño cada noche con la voz de Ink’Aran, y a veces respondo. Cuando las paredes devuelven mi eco, sé que la frontera entre el verbo y la roca es cada vez más delgada.

Y ni todo el calor de los encendidos hogares, ni la compañía de los vivientes, logran entibiarme ya, pues la espada y la herida siempre están aquí, bajo la lengua, esperando el grito de la sima.

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