Portada del relato La Calavera Esmeralda del Abismo
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Fragmento:


La llegada a la aldea de Tliltoc me acogió primero con el hedor de la humedad pútrida, seguido por un helado silencio; los ojos ancestrales de los aldeanos nos evaluaban con esa mezcla de temor y recelo que sólo los portadores de tabúes atávicos pueden sostener. Apenas una anciana mujer de nombre Citlalmina, reacia y huidiza, accedió mediante trueques a relatarnos los retazos de la historia prohibida del “Hombre de piel escamada”. Así supimos lo suficiente para encaminar, con la ayuda de un sureño medio mestizo, a una vieja pirámide calcinada por la selva, el llamado “Tepetl Orosith”, o “Montículo del Susurro”. Ahí, decían, aguardaba el ojo ardiente de Tlillan—un dios anterior a los tiempos humanos.

Duración: 08:41

La Calavera Esmeralda del Abismo
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Texto de ajuste de pausa.

El crepúsculo serpentearía como una sombra líquida sobre aquellas ruinas que ningún cartógrafo osaría señalar, y aún menos los supersticiosos nativos de la región del Tlalocan moderno, donde las aguas cenagosas del Golfo parecían abrazar con asco las enredadas raíces de manglares innombrables. He aquí donde comienza el infame relato, tan real y abominable como mi memoria me permite aún retenerlo—¡y maldita sea dicha memoria, que ni el opio ni la embriaguez logran aletargar!

Mi nombre era (y lo es acaso aún) Dr. Edmundo Soria, otrora alineado al sagrado arte de la arqueología, y enviado allí por la Sociedad de Anticuarios de Boston, cuyos intereses en antiguos cultos mesoamericanos me habían fascinado. Me acompañaba mi colega y amigo de estudios Gedeón Huxley—hombre de férrea voluntad y alas negras de escepticismo, cuyo porte lacónico ni siquiera la descomposición de un ídolo olmeca parecía alterar.

Habíamos zarpado del puerto de Veracruz en junio de 1928, con la misión declarada de investigar leyendas de una civilización anterior a la Tolteca, cuya presencia había dejado marcas elusivas en la imaginación de los lugareños: escalofriantes historias del “Reptil bajo la piedra” y de “Los Portadores del Ojo Luminoso”. Era, sin embargo, la existencia de extrañas tallas zoomorfas—formas de ofidios con ojos demasiado grandes, con lenguas bífidas talladas en un jade oscuro casi mineral—lo que especialmente había llamado mi atención.

La llegada a la aldea de Tliltoc me acogió primero con el hedor de la humedad pútrida, seguido por un helado silencio; los ojos ancestrales de los aldeanos nos evaluaban con esa mezcla de temor y recelo que sólo los portadores de tabúes atávicos pueden sostener. Apenas una anciana mujer de nombre Citlalmina, reacia y huidiza, accedió mediante trueques a relatarnos los retazos de la historia prohibida del “Hombre de piel escamada”. Así supimos lo suficiente para encaminar, con la ayuda de un sureño medio mestizo, a una vieja pirámide calcinada por la selva, el llamado “Tepetl Orosith”, o “Montículo del Susurro”. Ahí, decían, aguardaba el ojo ardiente de Tlillan—un dios anterior a los tiempos humanos.

Las ruinas hedían a muerte inmemorial. La vegetación abrazaba cada roca con posesión humedecida, y no parecía haber pájaros ni insectos en el aire opresivo de esas gradas semienterradas. Una entrada circular, apenas visible bajo las raíces, nos permitió avanzar con faroles de carburo y cuchillos. Descendimos, respirando un aire denso que sabía a azufre y putrefacción, impulsados por la irresistible atracción de hallazgos imposibles.

Lo que descubrimos primero fue un mural—aún asombrosamente intacto—donde filas de seres contranaturales, bípedos y reptiloides, portaban antorchas de flamas oscuras que parecían danzar como sombras vivientes. Entre ellos, algunos se encorvaban alrededor de pozos humeantes de piedra negra, de los que emergían vapores y figuras semitransparentes, como si los propios portadores de esas llamas infaustas oficiaran ritos en nombre de una principalidad reptiliana. Los ojos de los seres estaban incrustados con un mineral verdoso que brillaba aún bajo la débil luz de nuestras linternas.

Tras el mural, un pasadizo apuntaba más profundo, abriéndose a una cámara subterránea de proporciones obsesivamente perfectas, como pensada no para hombres sino para mentalidades geométricas más crueles. Allí, en un altar bajo relieves que giraban y ondulaban como las escamas de un monstruoso dragón, descansaba la Calavera Esmeralda. Su peso era imposible de calcular, pues emitía un resplandor negro desde su interior, devorando la luz en vez de reflejarla.

“¿No siente…? La temperatura…”, murmuró Gedeón, sudando copiosamente. Un vaho pestilente escapaba de cada fisura del mineral. Algo vibraba en el aire—una letanía sin palabras, una seducción oscura, como el zumbido de una colmena maldita bajo la piel del cosmos.

Mis dedos temblaron al rozarla. Una imagen instantánea me asaltó: filas de iniciados bajo túnicas reptilianas danzando en torno a hogueras vivas que eran más sombra que llama, cuyas lenguas negras lamían la carne voluntaria de sus devotos. Vi la perpetuidad inerme de sus dioses-serpiente, acechando entre dimensiones tan cerca de nuestra realidad como la piel está de la carne, ansiando un nuevo portador, susurrando letanías incomprensibles, pero mortales para la mente humana.

Huxley me sujetó de la muñeca. “¡No!—Hay algo inhumano dentro. Lo presiento.”

Pero fue tarde. La calavera emergió de su pedestal por la fuerza conjunta de mi avidez y de la voluntad oscura de la reliquia. Un aire viciado llenó la cámara mientras fuera, lejos, se oía un trueno sordo y el crujido de raíces; era como si toda la selva temblara, respondiendo a nuestra profanación.

Horripilantemente, una figura surgió de entre las sombras: alta, encorvada, la piel negra y escamada, los ojos brillando con un verde antinatural. Su lengua aparecía y desaparecía al ritmo de sus palabras sibilantes. Aunque su forma era vagamente humana, los contornos la traicionaban como otra cosa: uno de los Hombres Serpiente de los antiguos mitos.

Su voz se insertó en mi mente muy adentro, sin rozar el sentido del oído:

“Servidores de Orosith. Portadores de la llama negra. Los que abren y cierran los ciclos. Habéis despertado el ojo. Ahora sois suyos.”

Mi cuerpo yacía paralizado. Gedeón, con súbita y terrible lucidez, gritó en inglés quebrado por el terror: “¡No somos vuestros! ¡Volvemos la calavera! ¡Nada queremos aquí!”

La figura reptiliana avanzó, dibujando símbolos en el aire con sus garras, mientras la calavera absorbía toda la luz y la vertía en nuestros ojos desnudos. La muerte debía haberlos visitado desde milenios imberbes, y no obstante seguían allí, murmurando tumbales, encarnando el horror de quien olvida a propósito los orígenes de la vida consciente sobre la Tierra.

La visión me sobrecogió como un réquiem universal: veía ahora su llegada, el descenso de las formas serpenteantes sobre los páramos primigenios, trayendo dones y maldiciones a los humanos protohistóricos. Vi orgías de fuego y oscuridad: los iniciados ardiendo en llamas negras, transformados, carcomidos, deslizándose piel tras piel. Vi sacerdotes humanos degollados sobre altares de basalto, bebiendo en trance de copas modeladas en nuestros mismos cráneos, transmutando el alma en oro y escama, en espíritu y reptil.

Los ojos de Gedeón se pusieron vidriosos. Su boca pronunció sílabas en una lengua imposible—una recitación litúrgica del horror original. Su sombra comenzó a vacilar, deformándose, separándose. Bajo la mirada nítida de la Calavera, su piel parecía escamarse, y sus extremidades adquirir una elasticidad monstruosa.

El ser ofidiano se acercó a mí. Escuché por fin su voz, verdadera y carnal, oscilando entre dos mundos:

“La llama negra es la matriz de todo olvido. El círculo se cierra para aquellos que la desean.”

Sólo entonces recordé la advertencia de Citlalmina: “El que porta el ojo nunca regresa igual. O regresa arrastrándose.”

Caí al suelo, mientras el reptil me rozaba la frente con sus costras centenarias. Un fuego frío atravesó mi cuerpo, marchitando la memoria y la voluntad, instalando un hambre inhumana en lo más hondo de mi mente. Gedeón, convertido ya en abominación, reptó a mi lado. No había amor, ni compasión: sólo la indiferencia calculadora de una sociedad más antigua que la nuestra.

El tiempo se descompuso. Desperté yaciendo en la entrada del Tepetl Orosith, los pies cubiertos de lodo, la piel punzante de irritaciones inexplicables. Gedeón había desaparecido; sólo algunos jirones de ropa y una mancha negra en la roca testimoniaban su presencia.

Huí como un sonámbulo hasta Tliltoc. Nadie me habló; nadie me miró. Escapé hacia el norte, sentí siempre un susurro tras de mí, como si una lengua bifurcada olisquee incansablemente mi rastro. Pero más grave aún era el susurro interior: una letanía nocturna en la que una llama negra baila en los efímeros templos de la conciencia, y un reptil espera, hambriento, bajo la piel.

Ahora, bajo la petrificada luz de una lámpara de escritorio, inmóvil más allá de la decrepitud pero menos allá de la muerte, escribo estas líneas antes de que la piel se deslice del todo y la verdadera forma—la que trajo el ojo verde y el fuego oscuro—emerja a reclamar mi razón. Si alguien encuentra este manuscrito, ruega al vacío remoto de tus dioses que los habitantes originales de la tierra sigan durmiendo, y nunca desciendas al Tepetl Orosith. Porque hay portadores del fuego negro aún entre nosotros, pacientes, silenciosos, y su hambre espera paciente bajo la piel de todos los hombres.

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