Portada del relato Los susurros bajo la escarcha
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Fragmento:


Racional hasta la médula, no me creí ninguna palabra: la altitud y el aislamiento hacían mella en la razón de los más seguros. Sin embargo, la inquietud de la carta —su tono apremiante— me impulsó a partir, con la secreta esperanza de desenmascarar una ilusión de la mente deteriorada de Vellac.

Duración: 10:35

Los susurros bajo la escarcha
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Texto de ajuste de pausa.

Es extraño relatarlo así, con cuartillas y tinta bajo una lámpara amarillenta mientras fuera la neblina se agolpa contra los cristales de mi despacho. Pero la mente, cuando pugna por evitar la locura, busca consuelo en los actos más mundanos. Por eso escribo, como un náufrago arrojando su mensaje antes de hundirse. Si existe alguna esperanza de que este testimonio sobreviva, quizá alguien pueda protegerse mejor que yo.

Mi nombre es Alphonse Quint, y hasta hoy he sido un escéptico meticuloso. Profesor de historia natural en la universidad de Arkham, mi área de investigación ha sido desde siempre el estudio de las creencias ancestrales en lo sobrenatural, desde el folklore alpino hasta las leyendas proto-indoeuropeas sobre los “hombres de hielo”. Nunca esperé toparme con algo real, algo que no pudiera ser explicado por superstición, enfermedad o simple fabulación. Mi viaje reciente al altiplano de Leng, impulsado por la testarudez de un joven colega, cambió todo: atravesé la frontera de la razón y contemplé los Seres, esos entes cuya presencia borra todas las certidumbres del mundo humano.

Permítame, ávido lector de horrores, que le lleve desde el principio.

En el arranque del otoño, recibí una carta de Asher Vellac, doctorando obsesionado con las culturas desaparecidas de Asia Central. Me escribía desde el monasterio ruinoso de Leng, encaramado en una meseta remota entre los hielos, muy lejos de cualquier ruta civilizada. La misiva era desordenada, cubierta de signos de ansiedad, y hablaba vagamente de una tabla esculpida, los “susurros nocturnos”, y habitantes en el hielo más allá de la comprensión humana.

Racional hasta la médula, no me creí ninguna palabra: la altitud y el aislamiento hacían mella en la razón de los más seguros. Sin embargo, la inquietud de la carta —su tono apremiante— me impulsó a partir, con la secreta esperanza de desenmascarar una ilusión de la mente deteriorada de Vellac.

El trayecto desde Arkham hacia el altiplano requirió semanas por mar y tierra. Los últimos kilómetros los recorrí a caballo, guiado por un sherpa de rostro inexpresivo al que llamaban Tsering. Noté que incluso él, curtido en el frío y el aislamiento, se santiguaba al aproximarse a la meseta, sus ojos evitaban las manchas azuladas que se extendían sobre la nieve aún intacta.

El monasterio era una estructura de piedras negras, medio derruida tras siglos de azote invernal. Hallé a Vellac en un estado lamentable: ojeras profundas, cuerpo tembloroso, el mentón cubierto de escarcha aunque no hiciera suficiente frío en la celda. Apenas y logró contarme que “ellos” acechaban en la ventisca, y que la tabla hallada en una cámara subterránea traería la ruina si era interpretada por ojos humanos.

Quise reconfortarlo, pero insistió en mostrarme el artefacto. Descendimos hacia un boquete en el suelo de la capilla, alumbrados apenas por linternas de aceite. El aire allí era terrible, impregnado de un hedor mineral, y las paredes estaban esculpidas con bajorrelieves de criaturas informes, seres difuminados en el acto de surgir de la niebla, devorando formas humanas encogidas por el pavor. Nada reconocible como una divinidad convencional, ni siquiera para las culturas más extrañas.

La tabla era de un mineral iridiscente, congelado al tacto, cubierta por glifos angulosos, ilegibles para cualquier filólogo. Sin embargo, Vellac creía que al caer la noche la inscripción cambiaba, reescribiéndose de manera que solo la vista periférica podía captarla. “No debemos fijarnos en ella directamente, Alphonse —me advirtió al oído—. Quieren que leamos su mensaje. Anhelan regresar”.

No le presté más atención, acusando su estado alterado a la falta de sueño. Sin embargo, acordamos permanecer juntos esa noche en la celda superior, trancando la puerta a conciencia. El viento furioso aullaba, y en los momentos de silencio pude percibir otra frecuencia, un zumbido, como si alguien arañara la cara interior de mi cráneo.

La primera noche no dormimos. Hubo ruidos en el corredor, ligeras vibraciones en las losas, y un parpadeo azul tras los visillos helados. Vellac apenas articulaba palabras; sólo repetía “No mires, no escuches”. Sin embargo, en el primer despunte del alba, jadeante y harapiento, salí al pasillo para comprobar que estábamos solos, y me convencí de que todo había sido una obra de los nervios.

Pero una pequeña parte de mí, la misma que tiembla ante la ruina y que había estudiado las leyendas como quien observa fango a través de un cristal, comenzaba a resquebrajarse. ¿Y si había algo cierto en los fragmentos traídos de la memoria de los lugareños? ¿Si los nombres pronunciados en Leng —los “Silenciosos”, los “Escarchados”, los “Ojos de la Bruma”— encerraban una verdad que el mundo había olvidado a voluntad, porque conservarla era peor que ignorarla?

Al día siguiente, inspeccioné la tabla mientras Vellac dormía, agotado por las pesadillas. Mi vista resbalaba sobre esos caracteres, pero por el rabillo del ojo capté una oscilación: los glifos parecían girar, desperezarse, y vi surgir formas azules, largas y acintadas, que reptaban entre los trazos, como gusanos bajo un papel translúcido.

—Nos observan a través de esto —murmuró Vellac a mi lado, ausente—. Nos rastrean no por nuestros nombres, sino por el miedo.

Decidí pasar el resto de la tarde fuera, recorriendo el perímetro del monasterio. La nieve tenía ondulaciones inusuales, como si algo hubiera reptado bajo ella, desplazándose en línea recta pese a los riscos y hondonadas. A veces creía ver una forma azulada, etérea, moviéndose con precisión anormal. Los perros, que hasta entonces soportaban el frío con estoicismo, huían temblorosos a los rincones cuando caía la escarcha vespertina.

El tercer día, Vellac desapareció. No hubo gritos ni ruidos violentos. Simplemente, a la hora de la cena no estaba. Busqué frenéticamente, recorriendo pasillos vacíos, celdas y corredores, pero no lo hallé. Al amanecer, hube de admitir lo innegable: su cama estaba sin deshechar, sus ropas en el arcón, y en la ventana observé algo que me heló la sangre —una huella azul, vagamente humana, impresa en el marco interior.

Fue cuando quedaron atrás las reglas de la razón. Con la desesperación atenazando mi entendimiento, descendí a la cámara de la tabla. El glifo central parecía inflarse bajo la luz mortecina de la linterna de aceite. Un zumbido, primero débil y luego ensordecedor, pulsaba entre mis sienes hasta que la oscuridad comenzó a arremolinarse, y me pareció ver —mentiría si dijera que fue ilusión— una figura estirada y ondulante, de proporciones antinaturales, blanda y traslúcida, que me miraba sin ojos a través del mineral. Sus brazos, largos como látigos, rozaban la superficie del artefacto desde el otro lado, como buscándome, tomándose su tiempo con infinita paciencia.

Retrocedí, casi caí de bruces al pasillo. Afuera, noté que la ventisca había amainado: la nieve era ahora azul, irradiando una tenue luz y una escarcha tan intensa que no permitía distinguir si era materia sólida o energía pura. No sé cómo, me convencí de que esa noche tenía que abandonarlo todo y correr hacia las laderas, hacia la morada de los hombres, aunque ello supusiera morir congelado en la pendiente.

Si alguna vez ha sentido usted el acecho de una mirada insondable, el murmullo de voces que existen sólo porque son temidas, comprenderá algo de lo que experimenté en aquellos instantes. Sentí ya no tanto miedo de la muerte, sino del regreso —del regreso de ellos, y mi permanencia en una tierra que recordaría mi nombre aunque yo fuera ceniza dispersa.

Me precipité hacia la sala de armas, eligiendo a ciegas un hacha herrumbrosa. Mientras descendía la escalera de piedra, la tabla brilló más intensamente que nunca. Los bajorrelieves de las paredes se agitaban, como si quisieran escapar. No era un producto de mi terror; sentí el aliento gélido de una entidad que rebasaba con creces toda idea de lo vivo y lo muerto.

A oscuras, guiado por el reflejo azul, descargué el hacha contra el artefacto. Hubo un estremecimiento audible, una onda antinatural y fría que me arrojó contra la pared. En el proceso, la tabla se fracturó y, por un segundo, una miríada de formas extendidas salió disparada hacia el techo. Corrí, como si mil demonios me siguiesen, hasta el umbral del monasterio. Atravesé la nieve azulada, que se enroscaba en mi tobillo como un tentáculo líquido, y caí exhausto por la pendiente, sintiendo el frío roerme más allá de la carne, en los huesos y en el sueño.

Desperté horas después, a medio camino pendiente abajo, envuelto en el sudario azul disfrazado de ventisca. A mi alrededor, la nieve había vuelto a ser blanca, como si todo hubiese sido un espejismo demente. Sin embargo, debajo de mi abrigo, hallé impreso en la piel una marca azul, un pulso frío, como si algo hubiera deslizado sus dedos helados sobre mi pecho, firmando un pacto que aún sigue vigente.

Regresé a la civilización, o al menos finjo haberlo hecho. Los médicos atribuyeron mis pesadillas a la altitud y el aislamiento, mis marcas azules a una extraña reacción al frío extremo. Todos los días me pregunto si es cierto. Escucho aún los susurros en las noches frías, veo destellos azules en la nieve y sé que la frontera entre los mundos es frágil, más frágil de lo que cualquier hombre cuerdo se atrevería a admitir.

Advierto a quien lea esto: los seres de Leng no son producto de la imaginación delirante de un asceta perdido, ni la invención de un folklorista aburrido. Son reales, esperan bajo el hielo, observan a través de los objetos elegidos, acechan en los márgenes de nuestra consciencia. Y les atrae la curiosidad, el ansia de descubrir, las mentes que se creen inmunes al miedo. Temo por Vellac, temo por mi cordura, y temo —por sobre todas las cosas— que mi escrito no se convierta en su invitación.

He sellado la entrada a la celda subterránea en el monasterio, pero el zumbido continúa en mi cabeza. La mancha azul en mi pecho nunca se borra, palpitando en noches de escarcha, recordándome que ellos recuerdan, esperan y que nadie, ni siquiera un escéptico, puede escapar para siempre de su mirada.

Así termina mi confesión. Quien lea esto, cierre el libro, apague la lámpara, y olvide toda curiosidad sobre la meseta azul: algunas verdades, le aseguro, viven y matan en el hielo.

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