Fragmento:
No obstante, nadie –ni mis exánimes ayudantes ni yo– se atrevió a buscar refugio bajo el dosel de árboles próximos; había algo en ese claro que nos mantenía prisioneros aunque nada más que el frío pareciera acecharnos entonces. Lyft, el quieto sueco que siempre estaba atento a la presión barométrica, desenterró primero la losa central: la forma que emergió, altiva y erosionada, era la de un relieve apenas humano, grotesca y desproporcionada. Sus ojos vacíos e inclinados no evocaban simpatía alguna; debajo de la roca, la tierra estaba apelmazada y densa, negra como el odio, y las raíces de los árboles se partían para evitarla.
Duración: 10:04
Era aquella noche idéntica en extensión obscura y silencio que tantas otras, fría y sin luna, la brisa trayendo ocasionales ráfagas de olor a tierra removida y vegetación enmohecida. Los trabajos de campaña arqueológica en ese paraje –el páramo hendiendo la provincia– cerraban con un sobresalto: el hallazgo de un círculo de piedra apenas emergente, tan cubierto por líquenes como por eras de olvido. Yo, Marcus Halder, profesor de historia de las religiones en la semilla de mi crepúsculo, había guiado al grupo hasta esa ruina con una mezcla de inquietud y fatalismo; mi reputación, arruinada tras el fiasco de la tumba persa, necesitaba la redención o el olvido absoluto. Aquella hondonada, entre colinas que parecían desvanecerse contra un horizonte siempre umbrío, era el último escenario de mi soledad académica.
No obstante, nadie –ni mis exánimes ayudantes ni yo– se atrevió a buscar refugio bajo el dosel de árboles próximos; había algo en ese claro que nos mantenía prisioneros aunque nada más que el frío pareciera acecharnos entonces. Lyft, el quieto sueco que siempre estaba atento a la presión barométrica, desenterró primero la losa central: la forma que emergió, altiva y erosionada, era la de un relieve apenas humano, grotesca y desproporcionada. Sus ojos vacíos e inclinados no evocaban simpatía alguna; debajo de la roca, la tierra estaba apelmazada y densa, negra como el odio, y las raíces de los árboles se partían para evitarla.
"Marcus, esto no es neolítico", musitó Janine, la única de nosotros que juraría después no haber escuchado los susurros, solo el moverse fantasmal de las ramas.
Me arrodillé a tientas, los guantes entumidos, redactando mentalmente teorías para la posteridad. Una lengua rara, signos reminiscentes de grabados mesopotámicos, recorría el borde de la losa. La presión en los oídos creció súbitamente –como si el claro fuese un pozo subacuático– y a mi alrededor el zumbido subió de tono. Lyft y Janine se retiraron al borde del círculo; yo, opresivamente magnético en mi obsesión, continué. Rasqué el limo que recubría una hendidura y sentí la roca palpitar, vibrando bajo mis dedos.
De repente, el silbido de algo altísimo y veloz rompió el aire. Nos sobresaltamos, las lámparas cayeron. Estrellas formaban una corona temblorosa al borde del claro, y las copas se inclinaron por una ventisca inexplicable. Por un instante, supe con una claridad helada que algo nos contemplaba fuera de nuestro alcance, algo agazapado en la perenne frontera entre planeta y abismo.
Lyft gemía: "No es viento, no es nunca solo viento..." Antes de que pudiera responderle, la grieta se expandió sola. Un olor acre, de química inhumana, brotó mientras pequeños insectos enloquecidos salían de la oscuridad subterránea. Uno de los bloques del círculo se desmoronó y vimos, parpadeando horrorizados a la luz de la linterna, unos grabados más profundos: figuras aladas, reptilianas, rampantes en medio de una vorágine de astros inconexos. Un idioma imposible –no escrito sino arañado en la piedra misma, como si un animal salvaje lo hubiera hecho mientras era devorado– bordeaba a las criaturas. No podía leerlo, pero supe lo que significaba porque se estampó en mis pensamientos con la limpieza del miedo: Ellos no duermen.
Me puse de pie, la linterna agitada; el foco atrapó por un chispazo unos ojos reptilescos entre las ramas. Janine gritó algo ininteligible y corrió, pero el campo era como una prisión, el aire demasiado denso. Lyft se arrodilló junto al círculo, murmurando palabras en sueco que desgarraban el aire como chirridos de cuchillas. Detrás de él, la sombra cobró corporeidad: era imposible ver bien, y sin embargo lo que se asomaba parecía una silueta hinchada, con alas membranosas y extremidades ajenas a cualquier lógica orgánica.
El sonido: como un compás desafinado, el rugido de la nada mezclado con campanillas apagadas, llenó la hondonada. No sabría decir si era un ultraje a la física o al lenguaje; no era música, no era animal, pero cada vibración invocaba un trozo de locura en la geometría del claro. El tiempo se retorcía y la lógica se deshacía, como si lo experimentado estuviera siendo leído desde un sueño indeciso.
Vi, de pronto, lo que la grieta revelaba: no luz sino movimiento. Unas membranas luminosas, delgadas y palpitantes, ascendían en parpadeos, y la niebla pareció solidificarse en cuerpos que no eran ni insectos, ni murciélagos, ni nada que pudiera decirse nacido en la Tierra o en ningún planeta bajo las estrellas normales. Eran jorobados, bicéfalos y simétricos, con alas segmentadas que eran a la vez un continente de nervaduras y una amenaza de garras difusas.
"Byakhees", fue lo único que acerté a decir, aunque en mi mente el nombre no era un consuelo sino una profanación. Lyft se retorcía, sus labios partidos de terror y éxtasis. Janine, en algún vértice fuera del círculo, estaba petrificada en una mueca de horror, la boca abierta en un grito tan silencioso como el espacio entre galaxias. Uno de los seres se agachó, triangulando nuestras posiciones con un hocico que brillaba a la luz como un metal oxidado.
Retrocedí tambaleando, pero la presión era cada vez más densa; sentía pánico pero también la certeza angustiosa de que el miedo era una emoción pensada para cosas menores: esto era reverencia, infierno y maravilla. Las criaturas giraron lentamente por encima del círculo, como buitres de otra realidad, mientras una garra hendía el aire y trozos de la noche parecían desgarrarse como papel encerado.
Lyft fue el primero en ser tocado. El Byakhee lo rozó apenas con el extremo de una de sus alas. Hubo un parpadeo, una desincronía de movimientos –un pestañeo imposible– y de su espalda brotó una herida negra de la que no manaba sangre, sino vapor denso. Sus rodillas se doblaron en el limo y sus ojos se replegaron hacia ningún punto, fijos en una contemplación atrofiada. La criatura lo tomó, envuelta en la vaharada, y lo alzó sin esfuerzo. No hubo grito, no hubo resistencia; Lyft fue sólo devorado por el aire, absorbido hacia el pliegue de alas que ya no eran sólidas, sino limpias y frías como la noche misma.
Quise huir, pero mis piernas eran puro postulado y mi cerebro repetía palabras ancestrales: Nyarlathotep, Kadath, Leng. Dudé de haberlas leído alguna vez o si solo habían surgido en la isla de pesadilla en que se había convertido el claro. Vi la caricia de los Byakhees en la roca, las huellas de sus garras disolviendo lentamente siglos de historia. Vi sus cabezas dobles, sus ojos sin párpados ni pupilas, y noté que sólo Janine y yo éramos objeto de observación: los secundarios de una ópera cruel.
Recordé, con la lucidez de quien emprende el viaje final, mi vida en la ciudad; la investigación, las aulas, el amor perdido por una pasión sin nombre, la eternidad breve de los pasillos, todos los rostros simulando cordialidad mientras aguardaban mi caída. Allí, bajo el signo de la muerte inconmensurable, todas las trivialidades de mi especie eran solo hojas agitadas por la tempestad. Los Byakhees eran dioses o sus emisarios, soberanos de distancias inalcanzables, y nuestro temor apenas un aperitivo para su hambre glacial.
La grieta abierta por la losa parecía ahora un pozo sin fondo, el suelo palpitaba como una membrana, y yo supe –algo fuera de la memoria y de la razón me lo dijo, quizá el eco de la raza humana frente a sus mayores horrores– que lo único que podía salvarme era repetir un conjuro que una vez escuché en sueños. Lo balbucí con voz temblorosa, eché sal de mi bolsillo –un talismán inútil en este contexto, pero cargado de esperanza vestigial–, y tracé un círculo con ella.
El viento se detuvo. Los Byakhees, suspendidos en el aire denso, giraron sus cuerpos repentinamente inmóviles. Una vibración indescifrable pasó por mi cuerpo, recorriendo mis huesos como una corriente eléctrica. Janine se desplomó, súbitamente privada de vida. Los seres, emitiendo un zumbido frenético, se alzaron y otros llegaron de más allá del claro, deslizándose desde la propia noche, más altos, más delgados, con alas que parecían velas negras empapadas de locura.
Me arrojé en el suelo, abrazándome al círculo de sal. La noche se encogió, el mundo se disolvió entre corrientes de aire ultraterreno, y entonces vi –vi, sin ver– el otro lado: una procesión infinita de Byakhees avanzando entre paisajes de piedra y gases, bajo cielos que no tenían sol ni luna sino gases hirviendo y tímidas estrellas verdes. Sus alas batían en un ritmo idéntico al de la sangre en mis sienes. Entendí que mi vida pendía de su desdén divino; sólo sería consumido si les fascinaba mi alma, o si la casualidad los volvía hábiles para nutrirse de mí.
No sé cuánto tiempo estuve allí: horas, días, años. Me reencontraron con la cordura sólo los pájaros aullando al amanecer después de que el frío del claro se disipara. Lyft, Janine, mi equipo: polvo y sueño, sus huellas borradas por las alas de lo imposible. El círculo de piedra estaba cerrado, la grieta firme de nuevo, ni rastro de sal ni cicatriz: solo mi cuerpo, temblando y manchado, y la certeza de que había cruzado una frontera invisible.
Cuando regresé a la ciudad, mi historia fue desestimada: “Crisis nerviosa, pérdida del juicio”, decían los médicos, los académicos, los amistosos enemigos de la universidad. Nadie cree en Byakhees, ni en las grietas que conducen a sus dominios oblicuos. Pero yo sé. Cada noche, al cerrar los ojos, siento el áspero batir de alas no adaptadas a nuestro aire, el roce convulso de garras que no conocen compasión. Algún día, el círculo volverá a abrirse. Y esta vez, cuando los Byakhees bajen a buscar, yo estaré preparado; o al menos, sabré que el miedo ya no tiene ningún sentido.
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