Fragmento:
A la tercera noche, empecé a notar pequeñas manchas verdosas en la madera cerca de mi cama; supuse que era moho. Pero al rozarlas descubrí que palpitaron, brevemente, con una vida tibia, como si mis dedos hubiesen perturbado la quietud de una criatura dormida. Recordé vagamente los dibujos de Mingle: patrones amorfos y tentaculares profanando la geometría euclidiana. Archivaba mis observaciones, negándome a aceptar que pudiese haber relación.
Duración: 09:04
El sueño llegó, oscuro, deshilachado, un eco viscoso sobre mi conciencia antes de despedazarla y llevarme por caminos ignotos. Recuerdo los sonidos primero: un susurro grave y arrastrado, palabras rotas que vibraban en ese extraño espacio liminal entre el sueño y el despertar. Me sumergí en la negrura, sintiendo las olas invisibles de una presencia que no veía, pero sí percibía en los temblores de mi médula, en el sudor helado que nacía en mi frente y que, al abrir los ojos, seguía fluyendo con una opresiva terquedad.
Así empezó todo: una invitación ineludible, gestada en la podredumbre de una historia ancestral, acallada por siglos y apenas susurrada entre los supervivientes de alguna calamidad cuya existencia solo se evocaba en balbuceos demente o manuscritos incinerados. Yo era un estudioso por vocación, un hombre de ciencia, habituado al escepticismo, a la cómoda seguridad de los datos; mas pronto descubriría cuán fútil era aferrarse a la lógica cuando la realidad se disolvía ante lo abisal.
Habíame instalado en un pueblo costero, apenas una docena de casas derruidas, una iglesia sin campana y un cementerio asolado por la brisa salina. Allí, según legajos olvidados en la biblioteca de Arkham, encontrábase la última morada de Jacob Mingle, una figura oscura en los anales de la academia, desaparecido en circunstancias tan absurdas que sus contemporáneos optaron por tacharlo de loco. Me atrajo precisamente ese estigma: necesitaba desentrañar, a través de cartas y diarios, la causa de su desgracia.
La cabaña que alquilé era sencilla, pero cómoda. No obstante, pronto noté una densidad inusual en el aire, una fetidez apenas perceptible pero persistente, casi como salicornoia y caracoles muertos que se aferraban a las rocas durante la marea baja. Un aroma mohíno cargado de reminiscencias ilegítimas; como si la piedra hubiese absorbido, durante generaciones, las exhalaciones de algo que jamás debía haber respirado. Intenté ignorarlo, centrándome en los papeles de Mingle, pero por las noches los sueños regresaban, más intensos y plásticos, y sentía que algo reptaba bajo el suelo, como una marea congelada, tratando de alcanzar la superficie.
A la tercera noche, empecé a notar pequeñas manchas verdosas en la madera cerca de mi cama; supuse que era moho. Pero al rozarlas descubrí que palpitaron, brevemente, con una vida tibia, como si mis dedos hubiesen perturbado la quietud de una criatura dormida. Recordé vagamente los dibujos de Mingle: patrones amorfos y tentaculares profanando la geometría euclidiana. Archivaba mis observaciones, negándome a aceptar que pudiese haber relación.
Una mañana llegó a mi puerta un anciano encorvado, con una piel casi transparente y los ojos irrevocablemente ausentes. Se presentó como Abel Marsh, último de los Marsh de Innsmouth. Su acento era áspero, como si cada palabra arrastrase lodo del fondo de algún estanque atávico. Me ofreció pescado seco y huevo de cormorán, obsequios repulsivos que rechacé cortésmente. Pero antes de irse, murmuró: “No se acerque a la salina de noche. No camine cerca del estero cuando el aire huela a cobre”. Nadie me había mencionado tal salina; mis anfitriones siempre evitaban hablar de la zona sudoeste del pueblo.
Esa advertencia, lejos de disuadirme, encendió una llamarada de curiosidad malsana. Esa noche, armado de mi linterna y una libreta, me aventuré hacia los límites del pueblo, más allá de las criptas ruinosas, tomando el sendero que los locales evitaban ostensiblemente. Pronto sentí que algo me escrutaba desde la maleza, pero cada vez que giraba la linterna, solo encontraba musgo y piedras. Al llegar cerca de la salina, la fetidez aumentó, mezclándose con una humedad irritante que de súbito me dificultó el respirar.
El agua estaba quieta, viscosa; ni una onda perturbaba su superficie, que reflejaba con exceso de fidelidad la luna gibosa. De improviso, un sonido brotó de las cañas: un gorjeo indeterminado, precedido de un arrastrar pesado, de una masa desplazándose a través del fango. Iluminé el área y vi formas informe, difusas por la neblina, que se ocultaron, apenas tocadas por el haz: glóbulos entumecidos, tentáculos, ojos atávicos y famélicos que titilaban como carbones encendidos. Un sudor gélido erizó mi carne.
Hubiese huido entonces, pero una fascinación mórbida me ancló al lugar. Recordé los estudios de Mingle sobre entidades prehumanas, capaces de modelar su cuerpo a placer, de asimilar cualquier forma viviente, de adaptarse y subsistir a través de innumerables eras. Monstruos sin voz, sin moral, cuya única norma era la expansión, la multiplicidad infinita. “Shoggoths”, susurró mi mente, con ese nombre imposible y antediluviano extraído de escritos profanos de la Edad Oscura.
Me vi a mí mismo avanzando, como si otra voluntad guiase mis pasos. Tropecé y caí, la linterna voló de mis manos y la oscuridad me abrazó, cálida, húmeda, con una sensación de viscosidad que crecía alrededor de mis tobillos. Luché por incorporarme; sentí formas gelatinosas palpándome los muslos y, cuando mis dedos rozaron la linterna, un breve relámpago de luz reveló la auténtica magnitud del horror: una masa sin fronteras, hirviente, rebosante de apéndices, ojos, bocas secundarias. El hedor era tan brutal que tuve arcadas. Una voz, imposible y descompuesta, habló entonces. No era lenguaje humano, sino un rumor sordo, una vibración profunda, ancestral; pero su significado fue inconfundible: “Somos legión, somos molde, somos los hijos de la noche eternamente cambiante”.
Entre jadeos y vómitos, me arrastré lejos de la salina, llevándome en el cuerpo la pegajosidad impía de una sustancia inidentificable. Alcancé el umbral de mi cabaña antes de desfallecer. Tuve sueños encadenados de materia informe, matraces hirvientes, órganos fusionándose, ciudades sumergidas donde los shoggoths eran dioses y carceleros, amos y esclavos de una humanidad extinta.
Desperté al amanecer, el rostro cubierto de una baba verdinegra. Estaba solo, pero sentía miradas en cada recoveco. Durante el día traté de racionalizar lo ocurrido, atribuyendo mi experiencia a alucinaciones provocadas por hongos o gases de pantano. Pero los signos crecían: al volver de una caminata, noté que el interior de mi cabaña estaba cubierto por un sudario de limo transparente, como si una criatura marina hubiese pasado la noche deslizándose por las paredes. Los espejos devolvían reflejos apenas distorsionados, mis ojos parecían no estar ya donde debían.
Desesperado, busqué a Marsh, pero su casa estaba vacía. Solo encontré una carta bajo la puerta agrietada: “Ya los has visto. Ellos saben quién eres. No luches. Ellos toman lo que les place. Nadie se va.” Quemé la nota, horrorizado, pero la amenaza burbujeaba en mis entrañas. El pueblo parecía ajeno, los rostros de los pocos habitantes adquirían, bajo cierta luz, una plasticidad inquietante; parpadeaban y cambiaban, y juraría que las sombras tras sus ventanas reptaban, que algo movía los husos tras los muros y entre los cimientos.
Me resigné a marcharme esa misma noche. Empaqué pocos enseres, guardé mi libreta y salí a hurtadillas, las horas aún jóvenes. Pero apenas atravesé el cementerio, la niebla se espesó con una precisión casi deliberada. Sentí que el suelo palpitaba, fluido, como si cada pisada despertase reminiscencias orgánicas en la tierra. Surgieron de la niebla, primero apenas siluetas, luego contornos más definidos: los mismos engendros que brotaban de la salina, aglutinadas en formas efímeras, mutables, adoptando aquí algo de humanidad en el gesto, allá un atisbo de rostro conocido que se fundía en un torbellino de ojos y tentáculos.
Corrí sin rumbo, tropecé y caí, y la masa me envolvió, absorbió el calor de mi cuerpo, mis gritos se ahogaron en un vaho viscoso. En el límite de la conciencia, mientras burbujeaba en la penumbra, comprendí la naturaleza de su terrorífica longevidad: los shoggoths no solo imitaban la vida; la asimilaban, la reproducían y la deglutían, perpetuándose en ciclos interminables de transformación. Pude ver, a través de sus múltiples ojos, las memorias de milenios, las ciudades sumergidas, las geografías que nunca pisó hombre alguno, los laboratorios de los Primordiales y el odio ciego que albergaban hacia todo lo que vivía fuera de su matriz primordial.
Fui su presa, su trofeo o su ofrenda, nunca lo supe. Mi última visión fue un mar de ojos, y el ruidoso eco de una palabra nunca dicha por garganta viva. Ahora, si alguien encuentra este manuscrito, que sepa: bajo las aguas quietas y los pueblos caídos, la vida misma es solo préstamo fugaz a esas entidades que esperan, adaptan, modelan y devoran. No hay santuario ni ciencia que repela su avance. Ellos estaban antes de nosotros y estarán después; y yo, convertido en otro glóbulo en su masa cambiante, les pertenezco para siempre.
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