Fragmento:
Era una losa negra, fría al tacto incluso en el clima abrasador, repleta de símbolos sinuosos y relieves de serpientes que se enroscaban unas con otras hasta que resultaba imposible discernir dónde empezaba una y acababa la otra. “¿De dónde la has sacado?”, pregunté, esforzándome por parecer calmado mientras mi pulso latía como un tambor antiguo.
Duración: 10:35
En la opaca y marmórea quietud de mi oficina olvidada, apenas rasgada por el lamento de la lluvia, me encuentro compelido a transcribir, aunque horrorizado, el funesto episodio acaecido en la apartada comarca de Maduros, allá en la rugosa selva sudamericana, donde los abismos no han conocido aún la indiferencia del Hombre ni su ciencia vanidosa. La memoria me sigue hiriendo con una insistencia que el tiempo —ni los fármacos más potentes— ha logrado aplacar. Me urge la necesidad de advertir a quienes, por desgracia, encuentren eco en las palabras de este relato.
Mi nombre, para utilidad de los incautos, es Adrian S. Falkner, doctor en antropología, con especial atención a los cultos precolombinos que, con frecuencia, yerran hacia lo que el vulgo llama superstición. Con ánimo escéptico y ningún gran temor, me permití aceptar la generosa invitación —casi un ruego— de mi viejo colega venezolano, el profesor Arnaldo Echevarría, que refería sobre insólitos hallazgos en la zona donde el Orinoco parece tragarse a sí mismo en la verde espesura.
Arnaldo, a través de cartas llenas de una nerviosidad creciente, me hablaba de petroglifos ignotos y formaciones de piedra que evocaban —según él— “una arquitectura no humana”. Desestimé tales exageraciones, atribuyéndolas al exceso de humedad y soledad. Sin embargo, la última misiva me heló la sangre: “Han vuelto a ascender del fondo, Adrian. Sé lo que he visto. No estoy loco, pero pronto lo estaré. Ven antes de que me absorban también. He hallado la piedra de Yig.”
Esa palabra: Yig. Había cruzado mis lecturas sobre civilizaciones imposibles: un dios-serpiente, precursor de antiguos panteones, dios madre y devorador. No era de sorprender que en los imaginarios febriles de tribus aisladas, las formas reptiloides se mezclaran con el terror del no-despertar. Pero Arnaldo no era proclive a locuras.
Así, cargado de una calma artificial y las herramientas eruditas, partí hacia la remota Maduros, transitando por ríos marrones y trochas envueltas en vapores donde la vegetación parecía mirar y murmurar. El pueblo —si es que así puede llamarse a aquel conjunto de chozas entre franjas de bambús estrangulados— no me acogió con calidez, sino con una hostilidad raquítica, marcada por la piel oscura y estirada de sus pocos habitantes, sus dedos escamosos, y la fijación de unos ojos que evitaban mi presencia.
Echevarría, demacrado hasta lo espectral, me recibió en una cabaña donde el incienso se mezclaba con empapadas cartas esparcidas por todos lados. De inmediato supe que el hombre que yo recordaba no era el mismo. Lo primero que hice fue examinar aquello que reclamaba con tanta urgencia: la “piedra de Yig”.
Era una losa negra, fría al tacto incluso en el clima abrasador, repleta de símbolos sinuosos y relieves de serpientes que se enroscaban unas con otras hasta que resultaba imposible discernir dónde empezaba una y acababa la otra. “¿De dónde la has sacado?”, pregunté, esforzándome por parecer calmado mientras mi pulso latía como un tambor antiguo.
“Del viejo pozo, en las ruinas.” Sus ojos eran dos brasas medio apagadas. “Pero hay más ahí abajo. No solo piedras.”
La conversación, interrumpida por estallidos esporádicos de truenos, se extendió hasta la noche. Arnaldo, resignado, dormía en intervalos cortos, interrumpidos por espasmos y susurros. Parecía no querer dormir, aún menos cuando caía la lluvia; algo en esos sonidos le crispaba los nervios. Yo mismo, presa del insomnio, hojeaba los cuadernos arrugados del profesor. Había dibujos febriles de figuras humanoides, recubiertas de escamas, con desmesurados ojos verticales y bocas llenas de colmillos curvos.
Al amanecer me llevó, tras sortear la hostilidad de los lugareños, al “pozo”. Era un claro ahogado por enredaderas, en cuyo centro destacaba una abertura pétrea. Me asombró la regularidad ciclópea de los bloques de piedra negra y el relieve verdeáceo de su superficie. Allí, señaló la docilidad de una estatua semienterrada: una figura de serpiente erguida, con cabeza antropomorfa y zumo petrificado en los colmillos. “Nadie osa bajar”, susurró. “Dicen que los Hombres Serpiente aguardan allá abajo.”
Taché la sugerencia de absurda. Arnaldo, sin embargo, temblaba. Supe entonces que debía descender, si no por mi ciencia, al menos por el afecto a mi amigo. Bajamos con linternas, sogas y una crudeza de corazones densos. El túnel olía a cripta y materia muerta. A medida que avanzábamos, el aire se espesaba, trayendo un hedor mineral y agrio.
Torciendo por un corredor flanqueado por columnas cubiertas de musgo limpié con la mano uno de los relieves y sentí un escalofrío. Debajo del verdín, las imágenes no mostraban simples ofidios sino criaturas de cuerpos medio humanos, medio reptiles, realizando actos rituales en torno a altares tallados en cráneos y huesos. Una sensación de inquietud se fue apoderando de mí; mis nervios se tensaban como cuerdas expuestas a la humedad corrosiva de aquel inframundo.
Al llegar a una cámara más amplia, nuestras linternas —anémicas ante el negro infinito— iluminaron una serie de fosas profundas, en cuyo fondo se vislumbraba el reflejo de irisaciones enfermas. El suelo estaba cubierto de detritus antiguos: brazaletes, colmillos, huesos humanos. Todo ello se disponía siguiendo un orden geométrico ajeno a cualquier cultura conocida. El efecto fue el de una pesadilla estratificada sobre costras de civilizaciones olvidadas.
Entonces, algo se movió. Oímos un roce sinuoso, un arrastre como de mil pieles mudando al unísono. Arnaldo jadeó, y en sus ojos creí ver, momentáneamente, el fulgor receloso de una criatura acorralada. Yo mismo, sobrecogido, traté de tragarme el terror naciente, atribuyéndolo al efecto del encierro y la oscuridad.
Sin embargo, el sonido persistió, acompasado, como si algo indescriptiblemente largo y sordo ascendiera desde los pozos. Las linternas titilaron y, en aquella penumbra, reconocí, apenas, la silueta de una figura que reptaba hacia nosotros, erguida en dos patas, la cola atada aún a los antiguos mandatos subterráneos.
Su piel era verde oscurecida, de un brillo viscoso, las escamas irregularmente superpuestas, y en su rostro dos ojos dorados, sin párpados, poseían una profundidad antinatural. Su boca era ancha, de la que pendían hilos de baba amarillenta, y al abrirse reveló una lengua bífida que exploraba el aire con una lentitud meditativa. Tras ella, emergieron otras figuras, menos definidas: humanoides reptilianos, portando estandartes empapados en lo que sólo podía ser sangre coagulada.
El horror me paralizó. Sentí el impulso visceral de huir, pero las piernas no me obedecieron. Arnaldo, en cambio, clavado en el sitio, empezó a balbucear palabras en una lengua imposible, gutural y chisporroteante, que reconocí de inmediato como los fonemas de los cánticos garabateados en sus cuadernos.
“Yig, hijo de la grieta, Señor del Primer Frío…” resonaron sus palabras.
Las criaturas ignoraron mi presencia y rodearon a Echevarría, quien, presa de una especie de trance, levantó la losa que portaba consigo, la misma piedra que me había mostrado horas antes. Al contacto con la presencia monstruosa, la losa vibró y sus relieves parecieron moverse: las serpientes talladas se deslizaban formando espirales vivas, como si emergieran de la misma piedra.
Las figuras serpentinas se arrodillaron, y uno de los seres serpentinos —vestido de una capa estriada y roja— avanzó y posó sus garras en la cabeza de Arnaldo, quien sollozaba y reía en paroxismos de éxtasis y terror. Los cánticos se hicieron ensordecedores, reverberando a través de la cámara como si los mismísimos cimientos de la tierra gimieran con ellos. Percibí palabras resbalosas, inhumanas: “la piel es la memoria”, “la memoria retorna”, “la serpiente no olvida su carne”.
De pronto, Arnaldo gritó, un bramido pleno de un dolor antediluviano. Su piel comenzó a hincharse y endurecerse, los poros se abrieron como bocas diminutas, luego brotaron escamas vívidas por todo su cuerpo. Sus ojos viraron al amarillo, los dientes crecieron y se afilaron grotescamente. En un proceso inexorable, mi amigo fue devorado y reemplazado, transformado en uno de ellos ante mis ojos, aunque conservando esa última chispa de conciencia que suplicaba, en un grito inarticulado, por la salvación imposible.
Quise huir, pero la horda cubrió todas las salidas. Los seres se acercaron mientras Arnaldo (¿seguía siendo Arnaldo?) extendía asimismo sus nuevas garras hacia mí. Sentí la presión no de manos, sino de colas flexibles, rodeando mis tobillos. El hedor a reptil y sangre era abrumador, y los cánticos subterráneos martillaban mi mente.
En ese momento, el ser de la capa estriada se me acercó y, en español arcaico, murmuró: “Tú también recuerdas, aún bajo la piel prestada. El ciclo no cesa. El nuevo siglo es nuestro; la cáscara humana será de nuevo arrojada.”
No recuerdo cómo logré recobrar el sentido. Cuando abrí los ojos, apenas emergía la luz de la mañana y yacía entre enredaderas, lejos del pozo y con las ropas húmedas y rotas, como si el barro mismo hubiese intentado asfixiarme. Nadie en el pueblo me hizo preguntas cuando abandoné el lugar a toda prisa, y los pocos rostros que alcancé a distinguir en la espesura me parecieron demasiado imperturbables, demasiado antiguos.
Aún ahora, en el transcurso de las noches húmedas y desprovistas de sueño, siento el escozor en la piel, el temblor frío en la sangre, y a veces me descubro escarbando formas sinuosas en el reverso del papel, como si mi mano fuera guiada por memorias más viejas que la civilización. Sé que no debo dormir, porque en mis sueños oigo el arrastrar de pieles y el susurro de los caídos: “La serpiente no olvida su carne. El ciclo no cesa…”
Por eso escribo, no para pedir consuelo —sé que no lo hay para quienes han mirado el abismo verdaderamente ancestral—, sino para advertir a todo aquel que crea, ingenuamente, que la ciencia puede desenterrar el pasado sin que el pasado desentierre al hombre. No busquen las ruinas del pozo. No escuchen el canto bajo la piedra negra. Porque la escama recuerda, mientras el hombre, engañosa bestia de carne blanda, olvida. Pero la piel retorna. Y, cuando suceda, no habrá ciencia que lo detenga.
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