Portada del relato Las Alas entre los Collados
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Fragmento:


La primera noche la pasé en la posada de Arkham, tan lúgubre y gris como las nieblas que envolvían el Miskatonic con una ternura de tumba. El tabernero, al saber mi destino, me advirtió con voz apenas audible: “No moleste a los Whateley. Ellos no suelen hablar con los de fuera. Y si escucha alas… Mejor entre y no mire.” Al día siguiente logré alquiler un Ford usado que rechinaba como un asilo, y conduje hacia las colinas de Dunwich, curvas y desnudas como jorobas de gigante que aguardan entre la niebla.

Duración: 09:48

Las Alas entre los Collados
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Texto de ajuste de pausa.

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No puedo decir con certeza qué fue lo que me llevó aquel verano a las colinas próximas a Dunwich. Tal vez la culpa todavía roía mis sueños, o simplemente el ineludible magnetismo del dolor—propio y ajeno—que uno siente cuando convergen la historia y la pérdida. Por entonces enseñaba literatura en el Midwest para una universidad que pagaba mal pero toleraba tanto mis excentricidades como mi afición por los epistolarios polvorientos de New England. Fue así que, hurgando viejas cartas de la colección Slater en la biblioteca de Miskatonic, dí con un nombre y un lugar: una misiva fechada en julio de 1919, firmada por un Whateley, hablaba con recelo sobre “las señales de alas negras entre los collados”, las mismas que atormentan las huellas orales del folclore de Dunwich como una herida nunca sanada.

Con permiso de mis superiores, preparé un modesto equipo de campo (grabadora, cámara, diccionario Abenaki y libretas de notas) y partí hacia Massachusetts, decidido a investigar si los rumores sobre manifestaciones “inexplicables” poseían alguna base distinta de la superstición rural. No era el primer forastero en buscar respuestas a incógnitas tentaculares en Dunwich—ni, como pronto descubriría, el más sensato.

La primera noche la pasé en la posada de Arkham, tan lúgubre y gris como las nieblas que envolvían el Miskatonic con una ternura de tumba. El tabernero, al saber mi destino, me advirtió con voz apenas audible: “No moleste a los Whateley. Ellos no suelen hablar con los de fuera. Y si escucha alas… Mejor entre y no mire.” Al día siguiente logré alquiler un Ford usado que rechinaba como un asilo, y conduje hacia las colinas de Dunwich, curvas y desnudas como jorobas de gigante que aguardan entre la niebla.

Las primeras impresiones fueron menos que prometedoras. Casas desmoronadas, caminos despoblados salvo por algún rebaño enfermo y feroces perros que huían ante mi presencia como si olfatearan tormenta. Nadie parecía querer saber nada de mí, salvo una anciana encorvada que, a cambio de un par de billetes, aceptó hablar en el patio de su desvencijada vivienda. “¿A usted también lo llaman las alas?” preguntó, estrujando su chal raído como un talismán, “a veces bajan del cielo y se posan en el molino.” Un dedo tembloroso señaló a una estructura ruinosa sobre una elevación cubierta de hierba grisácea. “Allí fue donde Faulkner perdió a su hijo.” Sus ojos claros me mostraron una seriedad pétrea. “Allí abajo empieza el agujero.”

No ignoré el significado de la palabra “agujero”; las crónicas de Dunwich siempre insinuaban lo que no se puede ver ni pronunciar, lo que late bajo la costra del mundo y cuyo nombre roba calor a los vivos. Me acerqué al molino al atardecer, cuando el aire exhalaba cierta humedad mohosa y animal, y las sombras bailaban alrededor de los montones de rocas e hinojo seco. El molino, una estructura cilíndrica con techo vencido, parecía huérfano de toda utilidad humana. Sin embargo, lo que realmente me hirió de extrañeza fue el frío: como si me abrazara un sudario invisible. El olor—almizclado, vagamente metálico y dulzón—hacía imposible respirar hondo sin que la laringe amenazara con cerrar.

Me asomé, grabadora lista. El interior estaba tapizado de paja putrefacta y extraños símbolos rayados, sílabas sin sentido en un idioma deformado. Dediqué varios minutos a documentar el recinto cuando, súbitamente, un sonido ocurrió, imposible de describir con palabras humanas: el batir simultáneo de mil alas de cuero áspero, cubriendo el mundo bajo un enorme manto negro. No era solo un estruendo, sino una vibración que helaba los huesos y hacía sangrar las encías. Me deslicé hacia atrás, tropezando; afuera, la tarde parecía haber sido absorbida por una niebla negra que reptaba entre los brezos y encinas como un animal ciego.

Regresé apresuradamente al cobijo del automóvil, mis papeles y grabadora estrujados bajo el brazo. Solo al arrancar, cuando las ruedas chirriaron sobre la grava, contemplé algo en el cielo. No era un ave ni tampoco una sombra provocada por la luz menguante, sino cuatro formas aladas que descendían en espiral, antinaturales, como heridas abiertas en el aire. Cuerpos distorsionados, alas de murciélago que agitaban la materia del mundo con el desprecio de los sueños más insanos. Apreté el acelerador como si la velocidad pudiera librarme del contacto con aquellos horrores caídos del cielo, mientras mi mente, aferrada al último resquicio de razón, balbuceaba una oración inconsciente a quienes ya no escuchan.

Me alojé esa noche en la posada de Dunwich, lejos del molino, aunque no del miedo. Mis sueños estaban poblados por rebaños de criaturas sin nombre, cuyos chillidos traspasaban la carne; gritos en idiomas muertos mezclados con el chillido húmedo de cosas que se arrastran. Al amanecer, decidí marcharme, pero la tentación de saber prevaleció. ¿Qué era aquel agujero bajo el molino? ¿Qué secretos guardaban los Whateley tan celosamente que ni el paso de las generaciones podía borrar?

Regresé de día, armado con una linterna, una pequeña pala y mi terco escepticismo académico, ese que alguna vez confundí con valentía. La entrada al molino estaba cerrada; una puerta gruesa de roble evidenciaba recientes remiendos, quizás para mantener fuera a los niños curiosos o para encerrar algo mucho más antiguo. Rodeé la estructura y, bajo una loose stone, hallé una trampilla apenas visible, cubierta de maleza seca. La levanté, resistiendo un acceso de náusea al oler el aire que brotaba al liberarla: carne pútrida, ozono y azufre.

Descendí con la linterna parpadeando sobre los toscos peldaños de piedra. El túnel era bajo y húmedo, cubierto de inscripciones en espiral: símbolos de culto, advertencias, tal vez hasta plegarias. Todo estaba cubierto por una película viscosa que manchaba la ropa y hacía resbaladizo el descenso. Al cabo de unos metros llegué a una cámara donde el calor aumentó de improviso hasta casi sofocarme.

La cámara estaba tapizada de verticilos óseos dispuestos en torno a un altar central, una roca negra brillante cuyas aristas destellaban con reflejos púrpura. Encima del altar, latía un libro de cubierta coriácea y hojas afiladas como escamas. Mi mano, presa de una compulsión atávica, lo abrió. Allí, mi mente tropezó con letras que no conocía, aunque intuía demasiado: las invocaciones al Rey Amarillo, las letanías para burlar la Vía Láctea y los mandatos que prometían “el regreso de las Alas”.

De repente la cámara vibró y, por un segundo, el aire pareció doblarse como un espejo que se agrieta bajo la presión de lo imposible. Se escuchó un zumbido, bajo al principio, que pronto se convirtió en un rugido sordo de alas que cortan la tela del aire. Algo descendía del techo negro de la caverna: formas aladas, pesadamente corpóreas y al mismo tiempo insustanciales, como sueños de locura encarnados en sudor y baba. No eran aves, ni murciélagos, ni reptiles antiguos, sino algo que usaba esas comparaciones como burla grotesca. Sus cuerpos eran alargados, cubiertos de placas que vibraban al unísono, y sus miembros, rematados en garras, colgaban bajo los abdómenes como versos rotos de un poema infernal.

Sentí que algo buscaba mi pensamiento, removiendo ideas y memorias, husmeando con la curiosidad de una entidad para la que el sufrimiento humano no era sino música de fondo. Retrocedí, la linterna oscilando, incapaz de mantener la mirada fija en aquellas cosas, porque cada vez que trataba de enfocarlas, sus contornos se disolvían, dejando impresiones de espinas, agujas y la promesa de un frío peor que la muerte.

El chillido de una de las bestias, más agudo, rasgó mi conciencia. Caí de rodillas, la linterna rodó y se apagó. El libro seguía abierto y, por un instante, comprendí sin querer la frase que relucía en una lengua muerta: “Llegarán cuando la sangre cante en la roca negra; la frontera está abierta y son suyos los huesos del recién llegado.” La cámara se inundó de oscuridad palpitante, repleta de aleteos secos, rozaduras contra la piedra, y mi corazón, tamborilando un ritmo ajeno.

No recuerdo cómo escapé, sólo fragmentos que emergen entre pesadillas recurrentes: mi cuerpo empapado de una sustancia viscosa, el sabor metálico en mi boca, la sensación de que bajo mis pies los peldaños vibraban con una frecuencia que mi propio pulso imitaba. Cuando alcancé el exterior, comprobé, para mi horror, que el sol apenas tocaba las crestas, como si el día temiera penetrar los confines del molino. Corrí colina abajo, ignorando los gritos lejanos — ¿eran míos, o de algo más que me había seguido a la superficie?

Mi breve regreso a la posada fue un caos: fiebre, delirios, la garganta ulcerada, sueños de alas y avispas que anidaban en mi cráneo. Desperté a los dos días, custodiado por un médico pueblerino que recomendó reposo y, por encima de todo, “no volver nunca al molino”. Añadió, sin ambages: “Todos los forasteros se llevan un poco de eso dentro; la única cura es irse y nunca mirar atrás.” Le obedecí.

No regresé a Dunwich. He intentado convencerme de que nada de lo que viví fue real. Pero cada crepúsculo me recuerda los sonidos, los olores y, peor aún, la certeza de que las colinas viven. Que aún hay cosas—vigilantes, expectantes—que sobrevuelan las fronteras entre lo humano y lo inefable. Y cada pesadilla trae consigo el eco del batir de alas: Byakhees, brotando donde la sangre canta y la locura es frontera. Desearía advertir a todo aquel que busque en los misterios de Dunwich una respuesta: hay preguntas que sólo pueden nacer de la carne del miedo, y respuestas que sólo se encuentran allí donde no hay retorno, bajo el silencio hosco del molino, en la sombra viva de lo imposible.

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