Portada del relato La espiral bajo los sillares
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Fragmento:


La galería terminó en una sala de unos cinco metros, techada con pesados bloques grises. Al fondo, una doble puerta de madera ennegrecida, cuyos herrajes estaban corroídos pero intactos. El frío punzante se volvió viscoso, casi oleoso, y sólo logré avanzar gracias a la presión de Tomás a mi lado. Había símbolos grabados en el marco—espirales y triángulos dobles, rodeando formas que evocaban serpientes sinuosas y pestañas reptilianas, como si quien los talló hubiese conocido organismos que nunca se alzaron bajo la luz del día.

Duración: 09:21

La espiral bajo los sillares
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Texto de ajuste de pausa.

La mayoría de los que se interesan con verdadera devoción por la arqueología nocturna saben cuándo retirarse. Algunos lugares, especialmente en ciudades tan antiguas como Nueva York—cuyo subsuelo está picado por criptas, túneles de servicio y bóvedas olvidadas—cargan consigo un peso casi palpable en el aire; una vibración sorda y persistente que avisa al curioso de que está a punto de internarse en honduras que no se hincaron para el hombre. De haber seguido mi instinto aquél martes, tal vez hoy mis noches serían más nítidas, menos fluidas, y las figuras entre mis sábanas no se arrastrarían sin vértebras, ni enroscarían bajo la carne de mi sacro.

La historia arranca en la vieja biblioteca de la Universidad Columbia, donde, como estudiante de posgrado, me especializaba en las familias patricias coloniales y sus escandalosos secretos. Las cartas de la familia Olyphant—en particular las escritas por Rossiter Olyphant entre finales del siglo XVIII y principios del XIX—me empujaron hacia el descubrimiento más puramente lógico de mi carrera: la posibilidad de una cripta oculta bajo la capilla universitaria antigua, demolida en 1861. El tono histérico con el que Rossiter describía “gemidos en la piedra viva” y “el letargo del linaje frío” sería descartado por cualquier académico severo, pero esa prosa delirante me proporcionó más de un indicio: palabras codificadas, referencias cruzadas con un plano de la vieja ciudad.

Yo, escéptico pero en deuda con el peligroso placer de los secretos, convencí a Tomás, un técnico de laboratorio fascinado con el esoterismo, para que me acompañara—según él, lo poco que podía ofrecerle a cambio de algunos turnos nocturnos en el laboratorio tomaba forma de leyendas urbanas, rumores de túneles sellados con sal y ladrillo. Una noche lluviosa de abril, usamos tarjetas y argucias para acceder al sótano de la biblioteca Butler. A través de una vieja escotilla, logramos deslizar una linterna y, descendiendo por una escalera oxidada, encontramos el conducto de aire tapado que buscábamos.

Al principio, el aire era sólo un poco más frío y húmedo, y el suelo, cubierto de grava, crujía bajo nuestras botas. Pero pronto la linterna tropezó con señales del pasado: ladrillos cubiertos de un musgo blanquecino y, más allá, una oquedad. Tomás se adelantó, sudando incluso bajo el aire helado. “Te juro que huelo algo—azufre y humedad, como si… No sé, como si un jardín se pudriera aquí abajo”, murmuró con el ceño cerrado, y por primera vez desee (sinceramente) que él fuera el menos sensato de los dos.

Proseguimos. Los límites entre túnel y catacumba se fueron disolviendo. La piedra antigua reemplazaba la mampostería reciente y, siguiendo una pendiente, llegamos a un tramo donde los sillares mismos vibraban levemente ante la luz. El sonido, un rumor amortiguado, parecía provenir del subsuelo. “Debe ser el metro”, bromeé, queriendo destensar mi garganta, pero Tomás atravesó la negrura con la mirada más cruda: no había ninguna línea del metro bajo ese lado del campus, argumento que recordé con cierta crueldad momentos después—y aún después, en mis noches de vigilia.

La galería terminó en una sala de unos cinco metros, techada con pesados bloques grises. Al fondo, una doble puerta de madera ennegrecida, cuyos herrajes estaban corroídos pero intactos. El frío punzante se volvió viscoso, casi oleoso, y sólo logré avanzar gracias a la presión de Tomás a mi lado. Había símbolos grabados en el marco—espirales y triángulos dobles, rodeando formas que evocaban serpientes sinuosas y pestañas reptilianas, como si quien los talló hubiese conocido organismos que nunca se alzaron bajo la luz del día.

Las puertas cedieron más fácil de lo esperado, como si hubieran sido abiertas recientemente. Al otro lado, una estancia mucho más baja, cuyo suelo era de arenisca y donde la humedad componía charcos de reflejos verdosos, nos esperaba. Las paredes, de roca desnuda, estaban tapizadas por bajorrelieves: relatos sin palabras, pero no mudos, porque reconocí la coreografía de las figuras—serpientes largas, de torsos humanoides, entrelazadas alrededor de globos astados y formas cúbicas que absorbían a figuras humanas enroscadas. Su piel, en las tallas, estaba compuesta de ranuras rítmicas, y en sus miradas había algo ancestral, una inteligencia quieta, carente de pasión.

Empezó el zumbido. Venía desde algún punto bajo nuestros pies y, a la vez, parecía filtrarse en nuestras cabezas. Mi mente, al principio nítida, comenzó a resbalar, a perder detalles, como si una niebla espesa cubriera cada registro consciente. Tomás balbuceó algo—“¿los oyes? Algo se arrastra detrás…”—y la linterna tembló en su mano.

Entonces, una corriente de aire caliente sopló desde debajo del bajorrelieve central. Un mínimo resquicio en losas robadas permitía ver lo imposible: escamas pálidas, relucientes bajo la linterna, arrastrándose en espiral hacia una grieta aún mayor. Sentí una presión remota en la sien; un bullicio de murmullos antiguos, componiendo mi nombre en dialectos que sólo reconocía en sueños. Tomás retrocedió, tropezó y resbaló, su grito amortiguado por la textura acolchada de ese rumor incesante.

Empecé a soñar, incluso de pie. Luces dolientes, arenas infinitas y cataratas de fuego distante ondeaban ante mí. Un torreón retorcido, forrado en escamas negras, se yergue en un horizonte deformado. En sus cámaras interiores—y digo “interiores” como quien nombra una boca, no un techo—aquella legión de siluetas serpentinas me observaba. No miraban con hostilidad, sino con una urgencia expectante, como esperando escuchar o atrapar la fragilidad de mi voz.

Escuché a Tomás gemir al otro lado, pero una losa cayó entre nosotros, partiéndonos como quien cierra un ataúd, y de pronto mi campo de visión se llenó únicamente de la espiral tallada y de las escamas que se retiraban, temblorosas, bajo la piedra. Una risa sibilante anegó mi cráneo.

Hay un umbral especial —llámelo sueño, si lo prefiere, aunque yo sé de su fisicidad tanto como de sus terrores—donde las leyes de la carne se invierten. Cuando volví en mí (si alguna vez lo hice), me vi arrastrado por corredores imposibles, entre paredes que palpitaban como membranas húmedas, iluminadas por un resplandor fosforescente. Avanzaba sin resistencia y sin voluntad, con mi superficie cutánea ardiendo de frío, como si lloviera ácido dulce. Delante, la cosa—ese patrón de escamas translúcidas, de párpados sin rostro—me esperaba. Vi en sus pupilas la disposición oblicua de continentes sumergidos y ciudades en ruinas, y sentí el olor a boles de carne fresca y arcilla palpitante.

No puedo precisar si aquello duró minutos o eones. A veces pienso que el tiempo de los Hombres-Serpiente se solapa con el nuestro sólo al modo de venas subterráneas: colisionando por accidente, dejando sellos en la sensibilidad, manchas en los nervios.

Un sol líquido bañaba la sala, y cuando por fin la criatura habló, su voz arañó mi mente antes que mi oído.

—Nos llamaste, nos reconociste. Recuerdas la Sabiduría de la Espiral, antaño perdida. Ahora el círculo vuelve; el linaje se recompone.

Nombres sin idioma llenaron mi conciencia. Recordé otras vidas, otras urbes ya gastadas y enterradas bajo el lecho de mares olvidados, donde danzaban las mismas serpientes entre columnas cónicas y vitrales vacilantes. Vi a legiones humanas postradas, imitando cada gesto esclerótico de los dioses reptilianos.

De pronto la visión se desmorona; me veo sangrando y aullando bajo el labio del túnel, Tomás arrastrándome hacia la salida, tembloroso y enloquecido. Huyo, pero parte de mí queda atrás, contenido en la mirada asfixiante de la criatura.

No nos atrevimos a hablar de eso durante semanas. Tomás, incapaz de soportar el asedio de las visiones—dragones fosilizados en sueños de mármol, sombras deslizándose debajo de la cama—se arrojó poco después por la ventana de su apartamento, dejando apenas una nota en la que sólo repetía el mismo símbolo: la espiral cortada, dibujada una y otra vez.

Mi propia existencia se ha vuelto difusa desde entonces. Me pregunto cada noche si el ciclo se completará—si los Hombres-Serpiente vendrán a envolver mi carne desmembrada, absorber alas de mi pálida alma. Algunas noches, desciendo sin quererlo a ese umbral de limo y neón, y oigo su llamado como un runrún bajo el suelo de la ciudad: el eco de quienes están enterrados bajo los cimientos, esperando a que la espiral regrese, y con ella el antiguo conocimiento.

Cuido mis pasos, evito las sombras largas y rehúyo los túneles. Sin embargo, sé que la frontera es tenue. Si alguna vez advierte un temblor agudo bajo sus pies, o un rumor que no se parece a las vibraciones del metro, le ruego—por su propio bien—que retroceda. Porque bajo las piedras, debajo de todo vestigio humano, ondulan fuerzas antiguas, esperando el roce de un sueño abierto, la grieta oportuna para regresar.

Y, cuando la espiral vuelva a girar sobre sí misma, ellos querrán saber quién los recordó primero: quién, voluntaria o involuntariamente, despertó a los que nunca dejaron de soñar.

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