Fragmento:
Había oído hablar de la casa en el borde de Templewood incluso antes de aquello. Leslie Birtwhistle me lo había contado la última vez que lo vi en persona: era el tipo de sitio que enloquecía a los granjeros, hacía nacer historias de figuras al acecho y huellas de aspecto arbóreo bajo la escarcha matutina. La mayoría exhibía ese temor cordial y casi folklórico con el que la gente del campo cubre las cosas realmente terribles.
Duración: 10:40
Había oído hablar de la casa en el borde de Templewood incluso antes de aquello. Leslie Birtwhistle me lo había contado la última vez que lo vi en persona: era el tipo de sitio que enloquecía a los granjeros, hacía nacer historias de figuras al acecho y huellas de aspecto arbóreo bajo la escarcha matutina. La mayoría exhibía ese temor cordial y casi folklórico con el que la gente del campo cubre las cosas realmente terribles.
Pero, claro, yo había venido a la campiña de Norfolk buscando precisamente esa clase de historias. Insomne, con la salud declinando tras esos años en Canadá, me convencí de que aire fresco y kilómetros de pradera podrían avivar el fuego agotado del ingenio. Nada de eso. Encontré a Leslie, una taza de Earl Grey eternamente a medio tomar, el cabello más despeinado de lo que recordaba, y la historia de la casa en el borde del bosque.
No soy sentimentalista. Creí que exageraba como siempre, o que ese último revés—la partida de su esposa, el hijo distante–le había mellado la facultad de distinguir entre lo que es y lo que debería ser. Aun así, había un temblor en la comisura de su boca, una ansiedad sutil cuando mencionaba la casa y los que allí moraban. "No entres", dijo una vez, "aunque lo veas cercano, aunque parezca vacío. Hay cosas que se pasean entre las paredes, cosas que te miran cuando cierras los ojos y se cuelan por cualquier resquicio de la vigilia."
El invierno descendió prematuramente ese año, gruesas capas de niebla tapizaban el campo, y por las noches las estrellas titilaban entre nubes tan negras que parecía que el mundo no guardaba otra cosa bajo su piel. La soledad de mi alquiler, un cottage torcido de siglos, me corroía. Necesitaba escribir algo o, al menos, entender qué fragmento de mi creatividad se me había escapado tan lejos. Así que salí a caminar una tarde, guiado a medias por el aburrimiento, a medias por esa voz interior que todos oímos cuando las sombras caen más espesas de lo debido.
La encontré, por supuesto. Ocupaba una esquina en la confluencia de dos sendas de tierra, medio sumergida en maleza persistente, los muros de ladrillo cubiertos de líquenes y musgo fosforescente, como si hasta la geometría de la edificación se rebelara contra el acto mismo de ser vista. Aun así era hermosa, a su manera. Una belleza voraz y casi biológica, que sugería una arquitectura no apta para los sentidos humanos.
Y allí estaban, por doquier, esos oyuelos diminutos en la superficie de la entrada, mariposas nocturnas arremolinándose en huecos invocados por la humedad y el frío. Observé algo más: los árboles más cercanos parecían retorcidos, inclinados hacia esa casa como si la misma tierra quisiera tocarlas, o alimentarse de su pestilente sombra.
No tenía intención de entrar, no tras las historias de Leslie. Pero una vez frente a la puerta, supe que no me iría sin averiguar qué guardaban aquellas paredes. La clave colgaba de un clavo oxidado, apenas velada por una rendija. Era cálida al tacto, casi supurando una energía contraria al ambiente gélido. Giré la llave, el aire interior exhaló un suspiro orgánico y helado, y me encontré bajo un recibidor demasiado angosto, de ángulos ligeramente incorrectos, con escaleras que ascendían hacia la oscuridad como destripadas por un instinto predador.
Avancé, explorando sin encender la linterna. Oía los sonidos típicos de la humedad inveterada: gotear, crujidos, el roce de alguna cosa pequeña caminando entre la hojarasca. El vestíbulo parecía perpetuar su extensión lejos de mis expectativas; giraba, se doblaba, ofrecía recodos donde el aire estaba viciado de una dulzura almizclada.
Al llegar a la cocina advertí los cuchillos en hileras, oxidados pero aún filosos, y una mesa rematada en algo que podría ser, con buena imaginación, huesos cubiertos de fibra vegetal. Me quedé casi hipnotizado por la superficie viscosa que cubría las repisas. En ese momento sentí un estremecimiento, un murmullo en la base de la nuca. Volteé justo para ver lo que solo describiré como una sombra, o mejor dicho, una ausencia—tan absoluta como si algo hubiese arrancado un trozo de realidad del mundo.
Me quedé inmóvil. Aquella oscuridad se desplazó con mucha lentitud, serpentosa y oblicua, memorial de algún sueño que nunca hubiese querido recordar. Sus bordes ondulaban en sincronía con una respiración lejana, un ritmo que parecía emanar no de la criatura, sino de la mismísima estructura de la casa. Retrocedí, pisando algo crujiente, y la figura pareció fundirse otra vez con la penumbra de una puerta apenas entreabierta.
Corrí. Creo que grité, y tropecé con un escritorio arruinado por carcoma, cuya superficie guardaba marcas grabadas que parecían cifras, fragmentos de palabras y símbolos que no pertenecían ni al inglés ni al latín. Algo en ellos me recordó los diagramas que Leslie me mostró en una tarde de borrachera: bocetos de arácnidos, alas membranosas, ojos que goteaban tinta.
Nada en aquel lugar tenía la lógica de un hogar abandonado. Los cuadros, si lo eran, orlaban los muros como ventanas hacia túneles; imágenes hechas de tela viscosa negra, con siluetas de criaturas aladas vagamente moldeadas por relieves de cera y pelo. Unas tenían rostros humanos, o algo que podría haberlo sido en otro mundo.
Subí las escaleras, atraído por una mezcla de estupor, pavor y la certeza de que algo allí arriba me llamaba. En la planta superior el aire se volvió más pesado. Sentí una presión, como si un ojo gigantesco aguardara tras cada rincón. Al abrir la puerta de lo que había sido una recámara infantil, tropecé sobre un círculo de ceniza y plumas, y entre ellas, dispersas, decenas de máscaras toscas. Eran de madera y mimbre, cubiertas de musgo; cada una mostraba la faz de alguien sin rostro, sólo un liso óvalo con una boca hendida en línea oblicua.
La repentina convicción de que alguien, o algo, me observaba desde detrás de la puerta del armario me erizó la piel. Escuché el roce, apenas un suspiro, y giré justo a tiempo para ver cómo una de las máscaras se desplazaba sola, con la fluidez de una medusa, reptando hacia la penumbra. Sentí un vértigo abismal: no sólo me observaban sino que me invitaban, me susurraban en una lengua entrecortada apenas audible.
“No te alejes. Mira a través.”
Las palabras me atravesaron el cráneo, caricias heladas que nublaban los nervios. Esa voz—no femenina ni masculina, sino tejida con la textura del sueño perdido—me suplicaba, o me agitaba, a mirar detrás de la piel, a dejar de huir de lo que acechaba más allá del velo cotidiano.
Hubo un instante en que estuve tentado. Las máscaras ya no sólo cubrían el piso, colgaban y danzaban en antenas invisibles; sus bocas se abrían y cerraban, gestos mudos que sin embargo traspasaban la razón. Y en medio de ellas, el papel tapiz se desvaneció en una mancha de negrura por la que algo titilante, casi insectil, me contemplaba con ojos pálidos y húmedos.
Supe lo que era: El Guardián de las Horas, el centinela cortical, esposo y esposa del tiempo dormido. La entidad llamada en sueños como Yibb-Tstll, la sombra en el trono de medianoche, tejida de los suspiros de los que aún no han nacido. Y alrededor, dirigiendo la espiral de máscaras, se deslizaban figuras sinuosas, alas como membranas trémulas, patas artrópodas arrastrando bolsas llenas de carne blanda: los Mi-Go, los visitantes de las regiones ultraperiféricas, entre el pensamiento y el instante. Había leído, desde luego, los mitos; ahora el horror era inmediato, la incomprensión total.
La voz me pidió de nuevo mirar. Por la hendidura de la puerta, la sombra del Guardián palpitaba más negra, sus brazos extendiéndose como raíces hacia mi pecho. Todo mi cuerpo protestó; luché, pero las máscaras treparon mis piernas, y en sus bocas sentí la humedad tibia… El susurro aumentó, convertido en una letanía.
"Serás nadie entre los nadies. Déjanos robarte el rostro, sumarte a la procesión de los olvidados bajo la piel del mundo.”
La negrura retumbaba con un zumbido insectil. La fiebre subía en mi cráneo, imágenes fugaces de exoplanetas, laboratorios de carne y mineral, astros orbitando en abismos sin nombre. Una de las figuras Mi-Go se acercó, cuerpos híbridos de crustáceos y hongos, manipulando con precisión quirúrgica un cuchillo de resina incrustada. “Abriremos lo que amas y soplaremos en el hueco.”
Los rostros de las máscaras, antes simples óvalos, se abrieron y cerraron en parodia de humanidad, imitando recuerdos de mis padres, amigos, amantes. Cada uno me llamaba con nombres que nunca compartí. Me vi proyectado detrás de cada máscara, atrapado en infinitos reflejos que se disolvían bajo la superficie de un estanque negro.
La entidad mi-Go me cortó el pantalón sin dolor y—lo juro—extrajeron como con bisturí la sensación misma de identidad, de pertenencia, sin sangre, sólo un vacío repentino donde antes vibraba mi yo más profundo. Las otras formas danzaban alrededor, aullando sin sonido, celebrando la cosecha por la que la casa existía.
Me resistí. Pienso que grité o lloré, pero el sonido fue devorado por la oscuridad. El Guardián susurró de nuevo: "Tu rostro es nuestro, tu sombra será nuestra bebida, pero si miras a través, conocerás lo que nunca conocieron los mortales." Dudé poco. Tomé una máscara, me la fui encajando mientras la sombra me atravesaba, y entonces caí, por distancias que no mido, más allá del tiempo, hasta cruzar la piel del sueño.
Desperté en la habitación clausurada del cottage, los pies y las manos cubiertas de limo azabache, el pecho golpeando como si aún mis pulmones buscaran el aire de un abismo distinto. No sé cómo regresé, o si incluso regresé. Desde entonces, los espejos sólo reflejan una silueta borrosa, y las máscaras, aunque lanzadas al río, vuelven siempre al alféizar de mi ventana. Leslie no responde a mis cartas. La casa en Templewood ha sido arrasada, dicen, pero de noche oigo, entre el tintineo del viento y los crujidos de mi hogar, a alguien preguntando, en inglés, en sueños: “¿Qué ves detrás de la negrura?”
Y la respuesta nunca es suficiente. Porque aún siento los ojos del Guardián, la textura espinada de las alas Mi-Go recorriendo los huesos del lugar donde antes estuvo mi rostro. Y sé que, cuando el sueño vence, volverán a llamarme, y de esta vez, ya no restará sombra, ni eco, ni voz que pueda decir quién fui.
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