Fragmento:
Así, la noche fatídica arribó como una ráfaga de aliento sepulcral. Armado con linterna, daga roma y una copia encuadernada de las cartas, crucé el umbral del camposanto, guiado por una negrura que parecía anegar las estrellas. El viento estaba ahogado de humedad y lodo, y la maleza crujía como si ocultase seres pulsantes. Al fondo, la tumba Colquhoun se elevaba sobre la bruma, sobresaliente y obscena, coronada por un ángel sin cabeza.
En las más antiguas entrañas de la necrópolis, allí donde las aguas rancias del pantano devoran todo vestigio de sol, existían pasajes y cámaras cuya existencia susurraban sólo a medias los archivistas más corrompidos de la ciudad. El cementerio inundado, a escasas millas del confín del bosque negro, era rehén de brumas y pestilencias, y nadie, salvo los parias, se atrevía a poner pie sobre su orilla desmoronada. Las criptas emergían como costras reventadas bajo una piel ulcerada por siglos de abandono y blasfemia, y la maleza enroscada parecía velar las sendas para ocultar aquello que sólo los locos consideran dignos de nombrar.
Sobre la podredumbre de lápidas y mausoleos se cernía el rumor sórdido de las aguas, ese rumor que es a la vez arrullo y amenaza, como si en la profundidad espesa de los charcos dormitara algo ancestral y hambriento. Los hombres de Glynwyr no ignoraban el cementerio: sus viejos, en la taberna, compartían historias secas y cáusticas sobre cadáveres robados y fosas saqueadas, y sobre destellos impíos a la hora en que incluso la luna detesta mirar. La gente sabía que todo cuerpo arrojado a la corriente se perdía para siempre, y los perros aullaban cuando sus narices hurgaban ese vaho maldito.
Yo, Arnold Chaldor, me contaba entre los insensatos a quienes el arte de la muerte les había revelado más de lo recomendable. Era forense en una ciudad de escasos crímenes y abundantes pestes. Mi malsana curiosidad y unas cartas anónimas, plagadas de glosa incompleta y simbolismo atroz, conspiraron para arrastrarme a la ignominia nocturna del cementerio humeante. Dichas cartas narraban los hábitos de ciertas criaturas –a quienes el texto sólo llamaba los Comensales de la Putrefacción– y consignaban mapas imposibles, invitaciones veladas y amenazas inconclusas. No lograba apartar mis pensamientos de la idea de aquello que caminaba, furtivo, entre los sepulcros medio sumergidos.
Así, la noche fatídica arribó como una ráfaga de aliento sepulcral. Armado con linterna, daga roma y una copia encuadernada de las cartas, crucé el umbral del camposanto, guiado por una negrura que parecía anegar las estrellas. El viento estaba ahogado de humedad y lodo, y la maleza crujía como si ocultase seres pulsantes. Al fondo, la tumba Colquhoun se elevaba sobre la bruma, sobresaliente y obscena, coronada por un ángel sin cabeza.
Al circular entre las losas cenagosas, sentí cómo algo arrastraba su forma más allá de los límites de mi linterna, rompiendo el limo en surcos lentos y pesados. Los susurros que brotaban de la tierra hablaban en una lengua que mi mente reconocía vagamente, pues las cartas traían frases de una sintaxis dislocada y resbaladiza. No caminé, sino que fui conducido, absorbido hacia una grieta astillada entre tumbas, un pasillo que descendía, adornado con garabatos en relieve que se retorcían bajo la luz vacilante.
La cripta que hube de encontrar –advertida reiteradas veces en las epístolas– yacía abierta como un útero exhumado, despedía olor dulzón, inmundo, y en su fondo languidecían charcos y vetas de fango luminiscente. Sobre las paredes, un arte degenerado se desplegaba: escenas rituales con figuras sin rostro, danzando junto a pozos y agujeros que de algún modo se abrían hacia lo vasto e ignoto. Los cuerpos pintados eran pálidos, flacos hasta las costillas, y sus bocas estaban pobladas de colmillos ciclópeos. El sumidero central, medio oculto por lianas de podredumbre, parecía ser el único destino posible.
Descendí, aún embriagado por el asco y la fascinación, y la linterna reveló en el fondo señales de actividad reciente: huesos partidos, telas mortuorias, fragmentos de carne aún húmeda. Esto superaba cualquier relato de robo de cadáveres urdido por borrachos del pueblo; aquí había un propósito, una hambre, una frecuencia de caza que sólo una organización o especie podía mantener. Poco a poco, comprendía que el cementerio no era sino la superficie de algo que se ramificaba profundamente.
El rumor sordo de las aguas aumentó. Un temblor movedizo, casi como el de médulas desgajándose, vibraba en las rocas y huesos apilados. El agujero central se ensanchó, como si respirara, y emergieron formas, atrofiadas y renegridas, cuyos brazos y piernas eran demasiado largos para recordar la infancia de los hombres. Sus caras, sí merecían todo el horror; eran costrosas, con parches de carne vencida y bocas de fauces insertas como llagas en su mapa óseo. Sus ojos, cuando existían, eran ciegos y albinos. Sentí, más que vi, el hambre que emanaba de sus cuerpos.
Antes de perder el dominio de mis piernas, recité una torpe letanía grabada en el papel arrugado. La luz titiló y pareció que, por un instante, las criaturas se retorcían ante el eco de las palabras, como si una memoria perversa quisiera olvidar en vano su origen: no hombres, no bestias, sino una clase de herederos de la corrupción originaria de la tierra.
La putridescente asamblea se fue cerrando en torno mío. Estupefacto, observé que entre los lotófagos se arrastraban apéndices de otra naturaleza, filamentos de un limo psicodélico que surgía del borde del sumidero. Era un légamo que vibraba y resplandecía con colores para los que no hay nombre, y que de tanto en tanto gesticulaba como si adulara o azotara las formas de los ghouls, quienes se postraban ante él con una obediencia que excedía el terror. Comprendí con vértigo que el pantano, la humedad enferma, era sólo un receptáculo: aquello en el fondo, ya invisible para mis sentidos mortales, era dueño de todo.
Las cartas ofrecían un nombre: el señor de las púas y los vasos, aquel que escancia aguas y sueños. Sus tentáculos eran las aguas mismas, su carne residía tanto en el légamo como en el hueso de los muertos. Alguien, en una penumbra ancestral, había abierto una vía, y las aguas envenenadas habían traído consigo esa semilla y esa conciencia.
Los ghouls se dedicaban a su alimentación; cada cuerpo saqueado no era para perpetuar una estirpe de carroñeros, sino para cebar ese fondo nauseabundo de limo y mente. La ofrenda era doble: la de los cuerpos y la del terror de los vivos. Yo mismo, temblando ante la revelación, sentí que mis huesos vibraban en sintonía con los vórtices del barro, y mis pensamientos eran cada vez menos míos.
El légamo consiguió entonces alzarse en columna, y lo que pensé era un tentáculo se anunció como un ojo. Tenía un mirar ciego y total, indiferente a la cronología humana. Las bocas de los ghouls susurraron sílabas roncas y reverentes. Sentí el calor ácido de la putrefacción alrededor, y la presión de otros cuerpos, otras mentes, que por grados degeneraban en ese mismo fango, sus egos arrastrados hasta la disolución.
No sé cómo lo logré, pero el miedo instintivo me hizo usar a ciegas la daga. Tracé sobre el limo el contorno defectuoso del símbolo reproducido una y otra vez en las cartas; era un Ouroboros abisal, devorando su cola de tentáculo. El limo se retractó como si rechazara ese gesto, y el círculo de ghouls se sobresaltó, presa del pánico. Aproveché el desconcierto para arremeter hacia la salida, trotando sobre huesos que intentaban reacomodarse bajo mis pisadas, sintiendo cómo el légamo bulle y escupe trozos de sí mismo en mi dirección.
No sé estuve cuánto moviéndome a ciegas, tropezando entre corredores y pasadizos colapsados, hasta que la noche exterior me recibió con un resuello putrefacto. Corrí sin mirar atrás, sin aliento ni memoria clara de por qué mis manos estaban cubiertas de negro pringue y sangre coagulada.
He vuelto, me temo, sólo en cuerpo. Los sueños y las visiones no cesan; el ojo sigue mirándome, y a veces mi piel vesiculosa transpira el olor del limo, y oigo el aullido del hambre bajo la tierra. Comprendo que alguna parte de mi alma se ha quedado como alimento en aquel sumidero, y que los cuerpos siguen desapareciendo en Glynwyr. Cuando la neblina se eleva sobre el cementerio, distingo en su cresta ese ojo inmenso y ajeno, y sé que algo –a través de mis manos, mi garganta, mis oscuros anhelos– terminará la obra inacabada.
Hoy, mientras escribo, escucho el zumbido lodoso de las aguas bajo mi casa. No me queda mucho. Los comensales se acercan; el dueño del légamo, del hambre y del pavor, reclama lo que es suyo. Y en la podredumbre de mi carne, por fin, entiendo lo que significa ser pasto para los dioses cuya mesa está puesta bajo el fango y el sepulcro. Glynwyr pronto aprenderá que hay hambre que no se sacia y noches en que la ciudad se funde en un légamo donde sólo el horror prospera.
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