Portada del relato La Necrópolis Oculta
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Fragmento:


Aquella noche, Arthur, armado de linterna y revólver, decidió explorar la tumba de los Olney. Tanteando la losa medio desprendida, sintió cómo cedía fácilmente, como si alguien o algo la hubiese empujado desde abajo. El hedor era insoportable, una amalgama espesa de grasa animal, orines y podredumbre.

Duración: 11:17

La Necrópolis Oculta
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Texto de ajuste de pausa.

El viento de noviembre azotaba las callejuelas de Providence, levantando lonas raídas y haciendo temblar las persianas mal cerradas. El Dr. Arthur Mallory, hombre de sesenta y dos años, estudioso de las ciencias anatómicas y poco proclive a leyendas, permanecía inclinado sobre su escritorio repleto de libros polvorientos. Las leyendas, sin embargo, solían llamar a su puerta, disfrazadas de cadáveres exhumados por los estudiantes de medicina o rumores surgidos entre personal de la morgue.

Aquel año, la hambruna y la desesperación habían empujado a muchos a profanar tumbas, pero emergía otro rumor, más siniestro, de los cementerios del norte de la ciudad. No se trataba de hombres comunes, sino de bestias. Había quienes juraban haber visto criaturas enjutas, peludas, con extremidades absurdamente largas, hurgando entre las sepulturas bajo la luz de la luna, horadando la tierra fresca como topos descomunales. La policía, por supuesto, no daba crédito a tales habladurías —pero Arthur Mallory poseía una inquietud insaciable frente a todo aquello que escapaba a la comprensión racional.

El principio de la pesadilla llegó una tarde oscura de diciembre, cuando un joven estudiante, con la palidez de la fiebre en el rostro, le entregó un diario encontrado al pie de una tumba profanada. Mientras afuera al anochecer caían copos húmedos, Arthur leyó:

“12 de noviembre.—Sé que no debí aceptar la apuesta, pero los hombres de ciencia debemos vencer el miedo. A medianoche he de regresar al Viejo Cementerio, al sepulcro abandonado de los Olney. Hay algo extraño en esa tumba. No son bultos humanos los que se arrastran, sino caricaturas de ellos… escucho arañazos bajo el mármol cada vez que el reloj da las doce…”

Arthur cerró el diario con un estremecimiento involuntario, adivinando en aquellas palabras el germen de una verdad primigenia y horrenda, como las contenidas en los grimorios prohibidos que tanto aborrecía. Pero se obligó a racionalizar: ratas, tal vez perros extraviados… o el eco del miedo proyectado en la bruma de la noche.

Días después, una nueva ola de desapariciones convulsionó Providence. Cuerpos robados no sólo de su descanso final, sino de las propias morgues, e incluso un sereno hallado eviscerado entre lápidas rotas. Mallory acudió a la comisaría a ofrecer sus servicios como perito forense. El hedor, mezcla de tierra reblandecida y carne putrefacta, impregnaba los ataúdes como una mancha implacable. Revisando uno de esos féretros saqueados, Arthur halló un filamento negruzco, rígido y retorcido, que no podía asociar a especie alguna conocida. Una noche, mientras documentaba hallazgos, creyó percibir, desde la fosa, un olor nauseabundo que emergía cada vez que el viento giraba.

La obsesión creció. Adquirió hábitos insomnes, rondando con su lámpara los pasajes entre las lápidas, escrutando la niebla que reptaba entre los olmos descarnados. El diario mencionaba algo inquietante: “una puerta en la tierra, más honda que las catacumbas de Roma, donde hay moradas huecas y un olor a grasa humeante”. Noches después, Arthur sintió por primera vez los arañazos bajo sus propios pies.

“¿Y si hubiera otro cementerio, bajo el cementerio humano?”, pensó. Y esa idea, como un gusano, anidó en su mente.

En cierto amanecer, recibió la visita de Miss Emily Warren, una joven delgada con mirada vidriosa y manos temblorosas. Su hermano había desaparecido cerca del Viejo Cementerio. “Vi movimientos, señor, en la tierra misma —seres que reptan en silencio y devoran los huesos. Hay túneles…” Y se echó a llorar amargamente.

Aquella noche, Arthur, armado de linterna y revólver, decidió explorar la tumba de los Olney. Tanteando la losa medio desprendida, sintió cómo cedía fácilmente, como si alguien o algo la hubiese empujado desde abajo. El hedor era insoportable, una amalgama espesa de grasa animal, orines y podredumbre.

Bajó por la abertura, descendiendo por un barranco de tierra húmeda, y halló un corredor excavado brutalmente. Las paredes rezumaban limo, y Arthur sintió claustrofobia por primera vez desde niño. Los sonidos, mezcla de murmullo y supurante respiración, parecían rodearle por todas partes.

La linterna temblaba en su mano mientras avanzaba. En un recodo rasgado de la galería, su haz reveló una pequeña colección de huesos cuidadosamente apilados y vestigios de atuendos humanos —botones, colgantes, pedazos de cuerda y cabellos atados, como si fueran trofeos. Entre la mugre brilló algo imposible: monedas antiguas de tiempos coloniales, y cuchillos de punta roma manchados de óxido y algo más oscuro.

El pánico real se desencadenó cuando oyó un ulular gutural, seguido de un repentino chapoteo en la tierra húmeda. Arthur se agachó, apagó la linterna y contuvo la respiración. Un largo rato pasó antes de atreverse a mirar de nuevo.

Frente a él, a escasos metros, la luz mortecina reveló un ser grotesco. No era rata ni hombre, ni siquiera un simio. Su piel era negruzca y cuarteada, mostraba costillas salientes y miembros desproporcionados; su mirada amarilla, carente de párpados, oscilaba nerviosa. El hocico, atiborrado de dientes irregulares y ennegrecidos con sangre vieja, bufaba mientras hurgaba entre los huesos. Otros dos lo seguían, más pequeños y flacos.

Arthur retrocedió temblando, sintiendo cómo el sudor frío humedecía su ropa. Tuvo que taparse la boca para no gritar. “Ghouls” —la palabra prohibida surgía de los abismos del lenguaje árabe y la superstición medieval. Eran los sepulcros quienes los engendraban, los oscuros corredores bajo la civilización, las madrigueras donde la luz jamás alcanzó.

Los monstruos olfatearon el aire, y por un instante Arthur creyó haber sido descubierto. Retrocedió lentamente, pisando una costra de huesos que crujieron bajo su peso. Los seres se erizaron y arrojaron un aullido hueco, mezcla de risa y lamento. Mallory corrió a ciegas, sin pensar, percibiendo tras de sí el roce de garras y resollos frenéticos.

Tropezó y cayó de bruces, golpeándose la sien. En medio de la negrura, una garra le sujetó la pierna, helada y viscosa. Hubo un forcejeo; el puño de Arthur encontró una roca y la descargó con furia sobre la mano que tiraba de él. Los aullidos vibraron furiosos y la presión cedió… Mallory gateó hacia la luz imperceptible del brocal y logró encaramarse fuera, rodando entre las lápidas.

Al llegar la aurora, nadie creyó su relato. Sufría, dijeron los colegas, de “agotamiento extremo”; la fiebre y la falta de sueño le jugaban malas pasadas. Cuando la policía descendió para investigar, encontraron el corredor derrumbado. Insistieron en que no había restos recientes, sólo madrigueras de ratas gigantes. Pero Arthur, enfermo y febril, sabía —sentía en el tuétano— que el desastre subterráneo sólo dormía.

Los días pasaron y los sueños empeoraron: de noche oyó risas secas y rasguños continuos; en la penumbra, sombras acechaban en los rincones con ojos brillantes y covachas medias abiertas bajo el suelo de su alcoba. La desesperación lo llevó a llamar al profesor Henry Waldron, estudioso de lo sobrenatural, quien escuchó su relato en silencio, anudando sus manos blancas frente al fuego.

“La ciudad descansa sobre cavernas más antiguas que la memoria humana”, dijo Waldron con voz apenas audible. “Hay mitos en Arabia, Persia y Egipto sobre bestias que devoran carne y suplantan a los muertos. Los civilizados las niegan, pero desde tiempo inmemorial, han sido parte de la penumbra.”

Arthur empezó a vigilar la necrópolis noche tras noche, armado y casi delirante, deteniéndose en cada huella borrosa, en cada montículo removido. A los pocos días, halló —en uno de esos paseos frenéticos— una cadena de túneles recientes bajo la parroquia de San Bartolomé.

Convocó a Waldron y al sacerdote local, el padre Hawkins, para descender juntos bajo el santuario. Avanzaron con linternas de aceite hasta lo más profundo de las criptas, donde el hedor resultaba casi irrespirable. Allí, Mallory descubrió una caverna oculta, repleta de huesos carcomidos, donde colgaban medallones e incluso fragmentos de sudarios.

Y entonces, alumbrados por su temblorosa linterna, vieron por encima del montículo de huesos un enjambre de cuerpos grotescos, todos mirando con sus ojos ávidos y sin párpados. Muchos trepaban por las paredes como insectos, y sus movimientos eran lentos e inhumanos.

Waldron pronunció una breve oración, mientras Hawkins retrocedía, blandiendo un crucifijo con la mano temblorosa. Hubo un efecto apenas perceptible, como si los seres dudaran entre el miedo y el hambre. Arthur, hipnotizado por su asco y fascinación, gritó pidiendo ayuda… y uno de los seres, mucho mayor y más robusto, avanzó hacia ellos, emitiendo una voz desgarrada e incomprensible.

Era una amalgama de lenguas antiguas, un lamento que resonaba en los huesos de Arthur. Waldron, presa del pánico, disparó su revólver, pero la criatura apenas titubeó. Cuando las linternas cayeron al suelo, el caos estalló. Las bestias se abalanzaron. Arthur sintió las garras en sus pantalones, el aliento infecto que amenaza con sumirlo en la negrura definitiva.

Se defendió con una fuerza desesperada, golpeando con la culata de su linterna. Hawkins, balbuceando oraciones, cayó de rodillas. Los monstruos parecían vacilar ante la cruz, pero sólo por breve tiempo; una marea de garras los rodeó. Waldron y Mallory consiguieron librarse por un angosto pasadizo, dejando atrás la luz y los gritos del sacerdote, que se extinguieron de manera abrupta.

Salieron al aire helado, espoleados por los aullidos de los seres, y corrieron hasta perder el aliento. Policías y feligreses acudieron poco después, encontrando la cripta aún más torcida y llena de tierra removida, pero sin rastro del sacerdote ni de ningún ser anormal. Las autoridades sospecharon un derrumbe y dieron por muertos a Hawkins y a un par de obreros tres días después.

Arthur Mallory, bajo el peso del horror vivido, se retiró de la medicina y huyó de Providence. Waldron, pocos meses más tarde, fue hallado en su biblioteca, muerto por sus propias manos, tras una nota que hablaba de “ojos interminables, huesos que caminan y la puerta jamás cerrada bajo la ciudad”.

Y por las noches, desde cementerios o edificios antiguos, se siguen oyendo rumores de túneles recientes, desaparecidos sin rastro, y gritos apagados por la tierra gruesa. Quienes han oído el relato de Arthur lo repiten en voz baja, sin reírse: bajo cada ciudad, bajo cada huella de civilización, habitan túneles oscuros y galerías más viejas que el hombre, donde los Ghouls esperan, hambrientos, la próxima luna llena, husmeando la superficie, dispuestos a arrastrar al incauto hacia su festín eterno.

Porque lo que habita bajo el suelo no duerme ni reposa nunca, y sus hambrientas mandíbulas acaso sean parte de la herencia negra y sin nombre de la raza humana.

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