Portada del relato La embarcación de las sombras
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Fragmento:


Una vela temblaba en la pequeña cabina del balandro “Alondra Sorda”, como si se apiadara de los tres hombres sentados alrededor del mapa surcado de marcas y notas: el propio Tiso, su primo Dercio, y el marinero Eder. Habían zarapado desde Ría Loca hacía dos días, según su versión pública con destino a una rutina de pesca de altura. Pero los chismes cuchicheados en la taberna del puerto relataban otro plan, uno lo bastante estrafalario como para provocar risas de incredulidad y miradas supersticiosas: buscaban los restos de la “Barca de los Noches”, un navío que, se decía, sólo se veía en noches sin luna. Ningún hombre sensato habría salido a por ella, mucho menos en la mengua hambrienta de Olkoth, cuando la mar parecía un espejo convulso, lamiendo y regurgitando ruinas olvidadas.

Duración: 09:13

La embarcación de las sombras
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Texto de ajuste de pausa.

El Capitán Tiso había navegado mares de mil nombres y mil mentiras, de costas rotas, de estuarios donde la sal se impregnaba en la médula y las brújulas apuntaban a pozos más profundos que la muerte. Había visto cómo la niebla se posaba, densa, sobre aguas tan quietas como el ánimo de los muertos, y había aprendido —o eso creía— que el océano era un monstruo tolerable, un dios dormido. Pero aquella noche, bajo el aliento detenidamente aguado del estío, Tiso supo que existían horrores que se filtraban por las rendijas de la razón; horrores similares a hongos húmedos, capaces de enraizarse en la mente y excavar pasadizos hacia donde ni siquiera los sueños llegaban.

Una vela temblaba en la pequeña cabina del balandro “Alondra Sorda”, como si se apiadara de los tres hombres sentados alrededor del mapa surcado de marcas y notas: el propio Tiso, su primo Dercio, y el marinero Eder. Habían zarapado desde Ría Loca hacía dos días, según su versión pública con destino a una rutina de pesca de altura. Pero los chismes cuchicheados en la taberna del puerto relataban otro plan, uno lo bastante estrafalario como para provocar risas de incredulidad y miradas supersticiosas: buscaban los restos de la “Barca de los Noches”, un navío que, se decía, sólo se veía en noches sin luna. Ningún hombre sensato habría salido a por ella, mucho menos en la mengua hambrienta de Olkoth, cuando la mar parecía un espejo convulso, lamiendo y regurgitando ruinas olvidadas.

El primer cambio fue el olor: pesada mezcla viscosa que invadía desde la madrugada el camarote. No era solo sal ni la suma pestilente de las algas y la vida marina; era algo más viejo, una fetidez que se insinuaba, animal, a través de las llagas abiertas en la madera y las grietas de las bisagras oxidadas. Eder, supersticioso hasta el tuétano, se tapaba la boca con un pañuelo y murmuraba al oído de verbos olvidados. Tiso trataba de ignorar los crujidos húmedos bajo cubierta, pero el desasosiego comenzaba a nacerle en la carne.

Al tercer día indeciso, mientras la bruma subía como un velo saturado y el horizonte perdía su filo, vieron algo. No era una sombra ni una simple trampa de luz; era mucho peor. Una figura impossible, largamente atada a la superficie, como si el agua la rehusara y a la vez la conservara. La describió Dercio con voz quebrada: “Hay ojos… y gajos de piel, como si nunca acabaran”. Al acercarse, el rumor de un cántico grave —muy grave, inhumano— empezó a colarse entre los tablones, vibrando en los huesos mismos del navío.

Tiso se obligó a avanzar, la linterna temblando contra el pulso rebelde de su mano. Aquello que flotaba—¿flotaba o se movía en las capas profundas?— resultó ser una amalgama de huesos y residuos de redes, caracolas vivas pegadas a una masa tersa y gris que, a ratos, parecía respirar. No se atrevió a apartar la tela viscosa, sólo la tocó con el cabo de un remo. Inmediatamente, la “cosa” se agitó, liberando una nube de burbujas negras.

A partir de ahí todo se torció como un maíz echado a perder. La niebla, que antes había sido un halo dubitativo, se cerró, restando toda certeza visual. El rumor —aquel cántico ominoso— cobró fuerza. No sólo lo oían; lo sentían, filtrándose en la piel, susurrando por los poros, invitándoles a sumergirse.

Dercio perdió la cabeza primero, gritando que los “profundos” querían su lengua, que debían entregar algo para seguir navegando. Eder sollozaba plegarias, pidiendo perdón y prometiendo sacrificios de sangre fresca. Tiso, a pesar del terror, no permitió a ninguno dejar la cubierta, les mantuvo en el timón, aunque sólo sus manos temblorosas sabían cuánto resistirían. El mar ahora latía, sí, sí, definitivamente, con respiraciones cargadas de limo y podredumbre.

“Capitán”, susurró Eder de madrugada, con los ojos agrandados por un miedo más allá de lo humano, “escuche… hay pasos, pasos dentro del agua”. Tiso iba a reír, pero no pudo; porque también los escuchó: una especie de tamborileo irregular, una marcha babosa, de algo grande y múltiple aproximándose desde muy abajo.

El “Alondra Sorda” se volvió lenta, como si un millar de lenguas pegajosas lamieran las quillas, frenando el avance. Los remos tocaban materia gomosa; Tiso juraría que el agua, en vez de salada, estaba densa, casi como mucosidad. Y de repente, entre una bocanada de niebla, asomó la proa deformada de otra embarcación— negra, como madera podrida, pero imposible; cubierta de ojos diminutos en hileras que se abrían y cerraban, observando, ansiando.

Sobre esa barca imposible surgían siluetas de piel azulada y mentones de tiburón, con bocas donde el agua se escurría a borbotones. Los Profundos, pensó Tiso, no eran una superstición. Eran antiguos, de limitaciones ajenas, conociendo los nombres muertos del mar y las arterias subterraneas de la noche. Las criaturas no atacaron; sólo observaron, dejando que los ojos parpadearan de odio hermoso y frío.

Entonces hablaron, pero ni Eder ni Dercio ni el capitán reconocieron lengua alguna. Era una presión, una raíz insertándose en la mente, escarbando hasta la médula y exprimiendo a su paso recuerdos y terrores. Olkoth, susurraban en la médula del tiempo. Olkoth y la promesa rota del mar. Devuélvannos la deuda, o seréis triturados bajo la lengua de espuma.

Tiso, presa del espanto, recordó las historias antiguas de su madre, relatos de un dios profundo y hambriento, cuyo nombre era Olkoth, complacido sólo cuando la carne y la verdad eran selladas bajo el mar. Pero no conocía deudas; no había trato, no había trato… A su lado, Dercio comenzó a arrancarse tiras de piel del antebrazo, murmurando en una lengua que no era la suya. Los profundos entrechocaban sus membranas, respirando a destiempo, como si esperasen algo aún más perturbador.

Eder fue el primero en saltar. No cayó, fue más bien arrastrado, las manos de espuma estirándolo hacia abismos tibios y fundentes. El mar, ese manto falso, se partió para tragárselo, y mientras se hundía una forma anillada y plagada de ojos se le enroscó por las piernas, tirando de él con dulzura inapelable. Dercio trató de implorar piedad, pero la marea subió a sus tobillos y una boca blanda y redonda emergió, succionando sus huesos mientras aún gritaba.

Tiso resistió. Se anudó el pecho con cordaje de miedo, con rabia. Buscó el hacha, dispuesto a romper tablas, a intentar salir de allí por cualquier medio. Pero la niebla tenía vida, y la bruma se formaba en torno a sus hombros como un abrazo de madre muerta. Oyó los corazones de sus compañeros, ya detenidos, y el golpeteo de las criaturas, burlonas, sin misericordia.

Atravesó un umbral de locura cuando vio la forma final de Olkoth. No tenía cabeza; era una masa de vértebras abiertas y tentáculos hermafroditas, todos borboteando ojos, bocas y lamentos. Caminaba —sí, caminaba— bajo las olas, cubierto de escamas y minerales que parpadeaban. En su centro palpitaba una herida antigua, y la sangre —no agua, sangre real y negra— fluía en hilo interminable hacia las tinieblas.

Una voz reverberó, no fuera, sino dentro de su cráneo:

Cuando la lengua toca la sal, el recuerdo se pudre.

Cuando el ojo mira el abismo, el abismo lame el ojo.

La deuda persiste. Traedme memoria. Traedme carne.

El siguiente fragmento de tiempo fue puro vértigo. Tiso vio cómo las siluetas se multiplicaban en el mar, arrastrando fragmentos de embarcaciones, huesos, y cosas más viejas, más rotas, imposibles de nombrar. Oyó su propio grito, interminable canción de agonía y culpa. Los Profundos lo miraban, y Olkoth se acercó, con su herida madre, con sus tentáculos abiertos, invitándolo a hundirse, a entregar el sabor de su nombre por última y definitiva vez.

No fue muerte. No fue respiro. Fue una caída gelatinosa y cálida, un retorno a la médula del océano. Tiso pensó en llamar a su madre, en pedir perdón por todas las mentiras, en confesar que había robado la memoria de otros para sobrevivir. Pero el océano sólo aceptó su lengua, y se la llevó en un soplo repentino, dejando al capitán mudo, inhalando sal por los ojos, por las heridas, por todos los huecos de su cuerpo.

A la madrugada siguiente, la bruma se disipó. Los marineros del puerto de Ría Loca vieron al “Alondra Sorda” flotando, solitaria, en la orilla. Nadie, nunca, encontró rastro de Tiso ni de sus hombres. Solo el eco de un cántico grave se oía a veces, entre las lenguas de la marea baja, y los curiosos que acercaban el oído a la madera decían sentir cómo sus recuerdos les eran succionados, uno por uno, hacia un pozo hondo y putrefacto al otro lado de la sal.

Y desde entonces, en noches sin luna, algunos huyen del muelle al ver un casco cubierto de ojos diminutos y bocas sonrientes, flotando a la deriva, mientras la voz de Olkoth les susurra promesas líquidas de miedo y hambre, esperando, siempre esperando, que la deuda se pague de nuevo.

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