Portada del relato El susurro de las alas de obsidiana
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Fragmento:


Drury. Hizo girar el nombre en la mente mientras Ruth lo guiaba con una linterna a través del ventisquero hasta el granero. Era sólo un trabajo de catalogación: manuscritos, libros polvorientos, tal vez algún diario. Cartwright era buen investigador —no por vocación, sino porque pertenecía a ese tipo de personas que prefieren la compañía de los muertos.

Duración: 12:01

El susurro de las alas de obsidiana
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Texto de ajuste de pausa.

Había algo en la nieve que Elías Cartwright odiaba: no era el frío, ni el incómodo crujir bajo sus botas, ni siquiera el silencio; era el modo en que tanta blancura podía ocultar podredumbre. La noche, nada más bajar del tren en Brattleboro, era una lápida congelada. Vio su reflejo mugriento en la ventanilla de la vieja estación –barba crecida, ojos enrojecidos— y se preguntó, como tantas veces últimamente, por qué demonios no renunciaba a estos trabajos. No respondía a los correos de su hermano, ni a su ex esposa, ni tampoco tenía esperanzas serias para su última novela. Pero sí contestó a la carta manuscrita de Ruth Middleton, cuya “granja histórica” en Hemlock Ridge requería su “amplia experiencia en restauración de archivos antiguos”. Era dinero fácil. Una escapada presumiblemente tranquila. Pero mientras miraba los campos cubiertos por la primera nevada, juró entre dientes.

El viaje en taxi duró casi una hora. Ruth, de sesenta y tantos, todavía enérgica, lo recibió en la puerta. Su apretón de manos era firme. Había algo juvenil en sus movimientos, aunque su pelo era blanco y su piel mostraba la red de los años. La granja, construida en 1782 y escondida entre los abetos de un valle aislado, era tan fotogénica como había prometido: un rectángulo de madera ennegrecida, el techo cargado de nieve, ventanas de cristal irregular, y un porche cuyas maderas chirriaban su descontento en la ventisca.

“¿Ha comido en el tren, señor Cartwright?”

Elías asintió, agradecido por evitar otra comida tibia. “Solo dígame dónde está el material.”

“Oh, está en el granero. Unos baúles cerrados con candado. Antes pertenecían a Samuel Drury, el bisabuelo del lado de mi madre. Nadie ha tocado esos papeles en generaciones.”

Drury. Hizo girar el nombre en la mente mientras Ruth lo guiaba con una linterna a través del ventisquero hasta el granero. Era sólo un trabajo de catalogación: manuscritos, libros polvorientos, tal vez algún diario. Cartwright era buen investigador —no por vocación, sino porque pertenecía a ese tipo de personas que prefieren la compañía de los muertos.

El granero se abrió con un quejido. La linterna exploró el interior como la mirada de un anciano asustado. Al fondo, dos baúles de cuero: enormes, antiguos, marcados por el tiempo y la humedad. Elías, mientras forzaba uno de los candados, sintió un picor en la nuca, un instante de paranoia. Ruth estaba a su lado. ¿Por qué estaba tan nerviosa?

“¿Esperaba encontrar algo peligroso?”, bromeó.

"Ese Drury," murmuró Ruth mirando a los baúles, "decían que era... excéntrico. Y que en una ocasión trajeron a un forense desde Boston, luego de que—" ella se interrumpió, "Bueno, ya lo verá."

Con el candado abierto, la tapa crujió. El olor era sólido, como si la muerte persistiera bajo las tablas. Elías tosió. Libros de cubierta dura, mapas enmarcados, una cajita de metal dentada. Y, encima de todo, un paquete de papeles atados con hilo raído.

Ruth parpadeó. “Vendré cada mañana a preparar café, si le parece.”

Elías asintió mientras Ruth se retiraba. Examinó la habitación, se sentó, y encendió su propia linterna. El primer cuaderno, escrito con una letra diminuta y apretada, abría así:

“Hemlock Ridge, febrero de 1913. Nevadas inclementes. La ‘cosecha’ esta lista. Esta noche han regresado. Sus alas, incapaces de plegarse enteramente, llenan el ático de un olor como de herrumbre o monedas mojadas. Anoche me otorgaron la visión de su casa más allá del ventisquero.”

Elías frunció el ceño. Lo que leyó a continuación fue un pastiche de diario y confesión. Drury hablaba de entidades de “piel coriácea y luminosa”, buzones “para cerebros”, extrañas máquinas de cobre y fragancias enloquecedoras, “instrumentos con forma de corona que abren cráneos sin dolor visible”. Había fechas, nombres de otros vecinos que habían desaparecido misteriosamente, y descripciones de globos plateados ascendiendo entre los pinos.

Un escalofrío. “Mi-Go”, musitó. Cartwright había escuchado, por aficionados a Lovecraft, de aquellos seres carroñeros de las montañas, entre insectos y fúngicos, capaces de robar no sólo cerebros, sino voluntades. Parte de él se burló: sólo la típica narrativa campestre, el fantasma que todos los pueblos necesitan. Y, sin embargo, al pasar la página, el miedo fue más físico, más profundo: un papel deslizante entre los dedos, frío y pegajoso.

Las noches siguientes Cartwright vivía recluido en el granero. Ruth dejaba comida y le hacía compañía un rato, pero no entraba salvo para dejar café caliente en la entrada. Elías leía los documentos de Drury hasta la madrugada, rastreando patrones de desapariciones, horarios de tormentas eléctricas, rumores del “susurro de Hemlock Ridge” que anunciaba las visitas. Los dibujos de Drury eran extraordinarios: criaturas con cabezas de hongo, alas membranosas y extremidades que se multiplicaban bajo la luz oblicua. Ningún artista humano podría haber concebido aquello.

Fue en la cuarta noche que todo cambió. Apenas dormía. Ese anochecer, después de una ráfaga de viento, escuchó algo arañando el techo del granero. Se levantó, linterna en mano. Los tablones crujían bajo sus pies. Miró por la rendija de una de las ventanas y vio sólo oscuridad. Pero el sonido volvió, más cerca: un roce que caminaba de un extremo al otro del techo, como si algo pesado maniobrara al descender.

Recordó lo que Ruth había dicho días antes, casi en un susurro. “Samuel Drury… su esposa decía que hablaba con extraños… de noche. Que usaba la vieja trampilla del desván. Hundía cabezas en cubetas de miel para ver visiones.”

Elías apartó eso de su mente y regresó al cuaderno, pero no pudo concentrarse. La paranoia se apoderó de él. Notó el olor: no a humedad, sino algo metálico y acre, como monedas viejas o hierro oxidado. No podía estar seguro, pero ese aroma permaneció toda la noche.

A la mañana siguiente, Ruth le encontró visiblemente tenso y pálido. Preparó café, lo dejó en la entrada y le preguntó sin rodeos: “¿Ha visto algo raro?”.

“No. No exactamente. ¿A qué se refiere?”

Pero Ruth, mientras limpiaba la taza, sólo dijo: “A partir de la tercera noche, Samuel no dormía. Dijeron que fue la mala conciencia. Pero veía cosas. Se perdía entre los abetos y regresaba con… partes.”

Elías sintió un escalofrío. Iba a preguntar, pero Ruth se marchó.

Después del desayuno, Elías buceó en los mapas. El más curioso era un diagrama hecho a mano, titulado "WEATHERVANE PEAK". Un pico que ni Google ni los mapas modernos mostraban, pero cercano a la granja. Bajo ese nombre, dibujos de túneles y palabras en una caligrafía afiebrada: “túnel corazón – polen negro – cráneo esperanza”.

Por la tarde cayó la ventisca. El granero se sumió en esa penumbra que sólo conocen los ermitaños. Cartwright hojeaba un conjunto de recortes —periódicos de 1921, notas marginales— cuando escuchó el mismo rozar en el techo, esta vez acompañado de un murmullo. Era demasiado articulado para ser viento o ramas. Una voz, varias voces, dialogando en un susurro grave y chirriante, como un enjambre.

La linterna tembló en su mano mientras enfocaba la trampilla al ático. La voz parecía brotar de ahí. Se acercó, subió por la escalera traqueteante. El ático estaba cubierto de polvo, pero en una esquina, claramente removida, vio marcas frescas: una forma oval, como si la nieve hubiese entrado y dejado tras de sí… restos de un nido.

En un rincón, lápidas de papel, trozos de mapas y, entre ellos, una caja de madera con cerradura rota. Al abrirla, encontró un cráneo humano: pequeño, como el de un niño. Pero lo que le heló la sangre fue el hecho de que la base del cráneo —esa parte por la que se une la columna— había sido cercenada con precisión quirúrgica y pulida. A un lado, un fino hilo de cobre se enroscaba, atado a algo oscuro.

Empujado por un terror atávico, Elías abandonó el ático y se encerró en la planta baja. Pasó el resto de la noche leyendo, sin atreverse a dormir.

A la noche siguiente, la tempestad se recrudeció. Elías seguía obsesionado con los papeles, como si la lectura fuera una protección mágica. En la última libreta, Drury narraba su descenso a un “templo subterráneo” bajo Weathervane Peak:

“Rodeado de alas y ojos, sentí que mi conciencia se separaba y era aspirada a través de una trompa gelatinosa. Me prometieron que mi cerebro conocería las estrellas, que mi nueva caja me liberaría del tiempo y de la culpas humanas. Pero la eternidad es una trampa peor que la muerte. El zumbido nunca calla.”

Elías supo en un instante que la locura de Drury había sido auténtica, aunque nada de esto tuviera sentido racional. Una paranoia larvada lo poseía. Empezó a sentir que algo se cernía no sólo sobre el granero, sino sobre sí mismo. Que el acto de leer esos papeles era cerrar un círculo.

Fue esa noche que lo vio. No lo soñó. Poco después de medianoche, cuando las sombras crecían en torno al granero y la linterna ya titilaba por la batería menguante, escuchó el sonido inequívoco de madera rota y, finalmente, una silueta se recortó en el quicio de la puerta: alta, encorvada, cubierta de una escarcha que chispeaba negra y roja a la luz menguante. No tenía ojos en el sentido humano. Elías vio tentáculos cortos, membranas, y una especie de cabeza bulbosa hendida por hendiduras verticales: la caricatura de los relatos de Drury cobraba vida, terrible y real.

Retrocedió. La criatura se detuvo. El silencio fue absoluto salvo por el zumbido bajo que vibraba en el aire y en su propio cráneo. Elías, instintivamente, guió la linterna al rostro de la criatura. Un reflejo metálico: cobre y carne, fragmentos de hueso humano ensamblados a una estructura que ningún médico comprendería.

La criatura —el Mi-Go— extendió una de sus extremidades y de su “boca” surgió un susurro, una mezcla de otoños perdidos y ecos de noches sin sueño:

“¿Quieres conocer el arriba?”, preguntó, y Elías sintió que el idioma no era inglés, ni siquiera un idioma, sino una idea que le cruzaba la mente como una sombra.

Luchó por recordar un fragmento de oración, un nombre, algo que lo anclara al mundo. “No”, logró articular, aunque no supo si lo dijo o lo pensó.

El Mi-Go inclinó la cabeza. Un momento de compasión, o algo muy parecido a una risa asfixiante en otro plano del espacio. Dejó a sus pies la caja de cráneo que Elías había visto en el ático y, de un movimiento repentino, extendió sus alas, alzándose y desapareciendo en la noche, tragado por la ventisca.

Elías Cartwright despertó al amanecer abrazado a la caja, el cráneo opalino temblando en su regazo. Ruth, en la puerta, halló una figura pálida y descompuesta, murmurando fragmentos: “No quieren tus huesos, sólo lo que hay dentro…”

Le llevó días recuperarse. Vagó por la casa. Ruth, compasiva, nunca volvió a preguntarle por el trabajo. Nadie en Hemlock Ridge habló jamás de lo ocurrido. Las noches de nieve pesada, sin embargo, Elías juraba oír, entre los abetos, el zumbido de alas y el roce de cosas no nacidas ni muertas, escogiendo mentes, no cuerpos, preparando otra vez su colección bajo la sombra de Weathervane Peak.

Y así comprendió, demasiado tarde, la advertencia de Drury: “El mayor horror no es la muerte, sino la conciencia que nadie puede cerrar del todo. Ese zumbido de lo que llevamos dentro, esperando el susurro de las alas de obsidiana.”

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