Serían casi las dos de la madrugada cuando comencé a escribir esto, desde la desesperanza y el cansancio, convencido de que la catástrofe está cerca; tal vez, mientras mis manos aún obedezcan mi voluntad, pueda legar un testimonio útil, siquier...
A la entrada del invierno, cuando las noches se alargan tanto que solo la memoria les resiste, Horacio Lornat llegó en un tren de mercancías que no registraba ningún horario y cuyos vagones, añosos y resquebrajados, iban atestados de sombrías y...
En noches tapiadas de tormenta, cuando el trueno parece ser un antiguo lamento y la lluvia produce sonidos semejantes a antiguos murmullos, Horacio Mallard se encuentra en su despacho, obsesivamente revisando cartas y cuadernos polvorientos. Tras aÃ...
La noche caía sobre la llanura de Leng con la suavidad de una losa mortuoria. El viento ululaba a través de las colinas, enredándose entre las rocas con voces que nunca fueron humanas. Contrariamente al consejo de los moradores de los lindes sept...
La tarde parecía empapada en una neblina que brotaba, no de las aguas del río, sino del aire mismo, como si el mundo exhalara su último suspiro. Había recorrido tres pueblos y dos comarcas para llegar a Khalast, una aldea irreal posada sobre fio...
El polvo anidaba en las cornisas como un animal tímido y voraz. Andrés cruzó el umbral de la vieja biblioteca del priorato de San Onofre con la impresión dolorosa de que le acompañaba el viento y que, en algún lugar, un relámpago taladraba ci...
Bien pude creer durante buena parte de mi existencia —tibia, acotada, revestida de la racionalidad típica de los studiosos de las ciencias— que la razón bastaba como muralla entre el alma y el ululante abismo que acecha fuera del velo de lo co...
Hay lugares tan antiguos que cualquier palabra que trate de describirlos es un eco fatuo, resbalando sobre superficies jamás imaginadas por la razón. Así era Pnakotus, la ciudad de los Antiguos, y así la encontré en mi juicio anochecido, cuando...
El aire estaba impregnado de una humedad viscosa, y el hedor de la Turbera de Vilect se filtraba hasta los últimos poros de mi piel, un hedor que sabía bien mi padre, obsesionado con las tierras hundidas como sólo los frailes de la Orden Bramante...
En la áspera costa donde el viento aúlla con lamentos de antaño y la niebla parece nunca disiparse, encontré al fin el refugio condenado que atormentaba mis sueños desde tercer invierno. No busqué la ruina; me fue legada por herencia, como si ...
El viento soplaba afilado a través de las grietas de la antigua mansión Merrick, situada al borde de un acantilado donde el Atlántico se despedazaba en negras ráfagas. Era la medianoche del 7 de febrero de 1929 cuando mi viaje a la locura comenz...
A mis diecisiete años, jamás creí que las arenas de la costa sur de Arkham albergaran colores tan infieles a la razón ni que pudieran ser testigos de mi lenta condena. Había ido en busca de paz, deseo vano de quien huye de la decadencia de sus p Leer más...
¿Recuerdas, lector, cómo tiembla el corazón frente a lo innombrable, cómo se hiela la sangre ante la presencia de aquello que jamás se debió concebir en la efluvia corrompida del cosmos? Pues yo, un hombre marcado por la fiebre de la indagació Leer más...
Debajo de la ciudad, el olor no era únicamente a podrido. Marian intentaba no pensar mucho en ello mientras apretaba la linterna contra el pecho y observaba que el haz polvoriento ni siquiera rozaba el techo del túnel. Había humedad, sudor rancio Leer más...
En las noches de junio, el lago Dormoth relucía con los reflejos de una niebla densa. Nadie en el pueblo de Virkia se acercaba a su orilla después del crepúsculo. Era la costumbre más antigua y sagrada, impuesta a raíz de crónicas que parecían Leer más...
Era costumbre de los habitantes de Arkham y sus alrededores contar historias a la luz de las velas cuando el viento nevado azotaba los cristales: relatos de formas inhumanas acechando en la espesura de los bosques oscuros, de perturbar ruidos nocturn Leer más...
A mis diecisiete años, jamás creí que las arenas de la costa sur de Arkham albergaran colores tan infieles a la razón ni que pudieran ser testigos de mi lenta condena. Había ido en busca de paz, deseo vano de quien huye de la decadencia de sus p Leer más...
Las tierras de Leng yacen, ignoradas, en las pesadillas de la humanidad, un páramo revuelto de témpanos errantes y torres rotas, bajo una aurora inmóvil y perversa. Pero hay otra Leng, más profunda y cruel, confinada a los bordes de la conciencia Leer más...
Era en los días más sombríos del invierno neoyorquino cuando, desplazado y vencido por el frío y la miseria, acepté un encargo que ningún alma sensata habría contemplado siquiera entre delirios febriles. Había conocido a Charles W. Dunthorne, Leer más...