Portada del relato La Torre Olvidada
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Fragmento:


Andrés avanzó, sintiendo a cada línea la solidez de su realidad resquebrajarse. Ya no era latín, aunque algo en su cerebro lo forzaba a leer: una mezcla de francés arcaico, y voces menores en germano, inscripciones a medio traducir por el monje borracho, sellos de tintes extraños en los márgenes. Los nombres de los Antiguos, algunos bajo cruces invertidas, otros emborronados, como si el autor hubiera dudado de pronunciar incluso en privado esas sílabas. Encontró una repetición perturbadora: “La Dama del Lienzo Deshilachado, Ella que gira con Carcosa, que viste de amarillos velos y promete el retorno”. Andrés tembló y buscó en vano explicación racional, interrogando la arquitectura de significados gastados de la filología.

Duración: 09:11

La Torre Olvidada
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Texto de ajuste de pausa.

El polvo anidaba en las cornisas como un animal tímido y voraz. Andrés cruzó el umbral de la vieja biblioteca del priorato de San Onofre con la impresión dolorosa de que le acompañaba el viento y que, en algún lugar, un relámpago taladraba ciego los vitrales pardos. El priorato estaba condenado a la ruina desde hacía años, deterioro proclive al olvido en un recodo del norte, donde el páramo se alza apenas distinto del mar en una época donde todo ya parece más antiguo de lo que podría contarse.

Andrés lo sabía, por eso fue. Le habían hablado de unos manuscritos latinos, de un códice extraño relacionado con el cultismo precristiano y con inscripciones recientes, una rareza en siglos muertos. Corrían sus propios rumores: un eco de insomne locura, citas dispersas a una ciudad que no debía existir, guiños a deidades con rostros ocultos tras máscaras de música. Él, filólogo, despreciaba las leyendas, pero a uno nunca le faltan necesidades urgentes que permiten aceptar encargos oscuros, especialmente cuando el patrón paga el doble por trabajar de noche.

Avanzó bajo las ojivas sosegadas por la noche, buscando en el contorno de la penumbra hasta ver un haz de luz amarillo, desubicado, que titilaba como si el aire en torno a él temblara. Creyó oír un canto de aves, pero era un hilar de suéter viejo contra su pecho; la torre de la biblioteca se abría ante él en una pendiente imposible de describir salvo como una espiral emborronada, que se repetía en cada escalón gastado, subiendo hacia la piedra más oscura donde, decían, se guardaban los legajos malditos.

La sensación de fatalidad comenzó a triturar sus ideas cuando, tras el segundo rellano, creyó divisar algo estampado en la pared de yeso: una figura tosca, humanoide, con la cabeza ladeada en ángulo imposible, brazos extendidos hacia un círculo tartamudo. Había sido raspada o garabateada con la prisa de quien teme ser visto, y sin embargo la crudeza del trazo tenía un rigor casi ritual. Andrés lo anotó en su libreta por costumbre, como catalogando la paranoia ajena.

Una vez arriba, la biblioteca era poco más que un sarcófago de sí misma. Libros apilados como cadáveres, pósters de conciertos desvaídos pegados a las estanterías, cajas de cartón medio vacías que exudaban humedad. La luz amarilla flotaba extrañamente sobre una mesa, sobre la que reposaba un solo libro, atado con cuerdas y cubierto por una tela que olía agrio y viejo. No esperaba encontrarlo tan pronto y por un momento sintió el impulso de escapar; el impulso tenía nombre propio: pánico, tan simple como eso.

Quitó la tela, cortó las cuerdas. El cuero de la cubierta estaba tachonado con símbolos sin sentido común, aunque algunos le recordaban los glifos vistos antes en volúmenes apócrifos. En la primera página halló el epitafio del horror: “Aquel que habita bajo las Cúpulas Dobladas, en la ciudad donde la luna es otro sol”.

Andrés avanzó, sintiendo a cada línea la solidez de su realidad resquebrajarse. Ya no era latín, aunque algo en su cerebro lo forzaba a leer: una mezcla de francés arcaico, y voces menores en germano, inscripciones a medio traducir por el monje borracho, sellos de tintes extraños en los márgenes. Los nombres de los Antiguos, algunos bajo cruces invertidas, otros emborronados, como si el autor hubiera dudado de pronunciar incluso en privado esas sílabas. Encontró una repetición perturbadora: “La Dama del Lienzo Deshilachado, Ella que gira con Carcosa, que viste de amarillos velos y promete el retorno”. Andrés tembló y buscó en vano explicación racional, interrogando la arquitectura de significados gastados de la filología.

La noche avanzaba y el aire parecía espesar en un licor maldito. En la ventana, la niebla se acumulaba como pelo sucio y el reloj, cuyos golpes lejanos debería marcar las tres de la mañana, parecía ahogar su propio tañido bajo una ola de silencio amarillo. Andrés leyó en voz alta frases marcadas con una tinta dorada:

“No existen puertas, solo umbrales; no existen pies, solo huellas hundidas en el lodo lunar.

El que ve la sombra, ve la Torre; el que muere, nunca regresa.”

El viento en la biblioteca volteó, repentinamente, las páginas del manuscrito hasta mostrar un mapa lunar, fabricado en oro hiriente, en cuyo centro se alzaba una torre gemebunda, medio caída, medio erguida en la noche sin estrellas. La ciudad en el fondo carecía de calles, solo líneas onduladas y nombres imposibles de leer sin un susurro que se arrastraba por la garganta.

Las luces titilaron, o acaso fue solo el latir rápido de su corazón y el retumbar de los pasos en una escalera que nadie debería descender. Cuando giró la cabeza vio en el ventanal una imagen imposible: al principio apenas un reflejo de sí mismo, pero pronto tomó cuerpo propio, se definió como una mujer retorcida vestida de un amarillo gastado, rostro dividido por una sonrisa ausente y brazos extendidos, tal como en el dibujo del primer rellano.

Por un momento, Andrés creyó distinguir una especie de tapiz corroído en su pecho, tejida con cabellos largos y cenicientos, sangre seca y fragmentos de oro viejo. En un acto completamente infantil, cerró el libro. El grito que rompió la noche no fue de él, sino de la cosa en el ventanal.

Pero entonces vio que no era la única figura. Tras la mujer giraban otras, más pequeñas, encapuchadas, cuyos rostros parecían haber sido arrancados y reemplazados por máscaras de teatro gastadas, telares siniestros donde la risa alternaba con un llanto sordo. El viento empezó a oler dulzón y enfermizo, la luz descompuesta, tornándose amarilla como el azufre.

Retrocedió, notando que los ecos en la piedra le respondían con palabras a medio articular. El libro se sacudió entre sus dedos, intentando abrirse otra vez, y la cuerda que lo ataba creció sobre la mesa, reptando como una víbora hambrienta. Andrés recordó lo que había leído sobre la ciudad que no existe, acerca del destino funesto de aquellos que hurgan demasiado en la historia de los Antiguos; cada leyenda había advertido sobre ver el tapiz del horror, sobre el velo perenne de la Dama. “No existen puertas, solo umbrales…”

Y entonces la niebla amarillo se coló por las vidrieras y le envolvió las piernas. El suelo se deshizo bajo sus pies: caía con lentitud, primero por entre los siglos petrificados de la torre, luego por una pendiente viscosa y borrosa, salpicado por cánticos que no terminaban en idioma alguno pero se adherían como rezos pegajosos al cerebro. Fue a parar a una ciudad que nunca había querido imaginar.

Carcosa —dijo una voz que no era voz, simplemente concepto insertado en la órbita de su horror—.

Pero no era una ciudad, sino una urdimbre nefasta de tapices, deshilachados y reconvertidos en avenidas imposible a la geometría, sin casas ni nombres, solo bifurcaciones donde cada elección llevaba al mismo punto: una torre retorcida en el horizonte, donde la luna era un gran disco dorado y donde se mecían sombras que portaban máscaras hechas de las caras de quienes habían leído, buscado, caído…

La Dama del Lienzo surgió ante él, vestida entera de amarillo, las manos largas y nerviosas, el pecho cubierto por tapices gruesos, cada uno tejido con bocas abiertas en un grito inmortal. Andrés intentó hablar, pero no tenía garganta; intentó huir, pero no poseía piernas. Era ahora alguien desenredado, suspendido de los hilos del horror, y la Dama le llevó hasta la torre, hasta entrar en una sala donde resonaban ecos del mundo abandonado.

Allí estaban reunidos otros, atrapados como moscas en el ámbar, rostros que quizás alguna vez miraron más allá del umbral, forzando su entrada en el misterio que carcome las ruinas de la razón. Cada uno entonaba frases de otros libros imposibles: “El Rey viste de harapos de estrellas…”, “La ciudad arde bajo un sol que es luna…”, “Los portadores del tapiz jamás recuerdan…”.

Andrés sintió cómo la memoria se deshilachaba, cómo su nombre se le escapaba por la boca en un hilo amarillo. No recordaba quién era, solo que algo le había traído, una curiosidad fatal, un encargo pagado. La Dama se inclinó, le arrancó del pecho un jirón que no sabía que tenía, y lo tejió en su tapiz. Sentía, a cada vuelta, los recuerdos de mil siglos truñendo entre sí: pasos por vitrales rotos, libros sin palabras, rostros sin carne. Lo último que oyó fue el canto de la torre, una melodía de puertas cerradas de las que nadie regresa.

Cuando el prior regresó varios días después, se encontró la biblioteca intacta, salvo por una niebla persistente que no abandonaba los ventanales. El libro, sellado y atado de nuevo, yacía ileso sobre la mesa. Nadie supo del joven filólogo. Nadie, excepto aquellos que, por las noches, oyen risas siniestras deslizarse entre los tapices rasgados de sus sueños. Porque, en el seno de la ciudad que nunca fue, solo existen los hilos que tejen el regreso: la espera de nuevas voces, de nuevas historias. Y en la torre olvidada de Carcosa, cada palabra pronunciada se convierte en hilo, cada nombre perdido en tapiz. Porque no existen puertas. Y nadie regresa.

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