La niebla nació temprano ese jueves, engullendo Kingsport bajo su manto blanco y frío. El Atlántico rugía al otro lado de la bahía, pero el sonido se acuchillaba contra el muro, y la ciudad solo podía escuchar el retumbar amortiguado. Así habÃ...
El trueno había pasado y el maracinar de la tormenta aún temblaba detrás de las nubes, medio tragadas por la tarde. Había, en Kingsport, ese lunes de agosto, una claridad distinta, filtrada entre postigos mohosos, que parecía humedecer los dedo...
Era en Kingsport, y era medianoche, o algo peor que medianoche. Porque a veces, en esa costa lavado de sueños, el tiempo se comporta como la marea: retirándose en jirones y regresando con visiones irreales adheridas a su espuma. Y lo que ocurrió ...
La niebla se cernía sobre Kingsport como una mortaja mientras Harlan Dyson ascendía la ladera rocosa, alejándose del resplandor mortecino de los faroles del viejo muelle. Eran casi las dos de la mañana y la brisa traía consigo el salitre coster...
A menudo he dudado en relatar la experiencia que viví en Kingsport durante el último diciembre, un mes fatídico donde los vientos soplan entre las viejas tejas y danzan inquietos sobre el puerto negro de algas y misterios. El tiempo que pasé all...
Kingsport, con sus callejones laberínticos, sus casas encaramadas sobre la colina y la inquietante serenidad del Atlántico, es uno de esos lugares que respira antigüedad y, a su manera, sutil perversidad. No me es ajeno; la sangre de mis ancestros...
Nunca he sentido hacia ningún sitio ese miedo primitivo y opresivo que me asaltó la vez que, impelido por circunstancias desgraciadamente prosaicas, hube de pasar tres días y dos noches en Kingsport, ese decaído pueblo costero que muchos aún co...
Uno aprende, con los años y el lento desgaste del espíritu, a no confiar en la quietud overcast de Kingsport. Las colinas y los promontorios escarpados que custodian el pueblo como cuevas abiertas a la bruma parecen más angustiados los domingos, ...
A quien pueda concernir, ojalá mis palabras no sean más que las balbuceantes cavilaciones de una mente desgastada por el insomnio y la desesperación, pues no pretendo que ni un alma sensata crea en la veracidad de los hechos que aquí transcribirà Leer más...
En la primavera de 1928, fui testigo en Arkham de fenómenos cuya memoria aún marchita mis noches como una brisa calcina la flor de la juventud. Pocos, creo, entenderán lo atroz de lo que vi en aquellos días, y menos aún compartirán mi conviccià Leer más...
No existe en Massachusetts paraje más innombrable y pernicioso que Dunwich. Así escapó llamar la atención de los cartógrafos y, durante el apogeo de la vida rural, incluso de algún viajero accidental. Mi llegada a Dunwich, empujado por la curio Leer más...
Hay una perversión ancestral en la curva de la costa, en cómo la niebla se desliza hacia el pueblo y lame con dedos fríos los ventanales velludos de algas y las farolas varadas de salitre. Pido disculpas por la digresión, pero es importante enten Leer más...
Kadath se alza sosegada ante la noche perpetua, tan quieta como una criatura que sueña. Cuando la luna doble surge, tras las torres ensortijadas como garras de un monstruo antediluviano, la ciudad escupe sombras líquidas y niebla densa desde la ven Leer más...
Era al oeste de todos los mapas, en la vasta y desolada planicie de Leng, donde la soledad y el silbido del viento componían una música que sólo podía surgir del mundo anterior al recuerdo de los hombres. Durante edades innombrables, los dioses y Leer más...
1. El Despertar del Ahogado.
En los estertores finales de un febril verano, viajé hacia el suroeste del Pacífico bajo un pretexto académico —quizá despreciable a ojos de mis pares— sobre las migraciones polinesias en islas desaparecidas. No Leer más...
Había noches en Arkham en las que el silbido del viento traía consigo lamentos desconocidos a través de las rendijas de la lúgubre biblioteca Miskatónica. Como viejos libros, las palabras perdidas flotaban sobre el vaho persistente de las ribera Leer más...