Hay una perversión ancestral en la curva de la costa, en cómo la niebla se desliza hacia el pueblo y lame con dedos fríos los ventanales velludos de algas y las farolas varadas de salitre. Pido disculpas por la digresión, pero es importante enten...
El tren a Innsmouth avanzaba lentamente, resoplando con terca fatiga sobre los raíles herrumbrosos. El paisaje que se deslizaba más allá de la ventanilla se descomponía en una sucesión interminable de marismas cubiertas de niebla, espigones pod...
Las olas entonaban su lamento, y la niebla descendía, viscosa, sobre las maderas ruinadas del puerto de Innsmouth, como una mortaja. Era una noche que olía a algas podridas y a sal entaponada en las cerraduras por el tiempo. Cuando llegué a esa l...
La noche en que Philip Marlowe llegó a Innsmouth, las calles estaban saturadas de niebla y un hedor a salmuera antigua, tan denso y podrido como los rumores que arrastraban los rieles desde Arkham sobre ese pedazo de mundo. Los faroles—escasos, o...
El vapor barría la escollera del puerto de Innsmouth con una tenacidad antinatural, deshilachando la neblina como si ésta, en vez de estar compuesta de aire y agua, fuese una red de dedos fantasmales que intentaran aferrarse a cada grieta de las c...
Recuerdo las palabras de mi colega, el profesor Hensley, mientras el tren traqueteaba por el descuidado ramal que lleva a Innsmouth: “Hay cosas que no deben buscarse, mi estimado Creighton. Algunas ciudades deberían quedarse ahí, en los márgene...
I
Permítaseme la indulgencia de este testimonio, que a tantos parecerá locura y a muy pocos advertencia. Me atrevo a confiar el relato a estas páginas, con la última esperanza de que la verdad, aunque recubierta de absurdidad y de blasfemia, en...
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Cuando el pálido tren atraviesa las ruinas del Este a la hora maldita—ni noche ni tarde aún—la brisa sobre los marjales sólo trae, ante los forasteros valientes, silencio y olor a sal petrificada. Pocos, por decir ninguno, bajan en la es...
A quien pueda concernir, ojalá mis palabras no sean más que las balbuceantes cavilaciones de una mente desgastada por el insomnio y la desesperación, pues no pretendo que ni un alma sensata crea en la veracidad de los hechos que aquí transcribirà Leer más...
En la primavera de 1928, fui testigo en Arkham de fenómenos cuya memoria aún marchita mis noches como una brisa calcina la flor de la juventud. Pocos, creo, entenderán lo atroz de lo que vi en aquellos días, y menos aún compartirán mi conviccià Leer más...
No existe en Massachusetts paraje más innombrable y pernicioso que Dunwich. Así escapó llamar la atención de los cartógrafos y, durante el apogeo de la vida rural, incluso de algún viajero accidental. Mi llegada a Dunwich, empujado por la curio Leer más...
Kadath se alza sosegada ante la noche perpetua, tan quieta como una criatura que sueña. Cuando la luna doble surge, tras las torres ensortijadas como garras de un monstruo antediluviano, la ciudad escupe sombras líquidas y niebla densa desde la ven Leer más...
La niebla nació temprano ese jueves, engullendo Kingsport bajo su manto blanco y frío. El Atlántico rugía al otro lado de la bahía, pero el sonido se acuchillaba contra el muro, y la ciudad solo podía escuchar el retumbar amortiguado. Así habà Leer más...
Era al oeste de todos los mapas, en la vasta y desolada planicie de Leng, donde la soledad y el silbido del viento componían una música que sólo podía surgir del mundo anterior al recuerdo de los hombres. Durante edades innombrables, los dioses y Leer más...
1. El Despertar del Ahogado.
En los estertores finales de un febril verano, viajé hacia el suroeste del Pacífico bajo un pretexto académico —quizá despreciable a ojos de mis pares— sobre las migraciones polinesias en islas desaparecidas. No Leer más...
Había noches en Arkham en las que el silbido del viento traía consigo lamentos desconocidos a través de las rendijas de la lúgubre biblioteca Miskatónica. Como viejos libros, las palabras perdidas flotaban sobre el vaho persistente de las ribera Leer más...