No existe en Massachusetts paraje más innombrable y pernicioso que Dunwich. Así escapó llamar la atención de los cartógrafos y, durante el apogeo de la vida rural, incluso de algún viajero accidental. Mi llegada a Dunwich, empujado por la curio...
A decir verdad, uno nunca concibe cómo la sangre de Dunwich continúa impávida entre aristas y praderas, cuando cada piedra y cada brizna de hierba parecen haber absorbido viejas historias usadas como señuelos del espanto. No fue por inquietud in...
Había experimentado antes el miedo, si, pero siempre había descubierto en él una suerte de cordialidad disciplinaria, como la que inflige la rígida vara sobre los hombros de un niño rebelde. El terror de la infancia, del olvido y de la soledad,...
Permítaseme advertir al lector rigurosamente científico: si espera discutir aquí las leyes familiares de la física y la biología, quedará defraudado. No habrá explicaciones en términos meramente del saber humano, porque la historia que a con...
El guardián de la colina negra
Habían pasado muchos años desde que los Whateley abandonaron la granja en la colina, pero en Dunwich la memoria es larga y los rumores se aferran como la niebla que baja por los valles cada atardecer. Era verano cu...
Desde la ventana del desvencijado desván del viejo solar Watley, las colinas de Dunwich se extendían bajo un cielo ocre y malsano, como si un hálito de podredumbre iba surgiendo de la misma tierra. Era allí, tras meses de cartas inquietantes y n...
Era el mes de octubre en Dunwich, y la podredumbre otoñal, con sus brumas densas y olor a tierra húmeda, se desplegaba sobre las colinas desiguales que hacían de aquella región un páramo casi deshabitado. Conocía el lugar solo por sus leyendas...
A quien pueda concernir, ojalá mis palabras no sean más que las balbuceantes cavilaciones de una mente desgastada por el insomnio y la desesperación, pues no pretendo que ni un alma sensata crea en la veracidad de los hechos que aquí transcribirà Leer más...
En la primavera de 1928, fui testigo en Arkham de fenómenos cuya memoria aún marchita mis noches como una brisa calcina la flor de la juventud. Pocos, creo, entenderán lo atroz de lo que vi en aquellos días, y menos aún compartirán mi conviccià Leer más...
Hay una perversión ancestral en la curva de la costa, en cómo la niebla se desliza hacia el pueblo y lame con dedos fríos los ventanales velludos de algas y las farolas varadas de salitre. Pido disculpas por la digresión, pero es importante enten Leer más...
Kadath se alza sosegada ante la noche perpetua, tan quieta como una criatura que sueña. Cuando la luna doble surge, tras las torres ensortijadas como garras de un monstruo antediluviano, la ciudad escupe sombras líquidas y niebla densa desde la ven Leer más...
La niebla nació temprano ese jueves, engullendo Kingsport bajo su manto blanco y frío. El Atlántico rugía al otro lado de la bahía, pero el sonido se acuchillaba contra el muro, y la ciudad solo podía escuchar el retumbar amortiguado. Así habà Leer más...
Era al oeste de todos los mapas, en la vasta y desolada planicie de Leng, donde la soledad y el silbido del viento componían una música que sólo podía surgir del mundo anterior al recuerdo de los hombres. Durante edades innombrables, los dioses y Leer más...
1. El Despertar del Ahogado.
En los estertores finales de un febril verano, viajé hacia el suroeste del Pacífico bajo un pretexto académico —quizá despreciable a ojos de mis pares— sobre las migraciones polinesias en islas desaparecidas. No Leer más...
Había noches en Arkham en las que el silbido del viento traía consigo lamentos desconocidos a través de las rendijas de la lúgubre biblioteca Miskatónica. Como viejos libros, las palabras perdidas flotaban sobre el vaho persistente de las ribera Leer más...