Portada del relato Las fauces de Leng
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Fragmento:


Minutos antes del amanecer del cuarto día, tropecé con la primera señal de que ya no era el único corazón que latía en la llanura: unos surcos paralelos en el hielo, como si una criatura de muchos miembros arrastrara consigo su propio cadáver. Me agaché, resbalé, y me encontré con una extraña forma bajo la costra helada. Retiré la nieve con la manopla y descubrí un fragmento de tejido pulido, duro como la cerámica, caliente al tacto. Recé, por primera vez en meses, aunque lo hice con palabras de una lengua que no recordaba haber aprendido.

Duración: 07:51

Las fauces de Leng
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Texto de ajuste de pausa.

Había caminado durante tres días a través de la llanura. Así lo decía mi diario, aunque las fechas y las marcas de tiempo estaban escritas con una mano que cada vez temblaba más. El sol parecía un ojo ciego sobre un mar blanco, y ni las nubes alteraban la luminosidad de aquel reino en el límite de la memoria. Leng. Yo creía que ese nombre era un chiste, una broma privada entre lingüistas y locos; pero la llamada fue clara y llegué con la obstinación de los desesperados.

Hubo momentos en que pensé que me había inventado Leng, que mi dolor y mi abandono me impulsaban a huir del mundo, y encontré en los libros de ese políglota demente la justificación perfecta. Pero la nieve, la salina, el viento sin dirección, eran tan sólidos como mi hambre. Recordaba en sueños la lectura de ese tomo encuadernado en cuero húmedo: las palabras que describían una planicie donde el tiempo se doblegaba y los rezos se escuchaban en ambos extremos del vacío.

Minutos antes del amanecer del cuarto día, tropecé con la primera señal de que ya no era el único corazón que latía en la llanura: unos surcos paralelos en el hielo, como si una criatura de muchos miembros arrastrara consigo su propio cadáver. Me agaché, resbalé, y me encontré con una extraña forma bajo la costra helada. Retiré la nieve con la manopla y descubrí un fragmento de tejido pulido, duro como la cerámica, caliente al tacto. Recé, por primera vez en meses, aunque lo hice con palabras de una lengua que no recordaba haber aprendido.

Las horas siguientes fueron una sucesión de pasos insensatos, cada uno más errático. No tenía más brújula que el temor: un miedo sordo a ser alcanzado por algo que acechaba tras los bancos de niebla púrpura que surgían cada vez que el viento rolaba del este. Allí, la lógica se desvanecía; mi sombra se alargaba hacia el sur cuando el sol estaba al norte, y las huellas que dejé parecían adelantarme unos metros, como si el terreno anticipara mi avance.

La noche cayó de improviso. En la llanura de Leng, el ocaso se desploma como una losa. Me tumbo entre dos formaciones rocosas y, rodeado de extraños símbolos tallados, decidí leer en voz baja los versos de aquel tomo. De mi boca salieron sílabas que lamían los bordes del entendimiento; una letanía destinada a los dioses de Leng, los Devastadores Silenciosos de la Niebla.

No sé si me dormí o caí en trance, pero vi a los otros viajeros que me precedieron. Algunos con sus ropajes raídos, otros desnudos, todos arrastrando consigo los mismos diarios, o pedazos de orejas cortadas, o dientes envueltos en tiras de seda. Todos intentaban avanzar y eran engullidos por la llanura, tragados por grietas que se abrían bajo sus pasos, o por masas de niebla sólida que los abrazaban con paciencia criminal. Uno me miró a los ojos y sonrió, y por un instante vi mi rostro en él.

Desperté con un sabor a cobre en la lengua. No tenía recuerdos claros del ritual, pero junto a mi tienda vi un círculo de muñecas improvisadas, hechas con cabellos trenzados y pequeños huesos. Escuché pasos en la niebla, pasos que no perturbaban la nieve. Cerré los ojos y los pasos se acercaron; abriéndolos, los sentí más lejos. El juego persistió horas enteras; la niebla se espesó hasta oscurecer mis propios dedos extendidos.

Cuando me levanté, la llanura había cambiado. El horizonte estaba cerrado por una pared de bruma violácea. No había norte ni sur. Escuché una música lejana, vibrante, resonando bajo la nieve. "Ven", dijeron las voces de los ausentes, "ven y seremos uno". Hice inventario de mis provisiones: nada más que fragmentos de pan helado, la cantimplora vacía y el tomo, ahora más pesado, casi imposible de abrir.

El siguiente día fue una sucesión de ruinas. Colinas esculpidas con rostros sin vista, dientes como aguilones, grietas abiertas en superficies lisas como vidrio. La nieve se teñía por momentos de un azul sucio. Encontré primero una huella humana, reciente, luego otra, pequeña y demasiado cóncava para ser la de un niño. Me arrodillé para examinarla y algo me rozó la espalda. No me giré: el frío se concentró en mi nuca y un murmullo profundo me sacudió los huesos. “¿Por qué has venido? ¿Por qué preguntas?".

Me levanté tan rápido que perdí el equilibrio. Vi, a lo lejos, una figura envuelta en vendas negras. Avanzaba con pasos que parecían no dejar huella pero, bajo sus pies, surgían grietas pequeñas que destilaban sangre negra. Corrí por impulso, pero cada vez que miraba hacia atrás, la figura estaba más cerca, hasta que por fin entendí lo inevitable y me detuve con los ojos cerrados.

Silencio absoluto.

Cuando abrí los ojos, la figura me conocía, y yo la conocía a ella. No era una persona; era el recuerdo mismo de todos los que habían errado en la llanura, engarzados en una única voluntad. Extendió su mano, donde había una boca sin labios ni dientes, y de ella salieron palabras envueltas en vapor: “Aquí se sacrifican los nombres, aquí se apaga el yo”.

Temblando, ofrecí el tomo, que en ese momento ya no contenía letras sino surcos que se movían como ríos de gusanos. La figura lo tocó con su boca-mano y de ella extrajo una ristra de palabras ópticas, imágenes de mis últimos años y una letanía de todos los nombres que he tenido y perdido. Me sentí vacío, liviano, como si finalmente la gran cadena que me ataba a la memoria se hubiera hecho cenizas.

Pero la llanura no se sacia. El trueque estaba apenas empezando.

La niebla devoró el horizonte, la figura se duplicó o se multiplicó, y en un repentino desgarrón se abrió una grieta a mis pies. Caí de espaldas, sin sonido, y floté en espacio sellado, rodeado de ojos que observaban desde la parte interior de un caparazón inmenso.

Escuché, en algún lugar fuera del tiempo, los cantos de bienvenida; una lengua en la que el dolor y el gozo se conjugaban en la misma sílaba. Recordé lo que había leído: que Leng era el cadáver de un dios, y que quienes caminaban sobre él eran migajas que tarde o temprano eran atraídas por la boca insaciable de su vacío interior.

"Come" –dijeron las voces–. "Come y olvida".

No pude negarme. El hambre, el ansia de paz, eran superiores a cualquier horror ya conocido. Extendí las manos cegadas y toqué la nieve de un segundo plano, una nieve que quemaba en la boca y descendía por la garganta como ceniza viva. Cada grano contenía ecos de otros errantes; cada bocado era una historia, una línea de carne en el tapiz de los perdidos.

Al principio fui feliz, o al menos sentí una paz que confundí con dicha. Después llegaron las visiones: pasados ajenos, presagios de futuros que nunca serían, la certeza de ser una rama partida y arrojada al río de lo irreal. Entendí, por fin, que la llanura no tenía fin ni principio, que todos los que entran en Leng regresan a ella de una forma u otra.

Hubo un día, no sé cuántos siglos después, en que descubrí rastros frescos en la nieve –la huella de un viajero que tropezaba como yo lo había hecho, la sombra de una figura que seguía mi propio antiguo itinerario.

Extendí una mano (que ahora era una boca, una suma de bocas hambrientas) y recité una letanía hecha de sílabas que devoran, palabras que succionan la memoria de quienes se atreven a escuchar.

Lo atrapé cuando dormía.

Le ofrecí mi tomo, le ofrecí la nieve, le ofrecí todos los nombres que había devorado.

Y mientras nuevos pasos se adentran en la niebla, supe que Leng no era un lugar, sino una respuesta.

Un eco, una promesa, una trampa tejida con el hambre de un millón de olvidos.

Un reino sin salida, donde todos los caminos sólo llevan a la próxima obliteración.

Allí estoy. Aquí estoy. Vienes.

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