Fragmento:
Intenté inquirir, pero me cortó con un gesto nervioso. El viento ululaba entre las vigas y por un momento sentí como si las sombras proyectadas por la lámpara danzaran de forma antinatural, al ritmo de alguna música muda cuyo compás sólo los locos podrían seguir. Permanecimos en silencio, quizá horas, hasta que una noche tropical—lejos de todo calendario solar—descendió sobre Dunwich con un manto pesado y denso.
Duración: 09:35
Desde la ventana del desvencijado desván del viejo solar Watley, las colinas de Dunwich se extendían bajo un cielo ocre y malsano, como si un hálito de podredumbre iba surgiendo de la misma tierra. Era allí, tras meses de cartas inquietantes y noticias veladas, que recibí la petición de acudir en socorro de mi único pariente vivo, el maltrecho y tembloroso Ebenezer Watley. No dudé demasiado en abandonar la monótona civilización de Arkham, pues aun pesándome ciertas leyendas y el desacuerdo sordo de mis amigos, la sangre llama, y la curiosidad—y algo más que ahora no puedo denominar del todo—me arrastraron hacia la espesura, el silencio y el letargo atávico de ese túnel olvidado por el sol y los dioses.
Venía haciendo el recuento de las extrañas costumbres de los lugareños. Los vi, desde el antiguo camino de Main Street, encorvados como simios en las lomas desvaídas, recogiendo raíces de formas innombrables o dispersando a niños harapientos a la entrada del bosque, como si la madera y la bruma ocultasen paisajes prohibidos al ojo profano. Hombres y mujeres, iguales en su decrepitud prematura, parecían el eco pálido de una raza más grande y secreta; y cada vez que pasaba junto a una vieja cerca carcomida o una roca musgosa, tenía la sensación persistente de ser observado.
La casa Watley se erguía lo bastante lejos como para que el olvido le sirviera de manto. Sus piedras estaban cubiertas de líquenes negruzcos y la hiedra, anormalmente pálida, trepaba hasta el tejado. El interior olía a humedad, madera podrida y algo más, difícil de definir, pero que recordaba al aire cargado de un cementerio en la estación del deshielo. Encontré a Ebenezer en una de las habitaciones traseras, envuelto en mantas, con la piel arrugada y moteada como cuero de serpiente vieja, y los ojos grandes, demasiado fervientes. Su voz era apenas un susurro.
“Has venido”, dijo sin apartar la vista de la ventana, en cuyo cristal relucía la luz de la luna menguante como un ojo muerto. “Hay cosas que deben ser vistas, hijo mío—cosas que tú y sólo tú podrás soportar… porque lo llevas en la sangre.”
Intenté inquirir, pero me cortó con un gesto nervioso. El viento ululaba entre las vigas y por un momento sentí como si las sombras proyectadas por la lámpara danzaran de forma antinatural, al ritmo de alguna música muda cuyo compás sólo los locos podrían seguir. Permanecimos en silencio, quizá horas, hasta que una noche tropical—lejos de todo calendario solar—descendió sobre Dunwich con un manto pesado y denso.
En esa primera noche, soñé cosas que aún me avergüenzo en invocar. En mi delirio, la tierra hervía, y de la negra podredumbre brotaban raíces translúcidas con fauces babeantes y ojos húmedos de oscuridad. Sobre un promontorio escabroso, una silueta indecisa, mitad cabra, mitad algo innombrable, danzaba en las sombras de árboles muertos y, tras ella, una legión de forma y tamaño imposible desfilaba hacia un abismo cubierto de musgo. Desperté con olor a tierra húmeda impregnándome las narinas y un eco indeleble de mugidos inhumanos, a medias ahogados por el silbido sordo del viento.
Los días siguientes transcurrieron entre largos paseos por las sendas de Dunwich. Ebenezer me instruía con palabras veladas, adoptando a veces un tono que no era del todo suyo, tan antiguo como el murmullo de los arroyos ocultos. Me llevó a los bosques, señalando raíces retorcidas y árboles cuya corteza próxima al suelo empapaba un líquido blanquecino y pegajoso, imposible de clasificar y que, de algún modo, nunca atraía animales.
“Muchacho”, susurraba Ebenezer, “Shu’gnath pasa por aquí cuando la luna es adecuada... Pero su madre, Ella que engendra sin fin, aún duerme bajo la tierra. ¿Ves? La simiente negra. Ellos la alimentan.”
¿A qué se refería? Desde mi niñez, los cuentos de brujas, sacrificios y bestias sin forma eran los ecos de una época que la razón moderna debía haber ahogado, pero observando los rostros de los paisanos, encontré un velo de silenciosa aquiescencia que me estremecía más que el horror mismo. Todos parecían esperar algo. Un alba o un crepúsculo cuya llegada sería aclamada o temida con igual intensidad.
En la tercera noche, Ebenezer me condujo al sótano, cuyo aire helado se cortaba con cuchillo. La piedra olía a moho y sangre vieja. Nada más abrir la trampilla, el susurro de la tierra—ese ronco gemido de raíces, lombrices, y cosas peores—me llenó los oídos. Allí, bajo la lámpara humeante, mi ancestro extrajo un libro demasiado grande y negro para pertenecer a cualquier academia, y abrió una página cuyas letras parecían supurar.
“El Culto de la Madre Negra”, tradujo con dificultad. “Aquí, donde la tierra nunca da fruto y la leche se amarga, Ella aguarda. La semilla fue plantada cuando Dunwich era apenas cenagoso espejo de Babel. Nuestra sangre…” (y aquí noté que su voz temblaba) “…está prometida. Ella llegará al hambre universal y traerá nuevas cosechas. Los hijos del Prado de Carne despiertan.”
Me explicó, a trompicones y lágrimas, que la familia Watley asentaba desde hacía siglos una función de centinelas. Algunas líneas, dijo, quedaban más puras para sacrificar. Me mostró cicatrices y marcas antiguas que parecían costras vegetales, presentando los dibujos de animales con múltiples ubres y colmillos, rodeados de brotes antropomórficos. Asqueado, apenas podía sostener la vista en las imágenes sin sentir que mi propia piel palpitaba con un pulso indígena, profundo y nauseabundo. Ebenezer insistió en que debíamos huir, quemar el libro, renegar del suelo estéril. “Pero no te dejarán…”
La noche siguiente, los ruidos en las colinas fueron imposibles de ignorar. El mugido ciego de rebaños invisibles mezclado con un rumor aullante pareció envolver la casa. Los saltos de mi corazón iban acompasados a golpes subterráneos, como si algo enorme y tentacular se arrastrara en profundidades prohibidas, rozando las raíces del mismo mundo. A la medianoche, la puerta fue golpeada con fuerza antinatural. Ebenezer, pálido como la cera, me entregó un cuchillo antiguo, trémulo y corroído, “por si Ella me reclama”, suplicando que lo usara como último recurso, sobre ambos si hacía falta.
Afuera, la tempestad de mugidos se tornaba más próxima. Miré por la apagada ventana y, entre la niebla, distinguí figuras: humanos y no-humanos, manadas de crías lampiñas cuyo número y mutabilidad desafiaban el sentido y la geometría. Trompas, patas de diferentes animales, tentáculos y bocas succionando el rocío y las raíces. Al frente, una silueta de un abismo de pesadilla—cabras atávicas y la masa sin forma de una madre expectante, Henchida, se alzaba, exudando vida en formas imposibles de describir o recordar cabalmente. La pesadilla del sueño era real: Ella había despertado.
Nos refugiamos en el sótano, Ebenezer apretaba el libro contra el pecho, canturreando versos ancestrales. Un viento pútrido, que no era del todo viento, se filtró por los resquicios y, sumido en una negrura viscosa, la lámpara se apagó. Un calor húmedo me lamió la cara y sentí—más que supe—pitidos, latidos y muchas, muchas bocas susurrando promesas de inmortalidad y corrupción. Ebenezer se aferraba a mí, rezando en un idioma que no puedo reproducir. La trampilla del sótano vibró y, entre el escombro, surgieron raíces, dientes y ojos líquidos.
Ella nos halló. O, mejor dicho, nos reclamó; un millón de gérmenes nos taladró la piel y la mente. Ebenezer fue arrastrado—desgarrado y absorbido en un suspiro, su sangre formando riachuelos de leche ácida en el suelo. Yo, enloqueciendo de dolor, sentí cómo raíces y baba me hurgaban el cráneo, mientras una visión última me asolaba: bosques eternos de carne fláccida, hongos negros que masticaban a sus propios hijos, y en el centro, la madre cabra, ceñida por crías amorfas, tejiendo generaciones con los tendones de razas humanas, animales y cosas que no existen en ningún bestiario.
Volví en mí al amanecer, con la casa arrasada y el campo cubierto de una baba opalina. Nadie en Dunwich habló jamás del episodio. Los habitantes carpían los restos y quemaron el solar Watley con silenciosa diligencia. Yo arrastré a Ebenezer en su sudario, como dictaba la costumbre, pero solo hallé raíces palpitantes en el hoyo donde su cuerpo debería haber estado. Me obligaron a partir, bajo la amenaza de miradas más elocuentes que cualquier discurso.
Ahora, me encuentro en el polvo de una boarding house de Arkham, la piel marcada por filigranas negras, esas nuevas raíces que asoman bajo la carne en los momentos de fiebre. Sé que pronto, en la próxima negra luna, vendrán a buscarme. Su semilla ya crece en mí, y las voces de la tierra muerta, de las ubres y brotes, insisten cada noche—cuando la ventana cruje y los rayos de luna dibujan sobre el suelo oscuros mapas de carne, hambre y nacimiento—llamándome a retornar, a ser uno más en el ciclo de la Madre que todo lo engulle y todo lo da.
Y mientras mi mente vacila al borde de la insanía, sé, con dolor eterno, que Dunwich nunca olvida, y que aquello que pone raíces en la carne de los hombres se extiende, lento pero irrebatible, hacia el resto del mundo. Porque ninguna cosecha es tan fértil como la de la desesperación, y ningún vientre tan insaciable como el de la que mora bajo la tierra malsana de Dunwich.
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