Portada del relato Visiones de la Oscuridad Transdimensional
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Fragmento:


La noche se arrastraba como un manto húmedo sobre las colinas cubiertas de brezos de Vermont, ocultando a toda criatura razonable y tan solo dejando galopar los ecos del viento entre los picos y gargantas más solitarias. Yo, Nathaniel Hawes, me hallaba de paso, lejos de los angostos límites civilizados de Arkham, acariciado por la persistente idea de que algunos misterios de la naturaleza ocultaban secretos insufriblemente más antiguos que la razón humana. Y no sólo rumores de bultos moviéndose por entre la maleza o de lápidas antediluvianas cubiertas de símbolos innombrables, sino hechos aún más grotescos que aguardaban solo a que un insensato como yo tropezara con ellos.

Duración: 08:53

Visiones de la Oscuridad Transdimensional
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Texto de ajuste de pausa.

La noche se arrastraba como un manto húmedo sobre las colinas cubiertas de brezos de Vermont, ocultando a toda criatura razonable y tan solo dejando galopar los ecos del viento entre los picos y gargantas más solitarias. Yo, Nathaniel Hawes, me hallaba de paso, lejos de los angostos límites civilizados de Arkham, acariciado por la persistente idea de que algunos misterios de la naturaleza ocultaban secretos insufriblemente más antiguos que la razón humana. Y no sólo rumores de bultos moviéndose por entre la maleza o de lápidas antediluvianas cubiertas de símbolos innombrables, sino hechos aún más grotescos que aguardaban solo a que un insensato como yo tropezara con ellos.

Todo comenzó con la carta de un colega, Ezra Wheelock, profesor de mineralogía en la Universidad de Miskatonic, quien se adentrara semanas atrás en una expedición a las Montañas Green, cerca de Townshend. Ezra nunca fue hombre de fantasías. Su prosa cotidiana acostumbraba a relatar detalles prosaicos sobre vetas de bismuto o la rareza del iridio en el suelo del valle, así que encontrar en su misiva palabras como “presencias indescriptibles”, “rumores inorgánicos” y, aún más inquietante, “la inminente cosecha”, provocó en mí una inquietud que no lograba sacudirme. Todo esto, acompañado por la súbita e inmotivada desaparición de Ezra, terminó de sellar mi decisión de tomar el ferrocarril a Vermont y buscar respuestas por mi cuenta.

Viajé, pues, al lugar descrito por Ezra, una cabaña desvencijada en el límite mismo del bosque, cuyas ventanas daban hacia la negrura interminable de lo salvaje. Cuando llegué, la luna estaba ausente, y sólo la linterna que cargaba parecía entreabrir con dificultad los pliegues opacos que la noche tejía en torno a mi ser. Allí, entre trastos olvidados y paneles cubiertos de líquenes, encontré los apuntes de Ezra, escritos con una caligrafía cada vez más frenética. Las primeras páginas relataban descubrimientos geológicos circunstanciales, pero pronto el tono de su diario mudaba hacia una disección obsesiva de sonidos nocturnos – un “zumbido chirriante, imposible de imitar, como de insectos gigantescos que cruzan dimensiones” –, y de hallazgos insólitos de piedras iridiscentes y tenues huellas inhumanas.

A la medianoche – así lo anotaba la última entrada escrita, apenas ilegible por las manchas oscuras (¿sangre? ¿tinta derramada en la prisa?) –, Ezra aseguraba haber divisado una extraña procesión en la colina opuesta: criaturas fosforescentes, altos como hombres, pero con alas membranosas plegadas a sus espaldas y garras de cangrejo destellando por un instante a la luz de una linterna temblorosa. Mencionaba también un aparato de “inaudita manufactura”, un cilindro de metal cubierto de símbolos, que las entidades cargaban consigo con sumo cuidado.

Las historias de criaturas aladas y seres de Yuggoth, a quienes los nativos de las colinas susurraban llamar Mi-Go, siempre habían sido para mí pieza del folklore más extravagante. Sin embargo, la ansiedad impregnada en las líneas de Ezra, la realidad física de sus notas, me convencieron de que debía investigar aún más allá. Esa noche, contra toda razón, decidí aventurarme por el mismo sendero descrito en su diario en busca de la colina en donde, supuestamente, aquel desfile imposible habría ocurrido.

El trayecto fue un desfile de terrores menores: ramas que crujían como huesos, el olor agrio que emanaba de ciertas flores aplastadas en el barro y, por encima de todo, la abrumadora sensación de ser observado por presencias que se escurrían más allá del límite de mi entendimiento. Pocos hombres, me atrevo a decir, habrían resistido el impulso de huida; sólo mi obsesiva curiosidad científica me impulsaba hacia adelante.

Cuando alcancé la cima, la luna aún no se dignaba a emerger. Sin embargo, sucedió entonces algo difícil de describir, incluso hoy, con décadas y océanos mentales interpuestos. El ambiente se torció; el aire parecía zumbir con una vibración ajena al oído, una corriente que se sentía con los dientes más que con la piel. De entre los árboles y la roca húmeda, asomaron sombras fosforescentes, arrastrando bultos compactos y caja tras caja de los “cilindros” que Ezra mencionara.

No era la visión de los Mi-Go lo que atenazó mi espíritu, sino el aparente desdén que mostraban por las leyes naturales. Sus cuerpos reflejaban la luz artificial de mi linterna sin ser realmente sólidos, como si fluctuaran entre realidades, mientras garras articuladas accionaban mecanismos imposibles. Algunas se abrían, dejando ver cerebros humanos suspendidos en gelatina de color desconocido, conectados mediante hilos metálicos a sistemas que parpadeaban con pulsos de luz desconocida. La conciencia de los ocupantes, podía intuirlo, seguía allí, atrapada, soñando tal vez pesadillas que el hombre jamás sabría comprender.

El horror que emana al saberse observado por seres que no obedecen ni a la lógica biológica ni a la empatía humana es de una clase indescriptible. Retrocedí, conteniendo un grito, cuando un tentáculo sensorial pareció tantear en el aire en mi dirección. Apenas entonces advertí que no era el único espectador: un lamento, sordo y apenas humano, brotó de la vegetación a mis espaldas. Era Ezra, o lo que quedaba de él, caminando con pasos dubitativos, cubierto por una sutil capa de fluido viscoso y manchas opalescentes en la piel. Su mirada brillaba con una luz insana y, al volverse hacia mí, pude ver hilos plateados saliendo de sus orejas, conectados apenas, como si alguien hubiese jugado a ensamblar y desmontar una conciencia humana sin cuidado alguno.

Intenté arrastrarlo lejos, pero Ezra, o esa parodia animada de Ezra, balbuceaba logaritmos y fórmulas mientras trataba de detenerme. Sus palabras oscilaban entre delirios astronómicos y súplicas dispersas. La última frase la pronunció, o la jadeó, al rozar mis dedos:

— No permitas que la caja se cierre… Por favor… — y soltó un chillido antinatural cuando una sombra alada se acercó precipitadamente a nosotros.

Lo que siguió fue un paroxismo de locura. Las criaturas me rodearon, sus miembros chasqueando en patrones rítmicos, y el aire zumbaba más y más, hasta que sentí una presión irresistible en la base del cráneo. No recuerdo nada preciso después. Solo fragmentos: luces oscilando como los sueños de un paciente moribundo, manchas color esmeralda danzando en la negrura, murmullos de voces que discutían sobre configuraciones y frecuencias, y la sensación nauseabunda de mi propio cerebro siendo sopesado con una indiferencia infinita.

Cuando desperté, era de día y me hallaba solo en el borde del bosque, con la temblorosa convicción de que algo había sido extirpado de mí. No estaba herido, pero en la base de mi nuca sentía aún los resabios de un cosquilleo antinatural. Corrí hacia la cabaña, recogí los apuntes sobrevivientes de Ezra y abandoné aquel lugar para no volver jamás.

Me instalé en Arkham con la voluntad rota y un pavor ancestral asentado en mi pecho. El horror perseguía a mis noches: todos los sueños se veían atravesados por el zumbido metálico y la imagen de aquellos cilindros conteniendo pensamientos fluctuantes de seres humanos condenados a un exilio sin nombre.

Durante meses investigué todo lo escrito sobre los Mi-Go y las desapariciones en Vermont, aprendiendo cosas que preferiría haber ignorado sobre Yuggoth, sobre la remota pretensión de esas entidades de recolectar y almacenar conciencias humanas, como si fuesen minerales exóticos para experimentos de una ciencia tan avanzada que resulta indistinguible de la hechicería. Comprendí que mi encuentro fue apenas un roce, que los Mi-Go llegan y se van, traen la cosecha de cerebros y disecan los secretos de la mente antes de enviar fragmentos vivos por los abismos del cosmos. Mi propia memoria, por momentos, se entrecorta; ecos de otras voces interrumpen mis pensamientos, y presiento que no regresé completamente solo del bosque.

Han pasado años, y mi relato apenas logra capturar la totalidad del horror. Sin embargo, me veo forzado a dejar constancia por si, alguna noche, en esas colinas húmedas, otro curioso desacude la tierra, resucite los murmullos y despierte a los cosechadores de Yuggoth. Quizá entonces, al leer estas líneas, sabrá que fue visto, que aún se mueve en la frontera de lo inenarrable, y que los Mi-Go, sigilosos y amablemente científicos, siempre andan cerca, listos a cosechar lo que la humanidad abandonó en los confines de sus terrores más antiguos.

Si alguna vez, mientras camina por las colinas bajo la luna nueva, siente un silbido metálico que no pertenece a nuestro mundo, huya. Huya mientras aún es completo, pues si alguna vez los cosechadores encuentran su cráneo digno de ser abierto, nada le devolverá el simple privilegio de no saberlo. Si acaso, aún puede encontrar paz en la ignorancia, allí donde los Mi-Go no han arado aún la cosecha de pensamientos.

Y si en sueños, reconoce la vibración de otro mundo, rece – o grite –, aunque sepa, como yo, que más allá de la colina y la luna, ningún dios humano le responderá jamás.

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