Portada del relato El Umbral de la Sala Devastada
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Fragmento:


En la penumbra de la noche, solo los locos y los amargados leen en Eibon; pero permítaseme equivocarme en nombre de la curiosidad que aún me azota, sabiendo que en la relectura reside tanto el hambre de saber como la condena. Dejadme, pues, narrar el último testimonio del alquimista Sarl Nythrus, extraído de la obra que Eibon escribió en los salones de Hyperborea y que hasta los Mi-Go evitan citar. Hallaréis en estas líneas la crónica de una mente desecho por su osadía, y, tal vez, un augurio de lo que no debe tocarse en las sendas del saber prohibido.

Duración: 10:07

El Umbral de la Sala Devastada
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Texto de ajuste de pausa.

Desde hace siglos, existen relatos susurrados entre las sombras de salas vergonzantes y abismos negados por el raciocinio; relatos que difícilmente desearían los hombres escuchar, aun menos los más eruditos, aunque sepulten días enteros en las ruinas de la erudición y los olvidos cómplices de la razón. A tales regiones pertenece el fragmento del Libro de Eibon que me propondré compartir —uno de los menos conocidos, y sin embargo, uno que perduró en mi memoria con una nitidez malsana desde la primera vez que descendí a la cripta-biblioteca de la Universidad de Miskatonic y toqué el pergamino, aterido y aceitoso, cuya supervivencia es en sí un acto de herejía.

En la penumbra de la noche, solo los locos y los amargados leen en Eibon; pero permítaseme equivocarme en nombre de la curiosidad que aún me azota, sabiendo que en la relectura reside tanto el hambre de saber como la condena. Dejadme, pues, narrar el último testimonio del alquimista Sarl Nythrus, extraído de la obra que Eibon escribió en los salones de Hyperborea y que hasta los Mi-Go evitan citar. Hallaréis en estas líneas la crónica de una mente desecho por su osadía, y, tal vez, un augurio de lo que no debe tocarse en las sendas del saber prohibido.

***

“Yo, Sarl Nythrus, alquimista de Xanth, tramé en la arrogancia de mi juventud lo que ningún mortal debía desear: conocer el sentido final de los pasajes perdidos en la Sala Devastada, aquel espacio extraterreno que Eibon solo menciona en oscurecidos párrafos y que devora toda memoria fuera de sus umbrales. Creí, necio yo, que la razón me armaría de coraje. Pero, lector, no me queda ya cordura, apenas garabateo mi desesperación sobre estos pergaminos ennegrecidos por la grasa de mi sudor y el hollín de incontables velas.

Escuché primero sobre la Sala Devastada en la boca del propio Eibon. No era un lugar, sino una herida en el tiempo; si uno pasaba en silencio junto al muro craquelado de la vieja biblioteca, escucharía los ecos —no de voces, sino de pensamientos— buscándose unos a otros. Se decía que algunos volvían mudos, otros bañados en la savia de criaturas hace eones desaparecidas, y unos más sólo dejaban una sombra impresa en el suelo, allí donde el umbral de la Sala devora la luz y la esperanza. No ignoraba que, al encontrar los pasajes entre líneas de aquel capítulo extraño (“Sobre los corredores olvidados bajo el Mar de Orab”), estaba abriendo una puerta que los dioses antiguos prefieren no recordar.

Preparé todo según las directrices de Eibon: la mezcla de polvo de vetiver y jade molido, una capa de piel de nehebka cubriendo el rostro, y el cántico en lengua nunca pronunciada bajo el sol. Me retiré a la cripta más profunda del templo Perforado, cuyas inscripciones apenas lograban sobrevivir a la persistencia viscosa del moho. Me decían los sacerdotes que no debía llevar luz, pero fui cobarde: llevé una lámpara de aceite y la afeité al mínimo brillo, no fuera a despertar lo que dormitaba en las grietas.

El primer cambio fue el aire. Olía a jardín húmedo, pero podrido; a simiente germinando sobre cadáveres jamás recordados. Los símbolos del umbral ondulaban ante mi mirada —tal como dice Eibon, empiezan a rehuir el ojo humano cuando la acertada entonación abre la grieta dimensional— y, como ahogado, me sentí obligado a cruzar el hueco entre mundos.

La Sala Devastada no tiene forma única. Donde pisan unos, hallan corredores con losas gastadas por el paso de pies informes, murciélagos ohne medios o cuchillos, y un espesor de silencio que sólo es interrumpido por el pulso de algo muy antiguo palpitando bajo las losas. Otros hablan de estanques agrios poblados por larvas-igualadas —no seres vivos, sino recuerdos solidificados de horrores anteriores a los sueños de la humanidad— y ramas que jamás fueron verdes.

Lo que yo vi era distinto.

Era un pasillo sin fin, de muros perlados por una luz magenta que no venía de ninguna fuente reconocible, y sin embargo vibraba como el dolor de los nervios rotos bajo la piel. Las piedras exhalaban niebla y, a cada paso, no hacía eco mi calzado, sino el de una voz en mi cerebro, repitiendo palabras de esperanza extinta. Sentí que alguien —algo— venía tras de mí; a ratos me rozaba el manto, y a ratos sonaban lejos, pero siempre me encontraba; aunque acelerara, la sombra, o más bien la noción de ser observado, avanzaba conmigo. Me forcé a recordar los versos de Eibon:

“¡No gires la cabeza ni cambies el ritmo!

El Observador quiere tu mirada.”

Mi mano temblaba sosteniendo la lámpara agotada, y los vapores ondulaban formando figuras ancestrales. Caminé durante lo que fue tal vez una jornada entera —o una ilusión; en la Sala Devastada, la idea de tiempo es la primera ofrenda que uno paga. Siento hoy todavía los martillazos de aquellos momentos, pues el horror absoluto no reside en lo grotesco, sino en el abandono sin retorno de toda esperanza.

Al fin, las paredes se abrieron a una sala circular dominada por un solo objeto: un espejo de agua —negro como tinta sobre el pergamino más antiguo— flotando a medio metro del suelo. No parecía líquido, sino membrana viviente. Allí me entendí. La presencia detrás de mí desapareció, no porque eligiera dejarme en paz, sino porque yo era, en ese instante, la única presa viva en el rincón del cosmos en que posaba mis plantas.

De los muros escurrían hilos, como cabellos, y al inclinarme a mirar el espejo, vi todas las versiones posibles de mí mismo: triunfantes, abatidas, irreconocibles, y otras deformadas más allá de lo humano. Al tocar la membrana, brotó de ella un cántico en la voz de mi madre muerta, pero invertido y rapiñado por acordes ajenos al oído humano. No fui capaz de apartarme. En el reverso de ese espejo, fui otro —me desdoblé en miles de posibilidades y, simultáneamente, sentí lo que cada uno de mis yoes alternos había sentido: hambre, dolor, un ansia de saber… y horror. No horror de lo grotesco, sino de la absoluta insignificancia frente al mecanismo ciego del destino y la eternidad.

Me vi a mí mismo cayendo una y otra vez, abriéndose mi cráneo bajo zarpas de seres innombrados; me vi como un dios encerrado en un universo sin sentido, gritando por siglos sin que nadie escuchara; me vi devorado, partido, olvidado, reconstruido para ser destruido de nuevo por entidades informes. Cada reflejo era una declaración total de derrota. Recuerdo a uno de los Sarl gritando hacia su propio espejo: “¡Que la memoria de los jardines olientes de Sakhrath me devuelva el sentido de la realidad!” Pero no había jardín, ni esperanza, ni retorno. Solo la promesa de devoración infinita a manos de lo Otro.

No sé cuánto tiempo permanecí prisionero en aquel círculo de espejos. Sé solo que una fuerza inmensa me arrojó de regreso a la grieta, y que desperté tendido en la cripta, el polvo de jade empapado en un líquido grasiento, la lámpara extinguida, y el eco de las voces aún susurrando a mi alrededor. Hay algo en la Sala Devastada, lector; algo antiguo, hambriento, empeñado en no ser reconocido por los dioses, y sin embargo, esperando cruzar, alimentándose del desespero de quien osa mirarse en su espejo.

Llevo noches sin dormir. Cada que cierro los ojos, veo mi reflejo deformándose, multiplicándose en infinitos espectros. El umbral ya no está solo en la cripta: se ha abierto en las rendijas de mi mente, bajo el lecho, en los recovecos olvidados del rostro de mi esposa cuando duerme, en las pausas sofocantes del alba. Me pregunto, con un terror invencible, si alguna vez escapé de la Sala Devastada, o si tan solo fui otro de los reflejos, prisionero aún, y lo que vaga por estas líneas y páginas es apenas un eco, condenado a recordar lo que nunca debió saber.

Debo advertir al lector, si aún persiste en explorar los caminos del saber prohibido, que lo que Eibon ocultó no fue por temor, ni misericordia, sino por pura estrategia de supervivencia. Algunos fragmentos permanecen inexplorados no solo porque sean mortales, sino porque devuelven menos que nada a quien indaga en ellos: retornan una hambre, una mutilación del alma, y abren heridas que sólo sanarán cuando la última estrella se apague y la memoria de todo ser consciente haya sido devorada por los Observadores sin rostro que esperan en los márgenes de toda materia. Si desea alguna vez recorrer la senda del polvo y la locura, que lo haga con la conciencia de que, cruzada cierta barrera, uno deja de ser víctima y se vuelve alimento para lo que, en último término, carece incluso de nombre.

He sellado estos pergaminos esperando que nunca vuelvan a ser leídos, aunque sé, con horror, que la curiosidad es más fuerte que cualquier promesa de desesperanza. Si alguna vez volvéis a leer el Libro de Eibon y halláis referencias a los pasillos devorados por el tiempo, recordad mi testimonio o, mejor aún, quemad esta página y olvidaos de los reflejos que sólo existen para destruir lo que, de otro modo, sería capaz aún de amar y soñar en nuestras noches más tranquilas.

— Testamento sellado de Sarl Nythrus, encontrado entre los huesos de la Cripta Devastada bajo Xanth.

***

Hay quienes aseguran que el manuscrito, al ser leído en las noches de luna menguante, vuelve a gotear el líquido extraño sobre la madera del atril y tiñe las sombras de grotescas formas llorosas. Otros sostienen que las locuciones de Eibon solo son advertencias mal comprendidas, y que el verdadero horror reside en el lector, no en lo leído. A mí, aún me llega ese brillo violeta cuando los sueños me asaltan, invitándome a preguntar: ¿qué queda tras el umbral, sino el eco interminable del hambre de saber?

Dése ahora cuenta, lector, que en la búsqueda de la Sala Devastada quizá ya haya puesto dos dedos sobre la membrana del espejo y, en algún rincón de su mente, la posibilidad de ser uno más entre los infinitos Nythrus espera el arrullo final de su reflejo.

Recemos porque la curiosidad no venza a la prudencia cuando vuelva usted a abrir El Libro de Eibon en la penumbra de su estudio. Pues una vez cruzado el umbral, hasta la memoria se vuelve enemigo y hasta la esperanza se muere de sed.

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