Portada del relato Las máscaras de Carcosa
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Fragmento:


“¿Por qué?”, pregunté, mi voz amortiguada por el eco hueco de todo cuanto nos rodeaba. El barquero—si es que puedo así llamarlo—carecía de labios visibles, mas respondió con aquella sonrisa triste que a veces se forma solo en la mente:

Duración: 09:04

Las máscaras de Carcosa
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Texto de ajuste de pausa.

I

Las noches de Innsmouth, pueblo de un silencio infestado, me devolvían siempre, casi hipnóticamente, hacia los mismos acantilados batidos por el Atlántico. Aquel otoño, el frío marino parecía arrastrar susurros, viejos y persistentes, ecos de relatos prohibidos y nombres impronunciables. Fui arrastrado allí por una necesidad inexplicable, orillado como naufragio hacia la roca gélida, incapaz de resistirme al tirón de pesadillas que, desde hacía meses, me asedían con visiones de aguas negras, capillas ruiniformes y lugares donde la realidad misma parecía deshicerse.

Aquel año, la niebla cubría Innsmouth hasta bien pasado el mediodía, y el hedor a salmuera y algas pudriéndose hacía el aire irrespirable. Había alquilado una habitación en la triste pensión de la tía Abigail Phipps, justo frente a la plaza principal, donde la iglesia de la Orden Esotérica de Dagón se alzaba, húmeda y desmoronada, quizás la estructura más antigua de la región. El pueblo, con sus ventanas siempre medio cerradas y sus faroles ciegos, parecía infestado de presencias que se escurrían tras los umbrales, riéndose de la debilidad humana. Yo, sin embargo, era arrastrado por fuerzas que ya no comprendía.

Esa noche, envuelto en pesados ropajes, salí en dirección al muelle. No puedo decir que esperaba encontrar algo en particular: buscaba más bien aquel rumor de palabras sin idioma, el coro de susurros que, en mis sueños, me hablaba de la “Ciudad Más Allá del Tiempo”, de los profundos, de las sombras tras el velo. El mar estaba oscuro, desprovisto de toda luz, y sólo un resplandor débil proveniente de una barca lejana me atrajo hacia aquel embarcadero consumido por la podredumbre.

II

No fui yo quien encontró la barca, sino la barca la que me encontró a mí. Un remador, cubierto con una capucha que ocultaba su rostro, aguardaba en silencio. No recuerdo subirme ni cómo la barca se alejó del muelle; recuerdo, sí, el silencio denso y la opresión de una marea contraria, así como el modo en que, conforme nos alejábamos, la niebla y la oscuridad se agolpaban en torno nuestro.

“¿Por qué?”, pregunté, mi voz amortiguada por el eco hueco de todo cuanto nos rodeaba. El barquero—si es que puedo así llamarlo—carecía de labios visibles, mas respondió con aquella sonrisa triste que a veces se forma solo en la mente:

“Es tiempo, Nathaniel… El Rey Amarillo aguarda… ¿No escuchas cómo te llaman los Hombres del Lago?”

Miré detrás de mí. Sombras nadaban en la superficie, a la vez sólidas y líquidas, apenas sugeridas por la luz mortecina que todavía llegaba desde la costa.

No supe cuántos minutos u horas se deslizaron, pues en el lago no existe tiempo, sólo un ciclo de espera y regresos. De repente, la niebla se deshizo con la brusquedad de un telón que cae. Ante mí, al fondo de la ensenada, emergía una segunda orilla, un promontorio de piedra cubierto de limo del que partían escaleras que no debían existir, tan regulares y antiguas, tan evidentemente no humanas; como huellas de una civilización ahogada que se resistía a desaparecer.

III

Me hicieron bajar. Si lo que me condujo allí era humana o no, nunca lograré saberlo. Niebla y bruma cubrían sus miembros, y su rostro permanecía oculto.

Las escalinatas llevaban hacia un umbral adosado al acantilado, desmesuradamente grande, como tallado para una raza extinta y colosal. Más allá, una caverna respiraba el aliento maloliente del océano primigenio; en las paredes, inscripciones y relieves semejaban las que había visto en los textos más antiguos sobre los Profundos—formas anfibias, ojos de ausencia absoluta, grifos y símbolos que aludían al “Ser sin Nombre”, y bajo cada imagen, tentáculos en espiral, coronados por la misma inscripción enloquecida: “HASTUR”.

No sé si mi guía me hizo avanzar o fui yo mismo quien cruzó aquel umbral enloquecedor. El interior palpitaba con una luz incierta, tan semejante al reflejo lunar de las aguas como al fuego fatuo de la razón cuando ésta comienza a extinguirse.

Al fondo de la caverna, una asamblea aguardaba. Los reunidos formaban un círculo: algunos eran hombres, aunque deformes por algún linaje que no era del todo humano; otros, criaturas de piel húmeda y ojos inchados, croaban palabras de un idioma viscoso y ancestral; los más apartados, envueltos en mantos amarillos, poseían una fisonomía imposible de describir, doblegada entre el horror y la belleza, como figuras arrancadas de una ópera infernal. Detrás de ellos, las paredes mostraban frescos de una ciudad imposible, blanca bajo un cielo de estrellas negras, y en el centro un trono vacante.

IV

Perdí toda noción de identidad y tiempo. Me postré en el suelo—no sé si por voluntad propia o por la presencia demoledora de la asamblea. Uno de los congregados, de rostro mitad pez y mitad hombre, entonó un canto gutural, un salmo para garganta y agalla, y los demás le siguieron, primero ondulando, luego rasgando la noche con coros y contracantos. Entre los mantos amarillos, una figura alzó los brazos y, entonces, sobrevino el horror.

Una ventana se abrió en el aire, una herida en el tejido mismo del mundo. Vi más allá de la roca, más allá del océano, hasta un lago de aguas negras bajo cuyas profundidades danzaban cadáveres alegres y estatuas monumentales de dioses desconocidos. Vi la ciudad encadenada de Carcosa, las torres fundidas en oro fúngico y la bruma eterna; vi rostros de hombres y mujeres que se arrancaban sus propias máscaras, siempre para revelar otra máscara todavía más dolorosa; y vi, por último, un trono de huesos sobre el que se agitaba una túnica dorada que jamás mostraba su contenido. Aquella visión, día tras día, noche tras noche, me perseguiría y me devolvería cada vez que el sueño se apiadaba de mí con su provisoria locura.

El cántico se elevó, y supe, sólo entonces, que los hombres de la Asamblea buscaban una ofrenda. Para Hastur, para el Rey Amarillo, la sangre y la cordura eran manjares; y los profundos, aquellos engendros del mar que compartían su culto con Dagon, eran sólo los guardianes del umbral. Los mantos amarillos eran los celebrantes.

Fui arrastrado al centro; me sumergieron en una pila de agua salobre, ante la estatua de Dagon—monstruo de ojos impasibles, mitad pez y mitad pesadilla. Un cuchillo de hueso, inscripto hasta la empuñadura con runas de Carcosa, rozó mi garganta.

“¿Renuncias a la máscara, Nathaniel?”—la voz del sacerdote, profunda y abisal, me taladró los huesos.

Quise resistirme, pero supe que ya no tenía elección. “Sí”, susurré, porque sentí que una máscara muy antigua, hecha de sueños y carne, caía de mi rostro: había pertenecido a otro, a todos. Y con la caída de la máscara, el primer rayo frío de la locura se instaló en mi mente, inseparable de la certeza de que ya no era un hombre, sino algo mucho más antiguo y desesperado.

V

La ceremonia no terminó en la caverna. Mi mente, liberada de su envoltura anterior, vagó en una procesión de pesadilla: fui conducido ante legiones sin rostro, arrastrado por calles imposibles, testigo de orgías y sacrificios realizados en nombre de tronos vacíos y tronos vivos. Vi a los fieles comer la carne de sus caídos, vi colmenas de larvas albinas consumir los restos de los no iniciados, vi sacerdotes de rostros invertidos alabando a deidades sin misericordia. Y en cada visión, el símbolo amarillo de la Caída—ese triskel flagelante, condenación y ansia a un mismo tiempo—reaparecía para sellar todo con el frío de la condena.

En la costa del lago, el Barquero aguardaba para los que regresaban. Yo, despojado, hube de volver, aunque supe que ya no pertenecía al mundo del hombre. Rehice el camino en silencio, guiado por el rumor de un himno que brotaba de todas partes, pero que había nacido ya en mi propia garganta, hecho de palabras que significaban hambre, promesa y traición. Innsmouth me recibió con su niebla y su tristeza consuetudinaria, pero, aquella mañana, era yo quien la traía consigo.

Ahora escribo desde las sombras de la pensión; los días pasan y la ciudad olvidada bajo el lago aparece en mis sueños y mis vigilias. He visto cómo varias noches, la torre de la iglesia se baña en una luz amarilla, imposible en este mundo. Oigo voces recurriendo mi nombre e intuyo que los hombres peces aguardan en la bahía. Sé que no desapareceré como los otros, pues pertenezco a ambos cultos y a ninguno.

Ellos han despertado, y yo, con ellos. El ciclo sigue, las máscaras caen y renacen. Puede que, pronto, alguno de ustedes vea al Barquero en los muelles de su propia ciudad, y escuche el himno de Hastur mezclarse con el rumor de las olas y los rezos guturales del Culto de Dagon.

Cuando eso suceda, recuerden: la máscara nunca teme a quien la lleva, pero el rostro sí. Y en el frío reflejo del lago, entre dos mundos, siempre aguarda el trono vacío… y el Rey que nunca muere.

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