Capítulo 4: La congregación sombría
El alba en Kingsvale no traía ni revisión ni consuelo. Edgar Salton despertó bajo la misma tela opaca de terror que lo había envuelto la noche anterior, un sudor frío recorriéndole la espalda, la sábana enredada como una mortaja. Por la ventana, la niebla obstinada parecía haber tomado conciencia propia, oprimiendo el mundo con su manto de olvido. El recuerdo del lago de Hali seguía tan vívido que sentía aún el tacto turbio del agua bajo las uñas, y el reflejo multiplicado de máscaras vacuas acechando en la superficie de la memoria. Pensó en la frase que repiqueteaba desde hacía horas entre sus pensamientos: “El agua recuerda”. Sabía que algo más acechaba, una suerte de designio sellado siglos atrás, y que el destino de Kingsvale y el suyo se habían vuelto, para bien o para mal, indisociables.
Al descender al comedor de Auburn House, encontró a la señora Grafton distinta. Había en su mirada la resignación de quien ha entregado un peso largamente sostenido y ahora contempla de lejos las consecuencias. La mujer le sirvió té con manos temblorosas, evitando su mirada más de lo habitual. Edgar notó un leve destello amarillento en sus pupilas. Ninguno de los huéspedes hablaba; algunos ni siquiera comían, limitándose a mirar fijos la mesa, las manos entrelazadas con tal fuerza que los nudillos lucían lívidos. Un ambiente de expectación mortal saturaba el aire: el pueblo, intuía Edgar, se preparaba para algo que sólo una minoría admitía conocer y que ninguno deseaba pronunciar en voz alta.
Mientras bebía el té, luchó por aferrarse a los remanentes de sensatez: su cuaderno, el arcaico manuscrito de la biblioteca, la cinta amarilla de la señora Whitlock. Sin embargo, le resultaba cada vez más arduo distinguir entre apuntes ‘verdaderos’ y los fragmentos que anotaba durante episodios de ensoñación febril. Encontró, entre las páginas, un dibujo a lápiz de la piedra de las marcas, con nuevas líneas y runas que no recordaba haber trazado. Bajo el monolito había garabateado en caligrafía forzada: “La congregación llama. La máscara elige. Habrás de abrir la puerta bajo la tierra.”
Al mediodía, la niebla persistía, difuminando los contornos del pueblo hasta desdibujar sus límites en una topografía onírica. Edgar vagó sin rumbo definido, guiado sólo por una sensación de urgencia creciente. Los habitantes lo esquivaban. Algunos, al verlo, hacían el signo del silencio; otros trastabillaban como si lo reconocieran y temieran, no como forastero, sino como augurio del desastre inminente. Reparó entonces en que el repique de la campana de la iglesia era más lento, amortiguado, marcando intervalos irregulares, como si los días y las horas ya no tuvieran un ritmo humano sino uno dictado por otra autoridad.
A última hora de la tarde, lo abordó la señora Whitlock al pie del cementerio. La nieve menuda caía en remolinos, anudándose entre los setos de tejo.
—La noche es propicia para la congregación —murmuró la anciana, bajando la voz tanto que Edgar apenas alcanzó a entenderla—. Han decidido que usted sea testigo. Aunque a menudo, los testigos terminan siéndolo todo.
—¿Quiénes? —preguntó él, la voz áspera de miedo y desvelo.
—Los que guardan el secreto del pueblo debajo de la tierra. Los que elevan oraciones y sacrificios en nombre del que no debe ser nombrado. Prepárese. Alguien vendrá a buscarlo.
Sin más, la señora se alejó, fundiéndose en la neblina con el sigilo de los difuntos. Edgar sintió el bulto de la cinta en la muñeca y la tentación —absurda, infantil— de correr de regreso al tren, al mundo de las ciudades, al humo y la rutina civilizada. Pero la fascinación era un ancla demasiado pesada.
Tal como advirtió la anciana, antes del crepúsculo el hombre de los guantes marfil —ahora de rostro parcialmente visible, surcado por arrugas pero inexpresivo— lo interceptó junto al parque central. Le indicó lacónicamente que lo siguiera. Edgar obedeció, sintiendo que caminaba en trance, ajeno a la voluntad consciente. Cruzaron calles desiertas, apenas rotuladas por faroles que titilaban con resplandores grises, y se internaron en un ramal apenas visible, por detrás de la iglesia y la biblioteca.
El sendero descendía entre capas de musgo y raíces nudosas, hasta desembocar frente a una iglesia subterránea, excavada en la roca viva bajo un túmulo artificial. La puerta, apenas un rectángulo recortado en la piedra, estaba flanqueada por hilos dorados y girones de tela amarilla. Una inscripción en relieve, apenas legible, recordaba un idioma ancestral. Edgar sintió una presión arcana en las sienes —una advertencia sin palabras, tan ancestral como el propio miedo humano al abismo.
El hombre de los guantes lo condujo por pasillos laberínticos en semi-oscuridad, iluminados aquí y allá por candelabros de cera pálida. Ante cada recodo, la humedad se hacía más densa; entre las paredes, Edgar percibía el eco de respiraciones y cánticos amortiguados. El aire era irrespirable, imbuido de un aroma a incienso y carne marchita. Al franquear un pórtico adornado con estandartes amarillos, el guía lo detuvo.
—No pronuncie palabra —dijo, por única vez, y lo empujó suavemente al interior de una gran nave subterránea.
La visión que lo atrapó era una pesadilla ritual: el espacio, de bóveda baja y muros plagados de runas y símbolos solares, rebosaba de figuras encapuchadas. Todos llevaban máscaras: algunas de oro bruñido con rasgos exagerados y sonrientes; otras, grotescas en su minimalismo, como simulacros de gestos de sufrimiento o éxtasis. A lo largo de la sala, motas de polvo dorado flotaban en la penumbra. Un altar sobresalía al fondo, cubierto de paños rayados en tonos amarillos y negros, y en él descansaba un libro inmenso encuadernado en cuero —Edgar percibió que la piel no era de origen animal. Flanqueando el altar, dos sacerdotes con túnicas indistinguiblemente doradas sostenían báculos rematados con fragmentos de máscara.
Las paredes estaban cubiertas de pinturas murales. Escenas de procesiones bajo la luna resquebrajada, sacrificios simbólicos —y otros no tan simbólicos: figuras humanas arrodilladas ante una presencia gigantesca, coronada y envuelta en estolas ondulantes. En los confines del retablo, la imagen del lago de Hali, velado siempre por la niebla, fungía como telón de fondo. La sensación de atemporalidad, de participación en una función siempre anterior pero siempre inminente, era abrumadora.
La congregación inició un cántico monocorde, alternando versos en inglés roto, latín corrupto y un idioma irreconocible, plagado de vocales abiertas y sílabas que no descansaban en la garganta humana. Edgar no pudo distinguir `Hastur`, pero percibió la reverencia. A medida que el ritmo subía de intensidad, los congregados comenzaron a moverse en círculos emulando la danza de las sombras junto al lago. Desde las sombras, filas de aldeanos portaban máscaras adicionales y las ofrecían uno a uno a quienes resistían el trance inicial, como si la máscara —y no la cara— fuera la auténtica identidad.
En el epicentro del ritual, Edgar fue obligado suavemente hacia el altar. Allí, los dos sacerdotes lo sujetaron por los antebrazos. Uno de ellos —el de voz cavernosa, claramente envejecida pero monstruosamente robusta— habló con solemnidad:
—Te hemos visto en los sueños y en las aguas, Edgar Salton. El lago te ha marcado, la Piedra te ha señalado, y la máscara aguarda tu rostro. ¿Has de ceder o has de resistir, forastero?
La multitud repitió en eco sus palabras, como si la respuesta ya estuviera decidida por todos menos por él. Edgar sintió el impulso irrefrenable de gritar o llorar, pero no emitió sonido. Los brazos le temblaban. Notó un leve ardor en la muñeca: la cinta amarilla se había entibiado por sí misma, vibrando como si fuera órgano vivo.
Sobre el altar, el libro de tapas siniestras fue abierto con ceremonia. Uno de los sacerdotes narró pasajes en un idioma ilegible, intercalando traducciones a medias:
—Desde la caída de la primera luna, Kingsvale ha entregado sueños y sangre año tras año. La piedra sella, la máscara marca, el lago recuerda. Cuando el Rey de Amarillo cruce el umbral, será necesario un heraldo.
Un recitador —quizá el hombre de los guantes— interpretó un fragmento del `Rey en Amarillo`, versos que Edgar reconoció de sus lecturas universitarias pero distorsionados, como si la obra hubiese evolucionado aquí, ramificándose, infectando la mente de los espectadores. Cada palabra parecía derretirle un poco más la resistencia:
“Porque entre la niebla y el oro,
La ciudad se alza y siempre cae,
El elegido olvida su nombre,
La máscara decide quién hablará.”
La congregación volvió al canto, rodeando a Edgar. El ambiente se volvió febril; algunos asistentes, incapaces de soportarlo, se arrancaron máscaras entre convulsiones, mostrando rostros bañados en lágrimas amarillas o completamente inexpresivos, borrados por delirios profundos. El éxtasis y la locura se alternaban en cada núcleo de la ceremonia. Los murmullos de los presentes, sus cánticos, los lamentos y jadeos, se fundían en un rumor que parecía proceder de las mismas grietas de la roca y continuar hasta el fondo del lago de Hali.
Uno de los sacerdotes extendió una máscara dorada, finísima, decorada con líneas de laca negra, formas espirales y orlas semejantes a estrellas y ojos entrelazados. La máscara era ligera y pesada a la vez, como si contuviese el peso de generaciones. Edgar sintió que su rostro se transformaba aún antes de que la máscara rozara su piel.
—Inclínate y recibe el oro —ordeno el sacerdote, y Edgar, mareado, obedeció—. Hoy eres heraldo y testigo; la puerta se abrirá a través de tus palabras, y si resistes, el precio será tu cordura.
Al acercarle la máscara, algo en los recovecos de su mente intentó luchar. Todos los recuerdos de su infancia, de Boston, de las tardes aburridas en la Gazette se apilaron en defensa, una muralla de memoria racional. Pero la máscara parecía absorberlos, destilarlos en una presencia exterior. La sala giró; durante varios latidos, Edgar flotó en un mar de alucinaciones: era niño y anciano, extranjero y nativo, portador de todas las historias de Kingsvale y de ninguna.
La máscara lo cubrió finalmente. Ollas de oro líquido recubrieron su visión. Por un instante, observó el mundo como testigo y actor a la vez. Vio, en una visión sobrepuesta, a otros portadores a lo largo de los siglos, todos convertidos en figuras borrosas a las orillas del lago o bajo las piedras de la cripta. Oía la voz del Rey —no una voz concreta, sino el rumor mineral de la ciudad que se extiende donde el entendimiento naufraga— y el eco de la palabra prohibida “Hastur”, repetida hasta vaciarse de sentido y llenar, en cambio, cada hueco de su razón.
La multitud se arrodilló ante él. Los cánticos mutaron, se hicieron más guturales, rítmicos. Los encapuchados alzaban las manos, unos en súplica, otros en señal de triunfo o derrota.
Un segmento del ritual consistió en leer antiguas crónicas del pueblo, pasajes que hablaban de noches blancas, nieblas que nunca se extinguían, de familias desaparecidas al alba y de sacrificios velados por la amnesia selectiva de generaciones traumatizadas. La máscara —la voz que la habitaba— obligó a Edgar a repetir algunas frases. No las entendió todas, pero notó cómo su propia voz, multiplicada, retumbaba en los muros y le era ajena.
Cuando la ceremonia llegó a su clímax, los sacerdotes le entregaron un puñal ceremonial —mango de marfil rematado en una piedra amarilla— y lo invitaron a recitar un voto. No era necesario sacrificio físico; el acto buscaba sellar el ritual, perpetuar la tradición. Edgar, en trance, cortó una mecha de su cabello y la colocó en un cuenco donde otros restos humanos yacen mezclados con cera.
La máscara lo oprimía, pero él intentó resistir. Entre visiones fragmentarias, vio la ciudad de Carcosa elevándose tras la niebla, el Rey de Amarillo extendiendo los brazos para recibir una multitud de condenados. Entendió, en un destello, que no era sólo testigo; era agente de la transmigración de la memoria colectiva, canal para aquellas fuerzas cósmicas que corroen el tiempo y la identidad.
A partir de ese instante, el ambiente adquirió un cariz histérico. Algunos congregantes reían en un sollozo continuo; otros recitaban versos en voz baja, atemorizados de la resonancia de las palabras. El sacerdote mayor impuso la mano sobre la cabeza de Edgar y declaró:
—Has sido marcado. La máscara será tu prueba. Debes salir y ver la ciudad cuando se parta la luna. Debes ser testigo de la irrupción, y al volver, sólo tú recordarás en la vigilia lo que nosotros custodiamos en el sueño.
La congregación estalló en cánticos finales. Edgar, medio desmayado, fue conducido hacia una cavidad lateral, una cámara privada decorada con linos y amuletos. Un pequeño altar portátil sostenía un ídolo tallado —figura híbrida entre pez, rey y estrella, con los ojos huecos delineados en oro y negro. Allí, la señora Whitlock lo aguardaba junto a la señora Grafton y el hombre de los guantes marfil.
—No llores, Edgar —susurró la anciana—. Todos los herederos de la máscara sufren igual. Nadie entiende qué hay detrás del oro, y todos olvidan salvo tú. Eres viaducto y frontera. Si resistes, la función concluirá. Si no... la ciudad volverá a llamarnos antes del ciclo siguiente.
Por un largo rato ambos cuidaron de él. Le dieron una infusión y vendaron su brazo, desgarrado durante el trance —ni Edgar ni los presentes supieron cómo había ocurrido. Desde la cripta, los salmos recobraron un tono monótono, como si el pueblo volviera, gradualmente, a la normalidad tras el éxtasis.
A altas horas de la madrugada, la congregación se disolvió en silencio, despojándose de máscaras y túnicas a la entrada y regresando las piezas a cofres enterrados bajo el altar. Algunos se persignaban, otros murmuraban palabras de consuelo propia. Edgar, aún semi-inconsciente, fue arrastrado suavemente fuera de la cripta y dejado en un claro junto al parque de robles.
Allí reposó, resquebrajado, bajo una luna que, para su horror, parecía verdaderamente fracturada, dividida en tres franjas desiguales. Percibió que el tiempo había dejado de discurrir lineal: flashes de la ceremonia regresaban y se intercalaban con recuerdos de su niñez, de rostros de la Gazette o de escenas de Boston irreales y macabras. La máscara seguía adherida a su rostro, aunque ahora transparente, como si hubiera sido tatuada en la piel.
A lo lejos, la campana de la iglesia repicó seis veces. El pueblo guardaba absoluto silencio. Edgar miró sus manos: temblaban. Notó la cinta amarilla humedecida en la muñeca, moteada de sangre propia. Supo que la función acababa de atravesar su punto de no retorno. La memoria de la congregación, el peso de la máscara y los susurros de Carcosa lo acompañarían, aún cuando el cielo regresara a su neutra monotonía.
Por última vez esa noche, antes de perder la consciencia, escribió a tientas unas líneas en su cuaderno:
“La congregación recuerda lo que los vivos temen olvidar. Yo soy la máscara y el heraldo. El oro y la niebla han pasado por mí. ¿Soy ahora sólo un testigo, o ya he cruzado a la ciudad más allá de la razón?”
De fondo, en algún lugar bajo la tierra de Kingsvale, la función continuaba, el eco de los cánticos sellando la fragilidad del umbral entre la locura y el olvido. Edgar supo, con aterradora lucidez, que la congregación sombría no había terminado su obra. La puerta estaba entreabierta. La niebla, más espesa que nunca, lo reclamaba una vez más.
Copyrights © 2025 Mitosaudio.com. Todos los derechos reservados.