Fragmento:
Las primeras horas pasaron lentas, fatigosas. Mercer cambió fusibles, comprobó alineamientos dinámicos y, sobre todo, hizo lo que sabía hacer: mantener la corriente al margen de cualquier cortocircuito romantizado por los teóricos astrofísicos que, por supuesto, no saldrían de la comodidad de Miskatonic a enfrentar el modo en que los ruidos eléctricos se convertían en ecos demoníacos en noches sin luna. Se sentía, en parte, como una suerte de exiliado voluntario, atrapado en una historia donde importaba menos el trabajo realizado que el rechazo instintivo a cualquier contacto humano.
Duración: 11:20
El vapor caía denso en la noche más allá del observatorio de Valle Sanctum, donde las noches de invierno parecían tragarse la escasa luz que el hombre se obstinaba en arrojarle a un cosmos que nunca respondía. Daniel Mercer, ingeniero eléctrico, ajustaba las perillas roídas de la consola central. Solo el tic-tac del cronómetro y el murmullo lejano del viento filtrándose por los postigos de plomo desmentían la posibilidad de que aquel hubiera sido un refugio de vida. Afuera, la nieve caía disolviendo en sombras negras las huellas del viejo Land Rover que lo había traído hasta allí. Pero Mercer no temía a la nieve, ni al viento, ni siquiera a la soledad habitual de su trabajo. Lo inquietaba el encargo de la Universidad: reparar, sin preguntar, el conjunto astropsíquico Breyner, reposicionado ex profeso solo para esta temporada.
Tosió húmedo y ajustó el anorak. En la sala principal, rodeada de paredes curvas y monitores apagados, la esfera central del Breyner imponía su presencia como un corazón de obsidiana encadenado a la roca. Había sido diseñado para captar resonancias psiónicas provenientes de transmisiones interestelares; según la teoría, sería capaz de recibir ecos que trascienden la distancia, incluso los eones, hasta los propios márgenes donde la mente y la materia se difuminan.
Por fuera de la cúpula, tras los ventanales blindados, sólo la noche y alguna voluta lechosa del cosmos. Por dentro, libros desordenados, circuitos desactualizados, café frío y fibras inquietas.
Las primeras horas pasaron lentas, fatigosas. Mercer cambió fusibles, comprobó alineamientos dinámicos y, sobre todo, hizo lo que sabía hacer: mantener la corriente al margen de cualquier cortocircuito romantizado por los teóricos astrofísicos que, por supuesto, no saldrían de la comodidad de Miskatonic a enfrentar el modo en que los ruidos eléctricos se convertían en ecos demoníacos en noches sin luna. Se sentía, en parte, como una suerte de exiliado voluntario, atrapado en una historia donde importaba menos el trabajo realizado que el rechazo instintivo a cualquier contacto humano.
Sin embargo, cuando cayó la medianoche, el Breyner se activó por sí mismo. El zumbido de su estructura llenó el reciento, y líneas verdes corrieron a través del ébano pulido. El monitor mayor, encendido súbitamente, dibujó coordenadas imposibles, patrones asimétricos que no correspondían a sistema estelar alguno conocido.
Mercer observaba boquiabierto, hasta que las líneas comenzaron a dilatarse en espirales, a extenderse en nervaduras erráticas, como si el aparato estuviese no absorbiendo, sino respirando. Retiró la mano, húmeda ya, aunque juró a la escasa luz que no debía haber tal condensación.
El zumbido cesó al instante. Silencio absoluto. Pero en la pantalla se dibujaba un solo punto, una firma, una amalgama de secuencias que al combinarse formaban una palabra no pronunciable en idioma humano. Recordó entonces un pasaje encontrado en uno de los informes olvidados en la sala trasera, apenas una cita: "Donde la plata llora, bajo la sombra de Yuggoth".
Yuggoth.
La palabra le horadó la mente.
Se encendió un monitor secundario. Un flujo de imágenes sin orden: montañas negras sumergidas en nieblas leprosas, lagos azogados bajo cielos resplandecientes de auroras verdes... y, lo peor, estructuras, arquitecturas tan distintas al ánimo humano que su mera visualización resultaba ofensiva, enervante, como si la geometría tribal de aquellas formas hubiese sido pergeñada para desdecir la cordura.
Mercer apartó la vista. Tragó saliva y apagó la consola. El sistema, sin embargo, permaneció activo.
El frío arreció. Del denso silencio, algo emergió. Al principio creyó que era aire moviéndose tras de sí, pero el sonido era más sinuoso, grave, como un susurro conducido por la piedra de los cimientos. Buscó, en vano, la fuente. Una presión de otro orden se hizo evidente en su pecho. El Breyner, una vez más, reveló otra secuencia: la imagen de una figura oscura de ojos líquidos, lentos, de boca sin dientes que sonreía justo antes de apagarse el último generador.
La oscuridad fue total.
No hubo tiempo ni para gritar.
Después, los sueños. En ellos, Mercer ascendía una espiral de plata suspendida en un abismo de gas verde, hasta llegar a una estancia cuyos muros respiraban. En el centro, sobre un pedestal flotante, una suma de ojos abiertos le sonreía con fijeza crepuscular, y una voz sin garganta alguna le decía:
—Mira, Daniel, lo que nunca será dicho en tus noches humanas.
Despertó al alba, rígido, como si una multitud de serpientes hubiese dormitado enroscada en su columna vertebral. El Breyner zumbaba sordo aún apagado. Mercurio, ese era el olor predominante: un tufo áspero y metálico, acre, que lo ahogaba en cuanto intentaba concentrarse en una tarea sencilla.
Se dijo que sólo eran sueños de hombre cansado, aislado. Sin embargo, la consola mostraba registros auditivos imposibles: voces encimadas, idiomas que simulaban gramática, pero jamás concepto alguno que su mente pudiera descifrar. En ellas se escuchaba, de vez en cuando, el eco de su propio nombre pronunciado de maneras distintas, unas arrastradas, otras multiplicadas en la frecuencia de su mismo latido cardíaco.
Durante el segundo día, apenas si comió algo. Una nube de ansiedad, de frío líquido, lo recorría como aguijones. Creyó escuchar, varias veces, pasos tras la cúpula. Risas apenas susurradas justo cuando más se intensificaba el resplandor esmeraldino tras los portales de la sala de proyección. Reparó en que, desde los prismas del monitor, ninguna estrella conocida se hallaba en la franja observable.
El pesado teléfono descansaba a su derecha. Dudó en marcar a Morgan, el supervisor, pero descartó la idea. ¿Explicar qué, exactamente? ¿Que el equipo funcionaba "demasiado bien", que recibía no sólo datos, sino la radiación de algo que pensaba—o mejor, que soñaba—en una longitud de onda incomprensible? Nadie lo creería, ni siquiera entre los crédulos astrónomos aficionados a las habladurías de Lovecraft.
A las 3:17 am, la temperatura cayó súbitamente. Del exterior llegó un retumbar, como si algo corpóreo hubiese rozado el tejado de plomo. El Breyner volvió a encenderse, por sí solo, y esta vez proyectó sobre la pared no imágenes, sino patrones oscilantes, matrices sin sentido alguno.
Fue entonces cuando vio algo más.
En el reflejo de la esfera mayor del Breyner, justo detrás de sí, se delineaba una silueta informe, una sombra ceñida de verdes fluctuantes. No tenía rostro, ni extremidades, sólo un contorno que evocaba la forma de una pregunta jamás articulada, de una duda primordial encarnada en materia.
Sintió la voz otra vez, cercana, esta vez audible, casi física:
—No eres el primero.
La frase, pronunciada desde una grieta al margen del lenguaje, le heló el alma. Trató de moverse, pero sus músculos temblaron, negados por la misma lógica que paraliza a los ciervos viendo acercarse la fauce del depredador. Miró en derredor, temeroso de hallar huellas, marcas.
El monitor mayor emitió nombres: Rosen, Mikhailova, Kappel... y, por último, su propio apellido. Todos los técnicos encargados del Breyner a lo largo de las décadas. ¿Dónde estaban ahora? Entre los archivos polvorientos encontró referencias vagas: desapariciones, renuncias desesperadas, expedientes médicos sellados a instancias de "niveles de estrés no compatibles con la función".
—Estoy despierto —masculló, desesperado—. Solo es una descarga de estática, solo...
Entonces el Breyner destelló con furia, y el vapor de mercurio se solidificó en figuras a medio formar, deformes. Una presión en la sien izquierda lo dobló sobre sí mismo. No fue dolor, sino una especie de reescritura, como si neuronas enteras fueran desprogramadas y vueltas a hilarse para interpretar nuevos esquemas.
Vio—de nuevo, como en la pesadilla, pero despierto—la crudeza de Yuggoth: las ciudades negras donde la vida no es sino una anomalía, la danza de fuegos verdes espiraleando en cráteres abisales, y la omnipresencia de aquello que no es carne ni mente, sino puro testigo, pura observación. Vislumbró el paso de entidades que rompen la estructura casi floral de la psique humana al solo atisbo de un saludo; comprendió la minusvalía absoluta de la noción de "yo", porque ante la sombra de Yuggoth, la suma de memorias, pensamientos, esperanzas, no era sino un parpadeo grácil en la noche cósmica.
El Breyner se cortó. La silueta se desvaneció dejando atrás un aroma a ozono putrefacto. Por una hora, Daniel Mercer sólo pudo quedarse allí, temblando, retorcido sobre el suelo helado, los ojos secos, incapaz de llorar.
Aun así, no huyó.
Cuando amaneció, preparó café. Cada sorbo era repugnante, metálico. Decidió intentar desmontar el Breyner. Fue inútil: los módulos interiores se habían fusionado, como si el propio metal hubiese sido envuelto en una crisálida de lógica ajena. El sistema parecía distinto ahora: obedecía patrones que escapaban lo predecible, reaccionaba a sus pensamientos, fluctuaba en presencia de sus emociones.
Las noches siguientes, la sombra volvió varias veces. Ya ni siquiera intentaba comunicarse; sólo observaba, reconfiguraba, acechaba. Daniel comenzó a perder la noción de las horas. Alrededor del observatorio, en el hielo, hoyos aparecían y se borraban, y por las madrugadas se oían zumbidos remotos bajo las piedras. Los recuerdos de su vida previa se disolvían, desplazados por pesadillas recurrentes de ojos líquidos, de espirales de mercurio y obsidiana.
Una semana después, un escuadrón de rescate llegó al observatorio, alertado por el silencio radial. Hallaron la cúpula cerrada desde dentro. El Land Rover seguía en el mismo sitio. Dentro, el Breyner palpitaba envuelto en vapor de mercurio y un par de guantes técnicos colgaban de la consola, aún tibios.
No encontraron rastro de Daniel Mercer.
Pero eso no fue lo peor.
En la última grabación automática, justo antes de la desconexión, se escuchaba el mismo zumbido del Breyner, y—superpuesta—una voz doble, reverberante, en la cual era posible entrever la cadencia de un lamento y una risa, articulando, claro como la noche de Yuggoth:
"Donde la plata llora, uno menos despierto; uno más entre la sombra."
El informe describe una atmósfera tan pesada como la del plomo, la presencia de olores extraños y un registro final de coordenadas hacia una región del cielo donde Yuggoth, el noveno planeta, impone su sombra ilegible sobre la mente del hombre.
Nadie volvió a instalar un equipo Breyner. Nadie osó hacer preguntas.
Pero, en ciertos laboratorios, en noches especialmente largas, algunos técnicos jurarían que, en los límites del espectro, pueden oírse aún unos tímidos ecos de succión, de observación: el último susurro de un hombre a quien Yuggoth terminó por mirar.
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