Portada del relato El Abismo de Helio
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Guardé la carta y la losa y, asqueado, pasé días convencido de que había leído una broma de mal gusto o el resto mental de una familia arruinada por la esquizofrenia. Sin embargo, comencé a soñar. Al principio, nieblas y lomas interminables; después, un frío tan perfecto que la médula se crispaba dentro de mí, y al fondo, bajo la raíz de la loma, un claro circular iluminado tenuemente por algo que no era luna ni sol, sino fluorescencia viscosa, respirante, como si la misma tierra estuviera enferma. Allí, entre la fluorescencia y el potasio, hervían cuerpos imposibles de describir, vertebrados y sin hueso, padres y abuelos, niños retorcidos y criaturas que parecían recordar mi nombre de antes de haber nacido.

Duración: 11:11

El Abismo de Helio
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

Hay noches —noches raras, bárbaras, invertidas— en las que los ojos se niegan a cerrarse cuando la conciencia lo exige. Noches enormes, trizadas de ecos y zumos de pesadilla; noches que parecen recordar algo, casi como si una mente, o muchas, detrás de la nocturnidad reclamara con insistencia la atención de nuestros sentidos. Se diría que esperan… o ya han llegado, o nunca se han ido.

Yo no era un hombre dado a las supersticiones ni a las obsesiones, y menos aún a los terrores de la infancia, pero la vida consiente pocos momentos de paz cuando existe una puerta abierta a otro mundo. Quien haya frecuentado los libros de Lovecraft sabe de lo que hablo, pero hay cosas que ni él, ni los seguidores más osados, se han atrevido a relatar enteramente, porque atentan contra el sentido mismo de la cordura. Yuggoth, el oscuro planeta exterior, no sólo es una piedra girando en la negrura sideral: es el umbral de todo cuanto yerra y enmudece en los resquicios de nuestra sangre.

Mi nombre es Rafael, y tenía, hasta hace poco, una vida apacible en el sur de España. Había heredado una casa de mis tíos en la loma de Cerrosombrío, un paraje árido, pleno de esparto, encinas raquíticas y un cielo que nunca se parecía al de mis recuerdos de la infancia. Aun así, allí me aposenté, empeñado en escribir una novela sobre la soledad rural desde un punto de vista puramente antropológico. Abundaban las horas de silencio, y los ocasos se plegaban sobre la piedra caliente como mantas resquebrajadas de quietud. Debería haber sospechado, desde el principio, que algo no se ajustaba al ritmo normal de las estaciones, pero la vanidad del escritor le hace ver señales portentosas en donde el campesino sólo ve sequías y la simpleza de la vida olvidada.

Mi curiosidad se desvió una tarde de calor pesado, cuando encontré bajo el tapiz de hiedra, en la esquinada más umbría del corral y enterrada sus buenos dos palmos bajo tierra, una caja de plomo. No era de gran tamaño, pero sí lo suficiente como para provocar una vibración insoportable en el aire apenas la toqué. Llevaba grabados unos caracteres que no pertenecían a ningún idioma conocido—líneas quebradas y círculos imposibles, como garabatos que buscaran abrir párpados dentro del tiempo.

Desistí de abrir la caja durante días. Pero la manía de saber venció cualquier prudencia: una mañana de tormenta, logré forzar la tapa. Lo primero en asaltarme fue el olor, un perfume de amoníaco, sílex y algo indecible, algo frío y orgánico. Dentro, sólo hallé una carta envuelta en tela de saco, y bajo ella, una loseta con los mismos grabados, negra, opaca y tan liviana como la cáscara de un huevo. La carta iba dirigida a un tal Abelardo Urrutia, fechada en 1967, y su caligrafía era temblorosa pero inequívoca. El texto, al principio ilegible, empezó a ganar nitidez como si mis ojos se hubieran sintonizado con otro espectro de realidad. Leí, y juro que no sentí frío ni miedo absoluto, sólo una cierta percepción de deslizamiento, como si mis pulmones respiraran atmósferas de otra especie.

“…No te fíes de la cripta ni toleres el graznido de los pájaros en diciembre. Esta casa guarda la losa devuelta por los Mi-Go al último de los Urrutia; vi los rituales y las cerraduras y todas se abrieron como se abren los labios bajo cuchilla ajena. Si alguna vez entras en sueños en el claro de tungstenita, despídete de tu sangre, porque allí el tiempo no se entiende en ciclos humanos. Devuelve la loseta a la fosa, Abelardo, o la Notte Larga comenzará…”

Guardé la carta y la losa y, asqueado, pasé días convencido de que había leído una broma de mal gusto o el resto mental de una familia arruinada por la esquizofrenia. Sin embargo, comencé a soñar. Al principio, nieblas y lomas interminables; después, un frío tan perfecto que la médula se crispaba dentro de mí, y al fondo, bajo la raíz de la loma, un claro circular iluminado tenuemente por algo que no era luna ni sol, sino fluorescencia viscosa, respirante, como si la misma tierra estuviera enferma. Allí, entre la fluorescencia y el potasio, hervían cuerpos imposibles de describir, vertebrados y sin hueso, padres y abuelos, niños retorcidos y criaturas que parecían recordar mi nombre de antes de haber nacido.

Los días pasaban y la loma, normalmente sorda y yerma, comenzó a emitir ruidos —zumbidos bajos, vibraciones en el suelo, pulsos rítmicos en las paredes. Ya no encendía lámparas: la luz se comportaba erráticamente y las sombras caían en ángulos insólitos. En una de esas noches, aventurándome fuera, guiado más por la desesperación que por el raciocinio, llegué al claro al que me empujaban los sueños. La tierra era cristalina y, bajo la superficie, brillaban filamentos grisáceos, llenos de burbujas, como en una geoda incubada en el vientre de un cadáver.

Escuché, entonces, las voces.

No eran voces convencionales: compases y regresiones, retumbos en el aparato auditivo, chasquidos líquidos. Comprendí sin entender: el idioma era más puro, más fiel al dolor, que cualquier palabra humana. Y comprendí que aquellos seres, si pueden llamarse así, eran los agricultores de mundos; recolectaban la angustia, los residuos no metabolizados de la vida consciente; y, peor, cada siglo buscaban a alguien que voluntariamente abriera la caja y leyera el mensaje. Sus contratos no se cumplen, solo se heredan.

Vi —no me lo contaron, no fue una alucinación— cómo removían la tierra bajo el claro, y elevaban del fondo una forma, una suerte de crisálida grotesca, atada con filamentos de carne y cerámica. Algo palpitaba allí, una multitud de rostros fundidos, y de entre ellos surgía la voz de Abelardo Urrutia, no como una súplica, sino como una advertencia.

—No devuelvas la losa —decía—, no la liberes. Ellos la buscan cada cien años, y cada ciclo tropieza sobre el vestigio mortal que la conserva en la tierra. No la devuelvas y quizás solo tú mueras. Pero si la llevas al claro, hasta aquí abajo llegarán los otros, los que viven en corrientes de helio negro, los que recuerdan Yuggoth.

En mi mente danzaron imágenes de hierro, plomo y lo que sólo puedo llamar “biometal”, como un mineral aún no nacido, inyectando a la tierra glándulas y circuitos, escribiendo en la corteza grabados que mutan y se replican. Y supe que Yuggoth no era un planeta, sino un punto de anclaje, un eslabón de transmisión de pesadillas y materiales.

No recuerdo cómo regresé a la casa, pero sí la violencia con la que arrojé la loseta y la carta al fuego, el modo en que la loseta, lejos de abrasarse, enfrió la estancia, cubriendo de escarcha los puntos donde antes chisporroteaba una hoguera viva. Supe también que la carta no ardía; que la caligrafía crecía, extendiéndose sobre el papel, como una yedra negra.

Las noches siguientes no dormí. Los susurros y los pasos bajo tierra, los estallidos de luz en el ojo ciego del corral, la sensación de ser atravesado por miradas densas, pesadas, flotantes, me tejieron una coraza de insomnio que duró semanas. Y las sombras, cada vez que miraba el reflejo en los espejos, parecía observarme desde la otra orilla, como si mi cuerpo ya no fuera mi cuerpo, sino una máscara que se desmoronaba.

Llegó el solsticio. Desde la loma, en pleno mediodía, el cielo se oscureció, y las aves huyeron sin rumbo. No tuve ya voluntad: las piernas me llevaron de nuevo hasta el claro, donde nada crecía. Allí estaba la fosa abierta y, encima, la loseta, quieta y expectante. La recogí —la temperatura era imposible; mezclaba lo hiriente del hielo absoluto y el ardor de la fiebre— y la deposité en el centro del círculo, tal como los seres que gruñían bajo la tierra parecían ordenar.

No hubo explosión ni relámpago prodigioso. Solo un ligero corrimiento, como un sismo diminuto, y el mundo se volvió un poco más viejo, un poco más tenue. El viento detuvo su danza durante un minuto exacto; el olor a amoníaco y éter se adueñó de la atmósfera. Y yo, temblando, no por frío ni por miedo, sino por la comprensión total de mi insignificancia, grité.

No estaba solo. Centenares de presencias, frías, gráciles y pesadas a un tiempo, me rodearon. Rozaban el límite del campo visible, y ondeaban con cada respiración de la tierra. El aire vibraba con la frecuencia de un reloj submarino perdido en la eternidad. Sentí que mi corazón se paralizaba para sincronizarse con otro pulso planetario, uno que no seguiría jamás los vaivenes lunares ni solares de la vida humana.

Uno de ellos se me acercó especialmente. Quizás fue sólo mi mente quien le atribuyó forma: era como si mil ojos reptaran por una cinta líquida en espiral, y cada uno de esos ojos destilaba algo que no era luz, sino reconocimiento. Habló, o, más bien, movió el aire a su alrededor con palabras que sólo yo podía entender en ese instante:

—Los Urrutia, y ahora tú, sois portadores. Yuggoth es semilla, pero necesita raíces, raíces de pensamiento y descomposición. Habéis dado el fruto.

Comprendí: la caja, la losa, los sueños, todo formaba parte de un ciclo, un germen sembrado en la memoria y la carne de los habitantes de esta tierra seca. No importaba cuánto quemara, cuántas veces huyera; nada podía detener la repetición, porque la caja siempre retorna, la tierra expulsa tarde o temprano el metal enterrado, y los sueños encuentran una mente en la que alimentarse.

No morí. Peor: continué la vida, pero con una ausencia irreparable. Los colores de la tarde ya no existen, sólo hay una gama sorda y plateada, como la superficie de la loseta. Mis días se han convertido en interminables noches donde la única certeza es que otro vendrá, excavará y encontrará la caja, la carta y la losa.

Cerrosombrío agoniza; ya nadie vive aquí sino los cuerpos que caminan como quien repite gestos heredados, sin esperanza de redención. Los Mi-Go no han regresado de forma visible, pero vibran en las piedras, dictan en misuradas letanías el modo en que el tiempo habrá de colapsar. Sueño cada vez menos y, cuando lo hago, sé que sólo escribo, desde dentro de otro sueño, lo que algún otro, algún Rafael de otra generación, necesitará para terminar lo que ahora sólo puedo dejar a medias.

Si lees esto, quemálo. Si no puedes, entiérralo bien hondo, donde no llegue ni el pensamiento ni la raíz del centeno. Pero recuerda: Yuggoth no está arriba, en los mapas, sino aquí, en la loma gris de nuestra carne, esperando que la Notte Larga se repita en algún ciclo demasiado humano para comprenderse.

Recuerda. Entierra o quema. Nadie regresa indemne del abismo de helio.

Y quizás, si te alcanzan los susurros, ya no seas nadie. Solo la esperanza ciega de lo que nunca debimos tocar.

Copyrights © 2025 Mitosaudio.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.