Fragmento:
La noche de la revelación, la lámpara de petróleo ardía con una intensidad azulada poco común, tiñendo de tonos enfermos las páginas de los viejos cuadernos donde garabateaba teoremas y deducciones. El interior de la cabaña era una amalgama de polvo, madera ajada y curiosidades: modelos esféricos de ámbar, libros de lomos agrietados, lentes de aumento y la pieza central, un tablero tallado con círculos, runas y ángulos inhumanos, colmado de líneas y grabados que parecían curvar el aire mismo.
Duración: 08:32
El ocaso, esa hora en que la realidad se estira como piel hendida sobre un tambor primitivo, arrojó sombras largas sobre la desvencijada cabaña de Nathaniel Durand. En el límite de Vermont, tan cerca de las sensatas bulliciosas calles de Brattleboro como del impenetrable abismo de los bosques olvidados, Nathaniel había encontrado –o buscado, según lo contaban las malas lenguas de la zona– su aislamiento. Lejos de las preguntas de la academia, de la risa filosa de sus colegas que nunca habían creído en sus extraños estudios sobre las "dimensiones limítrofes". Allí, donde los cuervos graznaban con una ira antinatural y la tierra parecía dormir un sueño inquieto y atiborrado de pesadillas, comenzó la última existencia de Nathaniel.
La noche de la revelación, la lámpara de petróleo ardía con una intensidad azulada poco común, tiñendo de tonos enfermos las páginas de los viejos cuadernos donde garabateaba teoremas y deducciones. El interior de la cabaña era una amalgama de polvo, madera ajada y curiosidades: modelos esféricos de ámbar, libros de lomos agrietados, lentes de aumento y la pieza central, un tablero tallado con círculos, runas y ángulos inhumanos, colmado de líneas y grabados que parecían curvar el aire mismo.
Nathaniel había vivido siempre obsesionado con lo que él llamaba "la intersección de los planos". Soñaba con hacer visible lo invisible, cruzar, aunque fuese por un momento, los linderos de la conciencia ordinaria y divisar ese tapiz entrelazado donde, según fragmentos de grimorios y cánticos apócrifos, moraban seres ajenos al devenir del tiempo. Yog-Sothoth, la llave y la puerta, el que conoce todos los ángulos. El nombre lo había obsedido durante décadas, y ahora, tras noches de privación, ayunos ceremoniales y cánticos pronunciados apenas con voz temblorosa, estaba convencido de que el umbral había comenzado a ceder.
Un frío nauseabundo emergió, primero leve, luego aplastante, como si corrientes siderales fluyeran desde una grieta recién abierta. En el tablero las líneas brillaron, ardieron fulgurando con una lividez antinatural. El vapor giró como humo. De él, surgió una esfera translúcida: parecía la proyección de una forma, una burbuja sacada de otro universo, palpitando gentilmente, como si respirara con una inquietud impersonal.
La mente de Nathaniel se tambaleó bajo el peso de tan grotesca maravilla. Recordó palabras en sánscrito y caldeo, los versos vibrantes en el Necronomicon y los sermones post-mortales del Culto de la Trascendencia. "Yog–Sothoth está en todas partes", murmuró, "pero es tan sólo visible en los cruces".
Ese pensamiento lo abrumó mientras la esfera, multiplicándose, se desbordaba en un racimo de vesículas, vibrando y solapándose sobre sí mismas de modo imposible para la geometría de Euclides. No eran esferas, comprendió demasiado tarde, sino vistas recortadas de una entidad tan vasta que sólo podía percibirse como fragmentos al otro lado del tiempo.
La habitación fue inundada por su fulgor impío. Distorsiones ondularon en las paredes, y los cuadernos de Nathaniel se deshicieron en letras que retorcían sus trazos, reescribiendo su propio contenido en idiomas incognoscibles. El olor nauseabundo de ozono y almizcle llenó su nariz. En la penumbra, un murmullo enloquecedor componía cánticos monocordes, ascendiendo desde los rincones donde la oscuridad se agolpaba como líquido.
Cuando por fin una voz –demasiadas voces, superpuestas y discordantes– habló desde el núcleo de las esferas, Nathaniel cayó de rodillas. "Estamos aquí porque tú has llamado, porque el saber anhela la carne, porque el círculo se cierra, Nathaniel".
La sola mención de su nombre era suficiente para que el pánico intentara doblegarle la voluntad. Sin embargo, la curiosidad era su condena favorita. Reuniendo las migajas de su inteligencia, preguntó, con labio tembloroso: "¿Qué hay al otro lado? ¿Qué conocimiento traéis conmigo?"
El aire zumbó, y por un instante Nathaniel vio, a través de todas las puertas y todos los caminos, una infinidad de paisajes antediluvianos: colinas reptilianas bajo crueles soles dobles; ciudades cristalinas de formas espirales y verticales llenas de ángeles careciendo de rostros, y océanos de tinieblas donde bullían larvas de luz. Vio el nacimiento y la muerte repetidos de universos, la marcha de razas surgidas para ser devoradas, los pensamientos de hombres transformados en repugnantes monumentos eternos. Sobre todo, vio a Yog-Sothoth, el círculo exterior, la masa invasora cuyo conocimiento es voraz como un cáncer cósmico.
El precio fue la comprensión. Nathaniel sintió cómo su mente se expandía y contraía, comprimida sobre su propio eje. Gritó, sólo para hallar silencio en sus labios. No podía moverse. Apenas existía. Era una mota en un océano, definida tan solo por una voluntad que no era suya: la voluntad del saber absoluto.
La entidad se replegó ligeramente —o quizás sólo una parte ínfima de su conciencia— permitiéndole hablar. "Dame tiempo", rogó Nathaniel, jadeando. "Solo quiero saber. Solo quiero... ver".
"Todo conocimiento requiere un tributo", canturrearon nuevamente las voces. "La percepción humana es insuficiente. Si avanzas, deberás renunciar. ¿Qué dejarás atrás?"
Creyendo aún tener poder de elección, Nathaniel susurró: "Mi cuerpo. Lo que sea necesario". Quizás fuera su arrogancia, o una necesidad patológica de comprender que vencía cualquier instinto de supervivencia.
La esfera creció. Dentro de la cabaña, la realidad fue siendo gastrada como una membrana. Las tablas del piso se doblaron, y la luz se desplegó como seda cortada, como tiras de tiempo expuestas a presiones inenarrables. Entonces Nathaniel comprendió la naturaleza del tributo. La memoria. Todo cuanto había amado y temido, las caras de padres, hermanos, alumnos, antiguas amantes y rivales: comenzaron a destejerse. Sintió cómo templos erigidos en su mente a sus triunfos y fracasos se disolvían en niebla. Vio a sí mismo perder edad, perder forma, perder sentido. Quedaban solo las preguntas.
Y lo vio. El círculo tras los círculos. La Puerta y la Llave eran una sola cosa, y toda la carne era sólo un acto de entrada y salida, el universo era solo un parpadeo en la mirada de la entidad. Nathaniel entendió, por un instante –eternidades comprimidas en un segundo– que el conocimiento absoluto era también el terror absoluto, que el horror de Yog-Sothoth era el de la indiferencia y la imposibilidad, la noción de que el saber no redime, sino devora, y que la carne es apenas la cáscara que se troca como una máscara sobre el vacío.
La cabaña fue inundada de luz incandescente. Cuando, en algún punto después, la tempestad de la visión remitió y la oscuridad regresó, Nathaniel ya no estaba. Solo quedaba una presencia: una figura traslúcida, de contornos fluctuantes, con ojos que eran esferas imposibles de luz y sombra, vibrando en silencio entre dos dimensiones.
El sheriff local, semanas después, halló el lugar tras denuncias de olores y una extraña sensación de vacío en la zona. Lo acompañaron los forenses y un pastor, todos protegidos con crucifijos y recelos supersticiosos. Encontraron los libros de Nathaniel, pero sus tapas yacían vacías, habiendo perdido todo contenido y significado. Las runas del tablero eran invisibles, pero una mancha redonda y grasienta ardía aún en el piso, negándose a ser lavada ni raspada. Nadie nunca más pudo dormir bien en millas a la redonda, y los animales evitaban el claro. Unos niños aseguraron entre lágrimas haber visto una presencia llorando luz los días de eclipse. El pastor juró que el aire allí, a pesar de estar dentro del mundo, era diferente: más delgado, más frío, más doloroso.
Nunca nadie volvió a ver a Nathaniel Durand. Su desaparición, registrada en documentos polvorientos, fue achacada a la soledad, la locura y el genio llevado al exceso. Pero a veces, en la frontera entre el sueño y la vigilia, un curioso atisba, sin quererlo, el parpadeo de círculos translúcidos en la penumbra. Y sabe, aunque lo niegue al alba, que hay preguntas que nunca deberían formularse, porque hay entidades hambrientas, acechando, prestas a devorar la pregunta, la respuesta… y al que pregunta.
Así ruge Yog-Sothoth, y su rugido es el temblor del saber absoluto, el verdadero horror: saberse apenas un sueño en la pesadilla que se sueña a sí misma.
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