Fragmento:
He aprendido que la ignorancia es, a menudo, el último baluarte de la cordura. Antes de este otoño, habría despreciado a cualquiera que valorara el misterio por encima de la verdad; ahora, de madrugada, cuando la casa se queja y cruje bajo el peso de lo indescriptible que anida en el patio trasero, comprendo lo que ellos sintieron. El verdadero saber arrastra un costo que no se limita a lo físico: gime con ecos sutiles en la mente, grabando surcos de fuego detrás de los ojos y distorsionando cada palabra común hasta que toda la realidad resuena con el temblor de lo imposible.
Duración: 09:40
***
He aprendido que la ignorancia es, a menudo, el último baluarte de la cordura. Antes de este otoño, habría despreciado a cualquiera que valorara el misterio por encima de la verdad; ahora, de madrugada, cuando la casa se queja y cruje bajo el peso de lo indescriptible que anida en el patio trasero, comprendo lo que ellos sintieron. El verdadero saber arrastra un costo que no se limita a lo físico: gime con ecos sutiles en la mente, grabando surcos de fuego detrás de los ojos y distorsionando cada palabra común hasta que toda la realidad resuena con el temblor de lo imposible.
Mi nombre es Lyle Branston. Trabajaba como investigador histórico en la universidad de Arkham y, para mi desgracia, enfoqué una curiosidad moribunda en el legado de la familia Ashcombe. Eran una línea olvidada aun para los claustros de la vieja Nueva Inglaterra, dueños de una mansión a las afueras de Dunwich, circundada por árboles que parecían mayores que la civilización misma. Era un edificio sombrío, forjado en piedra negra y apenas tocada en los registros más antiguos, como si su origen fuera anterior a la tinta y el pergamino.
Todo comenzó con una carta. Unas páginas ajadas, encontradas entre las pertenencias de un colega difunto, narraban extraños sucesos entre los Ashcombe: desapariciones, ritos nocturnos y, siempre, la insinuación de que la mansión era una puerta—o la cerradura de una puerta—custodiando algo oculto desde tiempos inmemoriales. La carta terminó abruptamente con una advertencia: “Hay cosas cuyo conocimiento torcerá el alma fuera del tiempo. No profanes el umbral.” Era tarde para mí; la fascinación es una plaga sutil, y la mía arde con destino propio.
Fue en una tarde brumosa cuando llegué a la mansión, armado con mi linterna, un expendiente de notas y la arrogancia propia de quien nunca creyó en terrores más allá de la carne. Los jardines estaban expuestos al abandono, plantas deformes retorcidas en formas hirientes al ojo; en sus recovecos se adivinaban figuras talladas en piedra, símbolos saltando de fragmentos de pesadilla. Me encontré murmurando los nombres grabados en ellas, trozos de palabras de orígenes que me parecieron enteramente prehumanos.
La puerta cedió a mi empuje, quejándose con un gemido largo. En el vestíbulo, el aire era espeso y olía a huesos blanqueados. La luz tembló, trazando danzas de sombras en los corredores alzados de modo antinatural. Todo el edificio parecía un eco de alguna geometría disonante, imposible de captar por completo. Exploré salón tras salón, cada uno lleno de muebles pesados, polvorientos y cubiertos de telas, hasta que las sombras en las paredes parecieron alargarse fuera del alcance de mi linterna.
Me conduje hasta la biblioteca, sin saber exactamente cómo. Allí, los tomos polvorientos latían bajo mi tacto, su contenido arrastrando un vaho de podredumbre intelectual. En una esquina, encontré un libro encuadernado en cuero tan viejo que parecía haber crecido en vez de haber sido fabricado; no tenía título ni indicación alguna. Lo abrí y, de inmediato, noté que las palabras, aunque reconocibles, soltaban un zumbido en el fondo de mi mente, como si una polilla invisible azotara sin descanso contra el hueso de mi oído interno.
No sé cuánto tiempo estuve absorto en las páginas. Leí acerca de puertas, llaves y el “que mora entre los ángulos”, custodiando la entrada al “gran todo”, Yog-Sothoth. A través de líneas tortuosas descubrí que, hace siglos, un Ashcombe había oficiado un ritual cuyos ecos aún latían bajo la piedra negra de la mansión. Aquello lo había traído a las “esquinas del tiempo”, y desde entonces los descendientes guardaban los sellos, temiendo incluso nombrar aquello que una vez miraron a los ojos.
La tormenta estalló afuera, azotando los ventanales. En ese instante, sentí un tirón dentro de mi cráneo, como si una atención titánica se volcara brevemente en mi dirección. La luz de mi linterna parpadeó, y en su titilar vislumbré, sobre las paredes, símbolos pintados en una materia que absorbía la vista. Trozos de palabras bailaban por el aire, junto al zumbido, ya insoportable, que se convertía ahora en susurros: nombres y llamados, órdenes y súplicas.
No recuerdo cuándo salí de la biblioteca, sólo que mis pasos me guiaron a un corredor lateral. Un portón allí, labrado con cuidado febril, estaba marcado por runas semejantes a las del libro. Era el umbral mencionado en la carta. Algo—quizá la presión del aire, quizá el tamborileo de mis propios latidos—me impulsó a abrirlo.
Al otro lado, la oscuridad era tan densa que parecía tibia, viva, casi expectante. Traspasé ese umbral, y no di más de un paso antes de sentir cómo la gravedad misma empezaba a distorsionarse. El pasillo giró bajo mis pies y aparecieron ángulos imposibles, puertas encajadas entre sí en una cadena sin fin. Sentí que me hundía en algún pliegue de la mansión, catapultado fuera del orden normal del espacio.
No estaba solo. Hay formas y presencias que no puedo describir, relampagueando en el borde de mi visión: cosas enormes, con tejidos apenas esbozados, ondulando como si fueran luz retorcida por una mente ebria. Una de ellas susurró mi nombre, o así lo sentí; el aire vibró con un eco dentado, acuchillando cada pensamiento sencillo y sustituyéndolo por una comprensión ajena. Entre todos los susurros percibí una invitación: una promesa de saber. O más bien, de transformar mi mente para recibir aquel saber prohibido.
Intenté retroceder, pero el corredor se había cerrado tras de mí. Me encontré en una cámara circular, y al centro yacía una losa, tallada con símbolos que vibraban bajo mi mirada, temblando con la promesa de estremecimientos cósmicos. El aire allí adquiría un peso propio, y la piedra parecía latir bajo un pulso invisible. Sobre la losa vi un orbe, translúcido, que chorreaba colores y formas sin nombre. En su interior había paisajes imposibles, constelaciones que se torcían sobre sí mismas.
La visión del orbe me arrastró. Vi lo que el ancestro Ashcombe vio siglos atrás: un portal entre universos, demasiado vasto para cualquier mente mortal. Vi cómo su mundo era sólo una burbuja en un mar infinito de realidades, y cómo Yog-Sothoth reptaba entre ellas, tocando los límites de cada “afuera”, fusionando pasado, presente y futuro bajo su conciencia cegadora. Sentí su mirada, incandescente, hurgando a través de todas mis memorias y futuros, removiéndolos y recombinándolos a su capricho.
Me aferré a fragmentos de mi nombre, repitiéndolo como ancla, pero no fue suficiente. Un momento, o siglos, o nunca, después, caí de rodillas, escupiendo sangre oscura, incapaz de respirar. La sala tembló, las paredes se alargaron y retorcieron, y el orbe explotó en una lluvia de luz imposible. Me cubrí el rostro, pero la imagen se grabó tras mis párpados—un millar de puertas abiertas hacia las formas palpitantes de Yog-Sothoth, y los destellos de quienes, en otros mundos, también eran arrastrados hacia esta revelación.
No sé cómo volví a la mansión. Igual que en una pesadilla, de pronto estaba sentado en la biblioteca, el libro cerrado sobre la mesa y el zumbido reducido a un apenas audible lamento en mi oído izquierdo. Afuera, la tormenta había cesado. Corrí por el pasillo, tropezando, sentí los últimos coletazos de esa presencia detrás de mí, burlona y paciente.
Salí de la mansión a la madrugada. El sol nacía, pero su luz parecía tímida, lavada, como si el mundo mismo evitara mirar hacia la casa de los Ashcombe. Todo tenía un borde, una torsión oculta, como si cada objeto hubiera adquirido una especie de doblez interior, casi invisible, que insinuaba la latencia de algo infinitamente peor tras lo visible.
Ya no puedo dormir, salvo a ráfagas, y los sueños son puertas. En ellos, la mansión se expande, y los pasillos son interminables, llenos de ecos de mi propia voz llamando nombres que no aprendí y, sin embargo, conozco. Me he descubierto dibujando símbolos en las paredes de mi apartamento, sin recordar cuándo ni cómo los aprendí. A veces, los susurros regresan, y la vibración se convierte en orden: “Ve al umbral. Abre la puerta. Reúne los fragmentos.”
He intentado advertir a otros. He escrito cartas a mis colegas, pero todos parecen percibir las palabras como invención, producto de la histeria o el insomnio. Tal vez tengan razón. Quizá lo peor sea ser creído. El único consejo que les imploro a ustedes es el que ningún curioso obedecerá: no den la vuelta a la piedra negra agrietada que hallarán en una casa olvidada de Dunwich. No busquen el umbral. No invoquen la llave.
Porque Yog-Sothoth nunca cierra una puerta una vez abierta. Y sólo en la ignorancia puede el hombre dormir tranquilo, hasta que las estrellas sean propicias y los susurros vuelvan a entretejerse en el tejido de la realidad.
Esta es mi confesión, mi advertencia, mi condena. Si sienten que la memoria les resbala fuera del tiempo y vislumbran, en sueños, la mirada incandescente tras el velo, recuerden mi destino. El saber es la enfermedad final.
Y el umbral nunca está tan lejos como uno cree.
Copyrights © 2025 Mitosaudio.com. Todos los derechos reservados.