Fragmento:
Era pleno agosto y la humedad subía a la piel como una lepra. Hombres de gabardina y olor a licor patrullaban las calles después del atardecer, arrancando borrachines por la oreja de las tabernas y cerrando con llave todas las iglesias y bibliotecas. Para Marcus —recién llegado desde Arkham con cajas de libros y una ilusión maltrecha por trabajos en ruinas— era como volver a la infancia, a un hogar que le había dado la espalda.
Duración: 10:32
Cuando alguien muere en Blackwood, la tierra parece abrirse con suavidad, como si estuviera esperando el cuerpo. Solía pensar que era una metáfora para esa región olvidada por los mapas, donde las colinas erizadas de robles podridos guardaban más secretos de los que sus habitantes quisieran admitir. Pero el doctor Marcus Laine aprendió en carne propia que la tierra también puede abrirse por otras razones.
Era pleno agosto y la humedad subía a la piel como una lepra. Hombres de gabardina y olor a licor patrullaban las calles después del atardecer, arrancando borrachines por la oreja de las tabernas y cerrando con llave todas las iglesias y bibliotecas. Para Marcus —recién llegado desde Arkham con cajas de libros y una ilusión maltrecha por trabajos en ruinas— era como volver a la infancia, a un hogar que le había dado la espalda.
La Universidad Smithson había acogido su carta de recomendación como se acepta un salvavidas a la deriva. Su labor: catalogar la polvorienta colección de la biblioteca, tres pisos de polvo y de páginas corrompidas, regalos malditos y legados de la vieja aristocracia. Marcus se entregó al trabajo como quien se aferra a la última rama antes de ser arrastrado por la corriente. Fue entonces cuando apareció el libro, o más bien, el libro lo eligió a él.
No recordaba haberlo puesto sobre su mesa la mañana del jueves. El ‘Codex Praevios’ era un volumen diminuto, cubierto de cuero tan reseco como piel tatuada hace siglos, con una cerradura corroída y filigranas de plata que parecían dibujar labios, lengua y dientes en miniatura. Ningún ex libris, ninguna carta de donación en el índice, sólo una advertencia en latín arcaico: “Non claudere oculos coram portis” (“No cierres los ojos ante las puertas”). Al deslizar el dorso de la mano por la portada, sintió un hormigueo, un eco de repugnancia, pero no pudo soltarlo.
Durante días, Marcus dormitaba en la sala de manuscritos, leyendo párrafos inconexos sobre los ‘umbrales entre mundos’, las ‘bocas sin garganta’ y la existencia de portales que sólo se abrían cuando el alma estaba suficientemente… hambrienta. A medida que su obsesión crecía, brotaban en su inconsciente imágenes de criaturas sin rostro que se deslizaban detrás de puertas entreabiertas, de huellas húmedas sobre el mármol y del murmullo rítmico de cientos de labios susurrando secretos indecibles.
Una noche, impulsado por terrores oníricos, decidió buscar entre las estanterías menos exploradas, guiado por el rumor de una corriente fría que escapaba de un ático clausurado. El pasillo estaba devorado por la oscuridad y sólo la lámpara de aceite lanzaba sombras violentas sobre el techo agrietado. Ahí estaba la puerta que le obsesionaba desde el primer día, una puerta doble, sin picaporte, decorada con tallas extrañas, más sugerentes que cualquier iconografía cristiana; formas oblongas, orificios, relieves de dedos, bocas y órganos entrelazados.
Marcus intentó racionalizar: alguna extravagancia victoriana, tal vez. Pero sus manos, sin consultarle, trazaron los relieves y, al hacerlo, la puerta exhaló un hedor como a vísceras expuestas. Resistiéndose, fingió querer marcharse, pero sus piernas no obedecieron. Un gemido, apenas un bostezo húmedo, surgió del otro lado y la puerta cedió.
El aire pesado de la estancia lo rodeó como un capullo viscoso. Había una mesa ritual de piedra, alfombrada con manuscritos ilegibles, y —horriblemente vivo en la penumbra— un mural de carne, una suerte de icono del martirio, donde se confundían miembros y bocas abiertas, ojos ancianos y penes flácidos, formando una masa orgánica que se retorcía en silencio. Algunas bocas se abrían y cerraban levemente, como pezones extraños; otras se dilataban como para tragar un puño. El pánico le estampó las tripas al suelo, pero Marcus sintió también una punzada de comezón en su propio cuerpo, como si esas bocas invocaran su piel.
En lo alto, una claraboya apenas dejaba pasar la luz lunar, pero las sombras se hacían gruesas en las esquinas. De pronto, un murmullo reptó en el aire, un salmo sacrílego que heló su sangre: “Nunca debes cerrar los ojos ante las puertas… nunca los cierres… porque ellos miran desde dentro.”
Intentó retroceder pero sus pies, al pisar un azulejo suelto, hundieron el piso con un crujido de polvo seco. Golpeó la mesa y, en la caída, sentía la textura de carne blanda y pegajosa sobre la que se deslizaba, como si las bocas del mural quisieran probarlo, sorberlo desde su interior. Forcejeó, sus dedos rebuscaban la lámpara que rodó lejos, y en esa fugacidad de la combustión, la visión lo asaltó:
Un círculo de figuras humanas, pero no del todo humanas, con rostros lisos y pectorales cubiertos de cicatrices en espiral, desnudos e indiferentes. Estaban de rodillas, pero donde debía haber boca había concavidades lilosas. Sus manos separan los párpados, forzando los ojos a no parpadear, y al centro hay una grieta abierta sobre las losas, de la cual la negrura apenas logra contener la infestación de tentáculos translúcidos que se agitan con un ansia hambrienta.
Una de las figuras se levantó, flotando más que caminando. Sus extremidades se curvaban como culebras desolladas. Cuando alzó la cabeza, la cara no tenía rasgos salvo por un orificio circular, una especie de “boca primordial”, y dentro titilaban unas luces, diminutas, blanquecinas, como pupilas lejanas. La presencia le habló, aunque Marc no oyó palabras sino el eco de sonidos imposibles, la sintaxis de la noche en su forma más pura: “Ven. ¿No tienes hambre tú también?”
Fue arrancado de la visión al sentir que una de las bocas sobre la piedra le mordía la muñeca. Estaba sangrando, pero no le dolía físicamente; era como si la herida estuviese ocurriendo por dentro, desgarrando cosas que su cuerpo no podía ver ni curar. Cayó de espaldas, gritando. La lámpara se volcó, su luz devorando las formas. El cuarto se incendió como una boca abriéndose de par en par.
Debió desmayarse. Cuando abrió los ojos, la estancia había cambiado. Las paredes estaban limpias, la mesa vacía. Sin embargo, sobre el suelo quedaba una mancha sombría, similar a un beso húmedo dejado por una boca imposible.
Día tras día, Marcus trató de convencerse de que había sufrido una alucinación. Pero desde entonces, cada vez que dormitaba sobre los manuscritos, le visitaban sueños ululantes: un umbral bajo el que reptaban bocas y brazos, gentes arrodilladas, devorando algo invisible; siempre ojos entreabiertos, siempre la misma letanía: “Nunca cierres los ojos ante las puertas”.
Empezó a notar cambios. Su reflejo escurridizo en los espejos mostraba contornos subrepticios, ondulaciones cerca de los labios, como si una segunda boca intentara brotar bajo su barbilla. El hambre se hizo invencible. Los alimentos le sabían a cenizas. Solamente los susurros de la biblioteca, sólo las palabras torcidas de los manuscritos y los textos sobre Y’golonac, el dios sin cabeza y sin boca, lograban aplacar el abismo que sentía en su pecho.
Pero, como todos los abismos, este pedía sacrificios. La primera desaparición fue la de Alexander, el archivista encargado de la sala de encuadernados raros. Nadie lo buscó con empeño; muchos suponían que había recaído en el opio. Pero Marcus supo que algo más siniestro se cocía en los sótanos, porque las noches siguientes oyó pasos descalzos, jadeos amortiguados por las cortinas y, alguna vez, llantos de piedad ahogados por el sonido de labios sorbiendo.
Dejó de intentar dormir. Su vigilia lo llevó a explorar estancias selladas, buscar en registros oscuros; todo llevaba al mismo patrón: Blackwood era un nudo en el tapiz de la realidad, un intersticio sobre el que Yog-Sothoth refulgía como una constelación de formas y bocas, bocas que podían abrirse en cualquier superficie: un vientre, una axila, la comisura de una herida, el límite entre cuerda y cuello.
Las noches ardían en fiebre. Se atrevió a regresar a la sala oculta, pero encontró la puerta ahora tapiada, como si la madera hubiera supurado y endurecido para sellar la entrada. Desesperado, Marcus recorrió los pasillos, arañando paredes, buscando fisuras, mientras un clamor interno le susurraba instrucción tras instrucción: “Debes ser la puerta. Debes ser el umbral”. Su lengua adquiría peso y en sus encías latía el deseo por pronunciar palabras demasiado antiguas para la garganta humana.
En la última noche del equinoccio, Marcus comprendió que no podía escapar. Algo dentro de él deseaba más que la simple comida, más que amor carnal o contacto humano. Quería abrirse, desvelar sus propias aberturas. Sobre su pecho, a la altura del esternón, notó una línea abultada, pero no era un tumor, sino el indicio de un bostezo que su propio cuerpo le obligaba a tolerar.
El pueblo despertó con el hallazgo de los niños que jugaban detrás de la iglesia vieja. Habían abierto el sótano prohibido, y ahí, entre la madera podrida, yacía Marcus Laine, expulsado por la obscenidad de una grieta que recorría su torso, del mentón al ombligo, fruncida y labiada como una sonrisa obscena. Los labios palpitaban aun después de muerto y en la cavidad de esa boca imposible se oía todavía, cuando anochecía, el susurro: “Nunca cierres los ojos ante las puertas”.
Los niños no soportaron la visión más de unos segundos. Sabían lo que los adultos no recordaban: que en Blackwood, la tierra no sólo se abre para los muertos, sino para los apetitos que persisten más allá de la razón. Y cuando los forenses, la policía y algún cura tembloroso intentaron sellar el sótano para siempre, las paredes supuraron humedad y desde la boca de Marcus surgió una risita apenas humana.
Ciertos hombres regresan a la memoria del pueblo. Otros se convierten en la puerta por la que nunca debes cerrar los ojos. Laine se convirtió en ambos, para horror de todos los que aun escuchan el viento gimiendo en las ventanas de Blackwood, portador de secretos carentes de garganta, pero rebosantes de bocas hambrientas y ansias de ser cruzados.
Sea aquí la advertencia. No cierres los ojos ante las puertas. Porque hay cultos que nunca mueren, ni aunque la carne que los porta sea devorada desde dentro.
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