Portada del relato El Guardián en la Linde
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Fragmento:


El desayuno transcurrió entre titubeos y el habitual silencio de la servidumbre. Julian, con expresión intensificada por ojeras, me condujo finalmente, presa de entusiasmo contenido, hacia la biblioteca. Cerró la puerta con llave, extrajo de un escondrijo un grueso paquete envuelto en lienzo y me mostró el primer volumen, atado con cuero marrón claro: era una copia deformada, como de pesadilla, de las “Matemáticas Secretas de la Hermandad del Alba”, libro prohibido según los registros de Miskatonic College.

Duración: 10:52

El Guardián en la Linde
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Texto de ajuste de pausa.

Me llamo Edgar Binbridge, y aunque soy hombre de ciencia, confieso que redacto este testimonio fatigado por vigilias imposibles y con el pulso agitado por terrores que ni la razón ni el insomnio han logrado disipar. Si usted, lector responsable y avezado –incluso con formación académica similar a la mía, en matemáticas o física teórica– descubre en este relato meras fabulaciones producto de un estado de mente abrumado y subconsciente desbocado, le ruego no me juzgue de modo áspero. Mi especial maldición es, precisamente, que sé que todo cuanto aquí se relata es verdadero.

Menciono la palabra “maldición” porque fue una elección –ahora lo sé– aceptar aquella invitación de mi tío abuelo, Julian Norbridge, para visitarle en la apartada mansión de Arkham, donde aún se alza, asediada por el musgo y el silencio, la casa levantada por los Binbridge en 1779. Julian era, pese a su excentricidad, un eminente estudioso de álgebra n-dimensional y lógica simbólica. Yo le admiraba, y cuando a principios del pasado otoño recibí su telegrama, poco imaginaba el horror que se agazapaba tras sus palabras inocentes.

El trayecto desde Boston fue, como suelen ser los viajes a Arkham, monótono y flanqueado por una sucesión de páramos, colinas asilvestradas y decrépitas granjas. El aire otoñal poseía ya la gravedad fría del arrullo de la muerte, y la bruma parecía querer impedir el avance de los sentidos. Mientras cruzaba el portón orlado de líquenes, tuve la seguridad –ya entonces una primera y vaga opresión de presagio– de que la casa aguardaba, como si fuera un organismo hambriento.

Fui recibido por el propio Julian, un hombre delgado y de rostro que se había tornado aún más anguloso con los años, de expresión que era llamativamente perspicaz y, a ratos, ausente. Me abrazó con una calidez inusual y, tras depositar mi equipaje, me condujo flanqueando corredores tapizados de viejos retratos cuyos ojos parecían fijos en un secreto intemporal.

“No te sorprendas, Edgar, si oyes ruidos durante la noche”, me dijo esa misma velada mientras cenábamos. “Esta casa está demasiado cerca de ciertas cosas”.

Pensé que se refería a pactos con la naturaleza degenerada de la región, extrañas corrientes de aire, ecos sobre el Miskatonic. Habló largamente sobre su última obsesión: ecuaciones que no sólo describían, sino que conectaban, los espacios tangentes del continuo y los ‘puntos de acceso’ –como él los llamaba– escondidos en la topografía del universo. Habló del espacio-temporal, de pliegues y bifurcaciones, pero pronto advirtió en mi rostro un atisbo de inquietud y soslayó detalles, prometiendo mostrarme algo “decisivo” la noche siguiente.

Esa madrugada, en mi cuarto, los recuerdos se presentaban deformados, sombras reptaban nerviosas bajo la puerta y sentí, sin causa, un calor súbito, como si los tabiques sudaran.

Fui despertado –lo supe sólo después– por un zumbido que parecía proceder de detrás de los muros. Un zumbido que era, más bien, la impresión interna de un enjambre de pensamientos superpuestos. Dormité apenas, y entre corchetes de desvelo noté algo extraño: una especie de murmullo ubicuo, como el rumor de una corriente líquida invisible en el corazón mismo de la mansión.

El desayuno transcurrió entre titubeos y el habitual silencio de la servidumbre. Julian, con expresión intensificada por ojeras, me condujo finalmente, presa de entusiasmo contenido, hacia la biblioteca. Cerró la puerta con llave, extrajo de un escondrijo un grueso paquete envuelto en lienzo y me mostró el primer volumen, atado con cuero marrón claro: era una copia deformada, como de pesadilla, de las “Matemáticas Secretas de la Hermandad del Alba”, libro prohibido según los registros de Miskatonic College.

“Lo he descifrado, Edgar. O, al menos, eso creo. Encuentra aquí: la multiplicidad babélica de dimensiones y soluciones, ecuaciones que no sólo muestran sino abren los caminos, a condición de pronunciar ciertas fórmulas que resuelven–y trastornan–las propias raíces del tiempo y el espacio”.

Como académico, no pude evitar sentirme fascinado. Pasamos horas garabateando diagramas, anotaciones oscuras con símbolos no euclidianos. Yo estaba prevenido de las consecuencias, pues Julian mencionaba a menudo nombres y conceptos que resonaron sibilinamente en la mitología de los círculos ocultistas: “Yog-Sothoth... el Todo-en-Uno, la Llave y el Portal... Aquí, Edgar, está la frontera; si cruzamos, no hay vuelta”.

El atardecer caía y la atmósfera se volvía densa, las lámparas de gas parecían distorsionar la habitación, haciéndola más profunda y alargada. Julian insistió: “Ahora, Edgar. Contigo la ecuación es completa. Eres el último heredero del linaje y el símbolo final”.

Me condujo a una habitación secreta, oculta tras falsos anaqueles. Allí, entre veladas estanterías y rollos de papiro negro, había un trazado en el suelo, un dibujo insólitamente preciso de líneas que se anudaban en símbolos que evito describir. Me colocó en el centro, mientras él se movía en círculos, entonando frases en idiomas desconocidos.

Al principio, sólo se sintió una vibración sutil, casi placentera. Pero pronto el aire se volvió pastoso, la habitación reculó visualmente como succionada hacia un punto imaginario y los sonidos humanos dejaron de tener sentido. Vi que la geometría del cuarto se alteraba. Líneas rectas parecían curvarse y divisiones sólidas se hacían maleables, como si respondieran a voluntades extrahumanas.

Súbitamente, escuché, o más bien sentí, una voz, de resonancia inmensa y ajena a toda garganta material. Cada uno de sus ecos parecía bifurcarse, multiplicarse, hasta retorcer mi percepción:

—La llave se gira. El umbral responde. ¿Serás testigo o esclavo?

Por un segundo fui presa de una percepción vertiginosa, una integración en todas direcciones y sentidos. Vi –aunque mis ojos estaban cerrados– duetos de seres sin forma, torres que ascendían y descendían a través de un espacio sin frontera. Una miríada de portales translúcidos entrelazando realidades tan vigorosamente que una simple elección podía destruir o salvar... no sólo mi ser, sino mi especie.

Julian gritó en un idioma fracturado. Yo sentí que cada uno de mis átomos era llamado por su nombre verdadero, que toda mi genealogía era leída en voz alta ante la corte de una divinidad mercurial e infinita. Vi líneas de tiempo naciendo y marchitándose en un solo parpadeo. Algo, allá afuera –o adentro–, empezó a filtrar su conciencia en la mía.

Tuve, entonces, una visión de los Antiguos, seres colosales y etéreos, orlados de bioluminiscencias palpitantes y tentáculos no físicos. “Yog-Sothoth”, musitó mi tío en un susurro de súplica. El nombre flotó, vibró, se convirtió en un campo magnético que estiró y desgarró la realidad.

Yo, incapaz de moverme, observé cómo Julian se hundía de rodillas, sangrando por los oídos, la boca articulando sílabas opalescentes. Los muros desaparecieron. Me encontré de pie sobre un paño de sombras y espejos, y ante mí apareció, brevísimamente, la forma nodular de aquel que es Llave y Puerta. El Horror me miró, no con ojos, sino con un ensamblaje de pensamientos y memorias.

Sentí que la sustancia misma de la identidad humana era trivial ante tal entidad. Mi cerebro oscilaba entre la anulación y la histeria, y supe –con absoluta y agónica claridad– que Yog-Sothoth ve todos los tiempos y lugares a la vez, que soy una nota en su sinfonía, deshecha y reconstruida según su voluntad.

El horror, entonces, fue más que miedo: fue reconocimiento. Supe que la humanidad no es sino un microbio en la epidermis de algo vasto y calculador, que nuestra razón y ciencia son sólo juguetes conceptuales en la mente de un dios-matemático. El horror vino de saber que algo insondable y frío había reparado en mí, y que había dejado su marca.

Guiado por un impulso ajeno a mí, atisbé uno de los portales. Vi universos abortados, geometrías impías, razas distintas y el mismo horror mirando de vuelta, cada uno soñando con Yog-Sothoth, preguntándose si existe la piedad entre las funciones inhumanas del cosmos. Entendí que la compasión es ajena a esa lógica. El miedo se mezcló con un anhelo de rendición.

Escuché, surgiendo de todos los vértices del no-espacio, esa voz otra vez:

—NADA SE OLVIDA. NADA SE PIERDE. ¿DÓNDE ESTÁ TU QUIETUD, PORTADOR DEL NUDO?

Desperté arrojado sobre el suelo frío, mi boca llena de sangre, la cabeza de Julian caída sobre el pecho, la piel de su rostro implosionada en un grito sin fin. Los símbolos se habían desvanecido. Los anaqueles de la estancia secreta rezumaban moho, y la casa entera vibraba como si hubiera contenido un terremoto silencioso.

Arrastré el cuerpo inerte de Julian fuera de la habitación y volví a mi cuarto, temblando, lleno de culpa y humillado. Los sirvientes, inexplicablemente, no se acercaron –nuestro horror debió impregnar los muros. Pasaron las horas y el ocaso asfixió sus colores. La noche siguiente fue una pesadilla de murmuros y ecos de puertas abriéndose donde sólo debería haber pared.

Fue entonces cuando empecé a perder la certeza de mi individualidad. A veces, al mirar mi rostro en el espejo, juraría ver fragmentos de aquello que no puede verse. Los sueños se llenaron de puertas transparentes, campos de colores que el ojo humano no percibe. Nombres que nunca había aprendido se asomaban a mi lengua dormida. La vida diaria devenía una mascarada patética, sostenida con los hilos flojos de una mente siempre a punto de ser rasgada.

No mucho después, oculté el cadáver en el bosque. No podía explicar su muerte. La mansión fue vendida. Volví a Boston y dediqué mis días al trabajo mundano, pero en cada ecuación que resuelvo, en cada demostración matemática, descubro la sombra de un orden que no desea ser comprendido.

Ahora, no puedo hablar en voz alta de las cosas que he visto y oído. Pero hay noches –sobre todo cuando el viento silba con notas no registradas por el oído humano– en que siento que una mirada vasta y plural se posa sobre mi ser. Y sé que el horror al que fui expuesto no puede dejar de existir una vez revelado: Yog-Sothoth está en todos los sitios, siempre presente, la Llave y el Guardián, y una vez cruzado el umbral ya no hay refugio. Sólo queda temblar ante la eternidad herida y las ecuaciones que resuelven nuestro destino en la indiferencia final de lo absoluto.

Si alguien lee esto, aconsejo: no busque. No resuelva. La curiosidad es la más dulce y letal de las maldiciones, y sus puertas abren únicamente hacia el horror.

FIN

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