Portada del relato La Puerta de la Conciencia
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


“No leer en voz alta. De ningún modo. Ni siquiera para comprobar la pronunciación.”

Duración: 10:33

La Puerta de la Conciencia
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

La noche se había abierto como una herida negra sobre la Biblioteca General de Santa Lucía. Bajo la luz mortecina de una farola coja, el doctor Fernando Helguera paseó una última mirada hacia la ribera desierta donde el Ebro, apenas visible, corría como una vena de tinta. Debería haberse marchado horas antes, pues el director había insistido en que el edificio debía desalojarse antes de medianoche debido a extraños robos recientes, pero Helguera no podía dejar el manuscrito. Había algo en ese grueso volumen encuadernado en cuero ajado y casi exangüe que le servía de refugio y tormento. Los filamentos dorados de las letras góticas brillaban, inexplicablemente, cuando los dedos sudorosos del doctor rozaban la portada: “Liber de Architectura Multidimensionalis”.

Sentado entre los anaqueles de la sala de manuscritos, bajo la bóveda gótica tiznada de polvo, Helguera se arriesgó a abrir una taza de café furtivo. Afuera, el reloj de la catedral marcó la media noche. Ni siquiera el murmullo lejano y aterrador de algún roedor, o las idas y venidas de las corrientes, lograban romper el silencio expectante que llenaba los pasillos de piedra. El profesor se inclinó a estudiar el índice del libro. Las primeras páginas estaban escritas en latín, pero pronto aparecieron manchas de simbología imposible, diagramas que semejaban estrellas encerradas en curvas obsesivas, y láminas llenas de símbolos cuyo sentido eludía toda lógica.

En una esquina, una notación a lápiz en español parecía haber sido escrita apresuradamente por algún erudito desesperado:

“No leer en voz alta. De ningún modo. Ni siquiera para comprobar la pronunciación.”

Helguera rió nerviosamente. Ya en su carrera había leído advertencias semejantes en otros grimorios, todos ellos fruto de la superstición y la credulidad medieval. Se apartó el sudor de la frente y estudió un apartado que le inquietaba particularmente: “Sobre la Puerta de Yog-Sothoth”. Debajo, una serie de versos ilegibles llenaban el margen.

Fue entonces, justo en el momento en que su mente estaba absorta entre fórmulas y dibujos, que Helguera percibió el leve, muy tenue, rumor de algo que se arrastraba tras las paredes del archivo. Pensó primero en tuberías, en los propios ratones. Pero el sonido, un susurro de fricción y viscosidad, subía y bajaba acompasado, como si varios seres rodaran por corredores que solo existían en la dirección equivocada. Helguera se removió incómodo, pero la fascinación era más fuerte.

Sin querer —tal vez deseando, en secreto, sentir la emoción de lo prohibido—, Helguera murmuró los primeros versos escritos en la notación marginal, pronunciando sílabas imposibles, abiertas y chirriantes, carcomidas por la sal y la disidencia de lenguas muertas. El aire en el aposento pareció tornarse, súbitamente, denso y otoñal. Por las juntas de las piedras goteó una humedad oscura, un vapor aceite que olía a podrido y dulzón a la vez.

El sonido de movimiento tras las paredes subió de volumen. Y en ese instante, la sala de manuscritos dejó de pertenecer al mundo. La lámpara parpadeó. Por una fracción de segundo, Helguera sintió el doblez de la realidad: los estantes se curvaban y latían, como costillas oxidadas, y las palabras de las cubiertas mutaban ante sus ojos —eran ideogramas vivos, membranas de algo que vibraba, observando desde el otro lado del espacio y la cordura.

No podía levantarse. Sus propias piernas se sentían clavadas al suelo. La voz que salía ahora de su garganta ya no era suya, sino el eco de algo más complejo, atávico, hondo e irremediablemente extraño. Los versos fluían arrastrando pensamientos ajenos a la historia humana, recordando los eones de un tiempo allá donde ni los dioses han nacido, y donde el amor y la muerte son errores idiotas de la biología.

Entonces vio la Puerta.

No era exactamente visible. Era poroso el aire que la ocultaba, como una sábana mojada sobre un cuerpo inmenso e imposible de entender. En medio de la sala de manuscritos, justo entre los anaqueles, surgió una mancha temblorosa, una grieta vertical de vislumbres reverberantes. Desde el otro lado llegaban ecos de campanas que Nadie había forjado, aromas de universos sin luz y, en lo más hondo, el inconfundible rumor de algo que deseaba salir.

Helguera retrocedió, y fue entonces cuando las lámparas se apagaron del todo. Un haz de luz sulfúrea brotó del libro abierto, y los versos susurrados por su propia voz se amplificaron hasta convertirse en un cántico que ya no podía detener. La Puerta ardía con una lumbre de apocalipsis. A través de su superficie ciega, el catedrático atisbó un palpitante horror: una infinitud de órbitas acechantes, tentáculos de pensamiento que no eran carne ni nervio, sino algo antiguo que tejía las bases del tiempo y el espacio. Escuchó entonces un nombre, dicho no con sonidos sino con la resonancia de fuerzas primordiales: Yog-Sothoth.

Al instante, la realidad se disolvió en fragmentos. Todo lo sabido, el río, la bóveda, los muros, la lógica de la piedra, fue succionado hacia una oscuridad no de muerte, sino de exceso de posibilidad. La mente de Helguera quedó suspendida en lo indecible: flotó sin conciencia en una nada repleta de escenas fugaces —mundos anegados de bestias de cien ojos; ciudades de ángulos invertidos que colgaban en el vacío más allá del tiempo; procesiones de criaturas vestidas con ropajes de historia, cuyas bocas exudaban palabras que se comían la memoria.

Trató de gritar, pero su cuerpo y su voz estaban repartidos entre infinitos planos. Parte de su conciencia vagó por una espiral de años imposibles, en la que fue un reo de inquisición, un niño jugando entre cenizas y, por un instante, una chispa de gozo puro. Pero el resto —su yo verdadero— quedó atrapado frente a la Puerta, observando cómo algo gigante rozaba el umbral desde fuera, moldeando el tiempo en geometrías de horror.

La Biblioteca misma era ahora un esqueleto desprovisto de pasado. Los libros gemían —literalmente— cuando los títulos saltaron como insectos de las portadas; los cuadros colgados metamorfosearon en espejos ciegos que devolvían imágenes de cuchillas y ceniza. Un corro de sombras bailó en torno a la grieta, y Helguera comprendió —antes de contemplarlo con plena lucidez y horror— que cada uno de esos entes era un fragmento de sí mismo: cada error, cada duda, cada pesadilla enterrada en su infancia.

El terror paralizó el tiempo.

Lo siguiente fue incomprensible, y sólo el recuerdo de un leve roce frío sobre la mejilla le permitió conservar un atisbo de identidad. La voz del propio Yog-Sothoth —si se la podía llamar así, pues era como un cántico de relojes fundidos y plegarias pronunciadas al revés— llenó el vacío con una pregunta que no era pregunta, sino certeza: “¿Quieres ver todo? ¿Quieres ser todo?”.

Helguera comprendió lo que estaba en juego. Si respondía, si asentía siquiera con un resquicio de deseo, el conocimiento lo consumiría. Imaginar todos los sucesos posibles, cada destino, cada muerte (y cada resurrección), era convertirse en la Puerta misma. Resistió. Luchó contra la tentación de saberlo todo, de saberse a sí mismo origen y final de todos los caminos. Pero la fuerza era mucha, y los recuerdos mismos eran absorbidos como rescoldos en la marea de la apertura.

Solo el murmullo, ahora indistinguible con el temblor de la linterna —que por milagro permanecía encendida en el fondo de la sala— logró distraerlo. Fernando se aferró a un pensamiento, a una imagen: el rostro de su hija, la última vez que la vio durmiendo, envuelta en una luz dorada de invierno. Esto fue suficiente, por un segundo, para romper el contacto. El horror chilló, replegándose como una serpiente enfurecida.

De pronto, Helguera despertó, jadeante, en su silla. El libro seguía abierto frente a él, pero la sala parecía normal. Nada sugería la presencia de la grieta ominosa. El reloj de la catedral marcaba las tres de la mañana. Las lámparas volvían a funcionar; las estanterías, a pesar del polvo, no tenían apariencia de huesos.

Pero había cambiado algo fundamental. En la palma de su mano derecha, tatuado en la piel, un círculo de símbolos imposibles resplandecía bajo la luz de la linterna. Cada vez que la miraba, el terror le recorría la espina dorsal. Helguera supo, sin sombra de duda, que la Puerta seguiría allí. No podía recordar del todo lo sucedido, pero cada vez que cerraba los ojos, un rumor de campanas se oía a lo lejos, y el suelo bajo sus pies parecía templarse con un pulso ajeno al mundo.

Volvió a su casa, presa de fiebre y agotamiento. Despertó varias veces esa noche, sobresaltado, empapado en sudor, imaginando sombras que reptaban bajo la puerta. La vida volvió a su ritmo habitual. Nadie notó nada, salvo el temblor en su voz, sus respuestas evasivas cuando algún alumno se acercaba demasiado a su escritorio en la Facultad. Pero el doctor Helguera sabía la verdad: el conocimiento tiene un precio. La Puerta existe porque hay quien desea abrirla, y cada vez que un mortal asoma la mirada a las regiones innombrables del tiempo y el ser, Yog-Sothoth observa con interés puro y desprovisto de piedad.

Un mes después, descubrieron el cadáver de un vigilante en la Biblioteca. Nadie supo explicar la expresión de horror absoluto congelada en su rostro, ni el círculo de símbolos arcaicos grabados en su pecho.

Helguera dejó de dormir. Cada noche, la misma visión acudía: Yog-Sothoth, el Guardián de los umbrales, el que es a la vez puerta y llave, le invitaba con miles de voces a atreverse, a contemplar lo que ningún hombre debería soñar. Sabía, en lo más profundo de su alma —si es que el concepto de alma podía sobrevivir al roce de tales abismos—, que habría otras grietas, otras bibliotecas, otras víctimas incuriosamente humanas del más remoto de los dioses exteriores. Y que él, aunque receloso, era ya una más de las voces que desde el otro lado susurran a los vivos, animándoles a leer en voz alta las palabras nunca pronunciadas.

Y sin embargo, una vez —solo una—, Helguera sintió gratitud: cuando el universo se presentaba bajo su mirada, abismal y monstruoso, era capaz de comprender su insignificancia. No había consuelo. Sólo el horror y la verdad incompleta de que Yog-Sothoth era el todo, que la única puerta verdadera es la conciencia, y que, en el fondo, siempre ha estado abierta.

Copyrights © 2025 Mitosaudio.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.