Portada del relato El umbral de la sin-luz
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Fragmento:


Toda mi vida quise exorcizar el espanto con palabras, repeliendo la invasión de aquellas cosas que se ciernen en los rincones donde ni la razón ni el corazón alcanzan. Sin embargo, jamás supuse que sería en la gran meseta antártica donde encontraría la más inmisericorde confirmación de lo innombrable, y menos aún que me vería obligado a narrarlo, por vana que sea la esperanza de que alguien, alguna vez, comprenda lo que he descargado sobre este papel. Esta es una confesión forzada por pesadillas –porque, aunque mis compañeros y yo escapamos a duras penas con nuestras vidas y parte de nuestras mentes intactas, nada puede realmente salvarnos de la prolongada garra de lo inefable que rozamos en la nieve perpetua.

Duración: 08:37

El umbral de la sin-luz
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

Toda mi vida quise exorcizar el espanto con palabras, repeliendo la invasión de aquellas cosas que se ciernen en los rincones donde ni la razón ni el corazón alcanzan. Sin embargo, jamás supuse que sería en la gran meseta antártica donde encontraría la más inmisericorde confirmación de lo innombrable, y menos aún que me vería obligado a narrarlo, por vana que sea la esperanza de que alguien, alguna vez, comprenda lo que he descargado sobre este papel. Esta es una confesión forzada por pesadillas –porque, aunque mis compañeros y yo escapamos a duras penas con nuestras vidas y parte de nuestras mentes intactas, nada puede realmente salvarnos de la prolongada garra de lo inefable que rozamos en la nieve perpetua.

La expedición partió de Arkham en 1931, bajo el patrocinio del infame Miskatonic. Era mi segunda visita a la Antártida, pero la primera bajo los auspicios opulentos de la universidad, cuyos archivos atesoran custodios más antiguos y peligrosos que sus propios bibliotecarios. Fui convocado para analizar muestras de roca extremadamente anómalas recogidas de un cueva en la Dorsal de la Reina Maud, no lejos de aquellas siniestras Montañas de la Locura mencionadas en rumores prohibidos. El informe de Lake, esos testimonios prohibidos apenas estampados en mimeógrafo y trasmitidos en susurros secos en las aulas, merodeaba insidioso en mis pensamientos.

La aeronave Trident aterrizó sobre una llanura repleta de tentáculos glaciares que se curvaban hacia arriba como columnas de un teatro petrificado. Éramos siete: Dyer, de arqueología, consagrado a su escepticismo acerado; Spelman, físico de mirada perdida; el botánico Allen, con temblores en los párpados; y tres operarios cuyo nerviosismo solo era superado por su ignorancia. Al principio, los días transcurrieron en la ciega rutina de la investigación: extraíamos muestras, acampábamos en las faldas de lo que Dyer denominó con sorna “el coliseo de los dioses caídos”. Sin embargo, pronto la cordura empezó su deserción lenta, al compás de fenómenos cada vez más desconcertantes: ecos imposibles, destellos de luz púrpura en la blanca noche, grietas que se abrían y cerraban como labios gigantes pidiendo un susurro.

Fue durante el tercer día cuando tropezamos con la entrada a lo que llamaré, con náusea y temor, “la Cámara del Prisma”. La oquedad se abría en un declive, camuflada entre pliegues de hielo rugoso cuya textura no podía ser producto de la erosión natural. Descendimos los siete, impulsados por esa ceguera altiva de los hombres que creen que el mundo está ahí, dispuesto a ser desnudado.

La cámara tenía la forma de un hexágono irregular, pero ninguna arista consistía en piedra común. Eran planos cortados en ángulos imposibles para toda geometría terrestre, reverberando bajo una luz que no proyectaba sombra. En el centro, un prisma flotante compuesto de lo que parecía ser una amalgama de cristal, sangre coagulada y algo más, palpitaba al ritmo de nuestro miedo. Cuando me acerqué, la materia pareció responder –vibró como un corazón cósmico mientras retazos de pensamiento, palabras en dialectos sin nombre y ecuaciones que nunca aprendí, se colaron en mi mente. Fue Allen quien, incapaz de resistir la presión, intentó tocar el prisma. Gritó, pero su boca se curvó, como si fuera jalada por una fuerza de otra dimensión. Su cuerpo fue absorbido, estirado, desintegrado en filamentos que bailaron en espiral antes de ser tragados por la vorágine cristalina.

La huida fue instintiva y torpe. Entre gritos y caídas, trepamos de vuelta a la boca de la caverna, la cual, para nuestro horror, ahora parecía haber cambiado de ubicación, o peor aún, de forma. Las dimensiones internas distorsionadas producían vértigo y desesperación; lo que en apariencia era una escalera de dos metros, se extendió ante nosotros en una vorágine que ni la vista ni el tiempo podían medir.

Al tercero de mis compañeros –Spelman– lo perdí arrebatado por una hendidura surgida del suelo bajo sus pies, de la cual brotó una ráfaga de aire frío, saturado de gritos lejanos, y el tenue aroma a ozono mezclado con algo putrefacto. No volvimos a saber de él; pensaba en si su consciencia habría sido vendida fragmentariamente a las cosas que anidan en los intersticios de la realidad.

Al recobrar fuerzas, Dyer propuso avanzar hacia una sección de la galería adornada con relieves, cuyos símbolos recordaban vagamente a los alfabeto de los Primordiales, descritos en las tablillas de Pnakotus. Con manos temblorosas, froté una de las piedras: sentí una pulsión brutal, como si la materia allí grabada latiera con las memorias de otra especie, en otro eón. Los relieves mostraban una figura esferoidal, radiante y monstruosa, bajo un arco repleto de estrellas: Yog-Sothoth, el que mora en los umbrales, la Puerta y la Llave a la vez. Era una revelación explícita: estábamos en territorio consagrado a una inteligencia infinitamente ajena y anterior, vigilando nuestras torpes incursiones como un químico observaría a una bacteria bajo el microscopio.

Unos pasos más adelante, la galería se abría hacia una estancia circular, mucho más vasta que la cámara inicial. En su centro, la materia misma vacilaba y se fragmentaba en fractales imposibles, abriéndose un panorama hacia un pozo de negrura donde el tiempo parecía fallar. Al asomarnos, cada uno de nosotros balbuceó palabras incoherentes; la mía era un rezo invertido, súplicas deshilachadas a deidades cuya indiferencia era absoluta. Era como si contempláramos el mecanismo interno de la realidad, sus engranajes y fluidos hilándose y desenlazándose sobre la ceguera de mortales.

Fue ahí donde la locura –no, la conciencia de nuestra insignificancia– se impuso. Los otros dos operarios se desmayaron bajo el peso de las visiones: fragmentos de civilizaciones pasadas, mundos girando alrededor de soles que nunca conoceríamos, y un fractal recurrente: Yog-Sothoth, colosal, informe y sin embargo pulsante. En la estancia, corrientes de energía invisible nos cruzaban el pecho a intervalos, haciendo que las extremidades hormiguearan y que los recuerdos se fragmentaran; parte de mi infancia se desvaneció aquel día, y ya nunca he podido recuperar ciertas memorias.

Dyer cayó de rodillas, musitando fórmulas y nombres tomados de lo profundo de los manuscritos árabes, un palimpsesto oscuro que comenzó a entrelazarse con las paredes. Sentí, en ese horror abisal, la comprensión de que Yog-Sothoth no es solo el guardian del umbral, sino el tejido mismo de toda membrana fronteriza: portal y cerrojo. Las palabras se congelaron en mi lengua, mientras una voz que no era voz, sino un torrente de percepciones integradas, nos ofreció una elección tan simple como imposible de rechazar o comprender: quedarse, y ser absorbido en el circuito interminable de su conciencia; o huir, y ser desgarrados lentamente por el anhelo de lo entrevisto.

No sé cómo volvimos a la boca de la cueva. Recuerdo solo ráfagas de luz fracturada, la nieve quemando nuestros rostros, una naturaleza muda y sin consuelo. Uno de los operarios nunca reapareció; el otro, tras una semana de delirio febril, se arrancó los ojos y murió murmurando sílabas circulares que ninguna lengua humana podría articular. Dyer y yo fuimos rescatados tras días deambulando en círculos alrededor del campamento, con signos de hipotermia y un odio feroz hacia cualquier sonido o color demasiado brillante.

Nada regresó inocente de esa travesía. Desde la Antártida, cada sueño es un regreso a la cámara donde serpentean los ángulos imposibles; cada sombra me susurra la persistencia del prisma, flotando en lo oscuro, esperando que surja otra conciencia humana lo bastante arrogante como para aceptarlo. A veces, cuando la niebla oscurece la noche sobre Arkham, veo destellos de aquel fractal esférico, las esferas, el mar de puertas abiertas en el interior del vacío.

Y sé que Yog-Sothoth no duerme ni se sacia. Que nosotros, los que cruzamos los umbrales aunque solo sea con la mirada, estamos marcados para siempre. Como una grieta en la mente humana, un resplandor asfixiante en la noche absoluta. No hay exorcismo, ni palabra, ni abrazo capaz de devolvernos a la tregua que los ignorantes aún presumen disfrutar. Qué pena por los que no saben: porque cuando llegue la nieve eterna, y los umbrales se abran, ni la cordillera más alta de este mundo servirá de refugio.

Antes, al menos, el terror era solo un nombre grabado en una tablilla fría. Ahora, cuando cierro los ojos, todo lo que queda es el eco del prisma: y late, eternamente, en el centro de cada conciencia que se atreva a mirar.

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