Portada del relato Los ojos en la niebla
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Fragmento:


Atravesó el zaguán y notó que el suelo crujía bajo sus pies, pero no de forma regular. Era como un latido, a veces más fuerte, a veces lento, como si la casa respirara. El hall principal exhibía candelabros arruinados por el óxido, cortinas hechas jirones y fotos en sepia colgando torcidas de las paredes destartaladas. Ningún retrato tenía rostro: o el tiempo los había desvanecido, o alguna mano cuidadosa había eliminado los ojos y bocas de los habitantes antiguos.

Duración: 09:41

Los ojos en la niebla
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Texto de ajuste de pausa.

La bruma de noviembre era tan espesa que la linterna de Frank apenas dibujaba un círculo tembloroso a sus pies. Cada paso se sentía opaco, amortajado por el silencio glacial que pesaba sobre la aldea. Había dejado atrás el último farol de luz eléctrica hacía veinte minutos, convencido de que la carretera antigua sería más corta, aun cuando la señora Dunbar, su vecina, le insistiera que allí se perdían cosas. “Cosas, Frank, no sólo personas. Cosas que laten y miran”, había dicho, con ese tono que flotaba entre la risa nerviosa y el verdadero espanto.

Pero él no creía en cuentos de viejas. No hasta esa noche.

La senda era una cinta serpenteante que se retorcía entre los árboles bajos y nudosos, ocultando raíces como garras. Cierta tristeza pesaba en el aire: las hojas caídas no susurraban bajo sus botas, estaban ya húmedas y macilentas, como si el otoño mismo hubiese muerto ahí. Frank no pensó demasiado en ello; todo lo ocupaba la urgencia de llegar antes de que la tormenta, anunciada en la radio, lo atrapara en medio de la nada. Se ajustó la bufanda bajo la barba y apretó el paso.

El primer síntoma de lo extraño fue el súbito deseo de mirar hacia atrás. Un escalofrío corrió del cuello a la base de su columna. Se detuvo. Sólo la niebla, ciega y espesa, respondía. No había pasos, ni susurros, ni siquiera el crujido regular de las ramas. Sin embargo, en lo profundo de su pecho, algo apretaba: una atención que no era propia. “Malditos nervios”, masculló, y siguió caminando con decisión renovada.

Pero la atención persistía; la sensación de ser observado maduró en una certeza angustiosa. Al doblar una curva, oyó el más leve roce, algo que no era viento, sino la caricia de una tela o el desliz de una extremidad desnuda. Se giró abruptamente, linterna en alto. La niebla formaba columnas irisadas, ondulantes, y nada más. Pero el corazón le galopaba en la garganta; tragó con dificultad.

Volvió a andar, esta vez más despacio, estando seguro de que algo caminaba tras él, siguiendo el ritmo de sus pasos, deteniéndose cuando se detenía, haciendo eco de la vida. Era imposible pero irrefrenable la idea: algo invisible, lo bastante astuto para ocultarse, lo bastante real para impregnarse en la carne.

La tercera curva desembocaba en un claro donde unos álamos famélicos se apiñaban alrededor de una vieja casa olvidada. Frank no la había visto antes, y la casa no figuraba en sus recuerdos aunque uno de sus tíos le habló, de niño, de una mansión abandonada por ahí. Tenía la madera apolillada y las ventanas tapiadas salvo una: la del ático, de donde colgaba, desteñido, un visillo. Era tan improbable su aparición como un espejismo, pero el deseo de protección, de cruzar un umbral, fue más fuerte que la razón. Empujó la verja decrépita y avanzó, el corazón golpeando dentro de su pecho como un animal acorralado.

La puerta no opuso resistencia. El interior olía a polvo y a encierro, a maderas podridas y a tiempo rancio. El haz de la linterna arrancaba destellos de una infinidad de partículas en suspensión, convirtiendo el ambiente en una neblina privada y aún más densa que la de afuera. Frank percibió, flotando, un murmullo débil, como el eco de palabras en un idioma imposible de recordar, acunado en un suspiro largamente contenido.

Atravesó el zaguán y notó que el suelo crujía bajo sus pies, pero no de forma regular. Era como un latido, a veces más fuerte, a veces lento, como si la casa respirara. El hall principal exhibía candelabros arruinados por el óxido, cortinas hechas jirones y fotos en sepia colgando torcidas de las paredes destartaladas. Ningún retrato tenía rostro: o el tiempo los había desvanecido, o alguna mano cuidadosa había eliminado los ojos y bocas de los habitantes antiguos.

Frank sintió la náusea creciendo, una angustia impredecible, pero avanzó. En el comedor, una mesa larga y cubierta por sábanas sucias esperaba, con cubiertos todavía alineados, vasos cubiertos por la pátina de los años y algo más: sobre cada plato, una cuchara. Todas distintas y torcidas, algunas pequeñas como las de un niño, otras grandes, enmohecidas y deformes. Frank pensó en las palabras de la señora Dunbar: “Cosas que laten y miran”, y por un instante le pareció que los cubiertos temblaban, apenas percibible, como si intentaran recordar el tacto de manos olvidadas.

Un escalón crujió a sus espaldas. Se giró, el haz de la linterna atrapando una sombra huidiza al pie de la escalera. Imposible, intentó decir, pero el idioma se le atragantó en la lengua. Quiso salir, renunciar a su necesidad de refugio, pero los pies no le obedecían. La sombra lo invitaba, burlona y frágil, a subir, y Frank, enfermo de terror y fascinación, obedeció.

La escalera subía serpenteando, los peldaños deformes obligando a cuidar el equilibrio. Al llegar arriba, el corredor era un túnel cubierto de moho y polvo, apenas iluminado por el resplandor difuso de la linterna. Al fondo, la puerta del ático estaba entornada. Oía un golpeteo casi imperceptible, el ritmo incierto de algo golpeando suavemente un cristal, como una uña, como un dedo crispado.

Empujó la puerta y la linterna barrió el interior: una habitación triangular, vacía salvo por un ventanuco en cuya repisa, sentada de espaldas, había una figura. Pequeña, encorvada, vestida con andrajos grises y largos cabellos enmarañados colgando hasta el suelo. La piel —lo poco visible— parecía origami de cera, translúcida y filosa. No podía ver el rostro.

Sintió que debía hablar. ¿Por qué? Tal vez la soledad, o la ilusión febril de que, si dialogaba, nada podría hacerle daño.

—¿Está usted bien? —balbuceó.

Silencio. Ni siquiera la respiración. Luego un movimiento, mínimo, y la figura se giró lentamente. Lo que reveló no era una cara, sino una máscara composta de retazos: trozos de piel decolorada unidos burdamente, ojos deformes cosidos en diferente dirección, bocas plegadas y costuras oxidándose con la humedad. No gritó, pero la visión lo desgarró de adentro.

La voz surgió baja, rota como un disco dañado:

—¿Eres tú quien viene cada noche, o eres un eco más?

Frank retrocedió, el sudor helado cubriéndole la frente y las manos. La criatura —pues no podía considerar aquello una persona— se levantó con un movimiento fluido y grotesco. Notó que una de sus piernas era más corta; la arrastraba, dejando un surco invisible en la madera.

—Me has visto, ¿no? —preguntó—. Ahora deberás quedarte, latir conmigo.

La casa entera pareció gemir. Desde el patio, resonaron pasos, muchos, pesados. Frank se asomó desde el ático y vio figuras surgiendo de la niebla, avanzando por el jardín: rostros mutilados, cuerpos embozados que titilaban, translúcidos, a medida que cruzaban el umbral, sin puertas ni ventanas que los detuvieran. Ninguno completo; todos faltos de ojos, o de bocas, o con los gestos congelados en una mueca de horror.

Las paredes vibraban. Los retratos sin rostro se inflaban, como si algo bajo el papel desease salir. La figura que lo había enfrentado en el ático extendió una mano, ganchuda y palpitante, que supuraba en los pliegues del aire rugoso de la habitación.

En un acto desesperado, Frank arrojó la linterna. El haz cayó de forma irregular, reflejándose en la ventana, donde por un segundo vio su propio rostro convulsionado, tironeado, con la boca abierta en un grito silente. Pero no era él, o sí, o era una versión ultrajada y dañada, como si el cristal tuviera memoria de otros gritos.

Los murmullos subieron de tono, palabras antiguas, rechazando el idioma pero abrazando la furia y la soledad. Los cuerpos entraban y comenzaban a girar en un lento baile, cada uno repitiendo su propio final terrible. La figura del ático lo sujetó por los brazos y, al contacto de esa piel imposible, Frank vio todo: a la primera mujer ahogada en la casa; al niño que nunca despertó; a la pareja que, devorada por la locura, se arrancó mutuamente los ojos y luego los sembró bajo los álamos de afuera. El pasado reverberaba en el presente, fragmentado, exigiendo una continuación, una nueva máscara para la soledad interminable.

Cuando el alba se insinuó, la casa ya no estaba. La niebla sólo albergaba un terreno baldío, con álamos desnudos. Los vecinos, al pasar, notaron un bulto en el barro: un abrigo, una cartera y unas botas aún calientes.

Y la señora Dunbar, al cruzar por allí de regreso de la iglesia, creyó escuchar, apenas, una voz en el viento: “Cosas que laten y miran, cosas que esperan…”.

Cuando el sol despuntó por fin, ni el abrigo ni las botas ni la cartera estaban ya. Pero en la antigua carretera, los retratos seguían colgados de ramas invisibles: rostros sin recuerdo, ojos cosidos, bocas selladas. Y, al centro, un nuevo cuadro que lloraba en silencio: el de Frank, mirando hacia el camino con un horror que no se iría nunca, ni siquiera cuando todo hubiera sido olvidado.

Esa noche, nadie se atrevió a caminar por la carretera antigua. Nadie, excepto la Sombra.

Y la Sombra, ahora, tenía un nuevo rostro… para invitar a otros a la Cena de la Secta Gris.

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