Portada del relato La máscara de las Mareas
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Fragmento:


Esa noche, mientras los cangrejos ascendían la roca pulida de la ensenada, Anton Hales oyó la llamada. Tenía poco más de treinta años, y llevaba seis regresando cada primavera a Zyelrath, buscando resolver —o perderse en— lo que los viejos guardaban en la mirada cuando le veían llegar, con libros gastados y mapas rotos, buscando fragmentos de un poema que nadie quería declamar. La aldea, medio aislada del mundo por lengua y resquemor, tenía su propio ritmo y silencio. Solo el faro, ciego desde hacía años, y los callejones embarrados entre colinas marinas parecían vivos bajo el dominio perpetuo de la niebla.

Duración: 09:24

La máscara de las Mareas
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Texto de ajuste de pausa.

No era posible atravesar la accidentada senda de Charvet sin que la bruma marina peinara la piel, fría y grasienta, como una mano ancestral. Si el destino, el instinto o acaso una fatídica curiosidad llevaban a uno más allá de las últimas casas de caoba envueltas en escamas y musgo, entonces la soledad se tornaba absoluta. Por mucho tiempo, la aldea de Zyelrath había perdurado a la umbría de antiguos pactos: se decía que la sangre de los fundadores venía mezclada de puertos lejanos, de tribus costeras —y de algo más, algo arrastrado en noches de pleamar, con el susurro de nombres impronunciables rodando entre las olas.

Esa noche, mientras los cangrejos ascendían la roca pulida de la ensenada, Anton Hales oyó la llamada. Tenía poco más de treinta años, y llevaba seis regresando cada primavera a Zyelrath, buscando resolver —o perderse en— lo que los viejos guardaban en la mirada cuando le veían llegar, con libros gastados y mapas rotos, buscando fragmentos de un poema que nadie quería declamar. La aldea, medio aislada del mundo por lengua y resquemor, tenía su propio ritmo y silencio. Solo el faro, ciego desde hacía años, y los callejones embarrados entre colinas marinas parecían vivos bajo el dominio perpetuo de la niebla.

Anton, obsesionado por un nombre hallado en el diario de su tío —hombre que desapareció tras escribirle que había hallado la “verdadera cuna de nuestro linaje”—, preguntaba por esa cueva costera que llamaban Drolmir, pero siempre obtenía evasivas o risas nerviosas. Sin embargo, un niño, pescador precoz y curioso, le había contado que de noche, desde la punta de la rompiente, podía escucharse un Canto. Un rumor sordo, tan bajo y profundo como las mareas mismas, que parecía fluir de grietas entre las piedras y escurrirse bajo las tablas de las casas en ruinas.

No bien cerró la puerta de la taberna aquella noche, Anton notó un cambio en el pulso mismo de la noche. No era solo el ulular del viento; era algo más grave, más fisiológico, como si en vez de aire respirara agua tibia, y la sangre le latiese en sintonía con el ritmo de un oleaje invisible. Atravesó el pueblo sintiendo cómo los postes de cerámica escondían ojos brillantes; las ventanas perfilaban, a contraluz, siluetas decrépitas y mutiladas, que miraban para otro lado apenas se arriesgaba a levantar la vista.

Bordeó la vieja lonja y llegó al promontorio, donde la roca negruzca se volvía dentada y porosa, exudando el olor de algas podridas y salitre añejo. La bruma era tan espesa allí que todo movimiento parecía ahogado, y Anton creyó ver, por un instante, la sombra de su tío, encorvado y difuso, emergiendo entre los escollos. Pero era solo un banco de neblina que se deshacía en silencio cuando uno intentaba enfocar.

Siguiendo el rumor —ya casi musical, punzante y ausente—, descendió una vereda escarpada, cubierta del limo y la baba de generaciones. Si luchaba por no resbalar, era porque reconocía, en algún rincón recóndito de sí mismo, que lo que buscaba podía no ser humano, ni amable, ni compatible con cordura alguna.

La llamada se intensificó junto al umbral oscuro de Drolmir. Era una grieta entre dos lajas ciclópeas, tapizada de lapas y líquenes, y de pronto le vino el recuerdo: noches de infancia con su madre murmurándole canciones cuyos versos parecían vibrar ahora, a través del aire salado. Ella misma, antes de morir, le advirtió en sueños: “No habites el sueño de los antepasados”.

Pero Anton ya no podía detenerse. Entró.

La oscuridad era total, pero tras pocos pasos notó que no estaba solo. Un resplandor verdoso, impreciso, remontaba desde las profundidades: cientos, miles de motas luminiscentes flotaban en charcos densos, burbujeantes. El aire era espeso y cada inspiración le exigía sumergirse en un sopor antiguo, cada músculo respondía con indolencia, y el pensamiento mismo retrocedía hacia un estado prehumano: recuerdos de frío, de agua, de presión y vértebras nuevas e imposibles rasgaban la superficie de su mente.

Avanzó, primero tembloroso, luego con una extraña determinación. Vio, entre charcos y algas vivas, las huellas bifurcadas de criaturas que nunca pisan la arena, y súbitamente, un hedor dulzón, corrompido y floral, le avisó de la presencia de otros.

Eran figuras —al principio, insinuaciones grotescas entre el vapor y la bioluminiscencia, luego formas más claras, demasiado humanas para ser animales, demasiado antiguas para ser simplemente ancestrales. Sus miembros eran alargados y sus ojos irreales; la boca, ensanchada y sin labios, tarareaba, pero el sonido no era producido por cuerdas vocales, sino por un órgano membranoso justo bajo el pecho: el Canto de Drolmir.

La visión —insoportable por su crudeza y su familiaridad— lo desgarró entre la repugnancia y una vergonzante fascinación. Miró sus propias manos, supurando sudor y escamas recientes. Comprendió que la sangre llamada a esta cueva no era fortuita: el linaje, aquel impuro acervo arcaico del que su madre huyó, había reclamado su precio.

Notó entonces otro movimiento, más sutil, como de un cuerpo más pesado que el agua, surcando un canal lateral, casi invisible en la penumbra.

—Anton…— susurró una voz sorda, empañada por siglos de presión.

Era su tío, pero también era otra cosa: sus ojos, enormes y nacarados, no parpadeaban; la garganta palpitaba con un movimiento propio de un pez, y un collar de conchas, membranas y dientes humanos caía sobre sus hombros. Vestía los andrajos de lo que alguna vez fue lana, ahora pegadas a la piel reluciente y moteada.

—No todos venimos —gorgoteó la criatura, erguiéndose con torpeza sobre unas patas encorvadas—, pero nosotros somos. Lo que el río trae deviene del mar, y lo que el mar regresa, mantiene el pacto.

Quiso responder, negar, correr, pero sus piernas pesaban y el aire era fango. Su tío se aproximó, burbujeando palabras en una lengua atrofiada.

—Te lo advertí, Anton... Nadie escapa —dijo la voz, y ahora sonaba a muchos, muchas bocas, muchos nombres; todas las genealogías marchitas y mezcladas bajo una misma concha.

Las otras figuras avanzaron desde la penumbra, cada cual distinta pero con el mismo desvelo en la mirada: abuelas, tías, bisabuelos tragados durante las tormentas. Los reconocía en vagas facciones, en gestos petrificados por el agua, y todos le hablaban a través de la vibración inhumana que convertía el aire en una sola nota incompleta.

Entonces Anton vio lo imposible: un bajorrelieve tallado en la roca, tan antiguo que el musgo competía con las figuras. Presentaba un ser, mitad humano, mitad algo más: tentáculos ondulantes, una corona de espinas y ojos de párpados dobles. Todas las criaturas rondaban esa imagen, como si el mismísimo corazón de la caverna fuese un altar.

Su tío —o lo que quedaba de él— le señaló un cuenco de piedra, de donde brotaba un líquido irisado, tan denso y tentador como el mismo océano. Anton supo que debía beber, que todos lo habían hecho, que cada generación, tarde o temprano, regresaba a la matriz primigenia, recordando el trueque: pertenecer a la superficie, sí, a cambio de un desposorio con lo subterráneo, lo profundo, lo irreconciliable.

Por un instante, peleó con todas sus fuerzas. Pero la sangre, ese pacto inapelable, rugía más fuerte que la voluntad. Sus recuerdos, de pronto, parecían ajenos, y el miedo daba paso a una resignada ansia por la metamorfosis. Bebió. El sabor era el de todos los mares, todos los tiempos y todas las lágrimas derramadas de las criaturas mitad hombre, mitad otra cosa, que danzan cada equinoccio bajo las mareas más oscuras.

La carne cedió. El aliento se hizo branquia. Los ojos se acostumbraron a otra gama de luz. Y la mente, finalmente libre de los atavismos de la civilización, se sumergió en un océano interno, silencioso y terrible.

Durante una eternidad —o un latido—, Anton se supo uno más del linaje, nadando en la memoria colectiva de quienes, desde la fundación de la aldea, eligieron el pacto. Supo de antiguos naufragios planeados, de voces que arrastraban a extraños hacia la locura, de oraciones pronunciadas en catedrales sumergidas donde el coral atesora secretos de sangre.

Arriba, la niebla persistía. Nadie en Zyelrath osaba ya pronunciar el nombre de Anton. Habían aprendido que ciertos pactos, una vez renovados, exigen olvido y reverencia. Que cada primavera, el rumor de la caverna crece. Y que, desde la dicha impía de las profundidades, aquellos que respondieron al llamado vuelven a veces, arrastrando aún el temblor de las escamas bajo la piel, para velar con ojos perlíferos la supervivencia del linaje.

En la superficie, el mundo sigue ignorando que bajo las casas retorcidas, la marisma y el faro devorado de líquenes, espera la sangre original: la que fluye hacia atrás, la que canta la marea, la que jamás olvida ni perdona.

Y en cada primavera, la bruma sobre el promontorio no se disipa, sino que aguarda. Con hambre, con memoria, con el eco de un nombre que ya no es humano.

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