Fragmento:
En el fondo del pasaje, casi doscientos metros más adentro, una puerta baja y arqueada esperó como un párpado hundido. El dintel estaba tallado en piedra azul, vetas brillando bajo la luz del LED. Jiménez avanzó primero, empujando la puerta, pero sorprendió a todos que esta cediera como si nadie la hubiera tocado en siglos, abriéndose hacia un vacío repugnante y helado.
Duración: 08:41
El primer sonido es siempre el agua. Un chapoteo irregular y húmedo que resuena como latido tras la fachada de la realidad, tímido, familiar y hostil a la vez. Así se extiende cada noche bajo la ciudad, donde los ladrillos se desmoronan y el moho devora el cemento hasta volverlo una cosa blanda que mana olores ácidos. Digo esto porque yo mismo escuché ese sonido, antes de entender lo que acecha allá abajo.
Mi nombre es Rodrigo Morales y fui ingeniero de obras públicas en la mayor parte de mi vida. Nunca tuve imaginación ni particular fe; lo que he visto me lo arrancó todo, como un bisturí de sal. Lo escribo ahora, sentado junto a la mesa de mi apartamento, donde los tubos hacen gemir las paredes y el frío sube del suelo. Creo que los escucho aún. Cuando termine, destruiré este papel. Pero si alguien lo encuentra, que entienda lo que hay bajo nosotros y no haga, jamás, lo que yo hice aquel septiembre.
Había llegado a la ciudad para supervisar las obras del MetroViejo. El alcalde, un hombre fuerte, vulgarmente honrado como las rocas, quería convertir el intrincado laberinto de minas y pasajes olvidados bajo el Barrio de los Olivos en un atractivo turístico: pasajes abovedados, galerías iluminadas, marcas en relieve para el deleite de los curiosos. No parecía mala idea. Tomé planos viejos y modernos, cámaras, lámparas de casco, y salimos cuatro personas: yo, Jiménez (el arquitecto jefe), dos obreros expertos.
En las primeras horas bajamos alegres, entre bromas sobre las ratas y los olores. Las linternas desenredaban oscuridades frescas, mostrando muros de ladrillo, agua estancada, y unos gritos lejanos de niños desde la Plaza. El trabajo técnico era sencillo: mapear, garantizar que las zonas fueran seguras. Había un pasaje que no figuraba en los planos del siglo XX pero sí en algunos anteriores, demasiado profundo para que el Metro lo hubiera tocado. Por pura curiosidad, decidimos explorarlo.
El aire allí era distinto, menos acre, pero más denso. Uno de los obreros—Antonio, creo—dijo que escuchaba voces detrás de las paredes, como un murmullo lejano. Nadie le creyó. Pero todos callamos y oímos, y era cierto: algo a baja frecuencia, como si cientos de bocas repitieran sílabas heladas que no podían ser memoria ni agua. Tal vez fue la fatiga, o la humedad, o los gases vetustos, pero ninguno quiso admitir miedo.
Avanzamos por un tramo de túnel revestido en piedra que no coincidía con ningún estilo reciente. Allí, bajo la pintura negra descascarada, descubrimos relieves que no pertenecían a ningún pueblo conocido. Pude distinguir figuras con menos detalle a medida que se extendían a la derecha: criaturas sin rostro, hombres que parecían difuminarse hacia el suelo, ojos sin párpados que vigilaban luceros caídos entre las hendiduras. Tomé algunas fotos.
En el fondo del pasaje, casi doscientos metros más adentro, una puerta baja y arqueada esperó como un párpado hundido. El dintel estaba tallado en piedra azul, vetas brillando bajo la luz del LED. Jiménez avanzó primero, empujando la puerta, pero sorprendió a todos que esta cediera como si nadie la hubiera tocado en siglos, abriéndose hacia un vacío repugnante y helado.
El descenso fue un disparate. El aire se volvía cada vez más irrespirable, y la única escalera era apenas esculpida en roca viva, tan pulida por la humedad que casi resbalé varias veces. La luz agónica de las linternas parecía doblarse sobre sí misma. A veces me sentí acompañado por otra sombra, pero no quedaba nadie detrás. Cuando por fin tocamos suelo, supimos por la resonancia de la voz que habíamos entrado a un espacio vasto, más allá de lo que los cimientos humanos pueden concebir: el techo era tan alto que la luz se perdía sin mostrar límites.
La piedra allí era blanca y negra, como una piel enferma cuajada de venas. El calor era excesivo; el vapor subía de un pozo central, ocultando en parte algo que podríamos llamar altar, o mesa, o lecho de sacrificios. Los relieves de las paredes estaban casi borrados por la humedad, pero aun así, juraría que algunos pulsaban cuando nadie miraba.
Antonio vomitó. El otro obrero, Delgado, se sentó sobre sus talones a rezar. Jiménez avanzó fascinado, enfocando el altar y tocando la superficie pulida al tiempo que murmuraba sobre la posibilidad de una cultura previa a todo lo que se hubiera descubierto en la península. Fue él quien notó primero el agua: una pequeña corriente salía del pozo, ascendía por la ladera de la piedra y se deslizaba rezumando desde el relieve de uno de los ojos sin párpado.
—¿Escuchan eso?, susurró Antonio. Era el agua, sí. Pero también algo más: el eco de la corriente repitiendo sílabas. Una voz que imitaba nuestras palabras, pero le faltaba la intención humana detrás, como si la roca repitiera por costumbre frases dichas siglos atrás.
Un escalofrío recorrió la sala. El vapor empezó a crecer, y sobre la piedra, gotas de humores viscosos comenzaron a juntarse. Nos miramos. La linterna de Jiménez captó algo moviéndose dentro del pozo: una figura borrosa, translúcida, que se estiraba como una raíz bajo la superficie y tomaba forma de ojos, dientes, bocas.
Salimos corriendo, pero el aire era denso, pesado; sentí algo resbalar sobre mi pierna, frío y tibio a la vez, como la lengua de un animal dormido. Delgado gritaba oraciones que ahora no recuerdo. Antonio jadeaba, presa de pánico. Yo solo pensaba en la superficie, en la luz, en la memoria de los gritos lejanos de los niños en la Plaza.
Una vez fuera del pasaje, nunca encontramos del mismo modo la entrada original. La puerta de piedra azul había desaparecido bajo una costra de roca negra. No supimos si habíamos equivocado el camino o si el túnel en sí había mutado tras nuestra huida, pero juraría—y lo juro por el dolor y por la memoria—que la puerta jamás estuvo allí antes de ese día, ni quedó después. Subimos, en silencio, cubiertos de mugre, y ninguno habló durante tres horas.
En los días posteriores, cada uno de mis compañeros enfermó. Jiménez fue el primero: delirios febriles, aterrorizado ante cualquier charco o temblor. Delgado, luego, desapareció de su dormitorio en el hospital, dejando solo marcas húmedas y una huella gris en las sábanas. Antonio se ahogó en su propio baño, con los pulmones llenos de agua turbia y negra. Yo fui el único que sobrevivió, si es que a esto se puede llamar sobrevivir.
Tras aquello, nada volvió a estar en orden. En las noches escucho correr el agua detrás de las paredes, gotear sobre el techo, replicando mi respiración—más rápida, más agónica cuando me desvelo. El moho sube por los zócalos aunque mi departamento esté en un tercer piso y la humedad nunca fue problema. Y peor, mucho peor, es cuando intento dormir.
En sueños recorren el túnel de mi memoria: las paredes se expanden, las voces resuenan en frecuencias bajas que a veces siento también en el diafragma; mis ojos, en el sueño, no miran desde mi cara, sino desde la piedra, y observo los pasillos y las galerías bajo la ciudad, abarrotados de figuras que se deslizan como aceite entre los recodos, relegadas a la penumbra pero nunca alejadas. Me veo, en la vigilia del sueño, arrodillado ante el altar de piedra, mientras una mano translúcida—demasiado larga, con nudillos múltiples y sin uñas—me toca el corazón y lo enfría.
Sé que si llego a dormirme por completo—si dejo de resistir el sueño más profundo—no volveré a despertar, al menos no aquí. Tal vez despierte bajo la ciudad, junto al pozo, y mis ojos miren desde algún relieve sin párpados, vigilando la corriente de agua negra que bulle en la roca.
La obra en el MetroViejo fue cancelada, oficialmente por motivos presupuestarios. Desde entonces, nadie se aventura más allá de donde el plano muestra la frontera. Oigo que, a veces, algún niño desaparece de la Plaza en la superficie, y que, al poco, una corriente de agua inunda brevemente alguna calle, trayendo con ella un olor imposible a sal y podredumbre, como si la ciudad sangrara por dentro.
No busquen la puerta de piedra azul. No sigan el eco del agua en la noche. Si sienten las voces tras las paredes, no contesten. Y, sobre todo, si descienden demasiado profundo, no miren los ojos esculpidos en la roca; les devolverán la mirada.
Yo los oigo ahora, goteando tras las tuberías, aprendiendo poco a poco el ritmo de mi respiración. Sé que, cuando deje de escribir, me dormiré. Y entonces—ya lo siento, ya lo sé—ya no habrá regreso.
Cuando despierten, si lo hacen, no miren hacia abajo.
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