Portada del relato La boca de la esfinge
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Fragmento:


Nadie en el pueblo olvidaba la noche del Silencio Mayor, cuando las campanas de la iglesia se fundieron, las aves se escondieron y el viento cesó, ahogando por completo hasta los rumores de las ratas. Era tradición, en Berlecombe, referirse a ese episodio sólo bajo el acecho de la borrachera o el brillo apagado de un candil, pues quien lo narraba parecía siempre perder algo: la firmeza del pulso, la salud de la vista o la rectitud de la conciencia. Y así, durante sesenta años, la leyenda se fue apoltronando como un moho ansiando humedad bajo las tablas húmedas de cada cierto galpón. Pero yo, Jonas Edmonds, no nací en Berlecombe. Me enviaron allí en 1949, por castigo, por chismoso y curioso, en parte por deseo malsano de experimentar cosas que mis profesores de filología consideraban mera superstición rural.

Duración: 11:15

La boca de la esfinge
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Texto de ajuste de pausa.

Nadie en el pueblo olvidaba la noche del Silencio Mayor, cuando las campanas de la iglesia se fundieron, las aves se escondieron y el viento cesó, ahogando por completo hasta los rumores de las ratas. Era tradición, en Berlecombe, referirse a ese episodio sólo bajo el acecho de la borrachera o el brillo apagado de un candil, pues quien lo narraba parecía siempre perder algo: la firmeza del pulso, la salud de la vista o la rectitud de la conciencia. Y así, durante sesenta años, la leyenda se fue apoltronando como un moho ansiando humedad bajo las tablas húmedas de cada cierto galpón. Pero yo, Jonas Edmonds, no nací en Berlecombe. Me enviaron allí en 1949, por castigo, por chismoso y curioso, en parte por deseo malsano de experimentar cosas que mis profesores de filología consideraban mera superstición rural.

Apenas llegué –era otoño–, un aroma pestilente de hojas muertas y leche agria se coló en mi casillero. Los niños murmuraban acerca del viejo pozo en las afueras, y los adultos, con falsas sonrisas en las comisuras, preguntaban: "¿Ya vio la boca de la esfinge, profesor?" Yo me reía en secreto. Aristócrata de biblioteca, racionalista armado con tratados de Freud y de Durkheim, me proponía entender y desmontar todos esos fantasmas, lo ignoraba entonces: ciertos fantasmas sólo crecen siendo observados, y la promesa de desvelarlos es como el canto de una sirena para los de mi clase.

La casa que me asignaron aún llevaba, sobre el alféizar, las manchas de alguna antigüedad tenaz: flores secas, retratos marchitos que nadie se atrevía a quemar. Por la noche, oía cosas en el techo bajo y la pared angosta; el rechinar ocasional de la madera traía ecos que recordaban voces amortiguadas entre almohadas, lamentos cosméticos de viejos pecados. Pronto advertí que la verdadera alma de Berlecombe no era su gente, ni su iglesia, sino ese fragmento de piedra veteada, aquel edificio en ruinas –o eso creía– que yacía como un animal dormido más allá del río sin nombre y antes del bosque gris.

Me hablaron de "la boca de la esfinge" un mediodía frío. La señora Paily, anciana de dedos nodosos y sonrisa sin encías, servía sopa de nabo cuando surgió el tema por accidente. Cierta inflexión en mi voz, un giro imprudente: pregunté por el pozo. Ella detuvo la cuchara en el aire y miró a un punto sobre mi hombro, como quien calcula si el alma de uno cabe o no en un costal chico. Dijo, clavando la voz en la sopa: "No es un pozo. Los pozos miran hacia abajo. Esto mira a los lados." Y yo, atrapado en mi propio descrédito, respondí con sorna: "¿Un pozo de ojos inquietos?" Me miró, por fin directamente: "La boca no pregunta. La boca recuerda. Será mejor que no busque respuestas adonde sólo hay recuerdos esperando que los mencionen."

Durante semanas resistí la tentación de visitar el lugar. Y durante semanas, mis sueños se poblaron de susurros interrumpidos, de una gravilla invisible que crujía bajo botas que no eran las mías. Vi, en esas noches, pasillos en espiral bajando bajo tierra, paredes recubiertas de grietas que respiraban y –lo que más miedo me provocaba– puertas que no llevaban a salas, sino a pellejos colgando, membranas abiertas abrazando un vacío abrumador.

No era superstición, me decía. Mi alojamiento estaba mal construido; la humedad, el sonido de la corriente subterránea, la muerte de tanto vecino en guerra, conspiraban juntos para torturar mi duro raciocinio. Pero en el reverso de cada amanecer, sentía un peso nuevo agazapado en el fondo de mi estómago. Finalmente decidí buscar la boca, una tarde en que el sol abandonaba el cielo con una rapidez de animal asustado.

Recorrí el sendero que partía desde la última vivienda hacia el bosque. Cada paso disipaba aún más el rumor de Berlecombe; sólo el murmullo de la brisa y el crujido de mis zapatos sobre la gravilla me acompañaban. El lugar era fácil de hallar: por un claro bajo los olmos, el terreno caía y formaba una especie de boca cavernosa en el suelo, rodeada de piedra negra esmaltada de líquenes pálidos. No era un pozo corriente. La abertura –rectangular– tenía un marco antiguo y sobre la losa principal estaba grabada la figura de una esfinge, pero no la clásica de cabellera estilizada y garras de león, sino una criatura tensada, de boca antinaturalmente ancha y ojos múltiples, de insecto o pesadilla. Al arrodillarme, un soplo de aire cálido exhaló desde la grieta, trayendo un ulular amargo a carne vieja y manzanas podridas.

Regresé a casa esa noche con un dolor de cabeza pegajoso. Sufrí fiebre y alucinaciones: en la penumbra me visitaban ecos de los villancicos del coro, que repentinamente se distorsionaban, mezclando las voces infantiles con chillidos exánimes. Por la mañana, sobre la almohada, hallé polvo negro –de ese mismo color que manchaba la piedra del pozo– y restos de pétalos húmedos que no reconocí.

Decidí investigar en serio. Fui a la biblioteca cerrada que el anterior maestro había dejado, donde los tomos apilados formaban caóticas ciudades de papel. Entre los documentos viejos y polvorientos, encontré cuatro cartas, todas fechadas a fines de 1927, firmadas por un tal Reverend Osgood, al parecer antiguo párroco del pueblo. Redactadas en un inglés tenso, con intercalaciones en latín y griego, relataban sucesos extraños ocurridos cada vez que algún habitante del pueblo se atrevía a "ofrecer prensa en la boca". Ratas y aves morían en masa, la cosecha se marchitaba y los niños enfermaban de un letargo incomprensible. En cada carta se insistía: La boca no debe alimentarse, no debe nombrarse, no debe ser vista, ni siquiera por el rabillo del ojo. "Alimentar la boca", pensé con un escalofrío, evocaba sacrificios antiguos. ¿O tal vez sólo se trataba de ofrendas simbólicas? ¿Era el pueblo el que seguía aferrándose a un tabú que sobrevivía únicamente por ser temido?

Esa noche, volví al pozo. No sé si fue la fiebre, la curiosidad, o cierta nostalgia amarga por sentirme uno entre muchos hombres que transgredieron algún límite. Deslicé una cuerda vieja por el marco y bajé una linterna al interior. El haz danzante iluminó pared tras pared de inscripciones y marcas, pero lo que distinguí, al fondo, fue imposible de registrar con palabras: rostros tallados pero amorfos, una boca mayor perfilada en la roca, y lo peor, ojos, cientos de ojos que reaparecían allí donde antes el haz sólo hallaba piedra lisa.

Me sentí observado, inspeccionado, sopesado. La linterna cayó; sólo atiné a escuchar cómo golpeaba piedras muy, muy abajo, y luego algo la arrastró en la oscuridad: no rechinó ni cayó, simplemente se apagó como si hubiese sido sumergida en un lodo denso. El miedo se alojó en mi garganta y, a duras penas, logré alejarme arrastrado por un instinto animal que no reconocía en mí. Tropecé, sangré la rodilla, y vomité cuatro veces antes de regresar a la aldea.

No puedo decir cuánto tiempo pasé sin dormir. Era observado. En los reflejos de los cristales, en la doblez de cada sombra nacida de la lámpara, notaba esa mirada. El aire de la casa se volvía denso como plomo. Al tercer día, una de las ancianas tocó mi puerta: "Se le ve raro, maestro," musitó. "No se quede mucho. La boca recuerda y luego llama a los de afuera." Intenté sonsacarle más, pero sólo repetía esa fábula sin sentido. Llamada de la boca. Pero esta vez noté que cuando pronunciaba "de afuera", los labios de la mujer vacilaban: no era "alguien forastero", sino "algo exterior", algo del otro lado de la piel de la realidad.

Tentado por la desesperación, visité a la Sra. Paily para confrontarla. La hallé, para mi horror, sentada ante un círculo de sal y huesos de pollo, rodeada de velas negras y susurrando palabras en un dialecto incomprensible. Se detuvo al verme y sus ojos, rojos de tanto llorar o no dormir, se clavaron en los míos. "Usted ya no puede irse. Si lo intenta, la boca lo buscará en sus sueños, y si la boca sueña con usted, es el final." Ella temblaba, el sudor se deslizaba por su frente aterida. Apenas la apreté por los hombros, gritando por respuestas, escupió sangre negra y una retahíla de palabras como maldiciones: "Las puertas fueron abiertas por los antiguos. Ellos sellaron a lo que venía desde abajo. Cada generación se encarga de distraerlo con miedo. A veces, uno nuevo lo sueña y entonces mira arriba. Ahora usted es el que sueña."

Los días siguientes fueron como estar siendo tragado por un fango imposible. Los niños dejaban juguetes rotos en el umbral de mi casa; los adultos cruzaban la mirada y tocaban madera detrás de mi espalda. Al dormir, caía en abismos de silencio solo rotos por un susurro que, gradualmente, fue haciéndose más claro, más familiar. No era un idioma humano, pero lo entendía igual: hambre, recuerdo, repetición. Vi el pozo como un esófago; sentí la memoria de sus víctimas –porque era memoria– atrapada en la roca como insectos en ámbar.

Traté de irme. Caminé hasta la estación un amanecer humeante, cruzando los campos donde las aves levantaban vuelo sólo para estrellarse y morir sin explicación. Pero el tren jamás llegó. Consulté el reloj: la hora se deformaba en mis ojos, los números rotos, los minutos encallando en los mismos segundos. Anduve de vuelta, cansado, apaleado. Al pasar junto a la boca, sentí cómo recibía mi pensamiento y devolvía ecos envueltos en un aliento nauseabundo.

Ya no comía, ya no dormía. Me preguntaba si a eso se refería la Sra. Paily: el cansancio, el hambre, el desapego creciente no eran agotamiento, sino la boca abriéndose en mí. ¿O acaso sólo estaba perdiendo el juicio? Decidí entonces escribir, como defensa, como exorcismo. Estas palabras son mi intento de circunscribir una amenaza cuyo verdadero nombre no puede escribirse con letras humanas.

A veces, si centro la vista en la pared sucia, el yeso se ondula y aparecen grietas que juran formar bocas, ojos, lenguas. Y recuerdo, con un pánico tan frío que no debería pertenecer a la carne, la última frase de la carta de Osgood: "La boca no se contenta con recordar. Todas las bocas recuerdan. Pero algunas, las peores, nunca dejan de tener hambre."

Esta noche, por primera vez, no sueño con Berlecombe. Sueño con galerías interminables y pasillos de polvo, estancias donde la piedra tiene memoria y la memoria se alimenta de las promesas rotas de quienes osaron mirar hacia debajo de la gran boca. Si llegan a leer esto, aléjense de los pozos, no pregunten por esfinges y, sobre todo, nunca miren de frente su reflejo por la noche. Si acaso sienten que algo en la oscuridad respira al compás de su miedo, recuerden que hay bocas que viven de lo que no se nombra. Confíen, por todo lo sagrado, en el silencio. De lo contrario, cuando la boca los llame, ya no despertarán jamás.

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