Portada del relato La sombra sobre la Factoría de Nylar
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Más abajo del nivel de los hornos, tropezó con una estancia circular, cuyas paredes gris oscuro parecían haber sido pulidas por manos no humanas. En el centro, un pozo sin brocal dejaba escapar ráfagas apagadas de aliento que apagaban la llama del farol. Aquella noche fue la primera en que Torkel sintió algo mirándolo desde abajo. Algo expectante, antiguo, sólo insinuado por la negra opacidad de aquel abismo.

Duración: 07:42

La sombra sobre la Factoría de Nylar
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

Las bocas que murmuran en Skarvoon

La fortaleza marmórea y el huésped jadeante

Érase en un rincón desolado del norte de Gorlandia, en la frontera donde los vientos helados de las estepas barren sin compasión los reductos más viejos de la civilización humana, que se encontraba la factoría de la familia Olmakar. Era un edificio anguloso, de pesada piedra gris y maderas ya acarcomidas, con una veintena de hornos apagados y un patio donde el polvo de hierro formaba remolinos lentos. Su heredero, Torkel, lo poseía más por costumbre ancestral que por deseo real. Sus ojos claros recorrían la maquinaria silente con cierta aversión, como si temiera que el lugar recordara los pecados de su linaje.

El último invierno fue particularmente cruel. Torkel recordará siempre aquella noche de niebla y escarcha, cuando los perros dejaron de ladrar y los candelabros se apagaron sin razón aparente. Esa tarde, los obreros hallaron en el sótano una puerta sellada, oculta tras escombros y barriles olvidados. Los tablones podridos cedieron de inmediato al primer golpe de herramienta; el aire que escapó era húmedo, casi aceitoso, y olía a menta muerta y cobre. Torkel, inquieto pero ávido de respuestas, bajó con dos faroles y la pistola antigua de su abuelo.

Más abajo del nivel de los hornos, tropezó con una estancia circular, cuyas paredes gris oscuro parecían haber sido pulidas por manos no humanas. En el centro, un pozo sin brocal dejaba escapar ráfagas apagadas de aliento que apagaban la llama del farol. Aquella noche fue la primera en que Torkel sintió algo mirándolo desde abajo. Algo expectante, antiguo, sólo insinuado por la negra opacidad de aquel abismo.

No pudo dormir. Las horas se sucedieron acompañadas de crujidos, goteos, y la interminable sensación de humedad ascendiendo desde el subsuelo. Soñó con figuras encapuchadas que susurraban en un idioma sin vocales, rodeando el pozo con antorchas invertidas. Soñó con la factoría construida sobre una urbe inmemorial, donde bestias sin rostro reptaban por galerías de roca cinábrica.

Al amanecer, su sombra era más larga de lo habitual. En el espejo, la pátina de mugre parecía moverse como agua bajo su piel. Los obreros evitaron mirarle a los ojos, y sólo su capataz, un tal Vastern, se atrevió a mencionar la puerta sellada, pidiendo —con una voz temblorosa— que la volviera a cerrar. Torkel sonrió con los labios únicamente; tenía la intuición de que nada podría ya impedir el influjo de lo que se escondía en la oscura venas de la factoría.

Días después, cuando el tercer trabajador desapareció cerca del sótano, la excusa general fue el frío y el vodka, pero Torkel sentía lo contrario: el silencio se estaba llenando de murmullos. Los perros morían o huían sin dejar rastro. A veces, incluso el reloj se detenía unos minutos antes del alba, como si el tiempo mismo se encogiera ante una presencia insospechada.

Decidió entonces adentrarse de nuevo en la estancia circular, armado esta vez de linternas eléctricas y una cuerda gruesa. Bajó, solo, y descendió por unos peldaños recién descubiertos, tallados en el hueso de una monstruosa criatura, si su tacto no le engañaba. La escalera giraba en espiral, llevando el aire gélido y corrompido hacia abajo, hacia un sonido de reptación apenas audible, que hacía vibrar el pecho de Torkel con una frecuencia sorda.

La sala al pie de la escalera era vasta, su techo sostenido por columnas estriadas repletas de símbolos angulosos que dolían al mirarlos mucho tiempo. Algo rezumaba desde los relieves, una humedad viscosa, salpicada de incrustaciones turquesa y vetas sangrientas. En medio de la estancia, había un altar compuesto íntegramente de dientes: mandíbula, colmillos humanos y no humanos, engarzados con metales verdosos y una sustancia rosada semejante a la resina fresca.

En aquel altar dormitaba, rítmicamente, algo que sólo podía describirse como una masa: un cuerpo abotargado, tentacular, con bocas donde no debería haberlas, y ojos recubiertos de membranas lechosas. La criatura dormía, aunque el aire se crispaba en su entorno como si la realidad cediera por un instante. Torkel se sintió empujado hacia adelante por un impulso que no era suyo, una mezcla de repulsión y reverencia.

Se inclinó sin poder evitarlo. Un susurro relleno de polvo surgió de las paredes: palabras inentendibles, plagadas de sonidos oscuros. “Zuq... Ka... Mogg...” Sintió su corazón acelerase con un ritmo anómalo, y unos hilos invisibles tironearon de sus pensamientos, llenándolos de imágenes de mares sin viento, astros muertos, y jardines construidos con segmentados filos de obsidiana, donde criaturas insomnes custodiaban la entrada a un reino de locura.

Al masajearse las sienes, Torkel notó que dentro del altar surgía una vibración blanda, como una música detestablemente húmeda. De improviso, el cuerpo-masa sobre el altar abrió uno de sus ojos principales; la pupila reptó en la orbe, clavándose en él con una familiaridad imposible. Entonces, la criatura habló, y aunque la voz era burbujeante y modula como el flujo de la savia, palabras reconocibles escaparon:

“Te esperábamos. Tiempo antes de la piedra, tiempo antes del hierro. Tu sangre aún recuerda.”

En ese instante, Torkel vio, comprendió y olvidó a la vez: visiones de su familia pactando, generaciones atrás, con entidades subterráneas. Recordó ceremonias oscuras, descendientes deformados sacrificados para mantener a “eso” dormido; recordó la palabra, el nombre Baoht Z’uqqa-Mogg, la Deidad de la Tumba Al Acecho, custodio de umbrales que nunca debieron abrirse.

El horror le desgarró el pecho y apenas alcanzó ventana una respiración profunda cuando la criatura extendió un tentáculo translúcido y lo tocó en la frente. Un frío indecible recorrió su espina dorsal. Todo el dolor, toda la conciencia y el ego, se le derramaron hacia un espejo interior; las paredes de la estancia parecieron encogerse y expandirse rítmicamente, y voces familiares —la risa de su madre, los arrullos de una niñera muerta hacía décadas— llenaron su cráneo de una estática insoportable.

Torkel sintió que se derretía, que sus manos eran raíces, que sus huesos eran canales por donde horrores silentes podían ascender. Ya no era un hombre, sino una interfaz, un conducto por donde la conciencia dormida bajo la factoría podía estrangular la lógica. Baoht Z’uqqa-Mogg abría bocas en su piel: Torkel gritó, pero su grito nunca escapó, absorbido por el vaho de la humedad omnipresente.

Días después, cuando los obreros descendieron a buscarlo, sólo encontraron en el altar una pátina de cenizas húmedas y, sobre la piedra, marcas de dedos fusionados y algo que parecía una calavera nueva, marcada con runas imitativas e imposibles.

La factoría fue abandonada. El pueblo cercano de Skarvoon primero susurró, luego guardó silencio. Pero durante las noches más frías, cuando la niebla baja como una lengua sobre la piedra húmeda, algunos juran ver, a la distancia, luces tenues dentro de los sótanos de la antigua factoría y, en el viento, acentos troceados de un nombre prohibido. Allí, en el umbral donde la realidad titubea, a veces la escarcha adquiere la forma de una boca, y el gélido eco de voces nunca del todo humanas murmura un nombre que las generaciones han aprendido a temer y a olvidar: Baoht Z’uqqa-Mogg, aguardando en la tumba que es también estómago, cuna y presa de los que osan despertar lo que una vez fue sellado bajo piedra y promesas rota.

Al fin y al cabo, no hay olvido para los pactos de sangre. La sombra sobre Skarvoon se nutre del miedo, de la memoria enviciada de los Olmakar y de todo aquel que escuche, aunque sea de reojo, el rumor de las bocas que jamás deberían haber aprendido a pronunciar. Y en algunas noches, cuando los horrores reptan entre el polvo de hierro y al silencio le brotan colmillos, se repite el sacramento de la Tumba al Acecho: porque una vez visto el abismo, uno mismo se convierte en su umbral.

Copyrights © 2025 Mitosaudio.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.