Fragmento:
No supe responder. ¿Destino? ¿Curiosidad? La verdad apenas la conozco ahora, y me es vieja y ajena. Aquella noche, las gaviotas callaban bajo la escarcha y los vapores ponían monedas negras sobre las mesas. Al salir, sentí una mano con dedos innumerables apretando mi hombro: Uldemar, pero no con su forma habitual. De su zurrón extrajo un medallón, huevo de titanio con signos antiguos; me lo entregó tras observar que ningún testigo humano quedaba. “Llévalo sobre tu pecho”, susurró, “y evita dormir si la bruma se hiela azul”.
Duración: 09:18
***
Desde los desvaídos muelles donde pendían las redes, en el ocaso de Dylath-Leen, el horizonte parecía difuminarse en un vacío espeso, idéntico al que envolvía mi ánimo mientras cargaba aquel fardo atado con tantos cuidados. El cuelgue del farol, oscilando bajo la brisa, me arrojaba sombras más hondas que la noche misma; Dylath-Leen—esa urbe más temida por navegantes que amada por mercaderes—se mostraba vivaz solo en el eco remoto de los pasos ya idos. En las tabernas donde la lengua común apenas era balbuceo, escuché un rumor que, siendo apenas un trozo de sueño mal soñado, resultó heralda de un horror que no entiendo aún.
Fue en «La Casa de los Vientos Amarillos», hostal de paredes sudorosas y cortinas viscosas por la humedad, donde conocí a Uldemar. Vino a mi mesa impulsado por la casualidad o el destino, y compartió vino refulgente y palabras aún más tóxicas. «Has visto Rhagorthua desde el canal oeste», musitó, sin que yo mencionara jamás mi verdadera ruta. Dylath-Leen no era más que mi escala: el gran viaje era hacia la piedra de hielo, la isla sobre la cual, desde la infancia, se me advirtió jamás posar ojos.
Uldemar, forastero con acento de Carcosa, tenía un brazo más largo que otro y cojeaba con tal ritmo, que su andar parecía un conjuro en sí. Me habló de marineros que rebuscaban tesoros en cofres cubiertos de limo y brotes fungosos, de naufragios donde el mar devolvía no cadáveres sino cosas vivas, resbaladizas, llenas de ojos. Sé que Dylath-Leen era vecina a prodigios o ascos que sólo pueden engendrarse en el fondo de un sueño malaventurado, pero su historia no tenía igual.
«¿Por qué Rhagorthua?», preguntó, ya ebrio con aquel vino gris.
No supe responder. ¿Destino? ¿Curiosidad? La verdad apenas la conozco ahora, y me es vieja y ajena. Aquella noche, las gaviotas callaban bajo la escarcha y los vapores ponían monedas negras sobre las mesas. Al salir, sentí una mano con dedos innumerables apretando mi hombro: Uldemar, pero no con su forma habitual. De su zurrón extrajo un medallón, huevo de titanio con signos antiguos; me lo entregó tras observar que ningún testigo humano quedaba. “Llévalo sobre tu pecho”, susurró, “y evita dormir si la bruma se hiela azul”.
El navío hacia Rhagorthua zarpaba antes del alba. Era una chata de remos, sin mástil, capitaneada por un exiliado de Ulthar, silencioso, cuyo pago consistía en monedas con caras ablucionadas a fuerza de siglos. Tres marineros, yo y el capitán, el viento, y la noche. El miedo lo tenía tan presente como el hielo en las barandillas: una llama bajo el estómago que me hacía sospechar del sabor del aire y de cada luz parpadeante en el horizonte.
Navegamos entre bancos de niebla, escuchando lamentos de delfines, aunque el capitán aseguraba que tales criaturas no existen en el Mar del Sur. “No son delfines”, masculló el más joven, cubriéndose con una capa. “Son los heraldos de Rhagorthua. Cuidado con mirar a los costados”.
Comencé a notar curiosos reflejos en el agua, siluetas que nadaban justo debajo de la superficie, siguiendo a nuestro navío a velocidad inhumana. El medallón colgado a mi cuello oscilaba pesadamente, y por momentos sentí su contacto tan frío que me quemaba la piel. El capitán prohibió dormir, repitiendo de modo monótono: “Quien sueña en estos canales, se despierta en el fondo del mar o no se despierta nunca”.
En la penumbra, uno de los marineros cayó de rodillas, murmurando frases que sentí arrancadas de alguna lengua muerta. Su aliento era vaho denso y pestilente y su mirada se tornó vidriosa y opaca. Pretendimos atarlo con soga húmeda; cuando sus párpados cedieron al sueño, un extraño vapor azul comenzó a filtrarse de sus labios. La bruma en torno a la barca se hacía más espesa, y por primera vez sentí que el mar nos aprisionaba e impregnaba de una malicia paciente y ávida.
Llegamos, al fin, a Rhagorthua cuando el alba apenas era una promesa. Era un islote de hielo quebrado, varado en el gran canal sobre una estera de agua ingrávida. La piedra era azul, cortada en formas que parecían arquitectura y mineral a la vez, y el aire zumbaba como si cada grieta ocultara un enjambre de mármoles que gritaban sin emitir sonido. El capitán se negó a campamentar en tierra, diciendo que toda la fibra de su alma quedaría atrapada si la escarcha tocaba su sombra.
Descendí armado, envuelto en mi capa y con el medallón al cuello, seguido de Uldemar que regresaba como parte del tripulaje con una sonrisa indecente y el brazo más largo colgando de modo antinatural. Nos deslizamos entre columnas de escarcha y setas de sal a la deriva, hasta llegar a una puerta. Esta abría a un túnel donde el hielo era tan compacto, que la luz quedaba atrapada en burbujas eternas. Allí era imposible pronunciar palabra, hasta que otro de los marineros—un tipo macilento que respondía al nombre de Ketro—se arrodilló y presionó la frente contra el hielo. Dijo que veía niños bailando, pero ninguno debía mirarles las caras. Tembló tanto que sus dientes repiquetearon. “Míralos solo con el rabillo del ojo, no de frente.”
La caverna descendía en espiral hacia el núcleo de la isla helada. Los sonidos perdían todo eco y en su ausencia crecía una música líquida, espesa y dolorosa, como si las piedras mismas lamentaran nuestro paso. Un resplandor azul lechoso cubría las paredes, y descubrí extraños símbolos grabados en alto relieve: ojos, bocas, cabezas invertidas, fragmentos de anatomías aberrantes. El tercer marinero cayó de rodillas ante uno de los grabados y, al presionar la palma, una compuerta líquida se deslizó, dejando caer una especie de babilla azulada. Intentamos detenerle, pero ya estaba bebiendo como un animal. Al instante, el cuerpo del hombre se desdobló, torcida la pálida carne en figuras amenazas de la lógica, y de sus labios emergieron tentáculos fugaces antes de que la masa amorfa le absorbiera por completo.
Uldemar se detuvo ante mí. Su brazo largo ya era de otra sustancia, hueco y vibrante, y su rostro destilaba algo de anfibio y hechizo. “No has venido solo a mirar”, murmuró al oído. “Aquí reposan los sueños de los que se atreven a soñar despiertos”.
Descendimos un último tramo, ahora solo yo y Uldemar, mientras el capitán y Ketro aguardaban petrificados en la entrada del túnel, incapaces de mirar atrás. Al fondo, en la cámara de núcleo, hallamos un lago ovalado. El agua era tan transparente y azulina que era imposible discernir si era líquida, sólida o un gas denso. Flotando en la superficie, una figura encapuchada, hecha de membrana y escarcha, giraba lentamente sobre sí misma.
A su alrededor, sobre el agua, flotaban espejos viejos, marcos negros cubiertos de runas deformes. El ser—pues nada humano quedaba en su forma—alzó el rostro y vi, reflejado de soslayo, no un rostro exacto, sino los contornos de todos los rostros que he temido. Uldemar avanzó y murmuró un nombre que reverberó como campana vieja dentro de mi cráneo: Zhaar, el que derrite los nombres.
“Has llegado a tu destino”, me susurró Uldemar—o lo que ya quedaba de él. “Nada más tienes que elegir: mirar el lago o los espejos. Pero no ambos”.
Lo supe al instante: mirar el lago era ver los recuerdos tal como ocurren, perfectos, congelados, ineludibles. Mirar los espejos era ver las mentiras que me sostuvieron durante toda mi vida. Pero yo no podía resistirme. Vi primero el lago: el reflejo de mi propio rostro con la mueca exacta de quien huye de todo, incluso del amor. Mi madre de espaldas, mi padre ausente, y una infancia transcurrida en la sospecha. Luego los espejos: allí vi a Dylath-Leen arder, y a mí mismo navegando feliz, sin horror tras los naufragios, con Uldemar como amigo y no como heraldo del abismo.
Grité, y el sonido explotó dentro de la cámara azul, rebotando hasta que los gusanos que anidaban bajo el hielo despertaron y un temblor sacudió la isla entera.
Uldemar se acercó, más distorsionado que nunca, y el ser en el lago se disolvió, dejando tras de sí un aroma a sal y sueños podridos. Me arrastraron fuera, nada recuerdo de ese lapso salvo visiones de columnas de humo azul y bocas masticando ecos.
Desperté en Dylath-Leen, de regreso en una cama manchada. El medallón había desaparecido; de mi pecho y cuello quedaba una honda quemadura en forma de espiral, y los sueños desde aquel día eran de Rhagorthua: la isla que no existe, el lago imposible y los espejos que no dejan de acecharme, aún con los ojos bien abiertos.
Mis pasos en la ciudad son ahora inseguros, y la sombra de Uldemar me persigue en cada esquina húmeda, bajo cada farol escarchado. A veces, al arrullo de la niebla, creo oír su voz:
“No olvides lo que viste. Y, sobre todo, no duermas cuando la bruma se ponga azul.”
Qué esperanza puede quedarme, si sé que el viaje nunca terminó, y que los reflejos aún me buscan, desde el fondo del lago, desde ese lugar donde la noche es más antigua que todos mis miedos.
Copyrights © 2025 Mitosaudio.com. Todos los derechos reservados.