Portada del relato La Pastura de las Sombras
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Fragmento:


La primera señal me la dio la luna, o más bien su ausencia. Todo el camino estuvo bajo esa negrura absoluta, más allá de lo normal para una noche sin luna. Era como si un disco gigantesco, invisible y pesado, tapara no sólo a la luna, sino a todas las potencias lejanas de la bóveda. Una negrura tanto física como espiritual, como el fondo de un pozo viejo.

Duración: 10:19

La Pastura de las Sombras
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Texto de ajuste de pausa.

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Me lo advirtieron en la sala de archivo, con un temblor que rozaba el ansia en la voz del viejo Gutiérrez. Había algo en Tíndara, algo que se agazapaba entre los rollos centenarios y los anaqueles de madera vieja, más allá de los desvaídos mapas de los Drummond y los amarillentos documentos de la Hermandad. Algo que olía a humedad y a simiente podrida, a luna deshabitada y a leche enmohecida. No supe decir, entonces, si me tentó el miedo o el tedio: el caso es que acepté el encargo del cónsul Vendrell sin hacer muchas preguntas.

El dossier, con la espiral triple impresa en su sigilo, era apenas un sobre carcomido. Dentro, un fajo de folios con testimonios caóticos: declaraciones policiales, notas de vigilancia, cartas personales manchadas de vino y de esperma seco. Fechas, todas rotas, todas girando en torno a la luna nueva del último equinoccio.

El encargo era simple y monstruoso: entrar al bosque por la senda de Cenegal Viejo, cruzar la cerca de piedra y, como decían en las cartas, “verificar la presencia”. Ningún informe hablaba abiertamente de Shub-Niggurath. La llamaban de muchos modos: Madre, la Lechosa, Pastor de Saturno, Nódulo Estelar. Yo, a lo largo de mi vida, había aprendido a no confiar en los nombres.

El viaje hasta Cenegal es áspero y lóbrego, casi seis horas sorteando el husmear gris de la niebla y el runrún de ramas inclinadas. Los árboles, pinos abisales y fresnos podridos, parecían mirarme mientras iba. El aire mismo poseía ese aroma a mineral dulzón, como de convite interrumpido. Las casas de los lugareños apenas asomaban sus techos musgosos, y cerraban puertas y ventanas a mi paso.

Entré al bosque justo después del ocaso, donde la penumbra servía de telón para mis propios temblores. Las zarzas y las raíces parecían tensas como músculos listos para contracción. Mi linterna apenas iluminaba algunos metros; más allá, la oscuridad reinaba, densa y sin promesa de fin.

La primera señal me la dio la luna, o más bien su ausencia. Todo el camino estuvo bajo esa negrura absoluta, más allá de lo normal para una noche sin luna. Era como si un disco gigantesco, invisible y pesado, tapara no sólo a la luna, sino a todas las potencias lejanas de la bóveda. Una negrura tanto física como espiritual, como el fondo de un pozo viejo.

Cien metros adentro, los chillidos comenzaron. Al principio, creí que eran gritos humanos, pero pronto supe que no. Eran una amalgama de mugidos, lamentos, bramidos retorcidos. Sonidos mitad mamíferos, mitad insectos. Metálicos y húmedos, lastimeros y feroces. Seguí caminando, atrapado en esa atmósfera como el insecto pegado a una gota de ámbar negra.

El círculo de piedra apareció tan repentinamente como una boca abierta en el suelo. Doce obeliscos retorcidos, cubiertos de símbolos grotescos y nódulos de musgo, todos ellos señalando hacia el centro, donde algo enorme parecía haberse arrastrado y revolcado, dejando marcas profundas, mezclas de barro y sebo gris. Alguien—aún no puedo saber quién, pero supe que era uno de los Hermanos del Signo—había dejado inscripciones apenas detectables entre las sombras: signos caligrafiados en oro mortecino, hilos de Amarillo que vibraban bajo el haz de mi linterna.

Pensé en retirarme, volver. Pero esa voluntad profunda, esa otra que surge cuando el horror es tan abrumador que uno no distingue si huye o avanza, me empujó hacia adelante. Saqué la libreta, hice apuntes nerviosos. Aadya stellae mater, escrito en latín arcaico; under Saturn’s yoke, tallado con letra infantil. Todo brillaba con esa especialidad del terror auténtico: una lógica alienígena, una confluencia de significados que no podemos descifrar, sólo temer.

Las horas apenas transcurrían. Miré el reloj: las manecillas parecían girar sin avanzar, como si estuviese atrapado en una órbita sin escape. Empecé a notar detalles extraños: el suelo respiraba, se alzaba y bajaba bajo mi peso. El aire tenía motas flotando, lentas, como inocentes corpúsculos de leche coagulada.

Y entonces, los vi: formas informes entre los árboles, centelleando en amarillo malsano, cruzando entre las ramas con movimientos que no eran del todo físicos. Sus brazos, o lo que tomé por brazos, terminaban en bifurcaciones, y de vez en cuando una nube de vapor blanco los envolvía y se pegaba al suelo húmedo. Algunas de esas figuras caminaban erguidas, enlutadas con trapos amarillos cubiertos de símbolos, tiñendo a cada paso el musgo con un líquido claro y viscoso.

Sentí cómo una presión enorme, como de anillos saturnales, se cerraba sobre mi cráneo. En mi cabeza, como el martillo de un dios despótico, una frase litúrgica vibraba: “Aquí pastan los corderos donde Saturno mira impasible”. No sabía si era un recuerdo, un mensaje plantado en el aire, o apenas la deriva de ese ambiente preñado de lo imposible.

Me escondí tras uno de los obeliscos, tratando de contener el temblor. El suelo aquí era blando, casi gelatinoso. Al apoyarme, la palma se hundió, salpicada de un líquido lechoso cuajado en coágulos tibios. Saqué las notas: la Hermandad lo había predicho. Un sacrificio anual, “la Vigilia de la Pastura”, performante en noches sin luna, bajo la sombra del anillo.

Las criaturas del amarillo empezaron a danzar en torno al centro, bordeando las huellas de la bestia. Movimientos espasmódicos, coreografía de una lógica astrológica. Gritaban sin abrir las bocas, y de repente, las notas de un laúd invisible, sepulcral, surgieron de la nada. Me tapé los oídos, pero aún así la música se infiltraba, no por el aire, sino por la médula.

En ese trance sentí la vieja presencia, vastísima, uniéndose a la danza desde lugares imposibles. Primero fue el olor: leche cortada, tierra fértil y tumba. Luego, el frío inmenso, frío distante, augurando la muerte de soles y el nacimiento de lunas. En algún punto, supe que había levantado la mirada y vi la totalidad de la forma—o la ausencia de forma—de la Adoradora Innumerable.

Nada de lo que aprendí en las peores noches de exorcismo, ni de las confesiones de los locos amarillistas, me preparó. El centro del claro era un útero cósmico, un abismo donde la realidad se abombaba y el tiempo temblaba. Las criaturas extendieron brazos, tentáculos y lenguas, sumergiéndose en ese foso de germinación. Y del centro emergió un conjunto de pezuñas, ubres enloquecidas y bocas internas, rebosantes de crías informes, unos corderos y otros apenas con forma definida, todos ellos anhelando la leche negra que manaba en borbotones viscosos.

Vi cómo los Hermanos del Signo Amarillo se inclinaban y bebían, transformándose en cosas cada vez más ajenas a lo humano. Vi cómo sus rostros se fundían en máscaras gestuales y cómo sobre la frente de cada uno brotaba el sigilo de Saturno, un círculo tachado de líneas imposibles. El rebaño se multiplicaba ante mis ojos, y los mugidos crecían hasta llenar todo el bosque y las órbitas de Saturno a la vez.

Me asfixiaba el terror, pero no podía apartar la mirada. Unos metros a mi izquierda, una criatura apenas humana cayó de rodillas: era Gutiérrez, su rostro surcado por surcos de leche seca, arrodillado ante la Madre. Alzó el brazo, mostrándome una carta arrugada y húmeda: “Ven al círculo, hermano”, imploraba en un susurro. La carta, manchada de sangre oscura y venas de oro, tenía el sello de los Hermanos. En ese momento, supe que nunca importó mi deseo de ser testigo externo; siempre había sido invitado, arrastrado hacia adentro.

Quise huir, pero las raíces me sujetaban. El círculo respiraba y la niebla descendía, empapando mi ropa y mi piel, vueltas resbaladizas por el sudor y el sebo de la ceremonia. Las criaturas me miraron, una docena de ojos compuestos y vacíos, todos ellos reflejando el disco áspero de Saturno, anillado con la mugre del cosmos.

De repente, pasó lo impensable: la bestia—la cosa que siempre estuvo allí, sólo ligeramente oculta—alzó su cuerpo vasto y tormentoso, proyectando sombras que tenían vida propia. Oí una voz, plural e infinita, clamar en un idioma imposible, y los Hermanos de amarillo cayeron de bruces, prosternados y sollozantes. Yo, anclado por las raíces, sólo podía presenciar cómo uno de los corderos enfermos avanzaba hasta mí, arrastrando una cadena alrededor del cuello, y me olfateaba con un hocico sin forma, pegajoso y calido. Cuando la cadena me tocó la muñeca, vi girar el anillo de Saturno en mi retina, como una corona de podredumbre y promesa.

Quise suplicar, nublarme, morir. Pero el horror de la Madre es la permanencia: no permite que uno se disuelva en la locura, sino que exige memoria y registro. En ese segundo, la atmósfera profunda se partió y la luz de estrellas ausentes barrió el claro, sólo para revelar la magnitud real de la presencia: miles, millones de hijos innombrables rebullendo en la sombra. Pastura, parto y sepulcro.

El tiempo febril se replegó. Los Hermanos me llevaron al centro, a la leche negra, a la aceptación. Sentí en la nuca la presión de los anillos saturnales, grabando en mi médula la secuencia de todo lo ocurrido, obligándome a recordar más allá de la muerte, a conservar cada segundo de horror y promesa.

Cuando recobré el sentido, estaba solo, bajo la luz grisácea del amanecer, los obeliscos quietos y el círculo intacto. Jamás encontré el camino de vuelta; la aldea de Cenegal Viejo no figuraba ya en ningún mapa. El dossier sepultado en la oficina del cónsul; mis notas, convertidas en llagas sobre la piel.

En cada noche sin luna, siento la presión del yugo, la memoria de los anillos, la leche espesa de la Madre manando en el centro del bosque donde, bajo Saturno, las cosas sólo conocidas por el hambre de dioses pastan y engendran.

Quien me lea, haga caso: no mire nunca al claro. No lleve nunca el amarillo ni pronuncie los nombres bajo ningún anillo, pues el rebaño de la Madre siempre espera. Siempre.

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