Fragmento:
Alina sabía que la noche, en aquellos territorios, era de otro linaje. Los viejos del pueblo hablaban de susurros arrastrados por la noche, de “cosas en las ramas”, de luces que no debían seguirse. Ella, citadina recién llegada, había aceptado la soledad como refugio contra el duelo y la culpa, desafiante ante los rumores locales. Pero esa mañana, parada frente a las extrañas huellas, sintió por primera vez una fisura en su incredulidad.
Duración: 11:19
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El viento soplaba como un rumor de aguas profundas, atravesando la niebla que engullía los abedules retorcidos en la frontera septentrional del parque. Cada noche, al enraizarse el oscuro alrededor de la cabaña, Alina sentía que la selva expandía su dominio un centímetro más, arrastrando raíces y hojas hacia la madera astillada de la galería. No había llegado allí por elección, sino atraída—o expulsada—por una serie de pérdidas que la fueron despojando hasta dejarla sola, vulnerable y áspera. En aquel umbral entre bosque y pantano, la cabaña era sólo un parapeto endeble al filo de un mundo ignorado, donde lo viejo y lo hambriento aguardaba con los brazos abiertos.
El día en que empezó el desorden de sus recuerdos era uno cualquiera: la leña humedecida, los graznidos de grajos entre la niebla, y el breve destello del sol recostándose sobre la turba congelada. Aquello que perturbó el equilibrio fue un cambio menor: una pista del atajo norte, tallada en la escarcha a la hora negra, cuando salen los relentes y las alimañas rondan. Eran huellas de algo que ni perro ni ciervo podría trazar; hendían la escarcha con un trazo doble, como de pezuñas bifurcadas, aunque más grandes de lo imaginable, y se hundían hacia el bosque donde la tierra era más negra.
Alina sabía que la noche, en aquellos territorios, era de otro linaje. Los viejos del pueblo hablaban de susurros arrastrados por la noche, de “cosas en las ramas”, de luces que no debían seguirse. Ella, citadina recién llegada, había aceptado la soledad como refugio contra el duelo y la culpa, desafiante ante los rumores locales. Pero esa mañana, parada frente a las extrañas huellas, sintió por primera vez una fisura en su incredulidad.
El temor se deslizó en su espíritu esa noche, como un reptil frío en su lecho. Soñó—si es que era sueño—con ramas nudosas que se arqueaban hasta arañar la ventana, cubriéndola con su sombra. Entre ellas, vio correr algo parecido a un jabalí, pero alzándose en dos patas, balando en un tono grave. Sus pezuñas hincaban el suelo y su lomo era consagrado por un racimo de ojos húmedos, parpadeando al compás del latido de la tierra. Cuando despertó, sentía aún el temblor de esa mirada.
Aquella semana, la niebla no se disipó. Una espuma ocre se pegaba a la corteza de los árboles y, según pasaban los días, los sueños se volvieron más vívidos. En un alarde temerario, decidió seguir las huellas hacia el corazón del bosque, armada con una linterna, una pistola diminuta que apenas había usado, y una tozudez nacida de la desesperación. Correr hacia lo desconocido le parecía menos terrible que aguardar.
A cada paso, el lodo tragaba sus botas y la luz de la linterna era un hilo pálido entre difuntos abetos cubiertos de líquenes. Pronto perdió noción del tiempo; las sombras parecían espesarse a sus espaldas, moldeadas por algo primitivo que acecha fuera de la razón. Las huellas la llevaron ante un claro rodeado de árboles que crecían en torno a una gran piedra hendida. El musgo la cubría con la textura de carne curada. Allí, sobre la losa, una extraña ofrenda: cuernos de ciervo cambiados, ramas con trozos de tela humana, un círculo de huesos pulidos.
Sintió entonces que la noche entera contenía el aliento. Un frío reptó por su espalda—y percibió, desde fuera de los límites del claro, una presencia. No sólo un animal; esto era una conciencia inmensa, plural, como una colmena escudriñando a través de miles de ojos febriles. En los márgenes del claro, la niebla se agolpaba en glóbulos, visiones movedizas de formas entrelazadas, con los contornos de un gigantesco cuerpo de ramas y tentáculos oscuros que se disolvían y recomponían en la penumbra.
El viento, de repente, le trajo un balido sordo y húmedo, inmensamente viejo. Y en sincronía con el sonido, ramas y raíces parecían inclinarse, abrirse, como reverenciando. Algo se agitó entre el follaje, aplastando hojas y tierra, desmesurado. Alina retrocedió sin respirar, el corazón compitiendo con el murmullo de mil voces. Sus cuerpos, los de las cosas en el lindero, no podían fijarse en la mirada: eran una mezcla de ciervo, hongo gigantesco, máquina de hueso cubierta de fibrosas extensiones, todo cruzado por una corriente de fluidos negros.
Y entonces, como un eco surgido del fondo de la piedra, una voz (pero no una voz humana—algo anterior a la humanidad, a la palabra) pronunció su nombre. Sintió que la conciencia se le dilataba, como si su cráneo se volcaba hacia el abismo. Lo supo: había algo bajo la piedra, algo que venía de mucho antes de los árboles o del hielo. Y ella, como todos los que encuentran la mirada de aquello, era sólo una hebra más en un tapiz inmemorial.
Trató de huir. Sus pies chocaron contra raíces invisibles, manos húmedas intentaban asirla desde la escarcha, pero logró zafarse, guiada por una suerte de pánico que la hizo correr en la dirección contraria hasta darse de bruces con su propia cabaña, donde se encerró entre convulsiones de terror.
Pero ahí no terminó. Desde entonces, cada noche, sentía bajo sus pies un pulso como de tambor retumbando en lo profundo. Sus sueños eran invariablemente un descenso a lo negro. Veía círdulos de criaturas-jabalí, mujeres de ojos filamentosos, niños que balaban con lenguas horadadas, todos girando en una danza primigenia en torno a la piedra del claro. Alina despertaba exhausta, la boca llena de tierra—literalmente, pues cierta vez escupió pedazos de musgo y trozos de caparazón.
Una semana después, los aldeanos comenzaron a hablar de desaparecidos. Un niño, un cazador, un turista extraviado. Nadie osaba entrar al bosque desde el crepúsculo. Algo movía la noche, y los animales huían hacia los campos, abandonando sus guaridas. Ocurrían mutilaciones extrañas: ganado encontrado desplumado, fosas excavadas a mano en la turba. Los perros aullaban de día y de noche.
Desesperada, Alina acudió al médico del pueblo, el Dr. Mahel, quien en vez de desestimar su relato, la observó con una curiosidad oscura, de ese tipo que sólo tienen quienes han visto ya las grietas del mundo. Él la citó esa noche en la pequeña iglesia, argumentando que había más de lo que podía contar a la luz del día.
La nave de la iglesia estaba casi vacía: sólo un puñado de velas parpadeando, una virgen ennegrecida mirando hacia la puerta trasera. Mahel la esperó en una banca, sombrío.
—No eres la primera —murmuró—. Ni serás la última. Desde mucho antes de que nuestras palabras llegaran a este lenguaje, desde antes de la codicia de hombres y fábricas, algo se oculta ahí. Se alimenta, duerme, sueña, y a veces despierta. En otras partes se lo nombra de modos distintos: Rokon para algunos, el Cordero Negro en nuestro dialecto. Pero otros… otros creen que es la nodriza de las formas—y que cuando oveja y fauces convergen, la realidad se dobla.
Sacó un libro viejo, encuadernado en piel aceitada, y lo abrió: láminas desgastadas de seres informes, entretejidos en un árbol sangrante, niños con cabezas de hongos, mujeres abrazando crías de tentáculo.
—Hoy es la noche del círculo. Hace cuarenta años alguien logró impedir la siembra—explicó Mahel—. Sólo el fuego purga la escarcha. Si el ciclo se completa, la sombra enraizará de nuevo—y tú, por mirar donde no debías, ya llevas la mancha.
El aire en la iglesia se volvió denso; los cirios se apagaron uno a uno como si una boca los sorbiera. El doctor cerró el libro de golpe.
—Sea lo que sea que reclamas, viene por ti. Y esta vez, vendrá por todos. Cuando Rokon sueña, los hombres se convierten en pasto.
No bien terminó la frase, todos los perros del pueblo aullaron a la vez, como si convocaran algo inmenso y sin forma. Mahel palideció, le hizo una seña a Alina y juntos salieron, a la carrera, hacia la cabaña.
La noche era más espesa que nunca; la niebla ardía de un verde antinatural, y la tierra parecía deshacerse bajo sus botas. El bosque bramaba como un millón de bisagras rotas, cantarines los cuervos, huidizos los ciervos. Ya no era sólo un claro, sino decenas de ellos, marcas esotéricas fulgiendo hacia el cielo. Los gritos de los animales se entremezclaban con una letanía de voces, acompañando el pulso de los tambores bajo tierra.
Al llegar a la cabaña, un olor a sedimento antiguo los asaltó, como si el mar prehistórico hubiera drenado bajo el alfeizar. Alina se precipitó hacia el interior y recogió la pistola: apenas un revólver oxidado. Mahel encendió las lámparas y arrojó sal alrededor de las ventanas, murmurando palabras en un idioma que la joven nunca había oído y que le helaron la lengua.
Pero afuera ya no había límite entre bosque y claro. Algo reptaba bajo la tierra, urdiendo raíces que rompían las piedras del sendero, abriéndose camino hacia la cabaña. Una sombra se elevó entre los abedules, aglutinando ramas, carne, niebla y ojos: el espectro arquetípico de la madre bestia, la amante de las pesadillas. Shub-Niggurath, la negra simiente, aflorando entre dimensiones.
El techo se estremeció al paso de las criaturas, que no eran ciervos ni hombres, sino algo posterior a ambos—los hijos de la selva, humanos deformados, ojos vidriosos y fauces de babas negras, arrastrando cuerpos que ya no sabrían distinguirse de la corteza. Alina sintió un anhelo profundo: no era solo miedo, sino el instinto visceral de fusionarse con aquello, de abandonar el dolor humano y fundirse con la multiplicidad.
Mahel le gritó que resistiera. Que no mirara, que no escuchara. Pero desde el suelo, una voz pluriforme le suplicaba que abriera la puerta, que “probara la leche de la madre”. El mundo se teñía de verde lunar. La realidad misma temblaba.
Alina, ante el umbral final, comprendió que no huía de un depredador ni de una sombra antigua; huía del final de su individualidad, de la extinción de frontera alguna entre yo y abismo. Pero dentro de sí, algo luchaba—aún deseaba redimirse.
Con la escopeta, con el fuego, con los alaridos de Mahel recitando fragmentos del libro, resistieron las horas del eclipse. A veces la puerta temblaba, a veces la cabaña parecía elevarse sobre las raíces tumultuosas, y el cielo se fundía con la tierra. No hubo amanecer verdadero: solo una sucesión de grises, una tregua de viento seco.
Cuando la oscuridad se disipó, sólo quedaban los lamentos sordos de animales dispersos, cicatrices frescas en todas las cortezas, un millar de ojos impresos en los troncos y en la memoria. Mahel se había ido; se había fundido quizá con lo que había combatido. Alina quedó sola, la marca en sus sueños. Un nuevo claro se formaba en su alma, donde la madre negra había sembrado, y, más allá del atisbo de racionalidad, supo que la simiente nunca muere.
Donde entra la raíz, el mundo cambia. Donde la madre balando sueña, la realidad se resquebraja. Y Alina—igual que los demás—ya era sólo una hebra en el tapiz de la naciente.
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