Portada del relato El velo de la Noche Prolífica
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Fragmento:


Le costaba admitir que fuera el miedo lo que le citaba cada año. Decía a sus colegas de la Universidad que era la investigación sobre los cultos rurales; no mencionaba las historias que su abuela contaba al arrullo del fuego, sobre el Otro Bosque, aquel por donde las mujeres no caminaban tras anochecer bajo la luna negra, cuando los robles se estremecían y un murmullo levísimo brotaba de entre los setos y las zarzas.

Duración: 09:08

El velo de la Noche Prolífica
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Texto de ajuste de pausa.

La campana de la iglesia en Dunwich retumbó tres veces, y poco después se extinguió, su eco difuminándose entre las casas gastadas y los fresnos retorcidos. Era pleno noviembre, y el clásico velo de niebla reptaba como una criatura ciega por las lomas. Andrew Gilman, con el abrigo bien ceñido, subió la cuesta en dirección a la antiquísima mansión de su familia. El arcón de su bisabuelo, rescatado del desván, guardaba aún su hedor a cuero podrido y a cenizas viejas. Venía de Boston pero su ascendencia lo vinculaba a ese terruño polvoriento, plagado de supersticiones rancias y pesadillas disfrazadas de leyendas.

Le costaba admitir que fuera el miedo lo que le citaba cada año. Decía a sus colegas de la Universidad que era la investigación sobre los cultos rurales; no mencionaba las historias que su abuela contaba al arrullo del fuego, sobre el Otro Bosque, aquel por donde las mujeres no caminaban tras anochecer bajo la luna negra, cuando los robles se estremecían y un murmullo levísimo brotaba de entre los setos y las zarzas.

Esa noche, al abrir el arcón, los dedos de Andrew se cerraron sobre el lomo corroído de un libro: “De Origine Tenebrarum”. Latín e inglés se mezclaban en sus páginas, cuajadas de dibujos diagramáticos de árboles imposibles y bestias amorfas. Al fondo, envuelto en paño, encontró un trozo de madera ennegrecida. El tacto le produjo escalofríos: era suave y cálida, como piel sometida al sol. Vio símbolos toscos tallados a navaja, entrelazados: una suerte de estrella de múltiples brazos retorcidos, formas ovulares en frenética danza. Sintió el impulso irracional de dejarlo en su sitio, pero el misterio tiraba de él.

El viento tembló, arremolinando hojas contra los postigos. Andrew dudó un instante antes de llevar el trozo de madera hasta su escritorio. Sacó su pluma y cuaderno, abrigado por la crepitación de la lumbre. Leyó en el volumen que Shub-Niggurath, la Cabra Negra de los bosques con mil retoños, era un mito importado por colonos que terminaron tragados por la tierra. Había rituales, sí, antiguos hasta devorar la memoria, celebrados fuera del alcance de la mirada cristiana, allí donde la maleza y el hongo devoraban la cruz.

Cosas sin nombre fueron susurradas: aparición de formas primales cuando la luna nueva cubría al mundo, piel humana se fundía con corteza, partos femeninos marcados por horrores innombrables, hijos deformes ocultados en pozos secos. En el margen, de mano desconocida, alguien había anotado: "Sólo en silencio los celebrarás; sólo en bosques dormidos, junto a la raíz negra." Andrew sintió una frialdad acre en la nuca.

Sonó un crujido en la escalera de roble. El fuego chisporroteó con extraña violencia. Andrew creyó oír susurros, pero no distinguió palabra. Decidido, empaquetó la madera negra y el libro, y salió a la noche con linterna y bufanda. Si existía algún bosque ‘dormido’, ese debía ser el que manchaba la colina oriental, donde los robles, tan viejos que eran casi piedra, formaban una bóveda siempre húmeda.

La neblina era aún más espesa bajo las ramas retorcidas. Sus pasos despertaban alimañas invisibles. El silencio, extraño por lo compacto, lo asfixió. Andrew buscó la roca ceremonial citada en el diario de su bisabuelo: plana, hendida por una cicatriz paralela al lecho del riachuelo. Al apoyo de su linterna, la halló medio encajada en musgo y hiedra.

La madera negra pareció vibrar en sus manos. Andrew, tembloroso, la depositó en la roca y consultó el libro, leyendo un cántico transliterado de fonética incomprensible. Elevó la voz, al principio titubeante, luego ronca, ajena. Un vaho dulzón, pestilente, se deslizó entre los troncos; un susurro de mil lenguas apagadas le asaltó la mente, arrastrando imágenes de uñas negras, vientres hinchados, partos imposibles, pequeños horrores con fauces de musgo.

Bajo la roca, la tierra comenzó a humedecerse, como si un líquido viscoso manara del subsuelo. Andrew, atónito, escuchó el crujido de raíces agitándose, alejadas a un mundo de sueños delirantes. De la hendidura entre dos raíces, algo blando y negro asomó al aire, palpitando. No era un animal que él conociera: ni topo, ni mangosta, ni hurón, sino más bien un crecimiento fungoso, miembro y brote a la vez, cubierto de ventosas y un vello oscuro como la noche.

Sintió olor a leche agria y vino podrido. El cántico tomó vida propia en su garganta, lengua y salmodia manipuladas por una voluntad exterior, tectónica y maternal. A una señal indescifrable, la madera negra se quebró, de su interior brotó savia, y el ser en la hendidura se hinchó de un modo grotesco.

Andrew retrocedió, aterrorizado. Todo a su alrededor, la corteza crujía y rezumaba savia turbia. Filamentos membranosos asomaban de raíles y troncos, buscándole. Miles de ojos abrieron sus párpados membranosos entre la maleza, espiándolo con hambre antediluviana y rencor antiguo. Alumbrados apenas por la pálida linterna, jirones de carne salían de hongos que palpitaban en la base del roble, modelando semblantes blanquecinos que sugerían parodia humana.

Sonó una voz imposible de fijar, grave y triturada como un millón de hojas secas:

“Ven, hijo del linaje; la raíz y la carne se abrazan. Los árboles se acuerdan.”

Las piernas se negaron a moverse. Andrew sentía que sus huesos se ablandaban, y dentro de él, no sólo miedo: una oleada de deseo febril, progenitivo, la compulsión de postrarse y engendrar, mezclar carne y tierra, unirse no solo a una madre, sino a la matriz de todas las cosas. Vio en sus pesadillas: copulas negras bajo luna nueva, vientres violados por raíces, criaturas nacidas sin ojos ni esperanza.

El rumor de la masa que se acercaba era el pulso sanguíneo de la noche. Con un esfuerzo, Andrew corrió, tropezando con ramas y raíces, arrastrando los pies. Detrás, las formas se disiparon en el susurro. Notó un arañazo en el tobillo; una rama le desgarró la camisa y la piel. Cayó, rodando entre el barro y la hojarasca pútrida. Cuando se levantó, el silencio era absoluto.

Corrió cuesta abajo, apretando el pecho, y al salir del bosque, sintió algo pegajoso en su pierna; un residuo marrón-verdoso que palpitaba aún, minúsculas lentejuelas de carne ensartadas en la herida. Llegó gateando a la casa, donde cerró puertas y ventanas, encendió todas las luces y se sentó a temblar en el sofá, incapaz de hablar o dormir.

Pasaron tres días. No sanó la herida; por el contrario, la piel se puso lúgubre, fibrosa, con un vello oscuro creciendo en espiral. El picor era insoportable y, cuando al fin cedió a la locura, descubrió que bajo la costra goteaba una savia lechosa de olor y sabor dulzón. Soñaba con voces en idiomas anteriores a la humanidad, formas negruzcas danzando bajo arboledas imposibles, y el rostro blando, hinchado, de una madre interminable.

El cuarto día, los sollozos de Andrew cesaron. Salió de la casa y se dirigió al bosque, donde la bruma lo absorbió en un manto húmedo y expectante. Sentía apenas el impulso de su propia voluntad; era un huésped pasivo de sueños y deseos que ya no le pertenecían.

Se detuvo junto a la piedra hendida, donde la tierra bullía. Se tumbó en el fango, y permitió que lo cubrieran raíces, filamentos, fragmentos de sombra. Aceptó la penetración de madera y carne; no luchó cuando su vientre se hinchó con la monstruosidad de nuevas semillas. Soñó con todas las generaciones futuras, bestias y hombres fluyendo del Bosque Negro.

Días después, gente del pueblo encontró la casa vacía y la ropa de Andrew medio hundida en lodo cerca del claro. Nadie fue al bosque durante meses. La niebla se espesó, y con el verano llegaron rumores de criaturas de carne reluciente, de extraños partos prematuros en las granjas colindantes, de susurros nocturnos y formas danzando cuando no había viento.

Muchos años después, una vieja rezadora de Dunwich, ciega y encorvada, contando historias a los niños al borde del hogar, decía entre dientes que hay bosques donde la madre nunca muere, donde la raíz y la carne se funden, y que a veces, si prestas atención, puedes oír la voz de tus antepasados suplicando desde el corazón podrido del roble.

El ciclo sigue, murmuraba. La madre negra nunca tiene suficiente, y todos los hijos vuelven a ella, antes o después, en Dunwich, en Arkham, o en cualquier lugar donde la raíz y la carne se tiñen de su sombra.

Y en noches sin luna, la roca ceremonial aún rezuma savia; y si tienes la desgracia de acercarte, puedes encontrar, enganchados a las raíces, pedazos de ropa moderna y uñas humanas, rebosando una savia lechosa y con brotes negros danzando mansamente, custodiando el lecho intemporal de la madre oscura.

Porque Shub-Niggurath escucha, y siempre responde.

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