Portada del relato La Lepra de la Bestia Negra
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Fragmento:


Los sueños de Enoch empezaron a plagarse de criaturas informes, masas negruzcas cubiertas de ubres y tentáculos, de las que pendían crías de rostros humanos que berreaban y se disolvían en un océano de savia viscosa. La pastora mayor, Abigail la Zurda, aseguró que se trataba de la “vieja diosa bajo la raíz”, y prohibió a los suyos acercarse de noche a la espesura occidental.

Duración: 09:18

La Lepra de la Bestia Negra
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Texto de ajuste de pausa.

Comenzó, como suelen hacerlo estas cosas, con el mínimo de advertencia: un rebaño de cabras nació desfigurado en la granja de los Andersen, en las lomas occidentales de Arkham. Los animales se habían cubierto de extraños bultos pálidos, de carne suelta y temblorosa, coronada por vetas grisáceas, con unos ojos desorbitados y amarillos que jamás parecieron enfocar el mundo. El granjero, Enoch Andersen, juró jamás haber visto cosa igual y, sumido en el mal augurio, quemó a las crías bajo la mirada incrédula de sus vecinos. Engendros, mascullaba su esposa Miriam, nacidos de una madre enloquecida por la presencia de algo impuro.

Pese a la destrucción de la camada, los rumores se extendieron rápido. Algunos hablaban de lluvias negras caídas sólo en los prados de la granja, otros de noches en que la luna se ocultaba tras un velo de nubes, mientras las colinas resonaban con balidos que no pertenecían a ningún ser natural. El médico local, Pierce Colton, fue uno de los primeros forasteros en acercarse atraído por las habladurías.

El doctor Colton tenía la desafortunada costumbre de no desdeñar ningún rumor, considerando que a menudo las leyendas encierran fragmentos de verdad. Llegó a la granja con un humor jovial, bromeando con los Andersen acerca del temperamento caprichoso de las cabras y el aire húmedo que se elevaba de los bosques próximos. No obstante, nada en su experiencia previa le preparó para el hedor aceitoso que asaltó su nariz en cuanto se acercó al redil quemado. El olor era como grasa pútrida, el colmo de una decrepitud orgánica que parecía fulminar la vida allí mismo.

Inspeccionó los cadáveres restantes—aún quedaban algunos restos ennegrecidos, trozos de piel y algún hueso chamuscado que las llamas no habían consumido del todo—y sintió en el aire justo por encima de la tierra una vibración sorda, apenas perceptible, que parecía alterar el propio ritmo de su respiración. Enterró aquellos restos, desinfectando la tierra como pudo, pero noches después la familia Andersen comenzó a escuchar pasos hendidos, no humanos, cerca de la arboleda que delimitaba la propiedad. Fue, según dijeron, como si el propio bosque hubiera cobrado un pulso lento y ansioso.

En el pueblo, la tía Abigail contó que uno de los niños Andersen, el pequeño Jacob, fue encontrado acuclillado junto a la cerca de piedra, murmurando a un conjunto inasible de ramas y zarzas, como si oyera un cántico dulzón proveniente de la espesura. Miriam Andersen, aterrada, aseguró haber visto, en el rabillo del ojo y bajo un cielo sin estrellas, siluetas hinchadas entre los árboles, bestias atribuladas con patas equinas, bocas chorreantes y piel como cuero hendido.

Los sueños de Enoch empezaron a plagarse de criaturas informes, masas negruzcas cubiertas de ubres y tentáculos, de las que pendían crías de rostros humanos que berreaban y se disolvían en un océano de savia viscosa. La pastora mayor, Abigail la Zurda, aseguró que se trataba de la “vieja diosa bajo la raíz”, y prohibió a los suyos acercarse de noche a la espesura occidental.

Las cosas, por supuesto, sólo fueron a peor.

El padre Matteson, movido por la alarma creciente entre los feligreses, organizó una procesión para “bendecir la tierra mancillada”. La comitiva, con sus velas y cánticos, se adentró hasta el límite de los árboles aunque nadie—excepto los más temerarios—puso pie más allá del claro, donde toda vegetación parecía crecer anómala, gordez y asfixiada, y la penumbra era siempre un poco más densa que en el resto del bosque.

Fue durante esa romería cuando el hermano Caleb desapareció.

Dejaron atrás el claro, convencidos de que el joven había regresado al pueblo, pero al día siguiente lo hallaron semidesnudo, cubierto de una baba negra, con los ojos hinchados y las manos crispadas señalando hacia abajo, hacia las raíces expuestas de un sauce enfermizo. Balbuceaba frases en un idioma que nadie entendía, apenas nombres de cosas cubiertas de flores repulsivas, y no volvió a hablar ni recuperar la razón. El padre Matteson supo entonces—como lo supieron aquellos que menos confiesan—que lo que había despertado en la vieja arboleda no era natural ni contenible mediante ritos aprendidos.

Se consultó entonces a la anciana Faith Blackwood, la temida, sola en su cabaña plagada de amuletos. Ella escuchaba a quienes venían pero no respondía; sólo un mes después le confesó a Pierce Colton, tras largo silencio, el nombre que nombra a la bestia negra: Shub-Niggurath, “La Cabra Negra de los Bosques con un Millar de Retoños”. Le advirtió que ni las llamas ni el hierro, ni la fe ni el sacrilegio la pondrían en fuga, porque “es madre de todo brote enfermo y todo apetito de corrupción”.

Enoch buscó respuestas en los textos de la vieja biblioteca de Arkham, donde encontró, salteados entre crónicas de la colonia y fragmentos de evangelios apócrifos, vagos relatos de sacrificios antiguos, de cosechas consumidas hasta la pudrición, de partos imposibles celebrados en la calima de la primavera. En todos, el común denominador era la copiosa e inesperada fertilidad, y la presencia de criaturas siempre a medias entre el animal y el hombre, entre la madera sinuosa y la carne corrompida.

Las noches, en la granja y en el pueblo, se tornaron pesadillas debajo del miasma pegajoso que agotaba a los vivos y revolvía a los muertos en sus ataúdes. La leche de toda hembra se agrió, los frutos criaban larvas antes de caer al suelo, y las mujeres, incluso las de vientre estéril, reportaron hinchazones inquietantes y pérdidas de sangre. Jacob, el niño Andersen, no volvió nunca a mirar a los ojos a su madre, y sólo jugaba entre alimañas y polillas, cuchicheando en voz baja con una voz que no era suya.

Llegó entonces la noche sin luna, cuando las sombras parecieron arrastrarse por el valle y el aire mismo latía como un útero gigante esperando parir el desastre. Fue entonces cuando el propio Enoch, ya poseído por una mezcla de curiosidad malsana y desesperación, acudió solo a la arboleda. Caminó sin recordar cómo ni para qué. Las ramas parecían abrirse y cerrarse para él, en un vaivén que era como la respiración de una madre nerviosa.

Y entonces, en medio de una hondonada donde la madera vieja casi no dejaba pasar la luz, vio—no con los ojos, sino con la carne entera—una mancha macilenta, una masa de piel y pesuña, tetas goteando cuajos brillantes y tentáculos blanquecinos babeando entre cerdas y fauces. Entre los brotes de una podredumbre vegetal que subía hasta las copas, cientos de bocas balbuceaban, replicando el llanto de todo recién nacido y la masticación de todo gusano.

La criatura exudaba, más que lust, un hambre de creación; pero cada nacimiento en su seno era una blasfemia a la coherencia. De su cuerpo surgían y caían, a cada minuto, pequeños seres contrahechos, algunos con rostro humano, otros con extremidades vegetales, y todos se arrastraban hacia la sombra para perderse en una vorágine de fango. Los tentáculos le rozaron la frente, dejando una mancha que palpitó hasta el final de sus días con una caricia viscosa, algo entre maternal e infecta. Allí escuchó también la voz, que no era voz:

“De mi leche brotan todos los monstruos de la tierra; tus cabras apenas fueron mi saludo. Toda raíz es mi órgano, y tu deseo de limpiar es solo parte de mi fiesta.”

Enoch intentó retroceder, pero sus pies ya habían echado raíces. Percibió entonces el ciclo entero: la fertilidad asesina, la abundancia deformada que sólo sabe producir hambre y dolor, la eternidad de la procreación desvencijada, donde no hay amor, sino una función mecánica y multiétnica que sólo comprende a los más oscuros delirios de la Naturaleza. Sintió cómo algo debajo de su piel bullía y resonaba; supo que—como en la Biblia, pero también en las peores pesadillas—él mismo sería padre sin haberlo querido jamás.

Despertó, o creyó haber despertado, al pie de la arboleda, con la cabeza llena de ecos y las manos pegajosas. No habló jamás de lo sucedido. Pero a la semana, la esposa de Pierce Colton dio a luz un feto prematuro de carne azabache, sin boca, que murió a la mañana siguiente dejando tras de sí una nube de insectos voladores. Ahora el doctor no dormía, y gente empezó a irse del pueblo o enloquecer. Todo lo que se criaba o sembraba nacía torcido, infestado de parásitos, y los árboles caían, devorados por hongos negros.

Al final, no hubo exorcismo, ni pastor, ni huida posible. Los que se quedaron supieron que sólo podían convivir—quizás hasta amar, de una forma triste y repulsiva—la carne en flor de Shub-Niggurath, que sigue retoñando, sordo a todo deseo humano, justo debajo de cualquier brote, y bajo la leche corrompida de toda madre. Y cuando en la penumbra un niño murmura un canto que nadie enseñó, siempre hay quien recuerda los balidos, la arboleda, los sueños de la Bestia Negra, y prefiere el exilio o la locura antes que ver crecer de nuevo la lepra insaciable de la diosa.

Porque bajo la superficie podrida de Arkham, cada raíz, cada óvulo, cada nacimiento, late para siempre el corazón hinchado y viscoso de la Abundancia Maldita. Y alguna noche, cuando la luna rehúye mirar la tierra, aún puedes oír los llantos, entre las copas y la negrura, del original monstruo maternal que sólo sabe engendrar dolor y hambre: la Madre de los Millar, la progenitora de la Desolación.

Fin.

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