Las historias de mi juventud en Arkham sonreían socarronamente desde la memoria, salpicadas de una extraña mezcla de bosques húmedos y noches salobremente perfumadas por el follaje. Era un tiempo de dogmas y abjuraciones en la Universidad Miskatonic, donde los secretos parecían retozar en la penumbra de los despachos, y los muros rezumaban promesas de horrores que aún nos rehuían. Sin embargo, en los años de madurez, yaciendo en la soledad que viene con el fracaso y el asco de uno mismo, aprendí lo mucho que podía doler la euforia del conocimiento.
No mucho después de mi trigésimo cumpleaños, la carta llegó: un sobre apresurado, encrespado por el sudor y la agitación, con un remitente improbable. Edith Claremont, quien fuera mi amante tras la muerte de su esposo, me imploraba acudir a Kingsport, donde moraba con su madre y su hija pequeña. Los Claremont no eran ajenos a los rumores de ritos antiguos, pero yo había rechazado tales timideces de provincia : “las historias de lecheros y capataces”, pensaba, “no pueden inquietar a un hombre docto”. Pero era Edith quien suplicaba, y esa noche, mi orgullo académico calló ante el llamado de viejas deudas.
La casa que habitaba Edith en Kingsport era, en sí misma, un monumento a la insistencia de lo antiguo. La piedra tenía siglos, el musgo larvaba en las juntas, las ventanas parecían vibrar con una respiración propia. Ella me recibió a la entrada; pálida, arrugada más allá de su edad —cualquier belleza pasada devorada por el cansancio y un extraño temor. Me saludó con voces temblorosas, admirada y asustada de mi presencia a igualdad de partes.
“Está en el bosque”, murmuró, apenas cerrada la puerta tras de mí. “Algo… algo vino con la niebla hace dos semanas. Mamá dice que ya ha ocurrido antes, pero jura que será peor ahora”.
Reí, exasperado con esa superstición. “¿Otra historia de las colinas, Edith?”
Pero ella me condujo a la salita, con el fuego chisporroteando de modo incómodo, y me mostró, sin más preámbulos, la niña dormida en el sofá. Su hija, Helen, estaba tan inmóvil que por un instante temí lo peor. Su piel tenía un matiz grisáceo, el cabello sudoroso pegado al cráneo. Pero aún más perturbadores eran los surcos: delgados, escarlatas, tallando formas equívocas en el cuello y el pecho, como si extrañas raíces hubieran tratado de aferrarse a ella desde algún lugar muy, muy hondo.
“La encontramos así tras la niebla”, susurró Edith. “No está enferma, dice el médico, pero habla raro en sueños. Y todas las noches la niebla canta en el bosque”.
A regañadientes, acepté quedarme —la nostalgia es una quimera, y la compasión es peor. Durante la cena, Edith y su madre me contaron, palabra a palabra, lo que aseguraban era la verdad. Hablaban de los parientes perdidos que anualmente desaparecían entre los matorrales; de las cabras cuyas ubres rezumaban negra podredumbre, de crías deformes nacidas entre los granjeros; de un mal obrero enraizando bajo la tierra, que sólo emergía cuando la niebla untaba de humedad la campiña. Reían en voz baja cuando hablaban del “Árbol Negro” al que algunos peregrinaban aún los sábados al amanecer, la cruzada de generaciones hechas útero para lo informe.
Traté de apaciguar sus miedos con razones, pero los ojos de la pequeña Helen, abiertos a medianoche, me confundieron terriblemente: no era natural su mirada, ni el reflejo marino de su iris, ni los gemidos guturales que lanzaba al aire. Esa noche me despertaron unos pasos —no humanos, demasiado arrastrados, demasiado pesados. Bajé con la arma de chispa del difunto esposo de Edith, esperando a un ladrón o, en el caso más excéntrico, alguna bestia. Entre la bruma, al otro lado de la puerta de la cocina, vi figuras moverse con deliberación malsana. Rostros extraviados en la niebla, manos deformadas oscurecidas por secreciones lechosas.
Esa primera noche no fui capaz de dormir. Por la mañana, la pequeña Helen, inexplicablemente animada, insistió en ir al bosque. “Me llaman”, me dijo. Edith se descomponía ante la impasibilidad de su hija, ya imposibilitada de ocultar el terror. Le ordené que se quedara, pero la niña se retorció con fuerza inusitada y escapó al jardín, gimiendo.
Salí tras ella. La niebla se espesaba entre los castaños y abedules, y la tierra parecía respirar bajo mis pasos. Grité el nombre de Helen entre los troncos, sin respuesta, hasta que finalmente percibí una música atroz: mugidos y gruñidos, una polifonía de voces animales y humanas mezcladas, un cántico que desgarraba la razón misma con promesas de fecundidad amorfa e inabarcable.
Los árboles parecían moverse, y raíces se retorcían en la hojarasca donde yacía Helen. Un círculo de cabras con ubres monstruosas y hocicos ensangrentados rodeaba la escena. En el centro, la niña se retorcía, presa de un espasmo extático, y a su alrededor, en los claros de la niebla, emergía la forma de algo imposible. Era un tronco viviente, una parodia de madre: sus extremidades eran raíces; su torso negro y viscoso rezumaba leche podrida y semen de pesadilla, y de mil bocas hendidas surgían cabritos abortivos sangrientos.
El hedor era insoportable. Las criaturas emitían un chillido coral, y comprendí de pronto, horrorizado, que los surcos en el cuerpo de Helen eran intentos de injertarla en ese horror como parte del ciclo inconcebible de su progenie. La niebla se volvió sólida, envolviendo la visión; sentí que mi voluntad flaqueaba mientras la madre del bosque me llamaba. No con palabras, sino con imágenes: úteros hinchados germinando en la maleza, coitos y partos que no distinguían entre animal y vegetal y humano, la tierra forzada a parir lo innombrable.
Un borbotón gorgoteante brotó del tronco central. Un tentáculo me rozó la pierna, húmedo y áspero como la lengua de un ciervo aún palpitante. Grité. Nadie respondió. Retrocedí, forcejeando con las raíces y, en mi desesperación, disparé a lo que supuse era el ojo central, un nódulo brillante y serpenteante sobre la corteza. El disparo estalló en un vendaval de lodo, materia orgánica y chillidos horrendos. Por un instante, todo pareció disolverse en caos.
Desperté entre el barro, el sol ardiendo sobre los restos de la niebla. Helen se acurrucaba bajo mis brazos, balbuceando. Su piel había perdido el color mortuorio, pero los ojos seguían siendo ajenos, fríos como el fondo del mar más allá de Innsmouth. La llevé a la casa entre jadeos y llantos; Edith, desterrada más allá del miedo, no halló consuelo alguno en mis vagas explicaciones.
No fue sino días después que advertí que los surcos en la piel de Helen se afianzaban. Cada noche, durante mi breve y atormentada vigilia, la oía hablar con voces ajenas. Los sueños se poblaron de imágenes de úteros abiertos, de lunares negros y leches podridas, de criaturas anticristianas forzándome a fecundar la tierra misma. Ya no supe distinguir el horror exterior del íntimo.
Meses después, la niña desapareció. Edith ya no podía hablar; se ahorcó en el desván la mañana que Helen fue tragada por el bosque. Encontraron a la madre de Edith muerta en la extensa despensa, la cara devorada por hongos lilas y raíces negras brotando de su boca, como si desde algún abismo un ente cruel y hambriento se hubiera servido de su vieja anatomía.
No me atreví a regresar a Kingsport. Pero más de una vez, en la niebla que a veces se cuela hasta Arkham, creo distinguir la melodía impura del canto de la madre oscura. Los médicos, bondadosos ignorantes, me diagnostican insomnio, problemas nerviosos. No les culpo: las palabras no traspasan la membrana entre la razón y aquello que mora más allá de las raíces. Algunos llaman a la fuente de sus terrores leyenda, tradición, curiosidad de antiguos colonos. Pero sé—demasiado tarde—que aún respira y procrea, y que usa a la humanidad como a un ciervo se le usa para la carne.
Quizás algún día, cuando la niebla vuelva con su hedor dulzón y el musgo gotee tentáculos de leche maldita sobre las piedras, recuerden lo que fue escrito en los márgenes de las genealogías de miseria como la de los Claremont: la Madre Negra es paciente, y su hambre, infinita. Hasta entonces, solo nos queda fingir que este mundo es nuestro, y que en la oscura cantera del bosque no crece nada que no hayamos sembrado nosotros mismos.
Mi relato acaba aquí, aunque en mis sueños, sé que la pastora de úteros aún me vigila, con mil bocas ansiosas, aguardando la próxima niebla, la próxima semilla, el próximo grito.
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