Portada del relato La devoción de los vástagos
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Fragmento:


Me recibió en el umbral de su casa, donde la oscuridad olía a madera húmeda y a esas flores demasiado dulces que exhalan un olor enfermizo. Vi la resolución en su cara curtida: “Has de ver el prado, Martín. Has de ver lo que ocurre a mis ovejas…”

Duración: 09:40

La devoción de los vástagos
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Texto de ajuste de pausa.

Cae la niebla como un sudario sobre Lasturia, ese rincón olvidado de la provincia, donde los dioses primordiales aún susurran desde el lodo, y los días se desgastan con la sequedad de un pensamiento viejo. Ignoro si el viento del norte lleva semillas de locura en sus corrientes, o si es el retorcimiento de las colinas lo que dobla el juicio como una rama encorvada; pero yo soy quien queda para contar el horror, mientras picoteo con dedos temblorosos sobre la máquina que me han dejado en este encierro de blancura y luz limpia, creyendo los doctores, en su arrogancia, que los horrores antiguos huyen del acero, o de la comprensión lógica. Pero la memoria de lo que vi, de lo que tocó mi lengua y mi espíritu en la aldea de los Larramendi, ningún sedante podrá abolirlo.

La llegada ocurrió en la primavera, cuando el campo aún huele a estiércol y las hembras animales paren entre manchones de sangre y vapor. Eso me alertó, aunque no sabía por qué; los niños nacían muertos, y los corderos, deformes en sus costra de placenta, tenían miembros de más, pezuñas hendidas sobre troncos apenas humanos. Mi labor como veterinario itinerante me llevó de caserío en caserío, e ignorante del abismo que rodeaba las sendas boscosas, respondí al llamado de un viejo amigo: Donato Larramendi, cuya expresión, al llegar, me pareció pulida por la fatiga y la desesperación.

Me recibió en el umbral de su casa, donde la oscuridad olía a madera húmeda y a esas flores demasiado dulces que exhalan un olor enfermizo. Vi la resolución en su cara curtida: “Has de ver el prado, Martín. Has de ver lo que ocurre a mis ovejas…”

Eran las cinco de la tarde y el sol pese a empezar su descenso parecía resistirse, bañando el valle en un delirio dorado que arrancaba relumbre de las hojas de roble. Caminamos en silencio hasta la cerca, bordeada por fardos de musgo y raíces retorcidas extrañamente húmedas. Al acercarnos, el balido llegó seco a mis oídos: trémulo, falto de fuerza. Atravesando una nube de insectos, vi a la oveja: tiesa sobre la hierba, el vientre partido, ojos de ébano líquido. Lo anómalo no era ya la muerte ni la profusión de sangre, sino el contenido del útero: una amalgama tumoral de carne y pelo, en la que asomaba a ratos la silueta inconfundible de un rostro humanoide, fundida en sonrisa ciega.

Donato me apartó la cabeza con un tirón brusco y se persignó. “Hay algo que ha vuelto,” susurró, y el crujido de su voz parecía repetirlo en la brisa: ha vuelto, ha vuelto…

Yo —ignorante del eco legendario, del rebaño y sus terrores atávicos— invoqué la ciencia, balbuceé sobre infecciones y mutaciones genéticas, sobre la consanguinidad posible en ganado mal rotado. Pero Donato, ya entonces tan pálido que la barba le brillaba, negó el remedio: “Si solo fueran las ovejas… Ven con el caer del sol al prado de los tejos; así entenderás.”

Recorrí la casa esperando abrir alguna explicación en mis manuales, pero la noche se agrupó y el boceto de la ciencia quedó remansado en el charco de una ignorancia humillante. La luna —plena, carmesí en el horizonte— heló el aire, pintando las sombras de la aldea con puntas largas y bestiales. Donato volvió a buscarme. Ni una palabra; bajamos en procesión muda hacia el citado prado. Nos aguardaba allí la hija menor de Donato, Maite, vestida con una saya desgastada y un pañuelo viejo en la cabeza.

El prado de los tejos es deformidad pura; ningún árbol crece allí recto, y la tierra flota esponjosa de hongos de sombrero pardo. Un círculo antiguo de piedras, carcomidas y húmedas, ornaba el centro, difusas a la luz trémula de la linterna. El doctor Arranz, citadino llegado por ciencia, y la esposa de Donato, ambos ya abismados en el alcohol o el llanto, completaban el cuadro de figuras desencajadas frente a aquel altar megalítico. Las caras, expectantes, parecían talladas en cera, con los ojos extraviados en una angustia mineral.

Donato comenzó a hablar —más para sí mismo que para nosotros— en un polvo de palabras antiguas, llenas de nombres de los que las abuelas dicen proteger el sueño de los niños. Habló del Gran Cordero Negro, de la fertilidad y de la corrupción; de cómo las lluvias, antes copiosas, desfallecían desde que hacía meses sonaban en la medianoche campanas invisibles, y el ganado se inquietaba. “Mi abuelo guardó el pacto. Mi padre también. Yo lo rechacé… hasta ahora.”

Las piedras exhalaban frío; el suelo, a intervalos, parecía vibrar bajo nuestros pies con un pulso subterráneo, animal o vegetal. Nadie se atrevía a articular explicación alguna, excepto por los balbuceos —entre ebrio y lúcido— de la madre, quienes murmuraba: “volverán los cuernos... los juncos se abrirán esta noche…”

Fue entonces cuando, de la masa de hongos al borde del círculo, brotó una negrura espumosa, húmeda y móvil. No era sombra, sino algo corpóreo; y el hedor que trajo consigo anuló lo racional, evocando en mi lengua el sabor de la leche agria y la podredumbre vetusta. De aquella masa, ramas flexibles —a veces, sugerían extremidades— fueron elevándose. Vi brotes palpitantes, goteando icor lechoso sobre la hierba, y entre ellos, atisbos de pezones chirriantes, ojos ofídicos, caras humanas sumidas en una mueca parentérica.

No fui el primero en caer de rodillas; el doctor Arranz —pese a la lógica que proclamaba en los bares— chillaba frases como mandamientos, con voz de niño: “¡Shub-Niggurath! ¡La negra cabra de los bosques con un millar de vástagos!”

El monstruo, o lo que la tradición agónica de Lasturia llamaba la Diosa Negra, se arrastraba sin prisa, rebosando cada grieta y hendiendo la tierra al paso. Las ramas tocaron los cuerpos —la mía la pude percibir fría y húmeda, dejando un sabor agrio, animal; después, una placidez tibia, atónita, una disolución del yo, como si mi cerebro se expandiera y contraída con la cadencia de mil partos bestiales.

No puedo relatar con precisión lo que siguió. Sé que Maite, poseída o inspirada, cantó en una lengua cruelmente armoniosa. Del monstruo surgieron figuras, siluetas de corderos y niños mezclados, que reptaban al pie de la deidad y reían con risas engoladas, ancianas. Donato y su esposa se abrazaron, gimiendo bajo el peso de saber y no querer saber. Arranz se revolcó entre los hongos, rabiando, mordiendo la tierra como si disputara con la horda de descendencia absurda que brotaba de la bestia. Y yo, marcado según supe después por una herida en la calva imposible de cerrar, perdí el lenguaje, la racionalidad, y cedí a la memoria primitiva de los hombres-mamut y mujeres-cabra.

Amanecía, o lo fingía el mundo, cuando desperté en el camino del caserío, cubierto de un limo pardo y con las ropas adheridas a la piel húmeda y dura como pergamino de barrica. Caminé, tambaleante, esquivando los silbidos, zumbidos brutales salidos de las matas de orquídeas y zarzas; sentí en la nuca una presencia vigilante, hasta alcanzar mi coche y huir a la ciudad.

Allí no acabaron las consecuencias. El pueblo fue dispersándose por la provincia, mudo, envilecido. Ni Arranz ni los Larramendi pudieron ser contactados jamás. Las tierras —así me dijeron después— comenzaron a hincharse, como respiradas por una criatura dormida; y las semillas de los viejos árboles dieron frutos de carne, no de hueso, escupiendo infancia animal en todas direcciones. Llegó una peste, pero nadie supo nunca su origen. Yo, entre tanto, padecí décadas de sudores nocturnos y terrores súbitos, viendo en las baldosas del hospital psiquiátrico los gérmenes de aquel limo, esperando siempre el susurro que reverberaba en los tejos:

“Fecunda y multiplica, híbrido. Todos sois del rebaño, todos volveréis al círculo.”

Solo yo puedo escribirlo. Los doctores hablan de esquizofrenia con fascinación didáctica y repiten “trastorno psicótico reactivo breve”. Si tan solo vieran la naturaleza cuando la luna vuelve a abrir su ojo, cuando la leche de las cabras escupe larvas y la carne de los recién nacidos se mancha de tonos oscuros… Si tan solo hubieran conocido los nombres impronunciados, la promesa ruinosa de la horda innumerable y hambrienta.

Ahora escucho, bajo el suelo de esta sala, el goteo incesante, como de pezones exprimidos en la oscuridad. Presiento que muy pronto estarán aquí, brotando por los aljibes y respirando entre las raíces y espuelas de la maleza. No diré más. Me ofrecen la pluma y el suero, pero sé que ninguno me salvará cuando los dientes vuelvan a dibujar círculos en la tierra, y el rebaño, finalmente, retorne a la diosa. Y yo, cambiado en algo más que en espíritu, aguardaré el instante de fecundidad y horror, para dar testimonio de una vez por todas, del alba en que la carne de la Madre Negra sepa de nuevo a mundo.

Así concluye mi crónica para quien quiera escucharla. No tiene moraleja. Solo ruego que, si el azar de la vida os conduce por sendas boscosas, jamás atendáis el llamado del ganado ni de las piedras antiguas; y, sobre todo, que no os acerquéis a los prados donde nada es tal como parece, y donde la fertilidad da frutos que no deberían ver la luz del sol.

Pero temo que ya es tarde. Porque hoy, mientras escribo estas líneas, la leche de mis pesadillas cuaja bajo la piel, y siento crecer dentro de mí un rumor de raíces, de pezuñas, de risa maternal y sin misericordia.

Vuelven. Siempre vuelven.

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