Portada del relato El Lamento del Vientre Negro
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Los cánticos subieron de tono. Se notaba que ninguno de los presentes hablaba en su voz habitual, sino como si todas las cuerdas vocales aquí hubiesen sido templadas por siglos de contacto con la marea, con la humedad y con algo más profundo aún. “Ven, Madre de la Leche Oscura, ven con tus millares”, entonaban, palabras que brotaban como costras sobre la lengua. “Trae tu fertilidad negra, tu aliento prolífico. Haz que sobre la tierra broten los inacabados y los gloriosos regueros de tu carne.”

Duración: 10:01

El Lamento del Vientre Negro
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

El viento surgía desde la costa con una fuerza atávica, hiriendo la noche como una lengua salada y húmeda en la carne de quien osaba acercarse. Las rocas sabían a resina antigua y sangre vieja, recuerdo de generaciones que habían caído aquí, y los hilos de algas muertas se enroscaban alrededor de los tobillos de Shandor mientras bajaba la pendiente. Le prometieron que había algo en el límite de la marea que haría cambiar el curso de su vida. No le dijeron, sin embargo, si el cambio sería deseado.

Venía huyendo de la ciudad, de las garras de la necesidad, de la monotonía insípida de los días perdidos. El rumor era simple y susurrante: “Ven al acantilado, donde la noche es negra. Allí donde la espuma deja cosas que los peces nunca tocaban. Allí donde los que rezan por sus hijos, por sus casas, por sus pecados, acuden cuando ya no tienen iglesias.” Shandor nunca tuvo fe en nada salvo en la desesperación, y esa resultaba robusta como el coral que, bajo la superficie, férreamente reclamaba la carne de los ahogados.

La reunión aguardaba. Había faroles, pero el aceite ardía con un color que no era naranja sino pulposo, y sacudía reflejos violetas en las rocas mojadas; parecían venas abiertas, brillando con intensa enfermedad. Un círculo de figuras, capuchas tejidas en pelo de cabra, rostros envueltos en trapos y escamas, recitaba algo que se disolvía antes de llegar hasta él. En el centro, un altar de piedra, cruelmente corroído por marea y tiempo, sostenía una figura bulbosa – demasiado hinchada como para ser reconocible como animal u hombre – y al pie del altar, una grieta que vomitaba humores, como si las fauces de la tierra mismas hubiesen enfermado.

Nadie habló a Shandor; sólo se apartaron para que pasase. No cabía duda de que le esperaban. Era uno de los raros elegidos, no por virtud, sino por la exacta medida de su vacío. Se arrodilló, sin saber por qué. La sal mordió sus rodillas a través del pantalón y olía a un lecho fúngico y antiguo: allí donde la vida y la podredumbre no tenían separación.

Los cánticos subieron de tono. Se notaba que ninguno de los presentes hablaba en su voz habitual, sino como si todas las cuerdas vocales aquí hubiesen sido templadas por siglos de contacto con la marea, con la humedad y con algo más profundo aún. “Ven, Madre de la Leche Oscura, ven con tus millares”, entonaban, palabras que brotaban como costras sobre la lengua. “Trae tu fertilidad negra, tu aliento prolífico. Haz que sobre la tierra broten los inacabados y los gloriosos regueros de tu carne.”

Entendió entonces el primer nivel de horror: no era la muerte lo que invocaban, sino una suerte de nacimiento, una multiplicación cual Epidemia Negra que no buscaba tierra fértil, sino cuerpos disponibles, abismos por llenar.

A su izquierda, un hombre mutilado, los miembros rectos pero inservibles, sostenía un cuenco de nácar rebosante de un líquido grisáceo, cada tanto espeso como la miel, cada tanto fluido como agua de lluvia. En ese cuenco alguien había recogido las primeras secreciones del altar: la cosa bulbosa lloraba de maneras imposibles, exudando y reabsorbiendo en ciclos dolorosos, y en cada renuevo del ciclo, veía pequeños ojos (ojos absolutamente humanos) parpadear en la hinchazón, para luego sumirse de nuevo en la carne.

“Bebe,” susurró la figura mutilada. Shandor ni siquiera pensó en resistirse; la voz no pedía, ordenaba. El cuenco tocó sus labios con facilidad, y parte del fluido corrió hasta su interior. El sabor era casi inolfateable, como amparado tras la barrera de algo que la lengua no reconoce; sólo después vino la pesadez, el calor amniótico, la vieja fiebre de la selva, de la cueva, del delta ancestral. “Putrefacción fértil”, pensó, y su lengua mental se llenó de nombres: Abhoth, el Indigno, la Fuente de Todo lo Contaminado, cuyos hijos eran desperdicio y simiente por igual.

Y así, el horror subía. Porque bajo el altar, la grieta vibraba, exudando no sólo vapores sino charcos de limo negruzco, como si el corazón de la roca desbordara un pulso enfermo. Entendió que esa abundancia era parte del sacrificio, que no bastaba con dar carne o fe, sino que había que devolver esta podredumbre al mar. Las mujeres y los hombres allí presentes lo sabían: de cuando en cuando, caían de rodillas ante algún charco, ahondando en la mugre, arrancando bultos informes (manos, dientes, pequeñas cabezas calvas, falanges hinchadas) que arrojaban a la corriente marina, gritando bendiciones en una lengua mutilada.

“Shub-Niggurath”, rugió entonces el círculo, ya frenético. “La Negra Cabra de los Bosques”, y el eco fue un temblor de la tierra, un grito que el mar devolvía en olas rotas y espumeantes. La hinchazón del altar comenzó un crescendo: se podía ver bajo la piel trasladarse formas, como si millares de cuerpecillos se empujaran por ascender, reclamando la superficie. Cada vez que algo conseguía asomar, era separado por manos codiciosas, húmedas, habitantes de abismos ignotos, y arrojado a la mar.

El ciclo era absoluto, como la marea: la podredumbre surge, toma forma, se arroja y multiplica, para fecundar el agua y la roca. La visión hizo presa de Shandor: bajo el agua, por entre los arrecifes – ahora nítidamente discernibles pese a la negrura – criaturas abisales se agitaban; no eran peces, ni alga, ni hombre, ni monstruo: sólo resultado. Cosas nacidas del barro de Abhoth, pero nutridas en el seno de Shub-Niggurath, siempre en búsqueda de carne fresca, de tierra nueva, de génesis y desecho entramados como hebras de un tapiz imposible de comprender.

Quiso apartarse, huir, gritar. El cántico, sin embargo, actuaba en su médula como una narcótica pesadez: los nombres se hilaban como gusanos hambrientos, tejiendo en su sangre el zapateo de miles de criaturas diminutas. No podía moverse, ni siquiera cerrar los ojos: una visión se adueñó de su mente, mostrándole los abismos submarinos donde, apósito a apósito, las criaturas recién formadas se devoraban y copulaban al mismo tiempo, formando nidos de lodo y tentáculo, donde cada muerte sólo alimentaba nuevas gestaciones. Eran mutaciones perpetuas, gusanos de carne, formas que gritaban por identidades que jamás tendrían. Sacrificio tras sacrificio, la mar era un útero abierto, una tumba que, en vez de recibir solo los muertos, también escupía los impensables vivos.

Un hombre, muy anciano, rompió el círculo. Llevaba la piel cubierta de burbujas y placas verdinegras, y sus ojos eran demasiado numerosos para su cara. Se arrodilló junto a Shandor y comenzó a hablar no a él, sino a la cosa del altar: “Oh, matriz grotesca, oh, exudadora, oh, menú de abismos, recíbenos; no con piedad, ni con ira, sino por la rutina de lo que acontece sin elección. Haz que la resaca se cargue de tu botín y que en las bocas de los peces germine tu pus.” El anciano se cortó las manos, permitiendo que una sangre casi negra salpicara en la grieta.

Esa sangre fue absorbida con ansia. Una oleada fétida llenó el aire: el altar palpitó aún más rápido, y entonces (¡oh, impiedad!) una boca, gigantesca y sin dientes, se abrió en la piel bulbar, exhalando un aliento verde, pétreo, como si el ser expeliera los restos de generaciones de sacrificio.

La boca habló, o quizá rezumó pensamientos: “No sois sino lo que exudamos; no tenéis nombre salvo el de la podredumbre. Yo soy la semilla arrojada en mares muertos. Yo soy hambre y panal y pus.” Vieron entonces, todos, cómo sobre la mar surgía una claridad impía: la luna era sólo una bola cubierta por costras, y entre las olas surgían siluetas que imitaban lo humano, pero sólo hasta cierto punto; luego se alargaban, deformaban, quebraban en nuevos cálices o volvían a sumirse en la espuma, fecundando y matando, multiplicándose en un carnaval de abismo.

Los miembros del círculo comenzaron a celebrar, y era una celebración que congelaba la sangre: se arrojaban boca abajo a la grieta, succionando la podredumbre, rasgando bultos del altar, bebiendo cuanto podían. Otros llevaban las criaturas extraídas hasta el borde y las entregaban al mar, donde – para horror de Shandor – miles de tentáculos esperaban, brotando aguas arriba, ansiosos por recibir la ofrenda para reanudar el ciclo.

Shandor sintió algo germinar en su vientre. Era una pesadez animal, como si cientos de huevos macizos creciesen bajo la piel, intentando salir. Quiso suplicar por ayuda, pero su boca no reconoció el idioma propio: sólo gritó los nombres impuros, entre saliva y bilis, y supo –placenteramente atterrador- que pronto formaría también parte de lo exudado, de lo arrojado a las profundidades. El viento now chillaba, entrecortado de gemidos que eran, a la vez, de nacimiento y de dolor de muerte.

La última sensación que cobró conciencia en Shandor fue la del tacto viscoso, cuando manos, a la vez humanas y animales, le arrastraban hacia el altar, abriéndole la ropa, buscándole las heridas, los orificios. Le convertían en vasija, en contenedor, en bazofia predilecta. Su sangre se evaporaba, atrapada en la humedad insaciable de la marea, y entre los cantos finales pudo ver el ciclo alzarse una vez más: cada fragmento de carne, cada bulbo supurado, cada bulto sangriento regresaba al agua, y el agua los propagaba como un soplo eterno, imposible de deshacer ya.

Cuando la marea bajó, sólo quedó la piedra, manchada de una escoria que no era ni sangre ni agua, sino promesa cumplida. Nadie volvió jamás a ver a Shandor, pero en la playa, meses más tarde, los niños encontraron, entre los rizos de las olas, extrañas criaturas que ni los pescadores antiguos se atrevieron a describir.

Al final, la mar no era sólo tumba, sino útero fecundo y corrupto, jardín de horrores multiplicados, satisfacción de una Madre hambrienta cuya progenie nunca conocerá sosiego, ni fin.

Copyrights © 2025 Mitosaudio.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.