Fragmento:
Durante la cena, el capataz y su esposa —una figura diminuta y silenciosa con la espalda encorvada— les contaron la historia de Marinsk en susurros temblorosos: a finales de los años cincuenta, el Estado ordenó investigaciones geológicas bajo argumentos de recursos minerales. Pronto, surgieron túneles inexplicables, saltos de roca derretida y la aparición esporádica de sonidos de arrastre bajo la tierra... y algo más. Una presencia viscosa, húmeda, que devoraba la piedra y, según los cuentos, los hombres.
Duración: 10:57
El tren atravesaba la tundra como un gusano negro e indeseado. Hacía mucho que Vassil no salía de San Petersburgo, y la vastedad de Siberia era tan ajena a su vida en la ciudad como el fondo del mar a una rata de alcantarilla. La ventisca martillaba los ventanales con puños helados y él, pese a que trataba de ahuyentar el frío cubriéndose con el abrigo militar, no lograba evitar el temblor. Afuera, interminables, los páramos de hielo se extendían sin interrupción salvo por esporádicas agrupaciones de abedules tentaculares, muertos, hastiados de todo.
La voz metálica del revisor resonó por los vagones: “Próxima parada: estación de Marinsk. Diez minutos”.
No tenía por qué estar allí. No tendría que haber aceptado el encargo. Pero nadie dice que no al Dr. Zhukov, no cuando las alternativas son tan sobrias y definitivas. Vassil recordaba el despacho iluminado a media luz, el regusto metálico y podrido del aire, la fotografía deslizada por encima del escritorio: una mancha informe en la nieve, oscura e inidentificable, rodeada por figuras diminutas y congeladas para siempre en posturas de dolor.
“Encontraremos lo que haya que encontrar”, murmuró entonces Zhukov. “Ese equipo científico nos costó millones. El Estado exige respuestas”.
Ahora, el Estado se arremolinaba en su pecho como una fobia vieja, dolorosa. Marinsk ni siquiera aparecía en los mapas más recientes, y ningún civil recordaba su existencia. Antaño, Vassil sospechaba, fue una de esas aldeas de destierro para enemigos del pueblo, arrasada por el frío y el olvido, hasta que un interés nuevo —y mucho más inhumano— la reclamó desde el interior de la tierra.
Bajó del tren con dos hombres: Iván, su guardaespaldas, con la mandíbula apretada y la mirada clavada en el suelo, y la Dra. Katya Mihailova, experta en biología subterránea, que no las tenía todas consigo. Los esperaba un hombre encorvado y desdentado, el capataz, que les indicó con gestos bruscos que lo siguieran en medio de la ventisca. Los llevó por las calles erizadas de Marinsk, entre chozas de madera podrida donde el hielo colgaba como lenguas estalactitas, hasta un cobertizo doblemente asegurado con candados.
Allí, arrumbados como si fueran bultos de sal, yacían los cuerpos del equipo anterior.
La visión arrancó de Vassil un suspiro helado. Los cadáveres estaban hinchados, desfigurados, aunque el frío debería haber mantenido sus rasgos. Parecía que fuerzas internas habían pretendido abrirles paso, desgarrando ropa y piel hasta dejar huesos expuestos. La Dra. Katya maldijo, trémula. Del pellejo de uno de los muertos colgaba un jirón extraño y translúcido, una suerte de membrana o capa gelatinosa imposible de identificar, que parecía agitarse apenas con el movimiento del aire.
“Es... ¿alguna forma de moco evaporado?”, se atrevió a sugerir Katya, pero su voz apenas era audible.
El capataz negó con la cabeza y farfulló: “No lo toque. Lo intentó Glebovich y esa misma noche... empezó a temblar. No dejó de hacerlo hasta que murió al amanecer, entre espasmos. Y su sangre olía a ácido.”
Los ojos del capataz, veteados de amarillo, rehuían el contacto. Vassil miró a Iván, que sostenía la pistola bajo la gabardina, y sintió que el aliento se le congelaba antes de abandonar sus labios.
Les llevaron a una casa donde pasarían la noche antes de bajar a la mina, el lugar de la última radiobaliza del equipo científico.
Durante la cena, el capataz y su esposa —una figura diminuta y silenciosa con la espalda encorvada— les contaron la historia de Marinsk en susurros temblorosos: a finales de los años cincuenta, el Estado ordenó investigaciones geológicas bajo argumentos de recursos minerales. Pronto, surgieron túneles inexplicables, saltos de roca derretida y la aparición esporádica de sonidos de arrastre bajo la tierra... y algo más. Una presencia viscosa, húmeda, que devoraba la piedra y, según los cuentos, los hombres.
Hablaron del “Madrugador sin Ojos”, una sombra que se extendía bajo el permafrost desde tiempos inmemoriales. “Antes de llegar ustedes ya teníamos miedo. Ahora, todo es peor”, musitó la esposa del capataz. Nadie probó bocado tras aquello.
La noche, sin embargo, no trajo descanso: entre el crepitar de las paredes, Vassil soñó con un corredor interminable, en el que la tierra latía y su corazón palpitaba al unísono con un ritmo ajeno, húmedo y cruel. Soñó con un frío tan supremo que descomponía la carne, y luego con un calor irresistible que venía desde abajo, como la respiración de una bestia enorme y hambrienta, ansiosa de devorar la superficie.
A las seis bajaron a la mina. La entrada, parcialmente colapsada, parecía la boca de un animal vencido pero aún letal. El hedor era indescriptible: una mezcla de amoníaco, podredumbre y algo más, como plástico quemado o carne recociéndose bajo vidrio. Los acompañaban dos mineros locales, ni jóvenes ni viejos —en Marinsk la edad no se podía determinar—, y un perro moribundo que olfateaba el aire con el rabo entre las patas.
Avanzaron en fila india, alumbrando grietas y galerías. De inmediato, Katya se dio cuenta de las extrañas formaciones en las paredes: burbujas de roca licuada, torsos y extremidades incrustados, y cicatrices de algo que no era explosión ni pico, sino una forma de erosión orgánica a gran escala.
“Tiene que ser ácido”, musitó Katya. Pero cuando Iván se agachó para tocar uno de los surcos negros, retrocedió bruscamente. “Parece... viscoso. Todavía húmedo.”
La propia linterna reveló algo peor: rastros de escamas translúcidas, de formas variables, como pedazos de una criatura que mudase de piel cada vez que cambiaba de humor o propósito.
“Dios salve al Zar”, suspiró uno de los mineros, santiguándose antes de escupir al suelo.
El descenso se volvió una tortura. Cada metro, el calor aumentaba, mezclado con el hedor a química pútrida y una vibración persistente en el aire. El temblor no era sísmico, sino esa clase de resonancia que uno siente en los huesos largos, portadora de un ritmo ancestral.
Tras una curva, se toparon con la estación científica: ruinas de metal corroído, computadoras fosilizadas, generadores reventados y, en medio, una vasta cámara excavada artificialmente, iluminada aún por un puñado de lámparas de emergencia.
Sobre el suelo—Vassil sintió que el estómago le daba un vuelco—una mancha semilíquida, de unos cuatro metros de diámetro, palpaba el aire con apéndices de gelatina. Ojos brotaban y se reabsorbían en su superficie; bocas se abrían, aspirando polvo y sangre seca.
El perro gimió y huyó, pero la cosa ni se molestó en moverse. Permaneció allí, como si supiera que su mera presencia suponía la victoria absoluta de lo inhumano sobre la razón.
“¿Qué... qué es?” balbuceó Katya, jadeando.
“Shoggoth”, murmuró uno de los mineros, como si la palabra arrastrase consigo siglos de esclavitud y dolor. “Desde antes de nosotros. Desde mucho antes.”
La masa titiló, como si riera en silencio. Un tentáculo emergió, tocando el marco metálico de una mesa, y la corrosión invadió el acero con la rapidez de las enfermedades incurables. Más tentáculos, mascarones deformes y bocas repletas de dientes blancos. Un ojo se abrió en dirección a Vassil.
Disparó Iván. Tres veces. Las balas entraron y desaparecieron en la membrana, y la criatura apenas se deformó.
Una voz o sabor, una impresión sinfonía animal colisionó en sus cráneos. Ni palabras, ni gritos, ni promesas; simplemente, una marea de deseo infinitamente ajena a lo humano, algo que no conocía nombres porque los nombres eran irrelevantes. Un hambre sin forma, una voluntad en constante mutación.
“¡Atrás! ¡Arriba, arriba!” ordenó Vassil, pero el capataz y Katya estaban paralizados.
Entonces, la criatura pareció crecer, como si hinchara su estructura absorbiendo calor, aire, memoria, fe. Tomó forma —una figura vagamente humana, dos brazos, una cabeza que goteaba materia informe— para luego desmoronarse en una lluvia de ojos y lenguas. Uno de los mineros gritó, cayó de rodillas, y la masa lo absorbió casi con ternura, cubriéndolo, derritiendo su carne y huesos, revelando fundas de dientes que rodaron por el suelo helado.
Iván, ante lo inevitable, vació su pistola. La masa gelatinosa avanzó veloz, y Katya tembló, presa de convulsiones. El capataz cayó de rodillas, llorando y susurrando oraciones. El olor casi asfixiaba; la temperatura había subido a lo insoportable. Vassil retrocedió, guiando a Katya y a Iván, pero los gritos quedaban sofocados por la vibración.
Lograron salir de la cámara, sellando el portón de emergencia tras ellos. Los ecos de sus carreras retumbaban en las galerías. Hubo un instante, un respiro, un parpadeo de esperanza antes de que escuchasen un sonido indescriptible, como el lamento de un órgano reventado: el Shoggoth había comenzado a avanzar, disolviendo metal y roca con su simple cercanía.
En la superficie, la nieve se había teñido de un vapor negruzco, y el frío era tan intenso que dolía respirar. Katya no dejaba de mirar hacia la entrada, repitiendo sin sentido fórmulas químicas y biológicas, como si el saber pudiese protegerla.
Esa noche, Marinsk fue evacuada. El tren especial se llevó a Vassil, Katya e Iván, junto a un puñado de sobrevivientes. Los cuerpos quedaron en la mina, junto con la cosa que, según el Dr. Zhukov, nunca debió ser perturbada.
Pero el Shoggoth, dicen, no busca presas una vez ha devorado suficiente. Busca comunidad, comunión. La certeza de su existencia carcome mentes y paisajes por igual. Donde descansa, la tierra se ablanda, la roca suda, y las estrellas parpadean con luces nauseabundas.
Vassil jamás volvió a dormir en una habitación subterránea. Katya desapareció seis meses después, en circunstancias tan viscosas e inexplicables como el horror bajo Marinsk.
Es mejor no excavar demasiado hondo. Algunas cosas esperan. Otras... simplemente se deslizan, pacientemente, explorando el mundo de los despiertos, burlando incluso el consuelo del olvido.
Y allá abajo, bajo kilómetros de hielo, en galerías hervidas por la voluntad de lo imposible, los ojos del Shoggoth siguen abriéndose, uno tras otro. Miran, absorben, aprenden. Y, cuando el silencio finalmente ceda, abrirán las bocas. No para hablar. Solo para devorar.
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