Fragmento:
Toda la vida de Ambrose Teller había transcurrido en una obsesión discretamente silenciosa. Era el tipo de hombre que los vecinos califican de reservado, aunque sabían poco de él, pues Ambrose evitaba la interacción social salvo la estrictamente necesaria para mantener su oscura paz. Procedente de una vieja familia de Massachusetts, había acabado por heredar un caserón en los límites del Valle de Miskatonic, donde se abrían los primeros páramos de Arkham y el río cruzaba afluentes helados. Aquella noche, su vigilia involuntaria se debía, como tantas veces, a una pesadilla recurrente: un repiqueteo de burbujas negras y voces líquidas que llenaban sus sueños desde la infancia, repitiéndose con los nombres informes de las cosas que arrastraban pesados cuerpos amorfos por las criptas del olvido.
Duración: 08:57
Toda la vida de Ambrose Teller había transcurrido en una obsesión discretamente silenciosa. Era el tipo de hombre que los vecinos califican de reservado, aunque sabían poco de él, pues Ambrose evitaba la interacción social salvo la estrictamente necesaria para mantener su oscura paz. Procedente de una vieja familia de Massachusetts, había acabado por heredar un caserón en los límites del Valle de Miskatonic, donde se abrían los primeros páramos de Arkham y el río cruzaba afluentes helados. Aquella noche, su vigilia involuntaria se debía, como tantas veces, a una pesadilla recurrente: un repiqueteo de burbujas negras y voces líquidas que llenaban sus sueños desde la infancia, repitiéndose con los nombres informes de las cosas que arrastraban pesados cuerpos amorfos por las criptas del olvido.
La herencia incluía una biblioteca desmesurada y varias cartas en criptografía familiar que solo el paciente descifrado podía desentrañar. Aquellas cartas—datadas entre 1887 y 1902—describían unas excursiones a unas cuevas ocultas bajo la cumbre nevada del monte Nonantum, adentrándose en territorios que, según la leyenda, las tribus algonquinas evitaban tajantemente. Su abuelo, un hombre de ciencia y osadía anticuada, narraba allí una expedición a unos túneles por los que “fluye la memoria de este mundo, y fluye igualmente la carne”.
En algún momento después de la medianoche, mientras la palabra “tekeli-li” palpitaba aún en sus sienes, Ambrose se vio enfrentando una compulsión irrefrenable. Decidió, por primera vez, tomar el sendero oculto entre los abedules, allá donde la nieve amortiguaba el mínimo rumor y los árboles murmuraban bajo cortinas de escarcha fragmentada. El invierno en Miskatonic asfixiaba: era silencioso, albino, y calaba el alma.
Su linterna rompía la negrura de manera indecorosa, y sentía como si ese acto de profanación lumínica desencadenara un eco adormecido bajo la tierra. Los copos parecían hervir sobre la tierra mientras recorría el sendero, ya más animal que hombre, su sombra enloquecida zigzagueando entre los troncos retorcidos. El aire estaba saturado de una humedad antinatural, punzante pero no fría, que rezumaba desde la boca de una grieta apenas perceptible entre las rocas cubiertas de musgo y liquen.
La abertura solo podía conocerse sabiendo dónde buscar; Ambrose leyó el pergamino arriba de su lámpara eléctrica y dedujo la marca: una runa deformada, imitación grotesca de los jeroglíficos de los mitos egipcios, que una mano convulsa había pintarrajeado con una sustancia negra y viscosa que aún no se secaba del todo. El texto avisaba:
“Aquellos que oigáis los susurros en la nieve, recordad: bajo las llanuras heladas, la carne aún se retuerce.”
Dentro, el túnel se deformaba a intervalos irregulares, más una galería hendida por gigantes ciegos que una excavación humana. Baldas de hielo pendían de techos más altos que cualquier mina, pulsando con una luz propia, verdosa y enferma. Avanzó precipitadamente, mojándose los zapatos, deslizándose sobre lo que parecía ser no solo hielo, sino membranas tibias, negras, que se pegaban a la suela y exhalaban un aroma acre, familiar: el olor con que una tumba sellada empuja a la vida el hedor de sus huéspedes.
Había leído en las cartas de su abuelo que los Shoggoths, aquellas criaturas-proteica invocadas por arquitectos inmemoriales, servían en otro tiempo de esclavos a entidades aún menos nombrables. Su supuesta extinción era tan falsa como la estabilidad del suelo que pisaba: las cartas describían, con una lucidez que bordeaba lo animal, la manera en que “la sopa negra” —como la denominó— imitaba la vida, memorizando y repitiendo sonidos, gestos… hasta recuerdos.
Ambrose reconoció de pronto un eco de su nombre—pronunciado, pero no exactamente humano—llamándolo en la oscuridad húmeda, modulando el timbre y la cadencia de su madre muerta hacía treinta años. El aire tembló con una reverberación interna, como si los túneles fueran fauces, y la sensación lo impulsó a avanzar sin querer reflexionar.
Tropezó con un esqueleto humanoide incrustado en la pared, sus huesos recubiertos por un limo verde, aún lamidos periódicamente por tentáculos negros que regresaron al núcleo protoplasmático tras descubrir su naturaleza trivial. Las huellas humanas, antiguas, perforaban la nieve interna de la caverna. Por momentos, la presión de la atmósfera caía tanto que Ambrose sentía sangre manando de sus oídos, y la linterna falló durante unos cuantos segundos interminables.
Al fondo, la caverna se ensanchaba en una cámara donde columnas ciclópeas habían sido modeladas como por gárgolas cósmicas que jamás utilizaron ojo humano. Allí, una criatura informe, del tamaño de una carreta, fluía perezosa sobre sí misma. Carecía de rostro, pero extraía, de un órgano variable, un ojo, una lengua, un orificio que gorgoteaba con su nombre, y luego los absorbía como magma engullendo piedras frías. Su avance era lento, pero inminente; en su superficie bullía la memoria de las razas muertas, los gritos congelados del pasado, y cada vibración traía una palabra, indistinta pero genuina, amantes y enemigos, madres y traidores resucitados en parodia líquida.
Ambrose sintió un ataque de locura. Quiso correr, pero el limo ya le envolvía los tobillos con una viscosidad tibia y lastimera. En su mente, todos los recuerdos de infancia se reorganizaron, y los sueños de “tekeli-li” cobraron relieve: su madre, su padre, el abuelo, todos en un torbellino de rostros que la masa imitaba y diluía, con voces entremezcladas que lo llamaban a fundirse.
Luchó, forcejeó, rasgando la gelatina con furia. Pero el Shoggoth no apresuró su castigo. Dejó que Ambrose escuchase. Le habló en todas las voces de sus antepasados, y cada frase era la historia vívida de una noche sin retorno. “¿Sabes lo que es ser memoria viva, memoria que mastica y regurgita sin fin?” preguntaba, deslizándose sobre su cuerpo petrificado por el pánico.
Ambrose vio con ojos desorbitados cómo otro rescoldo de humanidad, los restos polvorientos del esqueleto previo, eran absorbidos no solo físicamente, sino en el caudal de voces. El Shoggoth no era monstruo, sino archivo canceroso de lo que olvidan los hombres: sus miedos y deseos, sus culpas y terrores nocturnos, eternamente arrastrados en la fluidez de su carne.
Por un instante, Ambrose casi deseó ceder. Olvidaría el tiempo, los dolores y el frío… Pero entonces recordó otra advertencia de su abuelo, la única oración que supuraba cordura: “Los Shoggoths carecen de esperanza. No alimentes su recuerdo. Pasa, pero no mires atrás”.
Desplegó toda la poca fuerza de voluntad que le quedaba y hundió la linterna, encendida a duras penas, directamente en la pulpa neumática de la bestia. El calor de la bombilla, unido a un estallido de chispa fortuita, provocó una reacción violenta: el grito resonó “tekeli-li” en mil lenguas y el hielo de la caverna se resquebrajó, liberando una marisma negra que burbujeó y retrocedió sobre sí misma para recomponerse, como si la memoria de su dolor renovara a la criatura.
A trompicones, empapado en sudor y exudados viscosos, logró huir mientras la cámara crujía tras él. La apertura por donde entró estaba cada vez más lejana, el eco de sus pasos reverberando en el túnel y los gritos en lenta menor intensidad. Al fin, la noche helada lo acogió de nuevo, su linterna muerta, su corazón alterado para siempre.
Durante meses, Ambrose fue incapaz de hablar de lo ocurrido. La mansión se volvió más silente, y las voces disueltas de sus ancestros le visitaban ya solo en sueños. Sabía, con una certeza que corroía su mente, que los Shoggoths continuaban su paciente espera bajo la nieve. A veces—mientras observaba la escarcha por la ventana, escuchando el rumor sordo bajo el suelo—sentía en la humedad de la noche no el rubor de la tierra, sino el temblor de aquello que imita la carne, aquello que aprende y reitera, en un ciclo inexorable.
Un año después, se encontró relatando su experiencia a un círculo de ocultistas en la periferia de Arkham. La risa nerviosa, los murmullos de incredulidad, todo palidecía frente a la descripción aséptica que hizo de la criatura, de sus voces, del eco repetido de “tekeli-li”. No deseaba alarma, pero tampoco soportaba el peso del recuerdo. Sabía, al transmitir aquel conocimiento, que quizá otro oído se contagiaría del deseo de explorar, y el ciclo se extendería, como la carne líquida de los Shoggoths: inmemorial, interminable.
Y así, en cada invierno, cuando la nieve sepultaba el valle y las luces de Arkham titilaban como anuncios funerarios, Ambrose percibía una vibración irreprimible bajo el suelo. Aquello que aprende, repite y devora. Aquello que, negado por el saber humano, se arrastra imperecedero como la culpa. Sabía, en su interior, que los Shoggoths no duermen.
Simplemente, aguardan.
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