Fragmento:
Era invierno cuando Jonathan Lorne, bibliotecario y ocasional traductor de lenguas muertas, llegó al extremo oriental de Cambric Bay. El mar, ceñudo, azotaba las rocas con olas grises mientras el aire llevaba consigo un extraño olor, amalgama entre yodo, tierra mojada y un dulzor apenas perceptible—como la sangre que permanece mucho tiempo bajo las uñas. No era el mejor sitio para una pesquisa académica, pero la carta de Aelswith Ainsworth, enviada desde la última casa antes del acantilado, insistía que había encontrado en la cripta de la iglesia ruinas de un texto nunca antes catalogado. Un rollo, sellado con símbolos barniz de huesos, y una promesa: “Ven, he hallado más que palabras aquí. Trae luz, y ven solo.”
Duración: 09:21
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Era invierno cuando Jonathan Lorne, bibliotecario y ocasional traductor de lenguas muertas, llegó al extremo oriental de Cambric Bay. El mar, ceñudo, azotaba las rocas con olas grises mientras el aire llevaba consigo un extraño olor, amalgama entre yodo, tierra mojada y un dulzor apenas perceptible—como la sangre que permanece mucho tiempo bajo las uñas. No era el mejor sitio para una pesquisa académica, pero la carta de Aelswith Ainsworth, enviada desde la última casa antes del acantilado, insistía que había encontrado en la cripta de la iglesia ruinas de un texto nunca antes catalogado. Un rollo, sellado con símbolos barniz de huesos, y una promesa: “Ven, he hallado más que palabras aquí. Trae luz, y ven solo.”
La primera noche, Jonathan no durmió. Oyó el tamborileo de la lluvia en la ventana de la posada y el batir irregular, como de instrumentos viejos, que emergía de la niebla. Había un ritmo en los golpes, tan impreciso en la naturaleza que no podía ser del viento ni de la madera—como si alguien, muy por debajo de la tierra, tocara sobre membranas negras y húmedas. Los aldeanos, cuando se aventuraban a mirarlo en la sala común, bajaban la voz al mencionar el nombre del acantilado: “Tide’s Hollow”. Se rumoraba que no todos los que bajaban a los pasos de ese acantilado regresaban a ver la luna.
La mañana del tercer día, Jonathan recibió una nota bajo la puerta. Estaba escrita con mano temblorosa y una tinta marrón que despedía un hedor a podrido, como si hubieran exprimido orquídeas venenosas y sangre para obtenerla. Decía solo: “Toca a la puerta en silencio cuando la luz haya muerto”. Afuera, el mar retumbaba como un órgano desafinado.
Siguió la invitación y, al anochecer, con el farol bien ceñido al pecho, bajó por el sendero hasta la casona de Aelswith. La anciana, anciana solo de nombre, pues sus ojos aún tenían velocidad de serpiente, lo recibió con palabras murmuradas y le hizo pasar. El comedor rebosaba de libros y, en la pared, colgaban cuadros bajo velos de polvo, pero el frío que venía de las losas era mineral, anterior a cualquier hogar humano.
“Gracias por venir”, dijo ella mientras lo guiaba al sótano. “He de mostrarte qué acecha bajo nuestros pies. Hay algo más antiguo que las criptas romanas. Y al fin, la noche también trajo su canto.”
Había preparado el rollo sobre una mesa de madera mohosa. Los sellos no eran simples glifos—ondas y círculos, sí, pero las líneas parecían retorcerse en la visión periférica, como si su significado no pudiera encajarse en la atención consciente sin torcer la mente.
La lectura fue un sacrificio: latín corrupto y visiones apenas traducibles de “los constructores” y “los que rasgan la carne de la roca”. El texto hablaba de los shoggoths: seres sin forma, de mucilago viscoso, infinitas bocas y ojos que surgían y desaparecían como burbujas en la ebullición de la materia. Había descripciones de danzas marchitas de cuerpos sin huesos formando rostros y, al borde de la comprensión, nombres mutilados de dioses antiguos. Uno destacaba más allá de todos: Y’golonac, el sin rostro, el invitador de la carne inerte.
Aelswith sostuvo la mano de Jonathan—fría y huesuda, la presión de dedos demasiado largos—y señaló el tambor que reposaba en la esquina: un objeto prehumano, más redondo que cuadrado, cubierto de runas y, en vez de cuero, una membrana translúcida de tinte verdoso. “Lo encontraron donde sólo debe haber piedra—y bajo la piedra, el silencio. Pero allí, late un pulso. Pulsa como tambor. Es el pulso del mar y de aquellas criaturas que aún duermen en su abismo.”
Mientras Jonathan leía, la voz de Aelswith fue absorbida por las sombras. Él se vio repasando el texto, pero las palabras comenzaron a arrastrar imágenes, como una lenta marea de limo subiendo por la garganta del sueño.
Se encontró arrastrando los pies con Aelswith por el túnel del sótano, mucho más húmedo de lo que debía, los muros rezumando ese dulce hedor y la piedra goteando un limo que no era agua ni barro. Pisaban, a veces, charcos con cosas que se escurrían y una luz—ilógica—relampagueaba más allá. Oyó el tamborileo: no provenía del tambor expuesto, sino del corazón del abismo bajo el templo.
Aelswith susurraba: “Todo es llamado cuando la carne tiene sed.”
Llegaron a una cámara redondeada donde, en el centro, palpitaba una cosa. No era vida, sino la parodia de ésta: un charco viscoso que se agitaba al ritmo del tambor marino, generando rostros y tentáculos efímeros, ojos que se abrían sólo para desaparecer en la pulpa blanca y verde. Las paredes estaban cubiertas de inscripciones hechas con dedos temblorosos, no de humanos sino de aquello que no tiene dedos.
Al borde de la cámara, las sombras se amontonaban como una muchedumbre siniestra: había figuras encapuchadas, fragmentos de muñones y bocas dispuestas donde no debían. La angustia de Jonathan subió al pecho. Detrás de la muchedumbre, una puerta semiabierta daba a otra cámara donde un círculo estaba dibujado en sangre, y en el centro se elevaba una estatua sin cabeza pero con los brazos abiertos, dedos como ventosas y mutilaciones grabadas en la piedra. Un trono para el invisible Y’golonac; el señor de quienes ya no tienen rostro.
El tambor comenzó a golpear más fuerte. Desde la masa gelatinosa emergieron figuras humanas, como si la materia los recordara: un sacerdote, una mujer con el vientre hendida, un infante en transición entre los reinos de la vida y lo ileso. Detrás, el muro sangró lodo y la cámara se llenó de vapor.
Aelswith cayó de rodillas, su cuerpo vibrando con un éxtasis deletéreo. “Fueron los Deep Ones quienes abrieron las puertas. Nosotros sólo cantamos desde la orilla. Esta noche, la carne perdida baila de nuevo.”
No pudo parpadear. Los rostros de la sustancia cambiaban, y en un destello vio su propio rostro formarse y descomponerse, como un espejo derritiéndose bajo el agua hirviente. Una lengua brotó de entre los rostros y lamió el suelo, dejando surcos donde la piedra humeaba. El batir del tambor era ahora sordo en su pecho, y sintió, por primera vez, el impulso visceral de abandonar su forma, romperse en fragmentos y unirse al cántico en la pulpa: perder el yo en la amalgama de carne y memoria, odiando y deseando la disolución.
El culto, a su alrededor, dejó caer las túnicas. Donde antes había piel y hueso, ahora sólo quedaban membres retorcidos, bocas ondeantes, heridas irreales sanando y mutando en musgo, en limo, en ojos que supuraban lágrimas de tinta. Una figura, erguida y temblorosa, avanzó. No tenía rostro, pero de la abertura de su cuello fluía una masa semejante a la del centro de la cámara. Era el oficiante—o lo que quedaba de él. Cuando habló, no fue con palabras sino con imágenes que se clavaron en la médula de Jonathan: le mostró ciudades bajo el océano devoradas por miles de bocas; le mostró manos hendiendo su propio rostro, abriéndose para recibir la lengua de Y’golonac; le mostró tambaleantes procesiones de carne y deseo, perdiéndose en la eternidad de la noche marina.
Su propia voz, muy lejana, susurró dentro de su mente: “No te acerques, o lo perderás todo.” Pero en el tambor, en el húmedo repiqueteo que ahora sentía en su pecho y en el fondo de su cráneo, la tentación lo arrastraba.
Aelswith lo miró, su rostro derritiéndose en pliegues resbaladizos: “Baila, como bailamos todos. Haz que la piel recuerde lo que quiere olvidar.”
El piso tembló. De la masa central, una extensión giró hacia Jonathan, mojándolo con su humedad. La piel quemaba y en su mente oyó una letanía tan antigua como la luz:
“Donde la carne languidece, Y’golonac acude. Donde el tambor late, Dagon susurra en sueños.”
Se resistió, chillando en silencio mientras su cuerpo era llevado al círculo de piedra. La estatua parecía absorber la luz, las runas rojas palpitar. Los otros, los encapuchados y descarnados, se derritieron en una orgía de desintegración y crecimiento, fragmentados en partes y reagrupados, todos tejiéndose en el cuerpo cambiante del shoggoth de la cámara. No había humanos ahora, sólo ecos de humanidad, y él entendió en su último momento lúcido que la disolución no era la muerte sino la entrega.
Una ola de éxtasis lo llevó a romper el círculo: la membrana del tambor vibró en una frecuencia tan baja que la sangre de Jonathan chisporroteó en sus venas. Lo último que vio, antes de fundirse en esa masa viviente, fue su rostro flotando en las profundidades de la sustancia, mirándolo con indignidad y asombro; una mueca más en el doloroso mar de los recuerdos.
En el acantilado de Cambric Bay, durante el alba, ni el mar ni el viento recordaban ese rito sin nombre. Pero bajo la piedra, donde el pulso permanece, el tambor sigue sonando. Cada vez que las olas chocan y la marea baja, el eco del éxtasis y del horror resuena: no con palabras, sino con bocas que nunca callarán y ojos que sólo buscan carne nueva para recordar. Y entre los que despiertan, algo antiguo se retuerce, dispuesto a invitar a los que aún creen que la piel es una frontera.
Porque donde el miedo nace de la carne, el culto nunca duerme. Y el tambor, hecho de piel robada, sigue llamando desde las profundidades, aguardando la siguiente disolución.
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