Portada del relato Sombra sin Nombre
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Fragmento:


Habían pasado quince años desde que Jonás Luel abandonó la biblioteca de la universidad de Durncombe, escondiendo en su gabán una edición apócrifa de los Manuscritos Pnakóticos. De noche, a la lumbre trémula de una lámpara de aceite, hojeaba esas páginas marrones y fibrosas, escritas en idiomas que costaba incluso imaginar, y sentía la opresión latente de que algo —más viejo que el lenguaje, más hambriento que la muerte— se filtraba a su mente desde los infolios. Ahora, con la humedad destilando perlas en los muros de una cueva perdida, lamentaba la reacción en cadena que había encendido su vida: la miseria, la caída, el círculo ineludible donde la posibilidad de desandar el camino se había perdido hacía años.

Duración: 09:32

Sombra sin Nombre
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Texto de ajuste de pausa.

Habían pasado quince años desde que Jonás Luel abandonó la biblioteca de la universidad de Durncombe, escondiendo en su gabán una edición apócrifa de los Manuscritos Pnakóticos. De noche, a la lumbre trémula de una lámpara de aceite, hojeaba esas páginas marrones y fibrosas, escritas en idiomas que costaba incluso imaginar, y sentía la opresión latente de que algo —más viejo que el lenguaje, más hambriento que la muerte— se filtraba a su mente desde los infolios. Ahora, con la humedad destilando perlas en los muros de una cueva perdida, lamentaba la reacción en cadena que había encendido su vida: la miseria, la caída, el círculo ineludible donde la posibilidad de desandar el camino se había perdido hacía años.

Jonás titubeó al alcanzar el círculo pintado con sangre de cabra en el centro de la cámara; el hedor del musgo era meridional, distinto a la sequedad de los criptos de Leng de los que había leído con pavor. Su pulso, sin embargo, no podía negar el ahogo acezante de la anticipación. Tres figuras encapuchadas no se habían inmutado ante su presencia, inmóviles como obeliscos de ébano. Sólo uno, tan delgado como una vara, rebosante de arrugas y mutismo, murmuró algo que sonó como un cántico, pero era en realidad el nombre de Jonás, distorsionado, multiplicado, deformado:

“Yunath… Y’ninath…Le-ul’luh…”

“Estoy aquí”, balbuceó Jonás.

Entró, pisando el círculo rojo, y sintió una punzada en el estómago, como si el aire repentinamente se volviera sólido. Uno de los sacerdotes, porque no cabía duda de qué eran, sostuvo ante él el incensario: una reliquia de forma abyecta, plateada, salpicada de repugnantes figuras de serpientes y ojos múltiples. De la boca de ese artefacto manaba un humo púrpura, denso, imposible, que descendía como un tentáculo hacia la piedra. Al aspirar, Jonás notó en sus glándulas un temblor nuevo, y el sonido del mar se elevó entre las paredes de roca, aunque Leng estaba lejos de cualquier costa.

Los orígenes de la fraternidad, los Sacerdotes de Azathoth, se perdían en la prehistoria, y sólo algunos sabios extraviados y demenciados descifraron los fragmentos que contaban sus liturgias. Jonás, que había leído entre pesadillas la Letanía de los Ciegos y la Nube del Desvanecimiento, supo sin ser dicho que el ritual estaba comenzando.

El sacerdote más bajo, con la capucha casi pegada al torso, comenzó a recitar una letanía en un lenguaje que ni en años de estudio pudo Jonás replicar mentalmente. Las sílabas crujían, reptaban, lamían como lombrices hambrientas su piel. A cada repetición, el círculo se oscurecía, y la humedad en el aire empezó a oprimirle el pecho. Al principio sólo vislumbró lo que parecían ser sombras formándose fuera de la luz de las antorchas, pero pronto comprendió que de la misma sangre iban surgiendo formas; extremidades y órganos sin forma definida, pseudópodos nerviosos, bocas verticales que hacían burbujear la sangre. Ninguna tenía ojos, pues los ojos no eran necesarios para lo que estaba surgiendo, sólo voluntad. La voluntad de escuchar. De devorar. De responder.

Los sacerdotes se arrodillaron al unísono, menos Jonás, que tembló y sintió un sudor frío reptándole el cogote. Su mente se deslizaba por una escalera sin peldaños, begonias de pesadilla mostrando centelleos intermitentes bajo sus párpados. Sin saber cómo, murmuró la frase que había leído en el último folio del manuscrito de Pnakot:

“Por la raíz del Ojo ciego, soy siervo, soy boca, soy puente.”

El humo púrpura del incensario se extendió, devorándolo todo. El suelo pareció ceder bajo sus pies y, cuando intentó sujetarse a algo, repentinamente cayó. Instinto, vértigo, frío infinito. Jonás se vio arrastrado hacia túneles de no-espacio, donde flotaban rostros sin carne ni hueso ni nombre. Imágenes encadenadas de banquetes de sangre, de ciudades invertidas colgando de estalactitas heladas, y en el centro, siempre, un núcleo pulsante, como una estrella negra rodeada de coros espectrales. De vez en cuando, uno de esos coros se materializaba en un susurro: una plegaria a un dios dormido y hambriento.

Con un rugido que ni su garganta hubiera podido pronunciar, Jonás sintió que despertaba; el suelo de la caverna volvió a ser piedra mientras el círculo de sangre manchaba sus rodillas. Sed de carne, sed de realidad. Los sacerdotes lo miraron, sus rostros asomando bajo la tela gastada, y vio con horror que todos eran el mismo rostro: el suyo, estirado, demacrado, infinito e idéntico, ojos vaciados, boca siempre semiabierta para el susurro eterno. Quién era el original carecía ya de sentido; acaso él también era una réplica, un pensamiento masticado y expulsado.

El Sacerdote del incensario habló en la lengua rota de Leng; Jonás comprendió internamente, como si lo llevara aprendiendo siglos:

“Aquello que habita en las raíces come de la carne del universo. Cada siervo abre la puerta para otro. El eco de tu paso ya es ofrenda.”

Jonás sintió que una sombra se movía tras él, una segunda espalda creciendo de la suya propia, y, con una punzada de comprensión, supo que así eran creados los Nuevos Sacerdotes. No eran criaturas separadas ni convergentes, sino ramas de un único y mismo árbol: Azathoth, el que duerme y sueña la creación, entrelazaba las almas de sus fieles en racimos cancerosos. Él mismo era raíz, tronco, hoja y, ahora, semilla.

La visión del Templo de Leng insiste en que la realidad es una ficción local, sostenida a fuerza de ignorarla. En la cámara, el sonido de un tambor comenzó, aunque nadie tenía instrumento. Su pecho vibraba, y los ecos le traían palabras oscuras, recordando los pasillos monstruosos que el folio de Pnakot describía: túneles de carne y pensamiento, por donde seres híbridos —de lengua, baba y tiempo corrompido— atraviesan hacia quienes los invocan. La locura de Jonás era comprender, súbitamente, que los pasillos no llevaban fuera, nunca; cada muro era piel, cada sombra una compuerta. Respiró el aire húmedo y pútrido, y una lengua invisible le lamió la mejilla, inscribiendo en su piel un mandamiento grabado a fuego: *vigilar*.

Los otros sacerdotes, sus dobles infames, hincaron juntos el rostro en el lodo. Jonás quiso preguntar si el rito había concluido, si su alma era ahora propiedad de la raíz del Abismo; pero sus palabras salieron en un susurro inglés, casual, que le sonó ajeno:

“¿Qué más?”

La respuesta no fue un sonido. Todo fue sacudido, como si la montaña misma tuviera un solo y último estertor. La sangre del círculo se movía por sí misma, subiendo por las paredes, deformando signos y runas antiguas. El humo púrpura se apretó alrededor de Jonás, introduciéndose bajo su piel, y cayó de rodillas. Cientos de voces ululaban en su cabeza; palabras sin sentido, pedazos de plegarias, letanías para acunar al gigante durmiente bajo los espacios entre mundos.

Un roce en la espalda se tornó mordida; giró y vio, no por el ojo humano sino por la nueva visión, que la caverna era un útero y el círculo una puerta. El interior palpitante se abrió y de su centro brotó una criatura delgada y acechante, cubriéndose con fragmentos de caras, todas derivadas de él. Era él, era todos, era la voz llamada por el humo. El horror fue triple: descubrir que no era víctima, ni siquiera testigo, sino arquitecto y miembro de la procesión de locura.

La visión se trocó en hambre; Jonás reconoció una llamada imposible. Sin quererlo, sin poder luchar, comprendió la urgencia de llevar el rito a otra ciudad, multiplicarlo, expandirlo. El templo —piedra y carne, pasillo y oquedad— podría aparecer en cualquier lugar. Cada hombre o mujer con sueños confusos sería capaz de repetir el error que él cometió: leer, buscar, encontrar, implorar.

El Sacerdote del incensario se quitó al fin la capucha. Bajo ella no había rostro: sólo una superficie blanda, ciega, sonriendo con tumores vocales. Acercó el incensario a Jonás y este, aspirando de nuevo, vio la urdimbre total: Azathoth devorando galaxias bajo la sinfonía de cámaras ocultas. Leng estaba en todas partes, y las puertas eran más que lugares: eran personas, eran recuerdos, eran oraciones.

Cuando la ceremonia terminó, no se marchó, sino que se vislumbró de pie en otra ciudad, en otra noche, con otra capucha, entonando de nuevo el cántico. La humanidad del iniciado se diluyó, convertida en eco y carne de un dios dormido.

Así, los Sacerdotes de Azathoth recorren ciudades y templos, llevando su semilla, propagando la sombra. Nadie puede detenerlos, porque son infinitos, y el Ojo ciego no parpadea jamás.

El humo púrpura, sigiloso, sigue aún hoy cruzando las paredes de la realidad, esperando que otra mente hambrienta reclame su lugar en la congregación impía.

Sólo aquellos que sueñan con el Templo de Leng, abriéndose como una herida interminable en la memoria del mundo, comprenden el tamaño del error: nada es realmente nuestro, y cada plegaria que nos parece inofensiva es alimento para la boca sin fondo más allá de la piel de la realidad.

Jonás, o lo que fue Jonás, nunca despertó. Al menos, no solo.

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